El escritor Javier Oliva explicó que su nueva novela transcurre durante la construcción del monasterio de El Escorial y que la concibió como un thriller de ambientación histórica. Oliva, quien fue finalista del Premio Nadal, señaló que ese reconocimiento también funciona como tarjeta de presentación, aunque esta no es su primera novela.
Una visita para conocer el monasterio
Oliva relató que contactó con el padre Navas a finales de diciembre de 2014 para solicitar una visita breve. Tras las Navidades le escribió para recordarle quién era y, según su recuerdo, recibió una llamada el 9 de enero para acudir cuando quisiera. El escritor vivía cerca, en la zona de Fuentesaúco.
El autor había planteado que no quería ocupar más de una hora y mencionó varios espacios que le interesaba conocer. Finalmente, llegó alrededor de las diez de la mañana y recorrió el monasterio hasta primera hora de la tarde. Recordó una visita extensa, con explicaciones sobre distintos lugares y detalles del edificio.
Entre los espacios que mencionó estaban el despacho del prior, un aula y el dormitorio de los novicios, que había sido la antigua biblioteca. También recorrió los sótanos y el llamado padre de aguas. Oliva describió el trayecto subterráneo como un recorrido que le hizo perder la orientación, con pasajes que se bifurcaban y tramos cerrados.
La obra y sus trabajadores
La disposición del edificio alimentó la imaginación del escritor, especialmente por los sótanos, donde, según contó, uno podía dar varias vueltas sin orientarse con facilidad. Esa experiencia le sirvió para pensar en la estructura del monasterio, aunque precisó que los personajes de la novela no se pierden en laberintos mentales.
El foco de la historia está en quienes trabajaban en la construcción: zapateros, obreros, canteros, albañiles y herreros, además de mesoneras y personas vinculadas a la administración. Oliva explicó que buscaba situar la narración a pie de obra, con personajes cuyas tareas y preocupaciones forman parte del desarrollo de la trama.
El protagonista se llama Tello del Sat y lleva el apodo de Tábano. Oliva explicó que el personaje no sabe si nació en Fuentesaúco o en Algete. El escritor, que vive en el límite del término municipal de Algete y tiene vínculos cotidianos con ambos lugares, consideró que Fuentesaúco encajaba mejor en el nombre del personaje.
En la novela, Tello deja de ser soldado y pasa por el convento de Santa María de Sisla, en Toledo, que Oliva describió como el mayor de la orden jerónima en España antes de la construcción de El Escorial. Después llega al monasterio y queda como ayudante de Antonio de Villacastín, sin experiencia previa en construcción.
Al incorporarse a las obras, el protagonista se enfrenta a la escasez de madera y trata de averiguar cómo conseguir suministros. Esa búsqueda le permite conocer a otros trabajadores y ampliar su comprensión del lugar. Oliva explicó que los problemas materiales de la construcción no están separados de la investigación, sino que afectan directamente al personaje.
En torno a las posadas se producen accidentes y aparece una persona muerta. El autor planteó que un primer suceso podría haber sido realmente accidental, pero que otro despierta sospechas en el protagonista. La experiencia de quienes llevan tiempo trabajando en las obras también pesa: algunos consideran inusual la sucesión de incidentes.
La narración, por tanto, no establece de antemano que cada accidente sea un delito. Oliva describió una pesquisa en la que Tello trata de entender lo que ocurre mientras cumple sus tareas. La posibilidad de una fuga de dinero también aparece en la conversación como una línea de intriga, sin que el escritor la presentara como una explicación confirmada.
Documentación integrada en el relato
Oliva dijo que quiso que la documentación histórica formara parte de la trama y no apareciera como una exposición separada. Su objetivo era evitar que la novela se convirtiera en una intriga acompañada por información explicativa que detuviera el ritmo. Para él, la historia debía avanzar mientras los personajes vivían dentro de su época.
El escritor también habló de los productos y provisiones que encontró en sus investigaciones, desde semillas de cacao hasta ingredientes utilizados en repostería, como nueces, guindas y limones. Mencionó que el rey era aficionado al chocolate y que se almacenaban distintos alimentos. Estos detalles, explicó, le permitían imaginar el abastecimiento y la vida cotidiana del monasterio.
Entre los elementos que vinculó con el entorno histórico citó las huertas de los monjes y la caza, una actividad que atribuyó al rey durante sus estancias. Oliva señaló que no quería incluir información solo por demostrar documentación: prefería emplearla cuando tuviera relación con una escena o aportara algo a la experiencia de los personajes.
La ambientación debía ser reconocible sin sobrecargar la narración con descripciones de tejidos, procedencias o materiales que no fueran relevantes para la acción. Oliva sostuvo que, si un dato no tiene un papel en la escena, puede romper el ritmo. La novela incorpora referencias históricas, pero el escritor busca que queden enlazadas con lo que sucede.
Sobre el lenguaje, explicó que reservó el voseo para el rey y otros personajes nobles. En cambio, los trabajadores hablan de forma más cercana al uso actual, con algunos giros destinados a evocar la época. Oliva dijo que no pretendía reproducir de manera uniforme un habla antigua en todos los personajes.
El autor definió el thriller como la columna vertebral del libro, aunque dejó abierta la posibilidad de describirlo también como novela histórica con elementos de intriga. La historiadora y novelista Olga García, quien lo presentó, disfrutó de la parte histórica, según contó Oliva. Él destacó que esa información está dentro de la trama, sin buscar sentar cátedra.
El oficio y la vida familiar
Oliva describió el trabajo de escritura como un proceso obsesivo, con consultas reiteradas para comprobar que la documentación estuviera bien integrada. Esa dedicación, reconoció, afectó a la convivencia familiar: su mujer, sus hijas y sus nietas soportaron que durante mucho tiempo hablara de Felipe II y de El Escorial.
El escritor explicó que el libro incluye tres dedicatorias. Una está dirigida a quienes conviven con las personas dedicadas a contar historias; otra, a sus nietas Indiana, Julia y Olimpia. La tercera recuerda a quienes no pudieron verlo publicar, entre ellos sus padres, ausentes desde hacía más de veinticinco años y que no llegaron a conocer su primer libro.
Oliva indicó que esta es su octava obra y habló de la lectura ágil como una de sus prioridades. Como ejemplo, relató que una antigua compañera de trabajo había empezado el libro tras la presentación y ya estaba cerca del final. Para el escritor, ese tipo de lectura muestra que la historia puede avanzar sin detenerse en explicaciones que no necesita.