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Acerca de "Incendios", de Inés Montero

Editorial etc El Toro Celeste. 2026
jueves 01 de octubre de 2026, 12:11h
Acerca de incendios
Acerca de incendios

Mediante una prosa poética de gran belleza, Inés Montes nos envuelve con una palabra sutil y honda a la vez en las composiciones de "Incendios" que llegan al lector/a como cercanas fulguraciones. El fuego, símbolo de emoción profunda, por naturaleza intenso, refulge y arde en el interior de quien lo siente, en este caso un sujeto poético que se manifiesta con tono meditativo y contemplativo sobre la raíz que destella en cada latido en el que la soledad, el amor ausente y la memoria se fusionan en una realidad cambiante transformada por el transcurrir vital.

 

Incendios es el último libro de poesía publicado recientemente por la poeta y narradora Inés Montes a través de la editorial etc El Toro Celeste en la colección «Cuadernos Romero». Se trata de un conjunto de composiciones escritas mediante una deliciosa prosa poética con una voz sutil y honda a la vez. De la sugerente ilustración de la cubierta es autora Isabel Garnelo.

Consta de dos partes: «Incendios» y «La vida se ordena», precedidas por citas respectivas de Anne Carson y de Louise Glück.

El libro lo conforman textos cortos de lectura amena en los que discurre una palabra poética nacida con soltura que prende en el inconsciente del lector/a como cercanas fulguraciones, desde la concepción de un mundo inestable en el que incluso el encuentro necesario con una realidad cierta, si es que este existe en su forma absoluta, desata emociones intensas: «El suelo a sus pies estaba en llamas,/el mundo estaba en llamas,/la verdad estaba en llamas», expresan los versos de Anne Carson que preceden a la primera parte.

Una poderosa metáfora, ya contenida en el título, constituye la guía de este libro: el fuego como emoción profunda, por naturaleza intensa, que fulgura y arde en el interior de quien lo siente, en este caso un sujeto poético que se manifiesta con tono meditativo y contemplativo sobre la raíz que destella en cada latido. Fuego que representa esa emoción y que, por tanto, constituye un lenguaje, una manera de expresarse a partir de la cual las palabras depuran y reconstruyen la vida.

Sin embargo, Inés Montes acentúa la imagen de llama plural y propagada más allá de su propio límite hasta convertirla en «incendios», tratándose, por tanto, de fulguraciones y lumbres que, en este poemario, atañen a la soledad, al amor o a la tristeza de seres que integran «el trasiego humano» (dice en «Insomnio»), que deambulan «perdidos, entristecidos, solitarios, enfurecidos, ensimismados, enamorados o, tal vez, felices», en medio de una ciudad que se conceptúa como escenario físico y, al mismo tiempo, como atmósfera de rutina y de soledad, de bullicio y de «silencio» (metáfora de incomunicación). Por ello, las calles urbanas aparecen «indolentes» y «grises», y en ellas se produce una búsqueda de «palabras insobornables» como antídoto contra la «indiferencia». De ahí el título  «Malas calles» de una de las composiciones. No obstante, este escenario colectivo no es más que el contexto en el que la soledad propia e individual del yo poético se encuentra anclada, constituyendo este uno de los temas principales del poemario.

El espacio físico refleja las emociones del sujeto poético en un buen número de pasajes del libro. La ciudad, las calles, pero también la casa vacía y las habitaciones construyen un escenario interior de ausencia y de memoria de un pasado ya perdido e inexistente en el transcurrir vital («miras la habitación desierta, y sabes que nunca regresará aquel latido que lo justifica todo», dice en «Despedidas»). En estos espacios, la fugacidad del tiempo atrapa la vida a pesar de su apariencia momentánea y engañosa de inmovilidad. «Por un instante, parece todo detenido. Lo fugaz nos atrapa», expresa en «Ciudades».

Y ¿qué es la memoria, el recuerdo, sino una forma de salvar lo perdido por la indolencia del paso del tiempo? Por ello en la composición titulada «Refugios» el sujeto poético manifiesta en referencia a los recuerdos: «En esos caminos, en los que todo está permitido, regresas a ese tiempo, a esa pasión no vencida. Y allí, de repente, todo podría resurgir». Lo temporal, no siendo tema central del libro, aflora a menudo en el recuerdo del pasado y en la evolución de un amor que deja de existir; así aparece en «Geografías»: «Ni los sitios que construyes en tu memoria, ni el amor que albergabas en tu corazón con hermosa claridad permanecen intangibles».

Otros parajes forman parte de los lugares por donde el sujeto poético deja pasar sus emociones transidas de soledad como «la arena silenciosa»: «Duele el cuerpo indefenso e inmóvil, varado en la arena silenciosa».

La soledad constituye uno de los temas primordiales del libro, entendida esta, por un lado, como soledad colectiva de personas que pululan por escenarios urbanos displicentes, pero, fundamentalmente, se alude a una soledad individual e íntima que emerge en buena parte de los pasajes del poemario a través de los cuales el yo textual se observa a sí mismo. Así, en «Lección de soledad» expresa: «Ella solo piensa en seguir pensando… ¿en alguien…?, ¿en algo que detuvo su vida en el instante en que todo se convirtió en cenizas…?». A través del subterfugio de la tercera persona del singular a la que alude indaga en su propia soledad, en «la oscuridad de una ausencia» y en una melancolía que la lleva al anhelo de «soñarse en un sueño que la sueñe inventado por ella» (obsérvese el políptoton).

El fuego como representación de la pasión y de emociones intensas ha sido utilizado históricamente en la literatura. En este poemario representa esas emociones con carácter general de un sujeto poético que se halla en un mundo exterior (y propio) desabrido y de silencios interiores que combustionan en el sentido expresado por Anne Carson en los versos referidos anteriormente que sirven de pórtico a la primera parte del libro, homónima del título del mismo. Y, por otro lado, es concebido aquí como pasión amorosa sentida o perdida, ignis amoris, ya presente en la poesía española medieval y renacentista hasta nuestros días.

Es en la segunda parte del libro («La vida se ordena») donde el fuego amoroso cobra más presencia. El amor y su ausencia forman parte de esos incendios dentro de un espacio temporal cambiante y transformador que todo lo arrasa. Con una mirada contemplativa y nostálgica hacia el pasado, la autora expresa «Éramos valientes y hermosos». Las diferentes facetas del sentimiento amoroso se suceden a lo largo de las composiciones, como cuando cuestiona con hondura «¿Adónde mis manos si tu piel no escucha mi fuego?», del poema «Muerte incompleta», mostrando la intensidad de un amor imprescindible que se percibe desde la ausencia. También la distancia del ser amado cierra, junto a la ausencia y a la nostalgia, un trío inexpugnable que desemboca en vacío y en desolación. En este sentido, encontramos expresiones bellísimas como: «Amor, los barcos avanzan en la lejanía, y sin ti, el aire es un temblor presentido que se adhiere a mis venas» (en «Marítimo»). O cuando dice en «Términos nombrables»: «Es la pérdida del amor y su vacío un espacio mudo, oscuro, porque el amor es esa pulsión que disfraza la vida de términos nombrables».

A lo largo del libro el sujeto poético se manifiesta con frecuencia de forma contemplativa, sobre todo en la segunda parte de mismo, interpretando una realidad imaginada que se corresponde con su mundo interior. Se trata de un camino de introspección para el que la autora utiliza fórmulas diversas. Entre ellas, vemos cómo en algunos pasajes deja a un lado la descripción poética para interpelar a una segunda persona del singular que a menudo resulta ser el mismo yo textual y, en otras ocasiones, otra persona a la que se dirige, buscando aparentemente una respuesta que ya viene dada a priori en la misma pregunta o afirmación emitida.

El título de esta segunda parte («La vida se ordena») nos sitúa ante un camino que concluirá en la búsqueda de una vida plena sin «miedos» ni «miseria», mientras avanza «con paso errático por las calles» donde el sujeto poético mantiene una actitud de ensimismamiento y de inmersión en sus pensamientos. Estos afloran mediante la palabra poética, a menudo en forma de soliloquio con mensajes dirigidos a un tú que no está presente. Su actitud meditativa se expresa fundamentalmente en esta segunda parte del poemario en la que deja pasar sus pensamientos de soledad, amor, nostalgia, ausencia pero también de fingimiento y de frialdad ajenos, origen de su  soledad («…si dentro del corazón habita la máscara fría del engaño», expresa en «Sin motivo»).

Una afluencia de bellas imágenes fluye en las composiciones de todo el libro, metáforas como «Los  ojos de la ciudad observan, atrapados bajo sus párpados de cemento y hierro, el trasiego humano», para referirse a las ventanas de los edificios («Insomnio»), ojos que son «testigos enmudecidos de la oscuridad del mundo». Un mundo exterior que se dibuja como lugar distante y extraño en donde se contextualizan la soledad de todos y la del yo poético («el silencio de todos», expresa en «Malas calles»). O metáforas referidas a la memoria: «el tiempo es un incendio iluminando el silencio del pasado» («Incendios»).

La belleza de los textos viene realzada por recursos nada recargados pero muy certeros, por ejemplo cuando dice: «Allí, sola en su recuerdo, escuchaba a la noche marcando el silencio»; la personificación de la noche  y la paradoja del binomino «escuchaba»/«silencio» aluden a un pasado de «días frágiles y hermosos» transformado por el transcurrir del tiempo «en la habitación salpicada de tristeza» y recordado en su plenitud como «insólita y fugaz dicha que la aleja del perfil de la muerte» («Días frágiles»).

Entre los recursos utilizados por Inés Montes, además de los indicados, son recurrentes las referencias al día y a la noche, a la luz y a la oscuridad, como símbolos antitéticos a través de los cuales se expresan por contraposición las emociones procedentes de la soledad, la incomunicación y la ausencia. También las alusiones a los sueños muestran un camino de anhelos o de horizonte imaginado como refugio frente a la soledad y a la distancia interpersonal. E igualmente, las reiteraciones de vocablos o de sintagmas contribuyen a redundar en las emociones expresadas o a focalizar un aspecto de estas, por ejemplo la repetición del pronombre «Ella» en el inicio de las frases de la composición titulada «Lección de soledad», o la reiteración de «No basta con decir “te quiero”» en «Sin motivo», cuya contundencia final, dicho sea de paso, acentúa la poeticidad del texto: «Cae sobre todo y sobre todos. La nieve. Tú».

Igualmente, la repetición insistente del sintagma «tu nombre» en la composición homónima constituye un recurso de enfatización mediante el cual se focaliza el amor sentido desde la ausencia. En dicho texto expresa de manera sublime: «Tu nombre: mi fuerza y mi bálsamo entre la nada y el fuego».

En ocasiones la pregunta retórica refuerza la expresión poética y el mensaje que conlleva: «¿Era tal vez allí desde donde me mirabas, donde escuchabas el miedo que agitaba el aire?» (Voyeur). O en «Nada sé de mí que no sea olvido», siendo el olvido punto de partida de su soledad: «¿Qué persigues? ¿Acaso el fulgor que otorga la soledad con sus noches incompletas?», en alusión al insomnio que esta arrastra tras de sí.

Cabe destacar en el libro la soltura con la que la autora cierra los poemas, algo usual en la poética de Inés Montes. Así, encontramos bellas imágenes concluyentes como cuando expresa en «Outsider»: «Cuando se vuelve del infierno, cualquier aposento es cómodo»; en «Marítimo»: «En la superficie solo hay oscuridad»; o en «Términos nombrables»: «Su ausencia es un hueco sucio, una demoledora soledad».

La vida fluye en los límites de una realidad cambiante y, en la misma, el yo poético percibe la extrañeza de un mundo en el que se encuentra exiliado y donde siente la soledad. Y, sin embargo, un hálito de superación aparece en la composición final del libro en la que se evidencia una intencionalidad expresa de resurgimiento. Mención especial merece este último texto titulado igual que la segunda parte, «La vida se ordena», en consonancia con el itinerario poético y emocional que se expone. En el mismo, ella parece aceptar la soledad y el olvido procedentes del amor que ya no está («cuando dibujábamos nuestros besos en la espesura salvaje del recuerdo»), entiende el proceso del desapego que puede ser «oscuridad o luz» y recuerda el pasado que hoy permanece en la mudez de la manifestación amorosa. A partir de ahí, se produce una inflexión en la emoción con la aceptación de que la vida sigue en otras posibilidades definidas por el recuerdo o la añoranza, con la mirada puesta en un nuevo trayecto (¿tal vez «una nueva soledad»?), pero siempre con la certeza esperanzadora de que «la vida se ordena».

La expresividad de Incendios es manifiesta a través de textos de gran belleza donde encontramos una emoción expuesta y transparente y, al mismo tiempo,  envuelta en un lenguaje poético intenso y sutil. La autora no se enmascara detrás de las imágenes, sino que estas acentúan las emociones con un lenguaje que prescinde de adornos y que escoge la poeticidad del vocablo para sublimar la imagen, rasgo que caracteriza la obra de Inés Montes. La soledad, la ausencia, el amor y su envés de lejanía, la memoria de un tiempo cambiante y transformador a la vez constituyen elementos ígneos, llamas emocionales íntimas que en realidad a todos nos conciernen y que vienen propagadas por una voz poética propia y consistente cuyas palabras, como expresa su autora, «narran el mundo, para que todo comience y surja de nuevo».

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