La obra comienza con un texto sumamente esclarecedor sobre la trama del libro y el personaje central del mismo. La carta sobre el librero de Gades nos la refiere Plinio “el Joven” o Gayo Pinio Cecilio Segundo (61 d.C.-ca. 112 d.C.), que voy a reproducir por su interés primigenio, y que otorga la carta de naturaleza al libro: “Plinio saluda a su estimado Mecelio Sabino Nepote: ¿Nunca has leído la sorprendente anécdota acaecida en tiempos de Augusto, que se comentó en Roma con asombro? Sucedió que un provinciano de Gades, impresionado por la reputación y gloria de Tito Livio, vino desde los apartados confines de la tierra para conocerlo. Ejemplo singular en los anales de la ciudad, que un lector y perseguidor de celebridades literarias ansiara vivamente conocer a su ídolo. Ignoro su nombre y si llegó a relacionarse con él, pero no cabe duda de que hemos de elogiar su insólita iniciativa y aguardar a que otros amantes de los libros lo imiten y deseen tratar con los escritores a los que admiran. Creo que supone gran necedad no valorar en su medida el afán del gaditano por comunicarse con quien tanto le fascinaba, pues nada es más grato y estimable en la condición humana que apreciar el arte y la escritura y valorar a sus creadores. Para leer continuamente hay oportunidad, pero para escuchar al escritor y conocerlo, no siempre, caro amigo. CARTAS, LIBRO II, 3-8”. Este libro trata de la historia vivencial del joven Tulio Vero, el librero de la ciudad primigenia fenicia de Gades, y luego romana por derecho de conquista, y donde Amílcar Barca hizo que sus hijos jurasen, ante el altar del Hércules cartaginés, Melkart, aquello, que tan de coartada sirvió a Roma para el genocidio de Cartago, y que conllevaría la promesa eterna de: ‘Apud quam sacrificare instituerat, eamque ceteris remotis tenentem iurare iussit nunquam me in amicitia cum Romanis fore’, o que nunca estarás en amistad con los romanos, ya que firmaban tratados que nunca cumplían. Esta novela-histórica tiene como trama central la vida de Tulio Vero, con su apodo de Graeculus, ‘el pequeño griego’, ya que así era denominado por su amor a las letras, porque los griegos representaban a la sabiduría en la Antigüedad. Su familia se enriqueció vendiendo libros de importación en su magnífica librería ‘EL CÁLAMO DE HERMES, que llevaba el nombre del mensajero culto de los dioses, Hermes o Mercurio. La estupenda pluma del docente Maeso de la Torre siempre nos ilustra con su elegante forma de narrar. ‘El jardín de las Vestales’ se denomina así por el deseo de Tulio Vero, cuando está en Roma, de matrimoniarse con una de las vírgenes servidoras y mantenedoras del fuego sagrado de la diosa Vesta, Valeria Domicia (ahora viendo en Gades), lo que era un sacrilegio para la Roma imperial. La obra está basada en un personaje real, que captura para los ojos de los lectores la esencia indubitable de la época imperial de los emperadores del siglo I d.C. La capital del SPQR/ROMA ya estaba en la plenitud de sus contrastes y de sus emociones, tantas veces narradas por los historiadores de la Antigüedad. La trama nos subraya la crueldad, obvia e indiscutible, de aquella Roma tan importante para la transmisión de todo el conocimiento nacido en la Grecia ateniense. Las vírgenes vestales eran el vínculo de los dioses con los seres humanos, ya que eran las custodias de los objetos sagrados del templo de Vesta en Roma y, asimismo, se encargaban de la guarda y protección de los testamentos de los magnates de la República, desde Lucio Cornelio Sila, hasta Gayo Julio César, pasando por Gayo Mario “el Viejo” o Gneo Pompeyo Magno, entre otros personajes públicos de mayor o menor enjundia. “Los dioses nos hablan a veces por medio de presencias y de señales. Las mías fueron un fardo de libros y la sonrisa acogedora de una muchacha fascinadora, a la que en Gades llamábamos la Forastera. Con mi niñez recién acabada, al inicio de mi madurez mi vida se partió en dos, como el haz de luz parte una nube y se filtra por sus nimbos algodonosos. Mi relación con Valeria Domicia, ese era su verdadero nombre, comenzó de la manera que voy a narrar, y su imagen siempre ha poblado mis recuerdos, que no son sino rocas a las que nos asimos y que a veces nos impiden nadar con libertad en el océano de la vida. Fue alrededor de las antecalendas de marzo, recién mudada la túnica praetexta, la prenda corta de la infancia, por la toga viril. Uno de aquellos días festejábamos al dios Términus, la deidad de los linderos y de la buena vecindad y símbolo del término de mi minoría de edad. Me habían afeitado de la primera barba y recortado las greñas de cabello y el vello de los genitales, que guardé en la bulla aurea de mi niñez, una bolita dorada que ofrecí a los dioses lares. Mis familiares me felicitaron porque un nuevo varón en la familia aseguraba una generación más de los Vero de Gades. Mi casa se llenó de invitados que me felicitaron y cubrieron de regalos, aunque recuerdo que tuve la primera disputa con mi padre a causa de una petición que tildó de dislocada y desconcertante: -Es mi deseo viajar a Roma para conocer a Tito Livio-le rogué-. Ahora que soy mayor quiero conocer a mi ídolo y escuchar su voz en el Foro”. Una novela-histórica tiene que poseer, desde mi punto de vista claramente innegociable, un 70% de Historia y un 30% de Novela, y esta obra lo sobrepasa con creces, lo que incrementa así su magisterio. Ya que como lo indica el propio autor: ‘En lo relacionado con la relación de Tulio Vero con la vestal Valeria Domicia es meramente imaginativo, ahora todo lo demás, lo de la sustracción fraudulenta del Testamento por parte de Augusto, lo de la batalla contra los Garamatas y lo de la vida cotidiana en Roma, es absolutamente verídico’. Como era de rigor en Roma, el hijo lleva el apellido, en lenguaje actual, de su padre Ulpio Vero. Como es preciso saber, para poder seguir la trama de la obra, es justo y necesario indicar que su nivel económico familiar se enriqueció, sensu stricto, con el comercio y la importación de libros. La obra presenta un hecho insólito, para complicar más la exquisita trama, y que se refiere a que era absolutamente extraño y reseñable que una vestal viviese fuera de Roma, y en este caso en una pequeña ciudad de la Turdetania llamada Gades. Tener una vestal en la familia era un hecho eximio y paradigmático, ya que las vírgenes vestales eran las féminas más sagradas y veneradas en la Urbe Capitolina, y todo ello conllevaba un prestigio inconmensurable para la familia de que se tratase. “Mientras, en Roma, los triunviros Octavio, Lépido y Marco Antonio intentaban reparar la desdicha de una Roma dividida en medio de un complejo entramado de intrigas de Estado y guerras interminables y sangrientas, según nos contaba mi padre. Un grave conflicto civil tenía encadenada a la República desde que yo tenía uso de razón, y la guerra inminente resultaba más que inevitable”. Por cierto, existe un error, ya que, en este momento histórico, Octavio ya se llama Gayo Julio César Octaviano, y no Octavio, al haber sido ya prohijado por su tío-abuelo, Gayo Julio César. Recibir la Corona Cívica conllevaba un honor grandioso, ya que equivaldría a la actual Laureada de San Fernando, y eso le ocurre a Tulio Vero, y así se cita en la obra. «Esta es la historia de Tulio Vero, el librero de Gades conocido como Graeculus, el Pequeño Griego, por su amor a las letras. Hijo del noble Ulpio Vero, su familia se enriqueció mediante el comercio e importando libros que luego vendían en su magnífica librería El Cálamo de Hermes. Muy joven, apenas un muchacho, su acomodada existencia se vio agitada por dos deseos: el de viajar a Roma para conocer al famoso historiador Tito Livio y el de su amor imposible por la vestal Valeria Domicia, que le llevarán a afrontar viajes de ida y vuelta, aventuras y castigos, y a vivir una vida siempre marcada por el amor a los libros. Después del éxito de Oleum, el aceite de los dioses, Jesús Maeso de la Torre regresa a la Roma Imperial con una magnífica novela ambientada en el siglo I a.C. que, siguiendo la peripecia del más afamado librero de la Antigüedad, nos sumerge en la agitada vida política y cultural del foro romano, pero también de la rica y vibrante Gades… Jesús Maeso, maestro de novelistas históricos, vuelve a Gades, la ciudad más antigua de Occidente, con una más que original novela de romanos que conquistará a los amantes de la historia…¡Y de los libros!». ¡Libro poseedor de un rico estilo narrativo, ilustrador y educativo sobre las costumbres de Roma sin la más mínima crítica. Delicia literaria sin ambages! «Ut placeat Deo et hominibus. ET. Auditur et altera pars. ET. Venutissimam uxorem eius magnificeque nominandum Ermisindam comitissam». Puedes comprar el libro en:
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