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Gallone y "El error de Dios"

sábado 18 de julio de 2026, 21:37h
El error de Dios
El error de Dios

A veces rondan unas certezas en las primeras líneas de un texto que nos dan la seguridad del disfrute, nos confirman que tendremos un verdadero paseo por el placer y el buen gusto. Esto sucede ni bien uno comienza la lectura "El error de Dios", una novela escrita desde un saber superior y desde una prosa no siempre vista.

Osvaldo Gallone, su autor, toma la historia de la resurrección de Lázaro para volverlo un inmortal con todo lo que esto implica para un hombre. Es injusto señalar determinados méritos porque el texto los tiene todos. Pero también me fue injusto no estar en la presentación y sospecho mi necesidad de ser honrado con el texto. Gran historia (la novela se divide en cinco capítulos que nos llevan por la historia de la humanidad, haciendo pie en el día del milagro de resurrección de Lázaro, el saqueo de Roma, la Peste Negra, los tiempos salvajes de Hernán Cortés en América, y los días del Holocausto en la Alemania Nazi). Un hilo de narración que eleva al lector y le permite el disfrute de la mejor escritura. Gallone hace de esta historia una crónica existencial que le da al mito bíblico de Lázaro una lectura diagonal. Es el Cristo quien desafía a Dios y lo expone con el milagro. La decisión de Dios es negada por el Cristo pero es decisión tomada y nadie vuelve a ocuparse de Lázaro. En ese desafío de padre e hijo el único perjudicado es Lázaro. Dejemos de lado cualquier discusión de cristianos monofisitas y nestorianos, centrémonos por la idea del Papa Juan XXII (elegido en una reunión que duró más de dos años y a la que Felipe V, el Largo -sucesor de Luis X- decidió cerrar las puertas para forzar la elección de un Pontífice. Juan XXII fue electo porque se lo creía muy enfermo. Pero creer no es seguridad, y el nuevo Papa estuvo por varios años y dio a conocer una idea compleja), según su pensar “El Cielo y el Infierno están vacíos esperando el día del juicio final, ya que las escrituras sostienen que llegará el día en que cuerpos y almas se unan para ser juzgadas por Dios. Es decir que Dios no puede revisar lo ya juzgado por él, de lo contrario admitiría no ser perfecto”. Y en esto descansa también la paradoja que domina la novela escrita por Gallone. Nadie le ha dicho a Lázaro que vuelva a su tumba, Dios porque no puede admitir haber sido desafiado y Cristo porque tal vez sepa que no ha hecho bien en desafiar a su padre. Lázaro es un híbrido, un vivo en un cuerpo de un muerto. Ya no tiene casi rasgos de condición humana, casi no tiene apetito, su deseo sexual es liviano, su pedido de morir es incumplible. No duerme. El no dormir es algo que ha caracterizado a la mayoría de los héroes desde los orígenes de la humanidad. Gilgamesh tuvo que estar una semana sin dormir para ser inmortal. No lo logró pero cuando por otro medio obtiene la inmortalidad, termina pidiendo morir no soportando la pena eterna de saber que siempre habrá otro día. De Alejandro Magno se decía que dormía poco. Igual de Napoleón, igual de Evita. El mismo Cristo no duerme y la única vez que sabemos que lo hace, una tormenta se desata amenazando con una tragedia. Lázaro no es un hombre feliz, es un testigo mudo y abúlico. Nada peor para un hombre que pasar la vida sin poder enamorarse, porque esa es condición fundamental para saberse viejo.

Lázaro es la gloria ajena, la gloria de alguien que murió en la cruz. Y es también el desinterés de un todopoderoso preocupado en no revisar los hechos. Su inmortalidad es una penitencia sin redención. Gallone hace de Lázaro un héroe trágico, no importa que decisión tome, lo hechos sucederán igual.

Alguna vez un joven músico le preguntó a Mozart consejos para poder componer una sinfonía. Wolfang dijo que a su entender primero era importante comprender los sonidos de cada instrumento, los beneficios que podían aportar en soledad o en conjunto, luego buscaría componer algunas canciones, armar un cuarteto. El muchacho se mostró algo contrariado, afirmó que eso llevaba mucho tiempo y que Mozart a los 6 años había compuesto una sinfonía. A lo que el músico dijo que era verdad, pero que él no andaba por ahí preguntando cómo componer una sinfonía. En este caso deberíamos preguntarle a Gallone cuánto hay que leer para poder escribir y mantener a lo largo de todo el texto, el nivel de prosa. "El error de Dios" dialoga con los Evangelios, el Pentateuco, el Mishná, el Talmud, la Biblia, con las sátiras de Juvenal, las Églogas de Horacio. Pascal, Fourier, Víctor Hugo (no Morales), Hegel, Thomas Mann.

Cada capítulo abre con una comparación estructurada bajo la fórmula “Así como… así (él)…”. Un estilo de la épica clásica. Del símil homérico. Ese paralelismo sintáctico le da una potencia al texto que empuja al lector a ir por más.

Dejando de lado la cantidad de figuras bíblicas e históricas que cruzan la novela, hay que agradecer que todavía, hoy, alguien sea capaz de escribir de esta manera, de cuidar la historia en estas formas. Ave, Gallone. Por otro lado la mención a la editorial Pinap y a su editora, Sofía Castillón, por tomar este texto y publicarlo en tiempos donde a veces se bucea en temas del yo y en relatos quizá de poca profundidad. "El error de Dios" es un texto para disfrutar de punta a punta, ojalá no se lo pierdan.

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