Nos cuesta aceptar el destino. Todas las humanidades que nos han precedido han caído en la trampa de buscar la inmortalidad. Aunque la nuestra es la más recalcitrante y absurda. Pero de envejecer y palmarla no te libra ni la IA ni los mantras falaces del relájate y disfruta. Son bulos interesados en doblegar tu voluntad. Hoy que me he levantado trascendente y mesiánica no me importa amargarte el lunes festivalero. Además, es por tu bien. Puedo asegurarte que a los gurús del wokismo consumista les importas una mierda. Solo quieren sacarte la pasta y que te conviertas en un disfrutón compulsivo y descerebrado.
El único dilema a resolver lo resume el eslogan del caldo de verduras que anuncia Arguiñano ¿Cueces o enriqueces? Tú decides cómo envejecer. Cociéndote en tu propia salsa con el mantra patético del “Sé tú mismo” y perdonándote todos tus errores. O eliges madurar, corrigiéndote y enriqueciendo tu vida con nuevas experiencias, aspiraciones y anhelos. Sabemos donde hemos caído, pero no sabemos dónde hemos tropezado, dice el sabio. Que tomen nota del aforismo los responsables vascos de la catástrofe del informe PISA. Mientras llega a nuestra vida la nueva normalidad estructural, vamos al cine. Total, pa`lo que nos queda en el convento, Carpe Diem, tío.
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