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Nuestro poema de cada día
Retrato de Azorín realizado por Javier Clavo. Grabado original a la punta seca sobre papel. Publicado originalmente entre 1976 y 1977. Forma parte de la carpeta y libro de coleccionista de bibliofilia titulado Un hidalgo, ilustrado por Javier Clavo con textos del propio Azorín.
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Retrato de Azorín realizado por Javier Clavo. Grabado original a la punta seca sobre papel. Publicado originalmente entre 1976 y 1977. Forma parte de la carpeta y libro de coleccionista de bibliofilia titulado Un hidalgo, ilustrado por Javier Clavo con textos del propio Azorín.

El profundo lirismo que impregna la prosa de Azorín. IX

El inconfundible estilo de Azorín. II
viernes 09 de octubre de 2026, 11:10h

Las estructuras sintácticas de la prosa azoriniana son muy sencillas: frente a los párrafos elocuentes y caudalosos, tan característicos de la novela del siglo XIX, Azorín prefiere el párrafo corto y las oraciones breves y simples unidas por yuxtaposición o por coordinación copulativa; y con verbos en presente de indicativo, que le permiten una mayor interacción “actualizada” con el lector -ya fuera de un tiempo y un lugar concreto-, al que no tiene reparos en dirigirse a menudo para lograr así una vía de comunicación más afectiva y afectiva. Prosa, pues, la suya despojada de toda ornamentación retórica.

José Martínez Ruiz, Azorín: Los pueblos. Madrid, Editorial Castalia, 1974. Colección Clásicos Castalia, núm. 59
José Martínez Ruiz, Azorín: Los pueblos. Madrid, Editorial Castalia, 1974. Colección Clásicos Castalia, núm. 59

El texto que presentamos pertenece a Los pueblos. Azorín dedica una elegía a Julia, “una muchacha delgada, esbelta, con grandes ojos melancólicos, azules...”, que murió, en plena lozanía de su juventud y belleza, en la ciudad en la que transcurrió la infancia del escritor.

 

Una elegía

 

-Señor Azorín, ¿es esto una elegía?

-Amigo lector. Esto es una elegía.

Se llamaba Julín. ¿Cómo os imagináis vosotros a Julín? ¿Creéis que este nombre varonil es de algún niño rubio, vivaracho, revoltoso? No; os engañáis. Julín era Julia. Y Julia era una muchacha delgada, esbelta, con unos grandes ojos melancólicos, azules... Yo la he recordado cuando, tras largo tiempo de ausencia, he vuelto a poner los pies es esta monótona ciudad donde ha transcurrido mi infancia. Ya bien de mañana, yo me he encaminado por las calles anchas, de casas bajas, con las puertas, a esta hora, entornadas, con los zaguanes silenciosos. El sol va bañando lentamente las blancas fachadas; de cuando en cuando se oyen las campanadas rítmicas y cristalinas de la iglesia, y las herrerías, todas las herrerías de la ciudad, las herrerías negras, las herrerías calladas durante la noche, comienzan a cantar. Os diré que éstos son los instantes supremos en que despiertan todos estos oficios seculares, venerables de los pueblos. Y si vosotros los amáis, si vosotros sentís por ellos una profunda simpatía, podéis ver a esta hora, fresca, clara y enérgica, cómo se abren los talleres de los aperadores, de los talabarteros, de los peltreros; y de qué manera comienzan a marchar los pocos y vestustos telares que aún perduran como sobrecogidos, como atemorizados, como ocultos en un lóbrego zaguán, allá en una calleja empinada y silenciosa; y con qué joviales, fuertes y rítmicos tintineos entonan sus canciones las herrerías. Yo tengo predilección por estos hombres que forjan y retuercen el hierro: que mis amigos los carpinteros me dispensen esta confidencia, hasta hora secreta; en estas palabras no hay para ellos ni el más ligero agravio; otro día dedicaré unas líneas cordiales a estos otros hombres, también excelentes y afables, que labran la madera. Ahora voy a sentarme en una herrería. La llama de la fragua surge briosa en el hogar; el fuelle va resoplando sonoramente; en medio del taller, el viejo yunque, patriarcal, venerable, alma de la herrería, espera el rojo hierro que ha de ser martilleado. Y el hierro sacado de entre las brasas. Y los martillos, recios, caen y tornan a caer sobre él, y van cantando alegres su canción milenaria, en tanto que el grueso yunque parece que se ensancha de satisfacción -tal vez de vanidad-, pensando que sin él no se podría hacer nada en la herrería.

Y, de rato en rato, el martilleo cesa; entonces el maestro y yo hablamos de las cosas del pueblo, es decir, del mucho o poco trabajo que hay, de las casas que están construyendo, de lo deleznables que son –no os quepa duda de esto- los trabajos de hierro que vienen de las fábricas. Yo pienso que todas estas cerraduras, estos pasadores, estas fallebas, fabricadas en grande, mecánicamente, en los enormes talleres cosmopolitas, entre la multitud rápida y atronadora de los obreros, no tienen alma, no tienen ese algo misterioso e indefinible de las piezas forjadas en las viejas edades, que todavía en los pueblos se forjan, y en que parece que el espíritu humano ha creado una polarización indestructible, perdurable...

Los martillos van cantando, cantando con sus sones claros y fuertes; el fuelle sopla y resopla ronco. Y ahora el maestro y yo ya no hablamos de las cosechas, ni de las fábricas, ni de las casas; hablamos de los amigos que han desaparecido para siempre. Si vais a vuestro pueblo después de haber estado lejos de él pocos o muchos años, estos recuerdos serán inevitables. Ya otro día apuntaba yo en otra parte algo de esto. ¿Qué se ha hecho de don Ramón, de don Luis, de don Juan, de don Antonio? ¿Cómo acabó don Pedro? ¿Es verdad que don Jenaro hizo una casa nueva, una casa soberbia, en que había puesto todas sus ilusiones, y murió a los ocho días de mudarse a ella? ¿Le dejó don Rafael la labor de los Tomillares a su sobrina Juanita, la hija de don Bartolomé el médico?

Y cuando yo pronuncio el nombre de Juanita, el maestro se queda un momento en suspenso, con el martillo en una mano y las tenazas en la otra, y me dice:

-¡Hombre! ¿No sabe usted que se murió Julín? ¿Se acuerda usted? Julia, la chica de don Alberto...

Yo sí me acuerdo; yo siento al oír al maestro una tristeza honda. ¿No os encanta este contraste de un nombre varonil y una muchacha fina, blanca, suave, con los ojos azules, soñadores, pensativos, tristes? Vosotros acaso no sabréis que en los pueblos es quizá donde las muchachas son aún románticas, es decir, donde hay niñas tristes que tocan en el piano cosas tristes, que pasan horas enteras inmóviles, que leen novelas, que saben versos de memoria, y, sobre todo, que tienen sonrisas inefables, sonrisas de una ingenuidad adorable, divina. ¿No habéis visto a estas muchachas en las ferias de los pueblos, o en los bailes, o paseando por el andén de la estación un  día  que habéis pasado en el tren y os habéis asomado soñolientos, cansados de leer un rimero de periódicos que dicen todos lo mismo?

Los martillos prosiguen con su canción alegre y fuerte; el fuelle hace "fa-fa-fa..." Yo ya no puedo estar sosegado en esta herrería; una irreprimible tristeza invade mi espíritu. Cuando salgo, don Baltasar está en su puerta.

Yo le digo:

-Buenos días, don Baltasar.

Él me dice:

-¡Caramba, Azorín! ¿Tanto bueno por aquí?

Don Baltasar es el fotógrafo. ¿Afirmaréis vosotros que en los pueblos hay hombre más interesante que el fotógrafo? Que no pase jamás por vuestra imaginación tal disparate. Yo estimo también cordialmente a los fotógrafos; otro día les dedicaré también unas líneas cariñosas. Ahora voy a entrar un momento en casa de mi amigo don Baltasar. Yo quiero charlar con este hombre sencillo y ver de paso las fotografías que él tiene colocadas en anchos cuadros. Os confesaré que siempre que yo llego a una ciudad desconocida mi primer cuidado es contemplar los escaparates de los fotógrafos. Yo veo en ellos los retratos de los buenos señores que viven en el pueblo y a quienes conozco -y esto acaso me los hace simpáticos- y las caras, tan diversas, tan enigmáticas de estas muchachas de que antes hablaba. ¿Qué dicen estos rostros? ¿Qué ideas, qué ambiciones, qué esperanzas, qué desconsuelos hay detrás de todas estas frentes femeninas juveniles? ¿Se podrá adivinar todo esto por los ojos, por los pliegues y contracturas de la boca, por la forma y la actitud de las manos?

Yo me acerco al escaparate de mi amigo don Baltasar. Yo voy viendo estos señores, estas damas, estas muchachas. Y de pronto mis miradas caen sobre una fotografía que me causa viva y honda emoción. ¿Lo habéis sospechado ya? Es Julín. Yo la miro absorto, olvidado de todo, emocionado.

Don Baltasar me dice:

-¿Qué mira usted, Azorín?

Yo digo:

-Miro a Julín, la hija de don Alberto.

Don Baltasar exclama:

-¡Ah, sí! Cuando yo la retraté estaba ya muy enferma.

Julín aparece sentada en un banquillo rústico; su cara es más ovalada y más fina que cuando yo la vi por última vez; su cuerpo es más delgado, sus ojos parecen más pensativos y más grandes; sus brazos caen a lo largo de la falda con un ademán supremo de cansancio y de melancolía. Y un abanico a medio abrir yace entre los dedos, largos y transparentes... En el zaguán de la casa reina un profundo silencio; un moscardón revuela en idas y venidas incongruentes, con un zumbido sonoro.

Yo me despido de don Baltasar. Los martillos cantan sobre los yunques con sus sones alegres; unas campanas lejanas llaman a las últimas misas de la mañana. Yo camino despacio; yo digo: “Las cosas bellas debían ser eternas”...

 

José  Martínez  Ruiz,  Azorín: Los pueblos. Madrid,
Editorial Castalia, 1974. Colección Clásicos Castalia, núm. 59

 

Apoyo léxico. Aperador. El que tiene por oficio hacer carros o galeras y aparejos para el acarreo y trajín del campo. Talabartero. Guarnicionero que hace talabartes y otros correajes. (Talabarte: Pretina o cinturón, ordinariamente de cuero, que  lleva pendientes los tiros de que cuelga la espada o el sable). Peltrero. El que trabaja el peltre, aleación de cinc, plomo y estaño. Falleba. Varilla de hierro acodillada en sus extremos, sujeta en varios anillos y que sirve para asegurar puertas o ventanas. Polarización. Acción y efecto de polarizar. (Polarizar: Concentrar la atención o el ánimo en una cosa).  Rimero. Montón de cosas puestas unas sobre otras.

“Una elegía” pertenece a Los pueblos (1905), obra en la que Azorín se nos muestra como excepcional observador de la realidad española, de sus campos y aldeas olvidados por el tiempo y dormidos en sus recuerdos, a los que se acerca con mirada crítica y profundo deseo de reforma.

A lo largo del texto, la figura de Julia es evocada en tres ocasiones: al comienzo, cuando el regreso a la ciudad, tras largos años de ausencia, trae a la memoria de Azorín el recuerdo de una bella muchacha, llamada familiarmente Julín; a la mitad del texto, cuando visitando la herrería y al preguntar al maestro por los amigos desaparecidos, conoce la triste noticia de la muerte de aquélla; y al final del texto, cuando, en casa de don Baltasar, el fotógrafo del lugar, Azorín se topa con la fotografía de Julia y pinta el retrato de la joven. La frase con que se cierra el texto -“Las cosas bellas debían ser eternas...”- expresa la emoción contenida que embarga a Azorín tras la evocación de Julia; y sintetiza la íntima melancolía del autor ante el paso del tiempo, que ni siquiera respeta las cosas más bellas.

Azorín describe la llegada del amanecer y, con él, la puesta en marcha de los talleres de aperadores, talabarteros, peltreros, tejedores... Destaca la cuidadosa y matizada anotación de las sensaciones y la extremada propiedad con que usa el léxico: "(...) se oyen las campanas rítmicas y cristalinas de la iglesia, y las herrerías, todas las herrerías de la ciudad, las herrerías negras, las herrerías calladas durante la noche, comienzan a cantar."; "(...) podéis ver a esta hora, fresca, clara y enérgica, cómo se abren los talleres de los aperadores, de los talabarteros, de los peltreros; y de qué manera comienzan a marchar los pocos y vetustos telares que aún perduran, como sobrecogidos, como atemorizados, como ocultos en un lóbrego zaguán, allá en una calleja empinada y silenciosa; y con qué joviales, fuertes y rítmicos tintineos entonan sus canciones las herrerías."...

La descripción de la herrería está transida de poesía. Abundan las imágenes auditivas: el resoplido sonoro del fuelle, el martilleo incesante y alegre... Los adjetivos tienen una fuerte carga subjetiva: "yunque patriarcal, venerable", "trabajos de hierro deleznables";...

Conversando con el herrero, se entera Azorín de la muerte de Julia, y siente "una tristeza honda". La evocación de las  muchachas  románticas  que todavía viven en  algunos pueblos rebosa emoción y ternura. Azorín abandona la herrería y una "irreprimible tristeza" invade su espíritu.

Un encuentro con el fotógrafo da pie para un reflexión sobre el arte de la fotografía y lo que pueden decir los rostros de las personas retratadas. Y, de nuevo, la presencia de Julia, a través de una fotografía, vuelve a sumergir a Azorín en una profunda melancolía. El escritor se despide de su amigo don Baltasar, camina despacio y medita en voz alta sobre el carácter eterno que debieran poseer las cosas bellas.

Azorín habla siempre en primera persona, empleando el pronombre personal yo -característica peculiar de su estilo-; y tiene muy en cuenta, en todo momento, al lector, interpelándolo para acercarlo más a su intimidad y lograr una comunicación altamente expresiva. Los ejemplo podrían multiplicarse; basten éstos:

¿Cómo os imagináis vosotros a Julín? ¿Creéis que estnombre varonil es de algún niño rubio, vivaracho, revoltoso? No; os engañáis. Julín era Julia. (...) Yo la he recordado cuando, tras largo tiempo de ausencia, he vuelto a poner los pies en esta monótona ciudad donde ha transcurrido mi infancia.

-¡Hombre! ¿No sabe usted que se murió Julín? ¿Se acuerda usted? Julia, la chica de don Alberto... Yo sí me acuerdo: yo siento al oír al maestro una tristeza honda. ¿No os encanta este contraste entre un nombre varonil y una muchacha fina, blanca, suave, con los ojos azules, soñadores, pensativos, tristes? Vosotros acaso no sabréis que en los pueblos es quizá donde las muchachas son aún románticas, [...].

La adjetivación empleada por Azorín es tan rica como expresiva, y confiere a la descripción un ritmo lento: "oficios seculares, venerables"; "hora fresca, clara y enérgica"; "hombres excelentes y afables"; "yunque patriarcal, venerable"; "muchacha fina, blanca, suave"; "ojos azules, soñadores, pensativos, tristes"...; ritmo lento al que contribuyen, igualmente, las perífrasis verbales durativas y los adverbios en -mente: "El sol va bañando lentamente las blancas fachadas"; "el fuelle va resoplando sonoramente"; "Los martillos van cantando alegres su canción milenaria"...

Por otra parte, las estructuras sintácticas son muy sencillas. Frente al retoricismo y la amplitud de período decimonónicos, Azorín prefiere las frases cortas y simples, unidas por coordinación y yuxtaposición. Su prosa se ha despojado de todo ornamento retórico, y se complace en las pequeñas cosas cotidianas por las que nuestra mirada resbala indiferente, ennobleciéndolas delicadamente: el silencio de los zaguanes y de las calles, los instrumentos de trabajo del herrero, el zumbido del moscardón...

A modo de conclusión. En el texto se evidencia que a Azorín le gusta evocar ambientes vetustos y ciudades en las que la vida fluye lentamente; y que se deleita con las cosas pequeñas y menudas. Comprobarlo en el texto anterior. Por otra parte, el texto está perfectamente estructurado: leve soporte narrativo; breves diálogos que interrumpen emocionadas descripciones... Y, desde luego, no hay que olvidar la eficacia de la adjetivación y algunas de las más afortunadas imágenes que muestran la extraordinaria sensibilidad de Azorín: "yunque patriarcal, venerable"... Y, desde luego el texto es un buen ejemplo del estilo de Azorín (Ortega y Gasset definió su gusto por el detalle, por las pequeñas cosas cotidianas en las que no solemos reparar, con la feliz expresión "primores de lo vulgar"), fácilmente reconocibles en el texto.

 

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