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Nuestro poema de cada día
Emilio Pardo Bazán. Retrato original del pintor Xesús Correidoyra (hacia 1915). Óleo sobre lienzo. Se conserva en el Museo de Bellas Artes de A Coruña.
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Emilio Pardo Bazán. Retrato original del pintor Xesús Correidoyra (hacia 1915). Óleo sobre lienzo. Se conserva en el Museo de Bellas Artes de A Coruña.

Emilia Pardo Bazán y la fusión entre Naturalismo y lirismo

Pardo Bazán, introductora del Naturalismo en España con “notable  moderación”
martes 3 de noviembre de 2026, 11:10h

Si el francés Émile Zola es la figura capital de Naturalismo -entendiendo por tal la corriente literaria del siglo XIX que intensifica los caracteres del Realismo inspirándose en la ciencia experimental y en la concepción determinista de las acciones humanas-, la condesa de Pardo Bazán (1851-1921), al menos en su producción novelística inicial, asume los planteamientos naturalistas, defendidos en una serie de artículos que agrupó bajo el título de La cuestión palpitante (1883), y que fueron objeto de enconadas polémicas, provocando un gran escándalo literario y social.

Emilia Pardo Bazán: Obras completas, IX. Biblioteca Castro. Fundación José Antonio de Castro. Madrid, 2005. “Lecciones de Literatura” (1906).
Emilia Pardo Bazán: Obras completas, IX. Biblioteca Castro. Fundación José Antonio de Castro. Madrid, 2005. “Lecciones de Literatura” (1906).

Y a esta corriente literaria se adscriben la novela de corte social La tribuna (1883), así como Los pazos de Ulloa (1886) y La Madre Naturaleza (1887), obras -sin duda, las mejores de su producción- que presentan un vigoroso cuadro de la vida rural gallega, con tipos primarios sometidos a la ley del instinto, y en las que no faltan descripciones excesivamente detallistas y una visión de la realidad  en la que no se escatiman las más crudas y escabrosas aristas, aunque sin llegar nunca a los ambientes de degeneración y miseria que se exhiben en las novelas de Zola, ancladas en el determinismo fisiológico, y en las que los valores del espíritu no tienen cabida. En estas novelas, Pardo Bazán practica un “Naturalismo moderado”, más acorde con el Realismo español, con un estilo de innegable fuerza expresiva en el que los valores estéticos prevalecen sobre el mal gusto, muy en la línea de su condición aristocrática. La amplísima producción de Pardo Bazán incluye, además de novelas, relatos cortos, obras de ensayo y crítica literaria, libros de viajes, obras dramáticas, una extensa producción periodística, biografías, e incluso poesía lírica.

 

Biblioteca Virtual Miguel de Cervantes. Portal de Emilia Pardo Bazán:

https://www.cervantesvirtual.com/portales/pardo_bazan/

 

Biblioteca Virtual Miguel de Cervantes. Emilia Pardo Bazán: Los pazos de Ulloa.

https://www.cervantesvirtual.com/obra-visor/los-pazos-de-ulloa--0/html/fedba772-82b1-11df-acc7-002185ce6064_2.html

https://www.cervantesvirtual.com/obra-visor/los-pazos-de-ulloa--0/html/

 

Los pazos de Ulloa. Madrid, Editorial Castalia, 1990. Colección Clásicos Castalia, núm. 151. Marina Mayoral, editora literaria.

 

RTVE. Los pazos de Ulloa, en cuatro capítulos (serie de televisión).

https://www.rtve.es/play/videos/los-pazos-de-ulloa/

 

Pardo Bazán, Emilia: La Madre Naturaleza (segunda parte de Los pazos de Ulloa).

Edición digital en la Biblioteca Virtual Miguel de Cervantes:

https://www.cervantesvirtual.com/obra-visor/la-madre-naturaleza/html/fee0c2ac-82b1-11df-acc7-002185ce6064_2.html

https://www.cervantesvirtual.com/obra-visor/la-madre-naturaleza/html/

 

La producción cuentística de Pardo Bazán. Las escritora coruñesa escribió alrededor de 500 cuentos a lo largo de su carrera literaria, aunque la producción total podría acercarse a los 600, si se tienen en cuenta los publicados en diversos periódicos y revistas de la época que no resultan fáciles de localizar. Por lo general, estos cuentos presentan una trama bien urdida, una sintaxis fluida y un léxico riquísimo y apropiado; y en ellos aborda un sinfín de asuntos con agilidad narrativa, y con remansos descriptivos de enorme colorido y plasticidad. Por otra parte tiene cuentos de un marcado carácter naturalista  -como, por ejemplo, el titulado “En el nombre del Padre…”, donde no falta la fuerza cónica-; junto a otros de sorprendente lirismo, como es el caso del titulado “La paloma azul”, que reproducimos y comentamos seguidamente.

 

La paloma azul

Es un recuerdo de los primeros años el que voy a referir, y esa circunstancia le presta para mí un encanto triste, ritornelo de canciones semiolvidadas. Tiempos en que el alma y los sentidos recibían las impresiones como el campo la lluvia de primavera, que hace brotar gérmenes y abrirse cálices, y pulular organismos, y poblarse el espacio de átomos de luz y de emanaciones de vida.

En la vieja casa cuyas piedras han dorado tantos días de sol y enverdecido, en los rincones donde el sol no penetra, tantas gotas de lluvia escurridas de los canalones con lento gorgoteo lacrimoso, teníamos un palomar. A ambos lados del ancho balcón de hierro que caía al patio, dos a manera de garitas, interiormente panales de celdillas para los nidos, cobijaron primero a una pareja, una sola por garita; pero las dos parejas se asomaron y anidaron; la cría voló, amó, anidó a su vez, y antes de un año no cabía en las garitas la bandada, y las insolentes aves se metían en la sala a que correspondía el balcón, a la cual, por esta circunstancia, pusimos el nombre de Sala de las palomas, que conservó muchos años después de extinguido el palomar. Si encontraban abierta la puerta de la sala, seguían adelante intrépidas, aunque algo azoradas; y andando a saltitos nerviosos, arañando las alfombras con sus rosadas uñas, bajaban escaleras, cruzaban pasillos, nos las encontrábamos entre los pies a toda hora, en el comedor, en la cocina, en las habitaciones de recibir. Un día sacamos una paloma, palpitante y espeluzada, de la red de espesos flecos de pasamanería de un cortinón de seda. Se le habían enredado allí las patitas, y con todos sus esfuerzos solo conseguía prenderse más. También hallamos un pichón nuevo con los ojos vidriados y el pico frío y las patas rígidas, ahogadito en agua jabonosa, dentro de un cubo de limpieza.

Nos invadían. Sin cesar resonaba, misterioso y vehemente como un cuchicheo de amor, su arrullo porfiado. Las conocíamos una por una; sabíamos sus caprichos, sus infidelidades, sus peleas celosas, sus riñas entre vecinas por un grano de maíz, una migaja de pan, unas pajas robadas del nidal ajeno. Aquella convivencia con las palomas me hizo algo escéptica respecto a las opiniones y juicios del mundo. ¿Por qué la paloma es símbolo de inocencia, dulzura, pureza y paz, cuando realmente no hay bicho más colérico, más glotón, más brutalmente africano en pasiones y odios? ¿Quién hallará la clave de tales leyendas y mitologías? El cristianismo en esto ha idealizado; el paganismo, con más segura información, consagraba las palomas a la libre Afrodita.

Si lo pienso bien, comprendo que estas reflexiones no se me ocurrieron hasta más tarde; entonces no sacaba consecuencia alguna del espectáculo del palomar. Ni aun me daba cuenta –a lo que creo– de la inmoralidad perniciosa de los encantadores volátiles. Envuelve a la niñez un velo blanco, santo, natural, que hace inútiles los otros velos artificiosos del convencionalismo educativo. Tanto tapadijo, tanto embuste soso como se gasta con los pequeños, no retrasan un momento el instante en que la niebla, forzosamente, se desgarra y disipa; y mientras ese instante no llega… cualquiera que sea el medio ambiente y lo que vea y oiga, la criatura no pisa el lodo; cruza por cima de él, sacando limpias las alas diáfanas, rechazando la impureza como la piedra bezoar rechaza el veneno de las sierpes. Ahora bien; ha de saberse que uno de los goces de un palomar es el no muy lícito de quitarle al vecino las palomas. Hay palomares con suerte y palomares desgraciados. La razón se ignora. El nuestro, verbigracia, atraía, y engatusados y seducidos, veníanse a él docenas de pichones ya grandes y que debieran tener juicio… Los veíamos al día siguiente de su deserción hacer la rueda y arrullar en torno de alguna hembra de pico rosado y cuello tornasol, o liarse a picotazos con los pichones antiguos de la casa, y expulsarlos del propio nido. Era un cuadro nada edificante, pero el palomar prosperaba; no cabían en las garitas los moradores; y como no matábamos la cría, la tribu se desbordaba por tejados, aleros y chimeneas; nuestra bandada era tan densa, que por las mañanas asombraba el trozo de cielo visible desde los balcones y ventanas del patio.

Un día, mirando hacia el tejado del cual habíanse apoderado las palomas, vi una cosa que me dejó aturdida de emoción: una paloma nueva, desconocida, pero del mismo color, exactamente del mismo color del trozo de cielo. Una paloma de plumaje de turquesas, una ave que parecía flor, un ser divino. He dicho antes que la niñez no razona muchas cosas, pero su instinto es cualidad maravillosa, mal estudiada aún. ¿Quién me había enseñado a mí que una paloma azul no existía en la realidad, que solo podía venir del infinito?

Los colores de las palomas eran variadísimos. Las había verde metálico, gris perla, nacaradas, con tonos y cambiantes cobrizos... Pero ¡aquel azul! Aquel era exactamente el matiz de mi alma, era la nota de mis ensueños, mi mismo ser, impregnado, bañado en el fluido de las lejanías misteriosas y la onda clara de los dilatados mares…

Y la paloma de plumaje de turquesas aleteaba dentro de mí, y yo suponía que, después de aparecérseme un instante, iba a levantar el vuelo, perdiéndose otra vez en su elemento propio, la bóveda de turquesa también, que se extendía sobre los prosaicos tejados, justificando la copla popular:

 

“El cielo de Marineda

está cubierto de azul...”.

 

Con gran sorpresa mía la sobrenatural paloma se confundió entre las demás vulgares; púsose a seguir a una hembra feúcha, gris pizarra, y porque se atravesó un palomo canelo, le atizó un feroz picotazo, que le arrancó plumas tintas en sangre. A todo esto, la familia había acudido, y asombrada del color de la paloma, resolvía su captura. Cuando vi que iban a recluir en una jaula a la paloma azul, ¡qué ardiente deseo me entró de que huyese, de que levantase el vuelo y se perdiese, ligera flor cerúlea, en el abismo del firmamento! Porque me parecía un sacrilegio ponerle la mano encima, y resolví libertarla, abrir su cárcel, restituirla a su esfera propia.

Con granos de trigo y pan desmigajado atrajeron a la paloma hasta meterla en casa, donde, cerrada de pronto una ventana, quedó a merced de los cazadores. Palpitante la cogieron y examinaron atentamente sus plumas, pétalos de flor extraña, entablándose discusión de si aquello era o no natural. «Está teñida», decían los más; pero entre los criados, espíritus sencillos, hubo alguno que hasta afirmó haber visto palomas así, aunque muy raras, y siempre proféticas, anunciadoras de grandes acontecimientos. Mis simpatías estaban absolutamente con los criados (caso muy frecuente en la niñez). ¡Teñida la paloma! ¡Vaya una ocurrencia! ¿Pueden las palomas teñirse? ¿Cómo se tiñen? ¿No era más natural creer que uno de los huevecillos preciosos que yo veía en los nidos llevaba en sí, por misteriosa obra de fuerzas desconocidas, el matiz celeste del plumaje, tan igual, tan puro; aquel azul delicado, celeste, luminoso al sol?

Veinticuatro horas llevaba la paloma en una jaula sin que hubiese podido subirme en una silla para darle libertad –¡estaba tan alto el clavo y yo era tan chica!– cuando recibimos recado de unos vecinos que poseían palomar y reclamaban la devolución de una paloma blanca, teñida con añil, la víspera, por los chiquillos... Sentí el dolor, la glacial punzada del desengaño. Me puse triste; mi espíritu se encogió: ¡Teñida, falsa, artificial la soñada paloma!

Y por una de las lecturas que sobrepujaban a mi entendimiento de diez años, y en las cuales me enfrascaba entonces, supe aquella misma tarde que tampoco, ¡lástima grande!, es azul el cielo… Y me dolieron y me sangraron las alas de la fantasía que, ¡esas sí!, eran bien azules…

Emilia Pardo Bazán: Obras completas, IX. Biblioteca Castro. Fundación José Antonio de Castro. Madrid, 2005. “Lecciones de Literatura” (1906), págs. 719-724.

 

“La paloma azul”. Audición. Biblioteca Virtual Miguel de Cervantes. Voz de Rafael Taibo.

https://www.youtube.com/watch?v=1BUArPevfHA

 

Apoyo léxico y referencias culturales.

 

Ritornelo (palabra de origen italiano: ritorrnello, diminutivo de ritorno, que significa “regreso”). Pasaje que se repite en una composición musical; “estribillo” -significado este que corresponde al contexto-. Germen. Parte de la semilla de la que se forma la planta. Cáliz. Cubierta exterior de la flor formada por hojas duras (sépalos), generalmente de color verde, por las que se une al tallo. Azorada. Sobresaltada, aturdida, ofuscada. Habitación de recibir. Sala donde se reciben las visitas. Flecos de pasamanería. Cordoncillos trenzados, elaborados con diferentes materiales, que sirven para adornar telas -en este caso, una cortina grande (cortinón)-. Pichón. Pollo de la paloma casera. Porfiado. Insistente, obstinado. Escéptica. Incrédula, recelosa. Afrodita (o Venus) simboliza la belleza y domina todas las facetas del amor humano.  Convencionalismo educativo. Respeto a costumbres establecidas en el ámbito educativo que se tienen por inamovibles, por intereses sociales más o menos acomodaticios. Tapadijo/tapadillo. Ocultación (hacer algo “a hurtadillas”, sin que nadie lo note). El sufijo -ijo tiene en este caso un valor despectivo. Soso. Vacuo, insustancial. Disipar. Hacer que algo   -como, por ejemplo, la niebla- se desvanezca. Piedra bezoar [en persa, bezoar significa “contraveneno” o “antídoto”]. En la Antigüedad y en la Edad Media se usaba en Medicina para anular los efectos del envenenamiento. La denominación alude a los cálculos que se forman en el aparato gastrointestinal de ciertos animales, por lo general rumiantes. Verbigracia. Por ejemplo. Deserción. Abandono del  lugar de procedencia (en este caso, el palomar habitual para trasladarse a otro). Hacer la rueda y arrullar. Andar unas palomas alrededor de otras (hembras) produciendo un sonido monótono cuando se encuentran en estado de celo. Cuello tornasol. Cuello de las palomas con plumas de colores muy vistosos, de tonalidad metalizada. Nada edificante. Que no despierta sentimientos virtuosos. Prosperar. Mejorar progresivamente de situación el palomar, al aumentar el número de palomas que acuden a él. Venir del infinito. Proceder de un lugar impreciso en su lejanía. Matiz. Rasgo poco perceptible que da a algo un carácter determinado. (Al ser una cualidad del color, pueden establecerse en él gradaciones; en este caso, diferentes tonalidades de azul). Ensueño. Ilusión, fantasía maravillosa. Aletear. Mover un ave frecuentemente las alas sin echar a volar (el empleo es metafórico: agitar, palpitar). Bóveda de turquesa. Bóveda celeste (en razón del color del cielo: azul verde semiclaro). Prosaico. Vulgar, tosco (hecho con materiales de mala calidad, por referencia a los tejados).  “El cielo de Marineda / está cubierto de azul...”. Marineda es la ciudad natal de la condesa: A Coruña. (En el cuento “Planta montés”, por ejemplo, Pardo Bazán recurre a la misma copla “Era una mañana serena y pura; el cielo de Marineda justificaba la copla que lo declara «cubierto de azul»). Gris pizarra. Color gris oscuro, con matices negro-azulados. Palomo canelo. Macho de la paloma, de color castaño o con matices parecidos. Tinta. Teñida. Cerúlea. De color semejante al del cielo despejado o al de la alta mar. (El vocablo es un cultismo, que proviene de caeruleus, derivado de caelum, “cielo”. De hecho, en el verso 391 de la Soledad primera, Góngora aludía al mar, metafóricamente, llamándolo “cerúlea tumba fría”). El abismo del firmamento. Alusión metafórica a lo inabarcable e inconmensurable de la bóveda celeste. Sacrilegio. Lesión o profanación de algo sagrado. En el contexto es sinónimo de impiedad, es decir, falta de compasión; por lo que su uso se traslada al ámbito profano, pero manteniendo ciertas connotaciones religiosas. A merced de. (Locución prepositiva). Dependiendo de una voluntad o fuerza ajenas. Entablarse discusión. Dar comienzo a una controversia en la que se confrontan diferentes puntos de vista. Los más. La mayoría. Espíritus sencillos. De temperamento ingenuo en el trato; incauto ¡Vaya una ocurrencia! ¡Qué ocurrencia! (¡Vaya! funciona aquí como determinante exclamativo). Añil. Color azul oscuro con visos cobrizos. Glacial punzada del desengaño. La idea de “sentimiento interior que aflige el ánimo” (punzada) tiene su origen en la decepción (desengaño) sufrida; sentimiento que para hacerlo más intenso  lleva a calificar la punzada como “glacial” (muy fría, adjetivo usado en sentido figurado). Sobrepujar. Exceder. Enfrascarse. Aplicarse con tanta intensidad a algo de manera tal que no queda atención para otra cosa.¡Lástima! Usada con valor interjectivo, expresa pesar ante algo que no sucede como se esperaba.

 

COMENTARIO.

Hemos reproducido el cuento en su totalidad, lo cual no suele ser frecuente, ya que los cuatro primeros párrafos -que podrían representar la primera parte- se suelen suprimir, y el texto comienza en lo que sería la segunda parte (a partir de “Un día, mirando hacia el tejado…). Sin duda, en esta se concentra el mayor interés del texto y su encanto poético; pero la supresión de la primera parte le hace perder al texto su unidad temática y estructural, y se le priva al lector -inexplicablemente- de una información necesaria (las impresiones narrativo-descriptivas, correspondientes a la infancia, de la relatora-protagonista,  relativas a la presencia de palomas en su casa, llegando a constituir un bullicioso palomar) para poder valorar en toda su intensidad un relato en el que el candoroso mundo de la imaginación infantil se quiebra ante una realidad menos poética pero del todo veraz: las palomas azules solo tienen cabida en el mundo de la fantasía, que desaparece de golpe conforme se va entrando en la vida adulta y queda atrás una niñez idealizada.

Y, de entrada, el cuento plantea una pregunta que exige respuesta. La narradora, que es la propia escritora, evoca una anécdota de su niñez, que sitúa cronológicamente en los diez años. ¿Es este, pues, un cuento que hay que encuadrar dentro de la literatura infantil/juvenil? Evidentemente, no; ni por el tema que lo vertebra -la pérdida de la inocencia infantil-, y al que sirve como pretexto argumental una paloma teñida de azul; ni por el lenguaje empleado, culto donde los haya y envuelto en un halo metafórico de indiscutible valor poético.

Y quizá venga bien recordar aquí un breve texto publicado por La Condesa de Pardo Bazán en ABC Infantil el 16 de enero de 1916, y titulado “¿Qué es un niño?”. Lo reproducimos íntegramente (separando los punto y aparte mediante una barra)

Un hombre en miniatura, con todas las debilidades, las impulsiones y las inconsecuencias de los grandes. Y el hombre más grande, ¿Que es? Un niño. / Unas veces se dice, en son de elogio: “Fulano es un chiquillo”. Otras, al contrario, en todo de censura: “Eso sólo un niño lo haría”. ¿En qué quedamos? Parecerse a los niños, ¿es malo o bueno? / Jesús ha contestado a esta pregunta: “No entrarán en el reino de los cielos los que no sean como niños”. / Lo indudable es que en cada uno de nosotros permanece la niñez hasta el límite de la ancianidad. Hacemos a cada instante cosas pueriles. La mujer que compra una gala está rabiando por enseñársela a sus amigas, lo propio que las criaturas. Y el hombre al cual le sucede algo que fomenta su vanidad, no para hasta que lo cuenta, como los chicos. / No nos echemos de muy formales por comparación con los chicos, porque no hay tal formalidad, señores. Los que al sonar las doce del último día de año tocan trompetas en los hoteles elegantes; los que tocan zambombas y chicharras en la calle a la misma hora; los que se atufan con champagne o se emborrachan con vinazo son más niños que ningún niño del mundo. / Y los niños tienen derecho a decirles a los que así se portan: / -¡Te voy a encerrar en el cuarto de los ratones!

 

El traer a colación el anterior texto de Pardo Bazán tiene mucho que ver, precisamente, con el final del cuento: “¡Teñida, falsa, artificial la soñada paloma! [...] Y supe aquella misma tarde que tampoco, ¡lástima grande!, es azul el cielo… Y me dolieron y me sangraron las alas de la fantasía que, ¡esas sí!, eran bien azules…”. En la niñez, la fantasía infantil permite crear ensoñaciones que parecen reales (y el título del cuento ya indica el idealismo con que su autora concebía la paloma, con ese “matiz celeste del plumaje”, ante el que sus ojos de niña quedaban deslumbrados); pero también en la etapa adulta uno puede evadirse de lo cotidiano y dejarse llevar por aquel mundo mágico tan enriquecedor para el espíritu -el de la existencia de “palomas azules”-, en un retorno a aquella ingenuidad. A fin de cuentas, esa inocencia perdida es la que hace que  “duelan y sangren las alas de la fantasía”. Y de ahí el párrafo con el que comienza el texto, en el que la narradora-autora se traslada a sus “primeros años” para rememorar su relato, “y esa circunstancia le presta para mí un encanto triste”. Pero eran tiempos en los que el alma -y los sentidos- se estaban abriendo a la vida (“recibían impresiones”), lo que expresa la autora con un largo símil altamente poético y de enorme plasticidad, en referencia a la “alegría” con que el campo recibe las lluvias primaverales que hacen revivir a la Naturaleza en su flora y fauna, despertándola de su estado de letargo -brotan “gérmenes”, se abren “cálices”, bullen “organismos”-, y la luminosidad se apodera del ambiente. El polisíndeton -con la reiteración de la conjunción “y”- ayuda a dar mayor énfasis a lo expresado (“y abrirse…, “y pulular”…, “y poblarse…”, estableciéndose así un ritmo sintáctico muy equilibrado y melódico que el paralelismo subraya. Por otra parte, la presencia del presente de indicativo como tiempo verbal dominante (la perífrasis verbal incoativa ir a+infinitivo en primera persona del singular (“voy a referir”) y los verbos “presta” y “hace”, en tercera persona del singular, aportan “actualidad” al relato que, propiamente dicho, comienza en el segundo párrafo, y le permiten a la autora-narradora evocar desde “su presente”, unos hechos pasados, acaecidos en su niñez, que acuden así a su memoria con mayor vivacidad.  

El segundo párrafo comienza con la descripción de la casa y la ubicación del palomar. Es una vieja casa de piedra lo suficientemente amplia como para tener dos orientaciones: una en la que da el sol, y por ello las piedras están “doradas” (de aspecto brillante y esplendoroso); y otra en la que las piedras están “enverdecidas”, tanto por la ausencia de sol como por la la lluvia recogida por canalones rebosantes de agua. Este verdín, propio de lugares húmeros, se ha ido formando con el “lento gorgoteo lacrimoso” de las gotas de luvia; expresión metafórica esta en la que las palabras han sido elegidas con toda propiedad: el “gorgoteo” alude al ruido producido por el agua recogida por los canalones, mientras que el adjetivo “lacrimoso” -literalmente, “que mueve a llanto”- humaniza la acción de la lluvia, como si sus gotas fueran las que brotan de unos ojos llorosos. Y en esta zona de la casa es donde se hallaba el palomar, “a ambos lados del ancho balcón de hierro que caía al patio”; frase tan simple como informativa, porque se indica en ella el tamaño del balcón (“ancho”: amplio y extenso), el material con que se ha construido (“hierro”) y su posición (“caía al patio”, es decir, colgaba sobre él). Y no debe pasar desapercibido el tipo de sufijación empleado por la escritora: “enverdecido” es un adjetivo que deriva del verbo “enverdecer”, y el sufijo -ecer expresa “acción incoativa que implica un cambio de estado”; y el sustantivo “gorgoteo” deriva del verbo “gorgotear”, en el que el sufijo -ear aporta un matiz iterativo, con el significado de “movimiento continuo”, de “algo que se hace o sucede reiteradamente”. Sin duda esta propiedad léxica con que están empleadas ciertas palabras traduce exactamente las “impresiones” significativas que la escritora pretende comunicar). Y es precisamente a ambos lados del balcón donde había “dos a manera de garitas, interiormente panales de celdillas para los nidos”. Sin duda, el concepto de “abrigo y defensa” está presente en la elección del vocablo “garita” para aludir al lugar en donde albergar nidos; y los “panales de celdillas” describen apropiadamente las pequeñas cavidades que forman una estructura similar a la que componen las casillas que fabrican las abejas en sus colmenas. A partir de aquí, la narración gana en dinamismo como -subraya la abundancia de verbos: […] las dos parejas se asomaron y anidaron; la cría voló, amó, anidó a su vez, [...]- para relatar cómo diferentes parejas de palomas fueron anidando progresivamente para formar una gran bandada que incluso llegó a apropiarse de la sala a la que correspondía el balcón y que, por tal circunstancia, recibió el nombre de “Sala de las palomas”, nombre que, con el paso de los años, sobrevivió a la existencia del propio palomar. Para describir esta conducta de las palomas, la escritora las califica de “insolentes” (desvergonzadas, descaradas) e “intrépidas” (atrevidas y algo insensatas), pero también de “azoradas” (asustadizas, temerosas) y “nerviosas” (inquietas, desasosegadas) en su andar a saltitos; una adjetivación cargada de connotaciones humanizadoras. Y, de nuevo, el dinamismo verbal que, combinado con eficaces enumeraciones asindéticas, le dan al periodo sintáctico un ritmo sostenido y equilibrado: “bajaban escaleras (a), cruzaban pasillos (b); nos las encontrábamos entre los pies (a) a toda hora, en el comedor (b), en la cocina (c), en las habitaciones de recibir (d)”. El párrafo termina con el relato de dos incidentes sufridos por una paloma y un pichón, respectivamente, en sus correrías por el interior de la casa: aquella se enredó en los flecos de un cortinón de seda, y se la describe como “palpitante” (agitada con movimiento trémulo e involuntario) y “espeluzada” (es decir, despeluzada, con las plumas erizadas por el miedo); y este se encontraba ahogado en el agua jabonosa de un cubo de limpieza; y con una triada adjetival se califican las partes del cuerpo que indican que el pichón nuevo está muerto: ojos “vidriados” (es decir, vidriosos, inexpresivos, que no miran a un lugar determinado), pico “frío” (insensible, impasible) y patas “rígidas” (agarrotadas y sin movilidad); tres adjetivos que insisten en la falta de vida y que apuntan a partes del cuerpo en los que la muerte deja su huella indeleble.

El tercer párrafo arranca con un  símil muy auditivo, determinado por la aliteración del fonema palatal /ĉ/ (“cuchicheo de amor”) para describir los efusivos zureos amorosos con que las palomas atraen a sus respectivas parejas; es ese “arrullo porfiado” (ahora es la aliteración de vibrantes y el timbre de las vocales las que aumentan la sonoridad), calificado con anterioridad como “misterioso y vehemente” (“misterioso”, monótono, pero a la vez seductor; y “vehemente”, entusiasta e impulsivo); adjetivos que justifican que el “arrullo” sea “porfiado”. Y ahora, por vez primera en el relato, la escritora emplea el plural sociativo, en imperfecto de indicativo (“nos invadían”, “las conocíamos..., “sabíamos…”); y elabora series ternarias con carácter enumerativo que constituyen perfectas estructuras paralelísticas: “sabíamos sus caprichos (a), sus infidelidades (b), sus peleas celosas (c)”; “sus riñas entre vecinas por un grano de maíz (a), una migaja de pan (b), unas pajas robadas del nidal ajeno (c)”. Y el párrafo entra ahora en una dimensión filosófico-moral, motivada por la convivencia con las palomas y formulada mediante dos interrogaciones retóricas que dejan sumida a la protagonista en un cierto escepticismo, pues no acaba de entender por qué las palomas simbolizan “inocencia, dulzura, pureza y paz”, cuando en realidad son animales despreciables por su temperamento furioso (“colérico”), insaciable en el comer (“glotón”) y pasional en sus afectos (“brutalmente africano en pasiones y odios”). Esta pregunta, a los ojos de una niña de diez años, no es baladí y suscita ciertos recelos que la siguiente pregunta no disipan; porque si hay que buscar la explicación en el ámbito legendario y mitológico -según  diferentes momentos históricos y culturas-, cristianismo y paganismo sustentan simbologías bien diferentes: frente a la idealización que el cristianismo hace de la paloma (de hecho, es la representación iconográfica del Espíritu Santo), la mitología griega la asocia con Afrodita, la diosa del amor (y la iconografía más antigua la muestra desnuda y custodiada por dos palomas, que son sus aves emblemáticas). Y la escritora  -que no la niña- va más allá todavía, cuando afirma que “el paganismo, con más segura información, consagraba las palomas a la libre Afrodita”, si bien dicha afirmación no la justifica ni documenta. Pero sí matiza, al comienzo del cuarto párrafo, que “estas reflexiones no se me ocurrieron hasta más tarde; entonces [con diez años] no sacaba consecuencia alguna del espectáculo del palomar”. Hay en este tercer párrafo, no obstante, una afirmación, envuelta en la retórica de la interrogación apelativa, que manifiesta cierta concepción peyorativa de “lo africano”: “No hay bicho más brutalmente africano en pasiones y odios”; como si “lo africano” implicara barbarie y crueldad; una afirmación solo explicable -que no justificable- en el contexto socio-histórico de la época, y harto discutible -cuando no del todo rechazable- por el cambio se sensibilidad de un lector actual, tenga o no título nobiliario.

Ya la primera parte de este cuarto párrafo está dedicada a reivindicar la inocencia infantil; hasta que, llegado el momento de madurez, el mundo de la fantasía desaparece ante las aristas más prosaicas de la cruda realidad. Y “la inmoralidad perniciosa de los encantadores volátiles” es el pretexto que usa la escritora para ofrecer unas reflexiones envueltas en el halo poético que el lenguaje metafórico confiere a la expresión. La niñez está preservada por un “velo blanco (la blancura como símbolo de pureza), santo (la santidad como símbolo de perfección espiritual), natural (la naturalidad como símbolo de autenticidad)”; velo protector contra el que poco puede hacer un sistema educativo que intenta retrasar con “sosos embustes” el momento de la maduración que antes o después ha de producirse (se percibe aquí una crítica de la escritora a las costumbres sociales al uso, cuando habla de “los velos artificiosos del convencionalismo educativo”); un momento en que, dicho metafóricamente, “la niebla, forzosamente, se desgarra y disipa” (por alusión a la confusión e ignorancia propia de la niñez; adviértase la correlación semántica entre “velo” y “niebla”). Y continúa la brillante expresión metafórica para indicar que mientras ese instante de lucidez no llegue (aquí los puntos suspensivos tiene un fuerte valor evocador), “la criatura no pisa el lodo” (es decir, que permanece en un estado de inocencia, sin enfangarse, sin reparar en lo innoble y vergonzoso de ciertas conductas humanas); más aún: “cruza por encima de él, sacando limpias las alas diáfanas, rechazando la impureza” (de nuevo se insiste en los conceptos de limpieza y pureza espiritual vinculados a la niñez). Y para hacer más vivas estas actitudes de rechazo de la impureza, que son propias de la niñez, se recurre -en un símil casi mágico- a la “piedra bezoar” con la que, según antiguas tradiciones, se combate, rechazándolo, el veneno de las más mortíferas serpientes. Es difícil encontrar un párrafo en el que se defienda el candor infantil con un torrente metafórico tan acertado como emotivo. El resto del cuarto párrafo lo dedica la escritora a comentar la efervescencia del palomar, que va creciendo en el número de palomas, y no solo por las que en él nacen, sino porque alberga también pichones que, “engatusados y seducidos”),  proceden de otros palomares vecinos (a los que se califica como “desgraciados”, porque metafóricamente hablando, “sufren bajas”, al producirse la “deserción”; y el empleo de este sustantivo ayuda a imaginar un palomar como una fortificación -en realidad se trata de “garitas” a ambos lados del balcón- en la que se siente protegido un ejército de palomas. (Por cierto, hay un tipo de palomo, llamado “ladrón”, que lleva las palomas ajenas al palomar propio. La narradora alude a este hecho cuando alude expresamente a “hacer la rueda y arrullar en torno de alguna hembra de pico rosado y cuello tornasol”). Más aún: los invasores pelean, liándose “a picotazos”, para hacerse con un sitio, desplazando a los antiguos moradores, e incluso arrebatándoles sus nidales. Este espectáculo es calificado por la escritora como “nada edificante”. Y a tales extremos creció el palomar (“prosperaba” es el verbo empleado por la escritora con toda propiedad), extendiéndose por “tejados, aleros y chimeneas”, que llegó a acoger a una auténtica “tribu” (nuevo vocablo usado apropiadamente, por cuanto que alude  al grupo con el mismo origen cuyos miembros tienen en común usos y costumbres). El párrafo termina con una hipérbole que muestra la satisfacción de la narradora por la enorme cantidad de palomas que tienen como referente su espléndido palomar: “Nuestra bandada era tan densa, que por las mañanas asombraba el trozo de cielo visible desde los balcones y ventanas del patio”; es decir, que la bandada había alcanzado tal tamaño (“densa”: espesa, apretada, compacta”), que al desplazarse en vuelo matinal dejaba absorto (“asombraba”) el pedazo de cielo que se distinguía desde balcones y ventanas del patio. Y hay un detalle que no debe pasarnos desapercibido: la escritora, metafóricamente, asocia la madurez de juicio con la edad, al afirmar: “pichones ya grandes y que debieran tener juicio…”. Y esos puntos suspensivos, más que interrumpir el discurso, tienen una intención enfática o expresiva y, al alargar entonativamente el texto, parecen suscitar un mayor involucramiento del lector adulto.

Y si consideramos el texto dividido en dos partes, la segunda empieza precisamente en el párrafo quinto, adecuadamente enlazado con los anteriores (“Un día, mirando hacia el tejado del cual habíanse apoderado las palomas,…”); y está integrada por siete párrafos, en general algo más cortos, y en los que se concentra el eje temático del texto: la desilusión de comprobar que en el mundo real no existen palomas azules, que solo tienen cabida en la fantasía de la niñez; una niñez que el peso de la edad va dejando atrás y que únicamente se puede recuperar -retrotrayéndose a un tiempo de inocencia e ingenuidad, en el que la fantasía es indispensable- mediante la evocación sentimental, que puede incluso resultar hasta dolorosa. Porque es la fantasía de una niña de diez años la que hace que una paloma del todo irreal -“de plumaje de turquesa”, ya que unos chiquillos la habían teñido con añil- adquiera durante unas horas apariencia de realidad, de modo que ese azul delicado y celeste de las plumas evoca “el matiz de su alma, la nota de sus ensueños, su mimo ser”. Y cuando la protagonista descubre que la paloma azul es artificial -porque está teñida-, siente “el dolor, la glacial punzada del desengaño”, y le sobreviene la tristeza y el encogimiento anímico.

En el párrafo quinto irrumpe en el tejado una “paloma azul”; una paloma “exactamente del mismo color del trozo de cielo”; una paloma “de plumaje de turquesas”, que parecía proceder del infinito; es decir, un ave azul sobre fondo azul. El lenguaje se torna poético por momentos: al “plumaje de turquesas” (combinación del brillo de las plumas con el colorido azul verdoso de la piedra preciosa) se añaden los símiles que la comparan con una “flor” -en alusión a su delicadeza- y con un “ser divino” -y ahora a la paloma azul se la considera un ser sobrenatural, y se la rodea, por tanto, de una aureola “celestial”-. Adviértase, por otra parte, el paralelismo originado por una construcción trimembre: “una paloma de plumaje de turquesas (a), un ave que parecía una flor (b), un ser divino (c)”. Todo ello emociona hasta el aturdimiento a una niña de diez años, que no se cuestiona la existencia de tal paloma en el mundo de la realidad, junto a otro tipo de palomas más habituales (silvestres, torcaces, etc.). En cualquier caso, estamos ante una paloma “nueva”, “desconocida”, que “solo podía venir del infinito”, y que deja embelesada a la narradora. Ese “color azul” contrasta con los distintos colores de otras palomas (“verde metálico, gris perla, nacaradas, con tonos y cambiantes cobrizos…”), precisamente porque la narradora ve en él (nótese, de nuevo, la construcción sintáctica de ritmo trimembre, en perfecto paralelismo) “el matiz de mi alma” (a), “la nota de mis ensueños (b), mi mismo ser (c)”. Y el párrafo sexto concluye con una acumulación de palabras cuyos valores significativos se centran en el color azul: “[era] mi mismo ser, impregnado, bañado en el fluido de las lejanías misteriosas y la onda clara de los dilatados mares…” (en este último caso, la escritora ha recurrido a un quiasmo formado por “nombre/adjetivo (onda clara) + adjetivo/nombre (dilatados mares)”.

Nada de particular tiene, pues, la frase exclamativa “¡Aquel, azul!”, de la que se sirve la narradora para adelantar -en el párrafo sexto- su estado anímico al contemplar una paloma en la que queda reflejada la esencia de su propia alma, símbolo de infinitud, de inconmensurabilidad. El color azul se convierte, así, en una especie de mágico talismán, capaz de despertar las más insospechadas emociones, agrandadas por la fantasía infantil.

En el párrafo séptimo, la narradora sigue efectuando una selección léxica a base de palabras que expresan o connotan “color azul”: “paloma de plumaje de turquesas”, “levantar el vuelo, perdiéndose otra vez en su elemento propio”, “la bóveda de turquesa sobre los tejados”, “el cielo de Marineda cubierto de azul” -según recoge la copla popular-… Porque no hay que olvidar que, como dice la narradora, “Y la paloma de plumaje de turquesas aleteaba dentro de mi”, haciendo vibrar su espíritu emocionado; una paloma idealizada por su tonalidad azul que contrasta con el prosaísmo de los tejados (el adjetivo “prosaico”, empleado para calificar a los “tejados” adquiere en el contexto la significación de “falto de idealidad”, frente a la “elevación” que implica el color azul).

Pero entremezclada con las restantes palomas vulgares, el comportamiento de la “sobrenatural” paloma no se singulariza de modo especial; más bien al contrario: es capaz de actuar con violencia, como lo manifiesta el picotazo con que agredió a un palomo canelo que se interpuso en su seguimiento a una hembra, por lo demás “feúcha”; el picotazo “le arrancó plumas tintas en sangre”. Repárese en los fuerza significativa de vocablos elegidos para detallar el ensañamiento: “atizó” (verbo: dar un fuerte golpe que aviva una discordia); “feroz” (adjetivo: brutal, agresivo y despiadado); “picotazo” (nombre: golpeo con el pico de forma violenta, concepto intensivo al que contribuye el sufijo -azo). Y cuando la familia, atraída por su color, decidió capturar a la “paloma azul”, la narradora se revela contra este propósito y vuelve a “teñir de azul”, connotativamente hablando, el léxico que emplea, en coherencia con sus actitudes anímicas: “ligera flor cerúlea”, “abismo del firmamento”, “su esfera propia”… Y ese contraste de actitudes entre la familia y la narradora queda perfectamente expresada con el vocabulario seleccionado: frente a “recluir en la jaula”  (someter a prisión forzada), “libertarla” (soltar a la apresada), “abrir su cárcel” (excarcelarla), “restituirla a su esfera propia” (devolverle la capacidad para poder volar). Y otra vez la narradora ha recurrido a la trimembración: “resolví libertarla (a), abrir su cárcel (b), restituirla a su esfera propia (c)”. Porque considera poco menos que un “sacrilegio” retenenerla (la paloma ya había sido calificada como “ser divino”,  “sobrenatural”, por lo que la palabra “sacrilegio”, empleada metafóricamente, adquiere aquí una extraordinaria intensidad significativa, que va más allá de la simple “profanación”, y ayuda a hacer más expresivo el deseo ardiente de la narradora de que la paloma azul “huyese”, de que “levantase el vuelo”. Hasta aquí el párrafo octavo.

Comienza el párrafo noveno relatando la narradora la treta seguida por la familia para cazar a la paloma azul: atraerla hacia el interior de la casa “con granos de trigo y pan desmigajado”; y una vez atrapada, y observadas atenta y cuidadosamente sus plumas, se entabla una discusión acerca de si están -opinión de la mayoría- o no -opinión de los criados- teñidas; aunque las plumas siguen envueltas en un halo poético, porque se han metaforizado en “pétalos de flor extraña”. Alguno de los criados no solo mantenía la existencia real de palomas azules, que él mismo había visto, sino que, revestidas de carácter profético, las consideraba mensajeras de acontecimientos extraordinarios. Y, suponemos que, sin ninguna intención clasista, la condesa se refiere a los criados como “espíritus sencillos” -como si la simplicidad e ingenuidad fueran unas de sus notas distintivas-; porque, a renglón seguido, y desde su niñez, se identifica con los criados, al negarse -como ellos- a aceptar la existencia de una paloma teñida de azul. La larga interrogación retórica con la que se cierra el párrafo vuelve a dar alas a la fantasía: la narradora se niega a admitir la imposibilidad de que, de los “preciosos huevecillos” de los nidos del palomar de su casa no hubiera podido nacer -“por misteriosa obra de fuerzas desconocidas”- una paloma cuyo plumaje presentara un azul “puro”, “delicado”, “celeste”, “luminoso al sol”; serie de adjetivos en los que el color azul simboliza pureza, delicadeza, luminosidad; precisamente “el mismo color del trozo de cielo”; un azul, que “era exactamente el matiz de mi alma, era la nota de mis ensueños, mi mismo ser”, según ha quedado ya dicho y ahora remachado. 

Apenas han pasado veinticuatro horas de cautiverio de la paloma “soñada”; y la narradora, niña chica de estatura tan pequeña que ni siquiera subida en una silla alcanza la jaula en la que está presa la paloma, con intención de poder liberarla, expresa su decepción por ello; y lo hace mediante un emotivo inciso exclamativo con entonación propia que las rayas enmarcan, en el que se contrapone su pequeña talla con la altura en la que está situado el clavo que sujeta la jaula a la pared (“–¡estaba tan alto el clavo y yo era tan chica!–”). Pero su decepción es aún mayor cuando se entera, por unos vecinos  que vienen a reclamarla, que la paloma está teñida de color añil -porque, en realidad es blanca-, travesura efectuada por unos chiquillos el día anterior. Y al final de este décimo párrafo el lenguaje empleado traduce el encogimiento espiritual en que queda sumida la narradora al constatar que el color de la paloma es artificial, porque está teñida: “dolor”, “desengaño”, “tristeza”... Sin duda, la construcción “sentí la glacial punzada del desengaño” es lo suficientemente elocuente, por su intensidad metafórica: el nombre “punzada” (sentimiento interior causado por algo que aflige el ánimo) va acompañado de de un adjetivo antepuesto (“glacial” -que es extremadamente frío porque hiela-) y de un complemento nominal pospuesto (“del desengaño” -donde “desengaño” significa “conocimiento de la verdad con que se sale del error en que se estaba”-). La frase nominal exclamativa que cierra el párrafo, y que actúa a modo de epifonema (“¡Teñida, falsa, artificial la soñada paloma!”), no es sino la expresión de la amargura que produce el desmoronamiento repentino de un sueño: la realidad, expresada mediante una triada adjetival en la que cada adjetivo tiene componentes connotativos que impiden la sinonimia absoluta (“teñida, falsa, artificial”) se impone a fantasía, al mundo de la ilusión (“soñada paloma”, con el adjetivo antepuesto con valor de epíteto).   

El párrafo undécimo con el que se cierra el texto es el adecuado colofón: la narradora, lectora infatigable, descubre “aquella misma tarde” que tampoco el cielo es azul, lo que provoca la expresión interjectiva “¡Lástima grande!”; pero salvaguarda el enorme valor de la fantasía frente a la dolorosa realidad: “y me sangraron las alas de la fantasía que, ¡esas sí!, eran bien azules…”. Los puntos suspensivos finales pretenden dejar absorto el ánimo del lector, como si la narradora buscara retrotraerlo a la inocencia de su niñez en la que la línea que separa la fantasía de la realidad es muy difusa. Y, en cualquier caso, no cabe la menor duda de que la brevedad del texto no es obstáculo para percibir los finos rasgos psicológicos con que está trazada la personalidad de la niña.

Y si seguimos el ejemplo de Pardo Bazán y nos convertimos en ávidos lectores, hasta podemos encontrar un soneto de Bartolomé Leonardo de Argensola (1562-1631), titulado “A una mujer que se afeitaba y estaba hermosa” (en realidad no se tiene claro si la autoría es suya o de su hermano Lupercio) y que, dejando aparte la censura a las mujeres que se maquillan demasiado, encarnadas en doña Elvira (“la beldad de su mentira”), podemos encontrar ciertas semejanzas con el cuento de la condesa. A fin de cuentas, algo tan bello como el “cielo azul” no es ni cielo -si nos atenemos al concepto elaborado por la Teología-, ni es azul, porque tal color es una ilusión creada por la atmósfera terrestre… Este es el mencionado soneto -que hay que inscribir en el ámbito del desengaño barroco-, cuyos últimos versos (“[…] ¡Lástima grande / que no sea verdad tanta belleza!”), aunque aplicados a otro asunto, parecen salidos de la inspiración de la Pardo Bazán:

 

Yo os quiero confesar, don Juan, primero,

que aquel blanco y color de doña Elvira

no tiene de ella más, si bien se mira,

que el haberle costado su dinero.

 

   Pero tras eso confesaros quiero

que es tanta la beldad de su mentira,

que en vano a competir con ella aspira

belleza igual de rostro verdadero.

 

Mas, ¿qué mucho que yo perdido ande

por un engaño tal, pues que sabemos

que nos engaña así Naturaleza?

 

Porque ese cielo azul que todos vemos,

ni es cielo ni es azul. ¡Lástima grande

que no sea verdad tanta belleza!

 

Guerrero Ramos, Carlos J., y Käuper Anja J.: “Polvos de arroz: lectura y relectura del famoso soneto de los Argensolas. Actas del V Congreso Internacional de la Asociación Internacional Siglo de Oro (AISO). Münster, 20-24 de julio de 1999, págs. 671-679.

https://dialnet.unirioja.es/servlet/articulo?codigo=598557

 

Pardo Bazán ha escrito más cuentos en los que las palomas juegan un importante papel. Por citar solo dos: “La paloma negra” (en referencia a la leyenda de santa Pelagia) [1], y “La paloma” (A nuestro padre el zar) [2[. Su lectura ayuda a hacerse una idea de la capacidad de fabulación de la escritora para, a partir de una paloma, elaborar cuentos de la más variada índole.

 

NOTAS.

[1] El cuento se publica en la antología Cuentos nuevos, en 1894. Texto en versión digital:

https://ciudadseva.com/texto/la-paloma-negra/

Charques Gámez, Rocio: “Dos versiones de santa Pelagia en la pluma de Emilia Pardo Bazán. La paloma negra versus la paloma blanca”. Revista de Literatura, 2021, enero-junio, vol. LXXXIII, núm. 165, págs. 97-118.

https://revistadeliteratura.revistas.csic.es/index.php/revistadeliteratura/article/view/554/565

 

[2] Texto en versión digital (edición del Centrro Virtual Cervantes:

https://www.cervantesvirtual.com/obra-visor/cuentos-antiguos--0/html/fee36fb6-82b1-11df-acc7-002185ce6064_2.html

De los nueve Cuentos antiguos, esta edición, además de “La paloma”, solo incluye los titulados “Prejaspes”, “Zenana”, “La gota de cera” y “Palinodia”.

 

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