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Anne Carson contempla una reproducción del «Perro semienterrado» de Goya. Imagen generada con IA de OpenAI
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Anne Carson contempla una reproducción del «Perro semienterrado» de Goya. Imagen generada con IA de OpenAI (Foto: Imagen generada por inteligencia artificial - Cibeles AI)

“ANNE Y EL PERRO (DE GOYA)”

domingo 01 de noviembre de 2026, 11:10h

Pocas veces el siempre discutido criterio de la Academia ha estado más acertado que este año, con la concesión del Nóbel de Literatura a la canadiense Anne Carson. Helenista de formación clásica, pero con la inventiva suficiente para transformar su escritura en un cóctel decididamente iconoclasta. Bien capaz de maridar a Paul Celan con Simónides de Ceos, y hasta a Kant con Mónica Vitti.

Poco antes del Nobel, en un artículo de la London Review, manifestó su pasión por Rosalía. Seis años atrás, otra pasión española: la del Camino de Santiago. Lo recorrió a pie destacando tres rasgos de nuestro carácter: cursilería a flor de piel, trascendencia hasta el hueso, y una notable incapacidad de sonreír por mera cortesía. Somos raros.

Entre esos dos referentes, Goya y una de sus pinturas más enigmáticas. Se conoce como ‘Perro semienterrado’, se exhibe en el Prado y fue el tema de una de sus conferencias, centrada en un concepto en desuso en estos tiempos de afirmaciones categóricas. ¿Cuál? Sencillamente, la duda.

Observemos el fresco, ¿qué vemos? ¿Un perro semienterrado o agazapado al acecho? ¿Qué mira y calla, encapsulado en ese vacío asfixiante? ¿Y qué quiso contarnos Goya? Sabemos que la obra se enmarca en su época más oscura, las Pinturas Negras de la Quinta del Sordo. Esa sordera es elocuente, parece condensar el silencio del perro. Y, por antítesis, la ruptura de una cuata pared. La que separa el mundo animal y el humano, los límites de la consciencia. También entre los humanos.

¿Hasta qué extremo somos conscientes de nada, si en nuestra vida no concedemos un margen de perspectiva a la duda?

Anne tradujo al inglés un concepto de Rilke: “in-see” mirar por dentro. Yo le hubiera regalado otro de su querido Simónides: “la poesía es pintura que habla y la pintura poesía muda”. Se comienza por aprender a mirar. Quien mira y calla, abre un espacio a la incertidumbre. El silencio de la duda.

En inglés se dice hesitation, pero viene del latín -hesitare- y se traduce como una especie de epifanía, una suspensión del juicio. Anne le dedicó un ensayo, ‘Decreación’. Una actividad compleja. En palabras de Simone Weil, “deshacer la criatura que hay en nosotros”.  Desmontar ese juguete rabioso, nuestro modelo para armar, nuestro yo. Hasta dar con lo esencial. Sentirse como un perro semihundido en el vacío. Y ser capaz de contener el ladrido.

Algo que no está al alcance de todos los humanos. Menos aún en este tiempo de sorderas vociferantes, y pinturas negras.

 

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