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MIGUEL DE UNAMUNO (Retrato de Joaquín Soroya, en torno a 1912. Algunas fuentes lo sitúan hacia 1920. Óleo sobre lienzo. Museo de bellas Artes de Bilbao).
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MIGUEL DE UNAMUNO (Retrato de Joaquín Soroya, en torno a 1912. Algunas fuentes lo sitúan hacia 1920. Óleo sobre lienzo. Museo de bellas Artes de Bilbao).

El carácter lírico de la prosa descriptiva de Miguel de Unamuno. Su concepción estética del paisaje. I

martes 20 de octubre de 2026, 12:11h

Dentro de los escritores de la Generación del 98, Miguel de Unamuno es el de mayor expresividad ideológica. Enemigo del formalismo afectado, “lucha” con el lenguaje intentando doblegarlo para convertirlo en el instrumento idóneo  que sirva de vehículo de expresión a su pensamiento -tan contradictorio,  tan crítico, tan dramático-; lo que le lleva a un difícil conceptismo con el que en ocasiones rebasa los límites habituales de la expresión. En efecto, su estilo se caracteriza por su viveza y expresividad. Sabe extraer de las  palabras todas sus posibilidades semánticas, y su prosa, repleta de paradojas y antítesis -en la línea de su temperamento-, alcanza una extraordinaria intensidad afectiva.

Miguel de Unamuno: En torno al casticismo. Madrid, Editorial Cátedra, 2005. Colección Letras Hispánicas, núm. 582. Jean-Claude Rabaté, editor literario.
Miguel de Unamuno: En torno al casticismo. Madrid, Editorial Cátedra, 2005. Colección Letras Hispánicas, núm. 582. Jean-Claude Rabaté, editor literario.

La producción de Unamuno es extensa, y abarca todos los géneros -ensayo, periodismo, crítica, novela, teatro, poesía...-. Y es en su prosa ensayística de viajes y crónicas -en obras como Paisajes (1902), Por tierras de Portugal y España (1911), Andanzas y visiones españolas (1922)...- en donde encontramos un apasionado lirismo a la hora de describir el paisaje, que no es un simple decorado exterior, sino un reflejo del alma humana. La fisonomía de las ciudades, la severidad del paisaje castellano -la desnudez de las parameras, las crestas rocosas de las montañas y los berrocales...- le han inspirado a Unamuno páginas en las que late un intenso sentido -y sentimiento- lírico. Porque en sus visiones del paisaje resulta difícil separar lo realmente visto de la manera de verlo, cuánto hay de realidad y cuánto de sensibilidad; un paisaje del que le atrae su austeridad, su reciedumbre, su capacidad de sugerir algo más de lo que captan los sentidos. Sírvanos como ejemplo este texto tomado de En torno al casticismo.

 

[“Paisaje y paisanaje castellanos”]

La población se presenta, por lo general, en el campo castellano recogida en lugares, villas o ciudades, en grupos de apiñadas viviendas, distanciados de largo en largo por extensas y peladas soledades. El caserío de los pueblos es compacto y recortadamente demarcado, sin que vaya perdiéndose y difuminándose en la llanura con casas aisladas que le rodean, sin matices de población intermedia, como si las viviendas se apretaran en derredor de la iglesia para prestarse calor y defenderse del rigor de la Naturaleza, como si las familias buscaran una segunda capa, en cuyo ambiente aislarse de la crueldad del clima y la tristeza del paisaje. Así es que los lugareños tienen que recorrer a las veces en su mula no chico trecho hasta llegar a su labranza, donde trabajan, uno aquí, otro allá, aislados, y los gañanes no pueden hasta la noche volver a casa, a dormir el reconfortante sueño del trabajo sobre el escaño duro de la cocina, ¡Y que es de ver verlos a la caída de la tarde, bajo el cielo blanco, dibujar en él sus siluetas, montados en sus mulas, dando al aire sutil sus cantares lentos, monótonos y tristes, que se pierden en la infinita inmensidad del campo lleno de surcos!

Mientras ellos están en la labor, sudando sobre la dura tierra, hacen la suya las comadres, murmurando en las solanas en que gozan del breve día. En las largas veladas invernales suelen reunirse amos y criados bajo la ancha campana del hogar, y bailan estos al compás de seca pandereta y al de algún viejo romance no pocas veces.

Penetrad en uno de esos lugares o en una de las viejas ciudades amodorradas en la llanura, donde la vida parece discurrir calmosa y lenta en la monotonía de las horas, y allí dentro hay almas vivas, con fondo transitorio y fondo eterno y una intra-historia castellana.

Allí dentro vive una casta de complexión seca, dura y sarmentosa, tostada por el sol y curtida por el frío, una casta de hombres sobrios, producto de una larga selección por las heladas de crudísimos inviernos y una serie de penurias periódicas, hechos a la inclemencia del cielo y a la pobreza de la vida. El labriego que al pasar montado en su mula y arrebujado en su capa os dio gravemente los buenos días, os recibirá sin grandes cortesías, con continente sobrio. Es calmoso en sus movimientos, en su conversación pausado y grave y con una flema que le hace parecer a un rey destronado. Esto cuando no es socarrón, voz muy castiza de un carácter muy castizo también. La socarronería es el castizo humorismo castellano, un humorismo grave y reposado, sentencioso y flemático; el humorismo del bachiller Sansón Carrasco, que se bate caballerosamente con Don Quijote con toda la solemnidad que requiere el caso, y que acaba tomando en serio el juego [1]. Es el humorismo grave de Quevedo, el que hizo los discursos de Marco Bruto [2].

De ordinario suele ser silencioso y taciturno mientras no se le desata la lengua. Recordad aquel viejo Pero Vermuez que vive en el Romanz de myo Cid, un fósil hoy, pero que tuvo alma y vida, aquel Pero Vermuez, al cual cató myo Cid y le dice:

   Fabla, Pero Mudo, varón que tanto callas, [3]

y entonces

   Pero Vermuez conpeço de fablar

   Detienes’le la lengua, non puede delibrar;

   Mas cuando empieça, sabed, nol da vagar. [4]

 

Pero Mudo, al romper a hablar, suelta a los infantes un torrente acusatorio, en

el que les dice:

 

   «lengua sin manos, ¿cuemo osas fablar?» [5]

 

Todo Pero Mudo se vierte en este apóstrofe: lengua sin manos, ¿cómo osas hablar?

Es tan tenaz como lento, yendo lo uno emparejado con lo otro. Diríase que es en él largo lo que llaman los psico-fisiólogos el tiempo de reacción, que necesita de bastante rato para darse cuenta de una impresión o de una idea, y que una vez que la agarra no la suelta a primeras, no la suelta mientras otra no la empuje y expulse. Así es que sus impresiones parece son lentas y tenaces, faltándoles el nimbo que la circunda y une como materia conjuntiva, el matiz en que se diluye la una desvaneciéndose antes de dejar lugar a la que la sigue. Es cual si se sucedieran tan recortadas como las tintas del paisaje de su tierra, tan uniformes y tan monótonas en su proceso.

Entrad con él en su casa, en cuya fachada os hieren la vista a la luz del sol entero, ringorrangos de añil chillón sobre fondo blanco como la nieve. Sentaos a su mesa a comer con él una comida sencilla y sin gran artificio culinario, sin otro condimento que picantes o ardientes, comida sobria y fuerte a la vez, impresiones recortadas para el paladar.

Revelan en ellos un oído poco apto para apreciar matices de cadencias y semitonos.

Si estáis en ciudad, y hay en ella algunos cuadros de la vieja y castiza escuela castellana, id a verlos, porque esta casta creó en los buenos tiempos de su expansión una escuela de pintura realista, de un realismo pobre en matices, simplicista, vigoroso y rudo, de que sale la vista como de una ducha. Tal vez topéis con algún viejo lienzo de Ribera o de Zurbarán, en que os salte a los ojos un austero anacoreta de huesosa complexión, en que se dibujan los músculos tendinosos en claros vivos sobre sombras fuertes, un lienzo de gran pobreza de tintas y matices, en que los objetos aparecen recortados. Con frecuencia las figuras no forman un todo con el fondo, que es mero accesorio de decoración pobre. Velázquez, el más castizo de los pintores castellanos, era un pintor de hombres, y de hombres enteros, de una pieza, rudos y decididos, de hombres que llenan todo el cuadro.

No encontraréis paisajistas, ni el sentimiento del matiz, de la suave transición, ni la unidad de un ambiente que lo envuelva todo y de todo haga armónica unidad. Brota aquí esta de la colocación y disposición más o menos arquitectónica de las partes: muchas veces las figuras son pocas.

A esa seca rigidez, dura, recortada, lenta y tenaz, llaman naturalidad; todo lo demás tiénenlo por artificio pegadizo o poco menos. Apenas les cabe en la cabeza más naturalidad que la bravía y tosca de un estado primitivo de rudeza. Así es que dicen que su vino, la primera materia para hacerlo, el vinazo de sus cubas, es lo natural y sano, y el producto refinado, más aromático y matizado, que de él sacan los franceses, falsificación química. ¡Falsificación! ¡Verificación sí que es! ¡Como si la tierra fuera más que un inmenso laboratorio de primeras materias, al que corrige el hombre, que sobrenaturaliza a la Naturaleza, humanizándola! No es dogma de esta casta lo que decía Schiller en su «Canción del ponche» [6], que también el arte es don celeste, es decir, natural.

Miguel  de  Unamuno: En torno al casticismo,  II. “La casta histórica. Castilla”, IV. Madrid, Editorial Cátedra, 2005. Colección Letras Hispánicas, núm. 582. Jean-Claude Rabaté, editor literario.

 

https://www.cervantesvirtual.com/obra-visor/en-torno-al-casticismo-253798/html/

 

NOTAS LITERARIAS.

 

[1] Alusión al enfrentamiento de don Quijote con el Caballero de la Blanca Luna -que no es otro que el bachiller Sansón Carrasco-, y del que don Quijote sale derrotado. [“La aventura que más pesadumbre dio a don Quijote de cuantas hasta entonces le habían sucedido”. Segunda parte, capítulo LXIV.

https://cvc.cervantes.es/literatura/clasicos/quijote/edicion/parte2/cap64/default.htm

[2] Quevedo, Francisco. Vida de Marco Bruto. Buenos Aires, Espasa Calpe, 1950.

Edición digital: http://www.cervantesvirtual.com/obra-visor/vida-de-marco-bruto--0/html/

[3] Versos 3313-3314 del Poema del Cid: “Myo Cid Rui Diaz a Pero Vermuez cata: / Fabla, pero Mudo, varón que tanto callas”. Pedro Bermúdez no era muy diestro en el uso de las palabras, pero sí en el combate.

[4] Ibídem, versos 3318-3320.

[5] Ibídem, versos 3340.

[6] Schiller, Friederich: “Canción del ponche (Para cantar en el Norte)”.

http://www.kareol.es/obras/cancionesschubert/schubert253.htm

 

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