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Plaza Furstenberd, donde acaba 'La edad de la inocencias', de Scorsese
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Plaza Furstenberd, donde acaba "La edad de la inocencias", de Scorsese (Foto: Consuelo de Arco)

EDITH WHARTON, LA TRAMPA DE LA INOCENCIA

miércoles 07 de octubre de 2026, 17:16h

En junio pasado se celebró en Lenox, Massachusetts, una cumbre mundial sobre Edith Wharton, una de las grandes escritoras de la época moderna. Me hubiera gustado ir, pero no pude.

A menudo ponía títulos irónicos. “La edad de la inocencia” habla de una “inocente” que en su propio provecho quiere estorbar que dos amantes se amen. En la película de Martin Scorsese la interpreta malvadamente bien Wynona Ryder.  En “La casa de la alegría” habla de una casa donde la sociedad con sus prejuicios feroces machaca a una mujer que quiere vivir su propia vida.

Me detuve  una vez en la pequeña plaza Furstenberg,  con un farol en medio una placita como una sala de estar fuera de todas las estridencias.

Estaba  en pleno corazon de Saint Germain des Pres pero como apartada de todos los ruidos y palabrerías. Me quedé allí un buen rato y recordé el final de “La edad de la inocencia” de Edith Wharton.

Cuando el protagonista mira hacia la ventana donde vivía la mujer a la que pudo amar en America. La mujer que le hizo vibrar al margen del matrimonio conveniente y provechoso, y nota que en esa luz solitaria pasaba la silueta de su amor nunca pronunciado del todo. Y siente nostalgia de  todo un mundo que no pudo ser, de todo un aviso o una intuición de comunicaciones y de verdades calientes que no son las verdades formularias de la vida corriente.

Y en aquella soledad lirica y apartada sentí que  ese personaje  se parecía Castel, el protagonista de “El túnel” de Ernesto Sábato.

Sentí  que aquella ventana era la ventana del cuadro de Castel en una esquina donde una mujer miraba el  mar. Y que el protagonista en realidad amaba a la mujer solitaria del cuadro. Y que el cuadro con su esquina expresiva era un retrato de María  anticipado. Por eso María se vio a sí misma y se animó  al reconocerse.

Pero todo ocurre siempre en una esquina callada y hay que tener la mirada libre y suelta para reconocerlo.

Y allí en aquella plaza sin charlas  y sin agobios el protagonista  de la novela de Wharton supo sin límites quien era y lo lejos que está de nosotros en realidad toda la vida y todo lo que sospechamos.

Y allí yo estaba con Consuelo y yo también era Castel en algún aspecto. Y conectaba de esa forma esquinada y silenciosa también con ella, aunque a menudo discutíamos o no nos entendíamos por su mundo y el mío, por las precariedades del lenguaje por tantos malentendidos.

Pero  cuando menos lo pensábamos sentíamos los dos lo mismo,  teníamos las mismas ocurrencias  los dos a un tiempo. Y yo veía como un relámpago a veces su vitalidad más delicada y secreta. Entonces ella era María y yo Castel, ella era la desconocida que pasó junto a Baudelaire por la calle.

Y ella era el amor ardiente y no nombrado del personaje de Edith Wharton, La que le dio todo un instante y se fue. Pero a mí Consuelo me dio todo y se quedó.

Aquella mujer era la pasión que brilló un instante y se fue. Pero yo cogí la pasión y me quedé con ella.

En la novela de Wharton la inocencia era una serie de trampas para embaucar y aprisionar al personaje. La joven inocente consigue enredar y atrapar al protagonista y meterlo en la mediocridad.

El protagonista ve a la otra, a la mortal y apasionada, o la adivina, detrás de una ventana encendida en la plaza Furstermber. Una plaza también tan íntima que es apropiada para que el personaje de Wharton adivine en una nostalgia final y solitaria todo lo que ha perdido.

Y así son también tantos personajes solitarios de Edith Wharton, enfrentados a la mediocridad y la sociedad, y aplastados por ella. Como en “La casa de la alegría” o “Sueño crepuscular”.

Ferozmente la sociedad con sus normas malogran a los personajes rebeldes o con personalidad. O simplemente con sensibilidad.

Por eso también Edith Wharton se encontraba tan bien en París. Una vez peregriné para ver la casa de esa escritora tan intensa y poco comprendida. Se encontraba tan bien en Francia.

En aquella placita, tan secreta, yo también miré una ventana secreta en lo alto, que se parecía a esa ventana encendida y simbolista  que pintó Degouve De Nuncques,. Y me sentí como un personaje de Edith Wharton.

Y lo vi todo junto en aquella ventana, toda una vida posible y esfumada, igual que Baudelaire lo vio todo en una muchacha que vio al pasar un instante por una calle de París: “Tú a quien yo hubiera amado, tú que lo comprendiste”.

Edtih Wharton, enemiga del puritanismo de los calvinistas que fundaron Estados Unidos, se parecía mucho a Baudelaire. Y yo me parecía a ella y la vi en aquella ventanita secreta.

Miré hacia ella como miró el protagonista de “La edad de la inocencia” al final de la novela recordando sin límites todo lo que un día vio en su amante fugaz al atardecer.

En junio pasado se celebro sobre Edith Wharton una cumbre mundial en Lenox, Massachusetts. Me hubiera gustado ir pero soy un escritor muerto de hambre. Pérez Reverte dice que la burocracia española es mala para los valientes. También es mala para los escritores.

 

ANTONIO COSTA GÓMEZ
CONSUELO DE ARCO:  PLAZA FURSTENBERD, DONDE ACABA “LA EDAD DE LA INOCENCIA” DE SCORSESE

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