Nuestro poema de cada día
El inagotable acervo léxico de Azorín
11/10/2026@07:07:00
El léxico de Azorín es tan variado como extenso; y lo mismo toma vocablos de la legua hablada por los campesinos y por los diferentes artesanos de los rincones de Castilla que visita -dignificando así el habla rural-, como de los escritores clásicos -empleando arcaísmos y vocablos de contenido fuertemente decadentista- y modernos -de los que sabe extraer acertados neologismos. En el artículo “La palabra y la vida” afirma Azorín que “lo que debemos desear al escritor es ser claros, precisos y concisos”. Y añade más adelante: “Cada cosa en el lenguaje escrito debe ser nombrada con su nombre propio; los rodeos, las perífrasis, los circunloquios embarazarán y recargarán y ofuscarán el estilo. Pero para poder nombrar casa cosa con su nombre… debemos saber los nombres de las cosas. Echemos una mirada por la casa y por el campo; a centenares se nos ofrecerán las cosas, los detalles, los particulares, las faenas y operaciones que no sabemos nombrar. Y, sin embargo todo eso tiene o ha tenido su nombre; debemos conocer y usar esos nombres. Si están esos nombres en el habla baja, popular, llevémoslos sin vacilar al lenguaje literario: si están en libros viejos -en los clásicos-, exhumémoslos también sin reparo”.
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El inconfundible estilo de Azorín. III
Cuando Azorín describe, va recogiendo las sensaciones y vivencias que en él despiertan los seres descritos, al tiempo y con el ritmo en que estas se van produciendo. Así puede contemplarse en este otro texto -perteneciente a la novela Antonio Azorín- en el que el escritor descrire -en una descripción de corte impresionista, salpicada de vocablos de uso local- una casa de campo murciana.
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El inconfundible estilo de Azorín. I
Es Azorín, uno de nuestros mayores estilistas. Su teoría del estilo queda plasmada en un capítulo del libro Un pueblecito: Riofrío de Ávila (1916) [1]. Cuenta Azorín -aunque pudiera tratarse de un mero recurso literario, similar al cervantino del autor morisco de El Quijote, el manuscrito encontrado en Toledo- que cayó en sus manos -en la Cuesta de Moyano- el libro Sentimientos patrióticos, publicado en 1791 por Jacinto Bejarano -cura párroco de la iglesia de san Martín en el pueblo abulense de Arévalo-. Y se identifica plenamente con él cuando afirma Bejarano que “El estilo es claro si lleva al instante al oyente a las cosas, sin detenerse en las palabras”; porque “De todos los defectos del estilo, el más ridículo es el que se llama hinchazón”. Y estas máximas se convertirán en la norma suprema del estilo azoriniano.
Supongo que ya lo sabrán: el jueves pasado se cumplió el ciento cincuenta aniversario del nacimiento en Monóvar, un domingo y con la noche apuntando ya hacia el alba, de José Martínez Ruiz, Azorín. Y no lo evoco aquí por paisano, por conocido desde niño, por mencionado con frecuencia en la casa de los abuelos; no. Sino por su prosa; simplemente excepcional.
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El inconfundible estilo de Azorín. II
Las estructuras sintácticas de la prosa azoriniana son muy sencillas: frente a los párrafos elocuentes y caudalosos, tan característicos de la novela del siglo XIX, Azorín prefiere el párrafo corto y las oraciones breves y simples unidas por yuxtaposición o por coordinación copulativa; y con verbos en presente de indicativo, que le permiten una mayor interacción “actualizada” con el lector -ya fuera de un tiempo y un lugar concreto-, al que no tiene reparos en dirigirse a menudo para lograr así una vía de comunicación más afectiva y afectiva. Prosa, pues, la suya despojada de toda ornamentación retórica.
(Madrid, 19 DE OCTUBRE DE 2025)
Sírvanos como pretexto esta celebración para recordar y comentar un texto de Azorín, titulado “En la Meseta”, y publicado en La Vanguardia (el miércoles 4 de enero de 1911).
Desde Daniel Defoe, allá por los primeros años del siglo XVIII, los periódicos, las gacetas, los almanaques y hasta los diarios de avisos —en su varia y a veces hasta volatinera periodicidad— han constituido un bastimento para los escritores. Y cuando ya el periodismo, tras un siglo y pico, estableció unos ciertos patrones para presentar la noticia —desde la editorial o el artículo de fondo, pasando por el folletón y el reportaje, hasta la breve gacetilla o el sucinto y expósito suelto—, el escritor también se enfrentó, si quería sacarse algunos cuartos por este conducto, a unas exigencias formales, o si se me apura y de un modo laxo, pero en absoluto desacertado, literarias: las impuestas por el espacio que se le asignaba.
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