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Nuestro poema de cada día
Manuel Machado. Caricatura realizada por Fernando Fresno (lápiz y tinta), fechada en 1935.
Manuel Machado. Caricatura realizada por Fernando Fresno (lápiz y tinta), fechada en 1935.

Manuel Machado y su poema “Castilla”

Excepcionalmente, Manuel Machado evoca, como es propio de los escritores de su tiempo, en el poema “Castilla” -incluido en Alma, su primer libro-, lo esencial del espíritu castellano que encarna la figura del Cid Campeador, empleando con gran habilidad los recursos propios de la estética modernista. Este es el poema.

Manuel Machado: Alma. Ars moriendi. Madrid, Ediciones Cátedra, 1999 (1988). Colección Letras Hispánicas, núm. 283. Pablo del Barco, editor literario.
Manuel Machado: Alma. Ars moriendi. Madrid, Ediciones Cátedra, 1999 (1988). Colección Letras Hispánicas, núm. 283. Pablo del Barco, editor literario.

Castilla

El ciego sol se estrella

en las duras aristas de las armas,

llaga de luz los petos y espaldares

y flamea en las puntas de las lanzas.

El ciego sol, la sed y la fatiga. [5]

Por la terrible estepa castellana,

al destierro, con doce de los suyos,

-polvo, sudor y hierro- el Cid cabalga.

Cerrado está el mesón a piedra y lodo...

Nadie responde. Al pomo de la espada [10]

y al cuento de las picas, el postigo

va a ceder... ¡Quema el sol, el aire abrasa!

A los terribles golpes

de eco ronco, una voz pura, de plata

y de cristal responde... Hay un niña [15]

muy débil y muy blanca,

en el umbral. Es toda

ojos azules; y en los ojos, lágrimas.

Oro pálido nimba

su carita curiosa y asustada. [20]

“¡Buen Cid! Pasad... El rey nos dará muerte,

arruinará la casa

y sembrará de sal el pobre campo

que mi padre trabaja...

Idos. El Cielo os colme de venturas… [25]

En nuestro mal ¡oh Cid! No ganáis nada.”

Calla la niña y llora sin gemido...

Un sollozo infantil cruza la escuadra

de feroces guerreros,

y una voz inflexible grita: “¡En marcha!” [30]

El ciego sol, la sed y la fatiga.

Por la terrible estepa castellana,

al destierro, con doce de los suyos

-polvo, sudor y hierro-, el Cid cabalga.

Manuel Machado: Alma. Ars moriendi. Madrid, Ediciones Cátedra, 1999 (1988). Colección
Letras Hispánicas, núm. 283. Pablo del Barco, editor literario.

Apoyo léxico.

Peto. Armadura del pecho. Espaldar. Parte de la coraza que sirve para cubrir y defender la espalda. Pica. Especie de lanza larga, compuesta de un asta con hierro pequeño y agudo en el extremo superior. Cuento. Pieza de metal colocada en el extremo opuesto al puño de la pica. Nimbar. Rodear de aureola una figura.

El poema de Manuel Machado se inspira en un episodio relatado en el Cantar de Mío Cid (I, versos 31-50: “El Campeador adelino a su posada; [...] Ya lo vee el Çid que del rey non avie graçia”). El rey Alfonso VI ha prohibido a sus vasallos que auxilien al Cid en su camino hacia el destierro. Agobiados por el calor y exhaustos por el cansancio, los guerreros piden alojamiento en un mesón; pero ante el recordatorio que una inocente niña hace al Cid del castigo que aguarda a quienes le ofrezcan posada y comida, y la súplica angustiosa de que se vaya, el Cid ordena a los suyos proseguir la marcha a través de la árida meseta castellana. La reciedumbre física y moral de un Cid que cabalga sin tregua hacia el destierro, insensible a los rigores atmosféricos, pero profundamente humano, destaca en un ambiente que sólo ofrece aridez, desolación y fatigas. Y esto es precisamente lo que quiere recalcar el poeta modernista: la dimensión humana de Rodrigo Díaz de Vivar.

Manuel Machado realza imaginativamente las notas del paisaje acumulando verbos que ponen de manifiesto la potencia calórica del sol, (que “se estrella / en las duras aristas de las armas,” -versos 1 y 2-, “llaga de luz los petos y espaldares” -verso 3-, y “flamea en las puntas de las lanzas.” -verso 4-). El ardor del ambiente se proyecta, así, sobre la hueste del Cid, abrasada por un sol implacable; y reaparece en el verso 12, que cierra la tercera estrofa en conciso quiasmo: ¡Quema el sol, el aire abrasa! Y a la impresión de luminosidad subrayada por estos versos, se suma la eficacia de una adjetivación que insiste en la dureza del ambiente: “ciego sol” (versos 1, 5, 31), “terrible estepa castellana” (verso 6).

Precisamente la adjetivación le sirve a Manuel Machado para caracterizar a los personajes: la fragilidad y delicadeza de la niña (“voz pura, de plata / y de cristal” -versos 14, 15-; “muy débil y muy blanca” -verso 16-; “toda / ojos azules” -versos 17, 18-; “oro pálido nimba / su carita curiosa y asustada” -versos 19, 20-) contrasta con la rudeza de la hueste del Cid, “escuadra / de feroces guerreros” -versos 28, 29-, que pide alojamiento en un mesón “cerrado a piedra y lodo...” -verso 9-, dando en el postigo “terribles golpes, / de eco ronco” -versos 13, 14- con el pomo de la espada y el cuento de las picas; pero que es sensible al “sollozo infantil” -verso 28- de esa niña que “llora sin gemido...” -verso 27-, cuando les deniega el auxilio solicitado por temor a las represalias del rey. Y en medio del embate del sol abrasador -“El ciego sol, la sed y la fatiga.”, verso 31-, la voz inflexible del Cid -verso 30-, que ordena a los suyos proseguir la marcha hacia tierra de moros.

Son varios los encabalgamientos que figuran en el texto, que se producen, precisamente, en los momentos de mayor tensión dramática, y que confieren a la tercera estrofa -combinación de versos heptasílabos y endecasílabos- un ritmo muy dinámico (versos 13-18). El resto del poema -en el que predomina la descripción, excluido el aparente diálogo entre la niña y el Cid -versos 21 a 26-, es de ritmo más lento, coincidiendo las unidades sintácticas con las rítmicas, a base de estrofas de cuatro versos endecasílabos, excepto el 1 y el 29, que son heptasílabos.

Con las muchas aliteraciones repartidas a lo largo de poema se obtienen sorprendentes efectos expresivos. La acumulación de vibrantes, por ejemplo, realza el poder abrasador del sol, cuyos efectos -sed, sudor, fatiga- aquejan al cortejo del Cid en su marcha por la árida meseta castellana (estrofa 2 -versos 4 a 8, repetida al final del poema, estrofa 7 -versos 31 a 34). Por otra parte, la aliteración de la /p/ en la tercera estrofa -versos 9 a 12- y, nuevamente, de la vibrante múltiple /rr/ al comienzo de la cuarta -versos 13 y 14- (aliteraciones que suelen coincidir en sílaba tónica, y de ahí su importancia rítmica) intensifican, igualmente, la violencia con que la hueste del Cid golpea con sus armas el postigo del mesón en el que busca refugio; unos terribles golpes, / de eco ronco, versos en los que se reitera, además, la sílaba -co a final de palabra. Y, frente a la dureza de vibrantes y velares, la aliteración de la /l/ ayuda a sugerir la delicadeza y fragilidad de la niña, que no puede ofrecer al desterrado posada ni comida -versos 14 a 18-. Y todavía podrían rastrearse más aliteraciones, aunque menos relevantes; así, de laterales en la primera estrofa y en los versos iniciales de la sexta; de silbantes en el verso 23...; aliteraciones que refuerzan la sonoridad de una poesía que nunca llega a alcanzar las estruendosas sonoridades de la de Rubén Darío.

Recitación de Manuel Dicenta.

https://www.youtube.com/watch?v=RaHMj63L9UI

Alfredo Carballo Picazo: Notas para un comentario de texto. “Castilla”, de Manuel Machado. (Recuperado de la Revista de Educación, año 1962).

https://www.educacionfpydeportes.gob.es/revista-de-educacion/dam/jcr:6f5896bf-d93d-463e-813a-02817b3873d7/1962re149estudios03-pdf.pdf

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Encuentro del Cid con una niña, en Burgos, en su marcha al destierro. Texto del Poema del Cid en castellano medieval (edición de Ramón Menéndez Pidal) y moderno.

Mio Çid Roy Díaz por Burgos entróve,

en su compaña sessaenta pendones;

exien lo veer mugieres e varones,

burgeses e burgesas, por las finiestras sone,

plorando de los ojos, tanto avien el dolore.

De las sus bocas todos dizían una razóne:

“¡Dios, qué buen vassallo, si oviesse buen señore!”,

Conbidar le ien de grado, mas ninguno non osava;

el rey don Alfonsso tanto avie la grand saña.

Antes de la noche en Burgos dél entró su carta

con grand recabdo e fuertemientre sellada:

que a mio Çid Roy Díaz que nadi nol diessen posada,

e aquel que gela diesse sopiesse vera palabra

que perderie los averes e más los ojos de la cara,

e aun demás los cuerpos e las almas.

Grande duelo avien las yentes cristianas;

ascóndense de mio Çid, ca nol osan dezir nada.

El Campeador adeliñó a su posada;

asi commo llegó a la puorta, fallóla bien çerrada,

por miedo del rey Alfons, que assí lo pararan:

que si non la quebrantás, que non gela abriese nada.

Los de mio Çid a altas vozes llaman

los de dentro non les querién tornar palabra.

Aguijo mio Çid, a la puerta se llegaua,

sacó el pie del estribera, una feridal dava;

non se abre la puerta, ca bien era çerrada.

Una niña de nuef años a ojo se parava:

“¡Ya Campeador, en buen çinxiestes espada!

El rey lo ha vedado, anoch dél entró su carta,

con grant recabdo e fuertemientre sellada.

Non vos osariemos abrir nin coger por nada;

si non, perderiemos los averes e las casas,

e aun demás los ojos de las caras.

Çid, en el nuestro mal vos non ganades nada;

mas el Criador vos vala con todas sus vertudes santas”

Esto la niña dixo e tornós pora su casa.

Ya lo vede el Çid que del rey non avie graçia.

Partios dela puerta, por Burgos aguijaua,

llego a Santa María, luego descavalga,

fincó los inojos, de coraçón rogava.

La oraçión fecha, luego cavalgava;

salió por la puerta e Arlançón passava.

Cabo Burgos essa villa en la glera posava,

fincava la tienda e luego descavalgava.

Mio Çid Roy Díaz, el que en buen çinxo espada,

posó en la glera quando nol coge nadi en casa;

derredor dél una buena conpaña.

Assí posó mio Çid commo si fosse en montaña.

Vedada l'an compra dentro en Burgos la casa

de todas cosas quantas son de vianda;

non osarien vender al menos dinarada.

**********

El Cid entra en Burgos

Ya por la ciudad de Burgos el Cid Ruy Díaz entró.

Sesenta pendones lleva detrás el Campeador.

Todos salían a verle, niño, mujer y varón,

a las ventanas de Burgos mucha gente se asomó.

¡Cuántos ojos que lloraban de grande que era el dolor!

Y de los labios de todos sale la misma razón:

“¡Qué buen vasallo sería si tuviese buen señor!”

Nadie hospeda al Cid.

Sólo una niña le dirige la palabra para mandarle alejarse.

El Cid se ve obligado a acampar fuera de la población,

/en la glera.

De grado le albergarían, pero ninguno lo osaba,

que a Ruy Díaz de Vivar le tiene el rey mucha saña.

La noche pasada a Burgos llevaron una real carta

con severas prevenciones y fuertemente sellada

mandando que a Mío Cid nadie le diese posada,

que si alguno se la da sepa lo que le esperaba:

sus haberes perdería, más los ojos de la cara,

y además se perdería salvación de cuerpo y alma.

Gran dolor tienen en Burgos todas las gentes cristianas

de Mío Cid se escondían: no pueden decirle nada.

Se dirige Mío Cid adonde siempre paraba;

cuando a la puerta llegó se la encuentra bien cerrada.

Por miedo del rey Alfonso acordaron los de casa

que como el Cid no la rompa no se la abrirán por nada.

La gente de Mío Cid a grandes voces llamaba,

los de dentro no querían contestar una palabra.

Mío Cid picó el caballo, a la puerta se acercaba,

el pie sacó del estribo, y con él gran golpe daba,

pero no se abrió la puerta, que estaba muy bien cerrada.

La niña de nueve años muy cerca del Cid se para:

"Campeador que en bendita hora ceñiste la espada,

el rey lo ha vedado, anoche a Burgos llegó su carta,

con severas prevenciones y fuertemente sellada.

No nos atrevemos, Cid, a darte asilo por nada,

porque si no perderíamos los haberes y las casas,

perderíamos también los ojos de nuestras caras.

Cid, en el mal de nosotros vos no vais ganando nada.

Seguid y que os proteja Dios con sus virtudes santas."

Esto le dijo la niña y se volvió hacia su casa.

Bien claro ha visto Ruy Díaz que del rey no espere gracia.

De allí se aparta, por Burgos a buen paso atravesaba,

a Santa María llega, del caballo descabalga,

las rodillas hinca en tierra y de corazón rogaba.

Cuando acabó su oración el Cid otra vez cabalga,

de las murallas salió, el río Arlanzón cruzaba.

Junto a Burgos, esa villa, en el arenal posaba,

las tiendas mandó plantar y del caballo se baja.

Mío Cid el de Vivar que en buen hora ciñó espada

en un arenal posó, que nadie le abre su casa.

Pero en torno suyo hay guerreros que le acompañan.

Así acampó Mío Cid cual si anduviera en montaña.

Prohibido tiene el rey que en Burgos le vendan nada

de todas aquellas cosas que le sirvan de vianda.

No se atreven a venderle ni la ración más menguada.

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