“En el nombre del Padre…”, un cuento de Emilia Pardo Bazán de marcado carácter naturalista en el que se entremezclan, por vía de contraste, elementos líricos. III viernes 6 de noviembre de 2026, 14:13h
[Dada la extensión del cuento y de su comentario, lo vamos a dividir en tres partes, fácilmente reconocibles en el texto. Reproducimos a continuación -y comentamos- la tercera parte].
En el nombre del Padre...
Dígase la verdad aunque redunde en mengua del heroísmo del zapatero: durmió bien poco aquella noche. A las cinco en punto entraba en la capilla de la Angustia a oír misa de alba. Oyóla con devoción; rezó varias Salves y, al salir, la casualidad, o un instinto difícil de explicar, le movió a fijar la mirada en el relieve que campeaba en el frontón de la portadita. Era la Virgen con su hijo muerto en brazos, advocación que se conoce por la Angustia. Santiago recordó a Margarita, a quien había dejado entregada al sueño…, y el único ojo válido se le nubló, con lo cual pudo decirse que no veía. «Debí beber un trago de ron para tener ánimos», pensaba mientras se dirigía al Jardín. Ya le esperaban en él Deslauriers y el grupo de oficiales, que al verle llegar, cambiaron codazos y sonrisas. El zapatero, cerrando los puños, iba a embestir contra el espadachín… Los fingidos padrinos le detuvieron. ¡No sabía él el ceremonial de un lance de honor! Pues iban a explicárselo punto por punto… El sable se coge así, se juega asá… Santiago esperó resignado, abatido, y empezaron los requisitos burlescos. Hubo reparto de sol, cotejo y examen de armas, medición de terreno, todo con gran aparato; luego fue vendado Deslauriers, para que igualasen las condiciones… Despojóse Santiago de la chaqueta; Armando, de la casaca; agarró cada cual su chafarote, y se oyó una voz que decía: -Atención a la señal. Los curiosos aguardaban, muertos de risa, el duelo de un maestro de esgrima con un zapatero cojo, que nunca empuñara un arma. Deslauriers, gallardo, risueño en elegante posición de consumado duelista, tenía apoyada contra el suelo la punta del sable… -¡En guardia! -volvió a gritar el padrino… Lo mismo fue oírle Elviña que persignarse, exclamando en alta voz: -En nombre del Padre y del Hijo… Y correr blandiendo el sable, antes que su enemigo, cubierto un ojo por la venda, pudiese hacerse cargo del inesperado movimiento. Al decir «y del Espíritu Santo», ya la hoja había pasado a través del cuerpo del seductor, que vacilaba un momento, tambaleándose y, abriendo los brazos, caía desplomado a tierra… Un golfo de sangre salía de la herida, formando alrededor del cadáver una especie de laguna roja. Emilia Pardo Bazán: [“Nuevo Teatro Crítico”, núm. 11, 1891]. En Cuentos de Marineda, 5. Obras completas, volumen 7. Madrid, Fundación José Antonio de Castro, 2004. Darío Villanueva, editor literario.
Apoyo léxico. Dígase la verdad. A decir verdad, de manera cierta (locución adverbial). En mengua. En descrédito. Campear. Destacarse de una manera clara. Misa del alba. Misa que se celebra en algunos templos al romper el alba. Advocación. Denominación de la imagen que, en este caso, corresponde a la Virgen de la Angustia con su hijo muerto en brazos. Entregada al sueño. Profundamente dormida. Ceremonial. Conjunto de formalidades para cualquier acto publico o solemne. Lance de honor. Combate entre dos personas, provocado por una ofensa inferida por una de ellas a la otra y ejecutado según ciertas normas caballerescas. Punto por punto. Con todo detalle y pormenores al conocer o al referir algo. Se juega así…, asá. El verbo “jugar” hace referencia a cómo debe ser empleada un arma blanca. Los adverbios de modo, usados en la lengua coloquial, y en correlación, expresan varias maneras indeterminadas de hacer algo. Aparato. Pompa, ostentación. Chafarote. Sable muy largo. Duelista. Persona que participa en un duelo.
COMENTARIO. Tras un amplio nudo, el desenlace se precipita. Elviña duerme mal, y a las cinco de la madrugada ya está en pie, y en la capilla de la Virgen de la Angustia, para oír la primera misa, que siguió con total devoción. Reparó en el relieve de la Virgen con su hijo muerto en brazos, recordó a su hija Magarita que en esos momentos dormía plácidamente, y la emoción le enturbió la visión del ojo por el que veía, por lo que no veía prácticamente nada. Ahora es Pardo Bazán la que, a partir de una situación de espiritualidad, sale por el lado grotesco. Y Elviña se presenta en el campo del honor, ante las expectativas burlescas de los compañeros de armas de Deslauriers, que le tienen que explicar de pe a pa todo el ritual que lleva aparejado el duelo, mientras él espera el momento decisivo pacientemente. Las formalidades aumentan el clima burlesco: “reparto de sol, cotejo y examen de armas, medición de terreno...”, todo ello llevado a cabo de manera solemne. Y la comicidad alcanza su máximo esplendor cuando a Deslauriers le vendan un ojo, para compensar así el hecho de que Elviña era tuerto. Suena primero la voz “Atención a la señal”, con ambos contendientes provistos de sable: un zapatero cojo, sin el menor conocimiento del manejo de un sable, y un experto maestro de esgrima. Y para que el contraste entre ambos sea mayor, la escritora focaliza más el interés en Deslauriers: “gallardo, risueño en elegante posición de consumado duelista”. Tras la consabida voz de “¡en guardia!”, lanzada por uno de los padrinos, Elviña se santigua voceando “En nombre del Padre y del Hijo…”, a la vez que corre blandiendo el sable -situación extravagante donde las haya-. La rapidez con la cual embiste el zapatero al ofensor forma parte del efecto de sorpresa que busca la cuentista/narradora. Al pronunciar “y del Espíritu Santo” termina el rezo y cumple con una venganza tan rápida como inesperada, porque arremete justo después de escuchar “En guardia”, sin respetar el protocolo y sin esperar la voz que indica el comienzo del verdadero duelo. Deslauriers no tiene tiempo de reaccionar, y, efectivamente, coincidiendo con la invocación a la tercera persona de la Santísima Trinidad -“y del Espíritu Santo”-, Elviña atraviesa de un sablazo el cuerpo de Deslauriers que, titubeante y desequilibrado, “abriendo los brazos, caía desplomado a tierra…”. Final trágico para lo que parecía una inocente broma. Y Pardo Bazán “pone la guinda” al relato -como si se estuviera riendo de la suerte corrida por Deslauriers-, con una doble metáfora de gran plasticidad y fuerza expresiva: “Un golfo de sangre salía de la herida, formando alrededor del cadáver una especie de laguna roja”. Cabría preguntarse ahora si “En nombre del Padre...” -que es el título del cuento- alude solo a la oración por antonomasia, o si también ejemplifica -como cualquier título bien escogido- el tema del duelo con venganza -con intencionalidad satírica o con levísima socarronería-: el padre zapatero quiere vengar el honor de su hija. El estilo de Pardo Bazán en esta tercera parte del texto no ofrece variaciones significativas con respecto a la primera y segunda. En todo caso, advertimos un aumento en el nivel de ironía para que el enfrentamiento entre Deslauriers -situado en el ámbito de la broma hiriente y grosera- y Elviña -que, con su candidez y bondad, defiende el honor familiar- se produzca en un clima de suspense, en busca de un desenlace nada previsible, y en el que la sorna de la escritora se encubre tras un intenso lenguaje metafórico. La voz de la escritora ya no se deja oír en el texto, salvo que consideremos intervención suya este periodo: “Dígase la verdad aunque redunde en mengua del heroísmo del zapatero”. Y aun cuando no se pueda considerar “monólogo interior” propiamente dicho -porque el pensamiento está perfectamente estructurado en su expresión lingüística-, si que podemos “oír” las propias reflexiones de Elviña para sí mismo: “Debí beber un trago de ron para tener ánimos, pensaba mientras se dirigía al Jardín”. Y queda “redondea” la psicología de dos de los personaje principales: Elviña y su antagonista Deslauriers-, insistiendo en rasgos de su interioridad ya explicitados anteriormente o añadiendo otros nuevos. Elviña aparece como hombre heroico en el combate; con espíritu religioso -oye la misa del alba con devoción y reza varias Salves ante la Virgen de la Angustia; y se persigna antes del duelo, y acomete con el nombre de las personas de la Trinidad en la boca-; temperamental -“cerrando los puños iba a embestirle al espadachín”-; pero desconocedor del manejo de las armas propias de la esgrima, lo que constituye un mérito adicional, ya que de inmediato, y sin conocimiento de las reglas de un duelo con sable -que le tienen que explicar- decide afrontarlo con valor. En cuanto as la vestimenta, lleva chaqueta. De Margarita solo sabemos que Elviña “la había dejado entregada al sueño”, ya que el duelo se celebra al alba. Por su parte, Deslauriers sigue siendo el hombre gallardo, risueño, elegante -“en su posición de consumado duelista”-; y lleva un ojo vendado “para que igualasen las condiciones”, pues Elviña es tuerto. Viste casaca. Y mientras se desploma herido de muerte, aún se insiste en su cuerpo de seductor. Y en lo referente a la selección léxica relativa a un duelo con arma blanca, se amplia el vocabulario: “espadachín”, “ceremonial de un lance de honor”, “chafatote”, “atención a la señal” -aviso de que el duelo comienza de manera inminente-, “en guardia” -en actitud de prevención o sobre aviso-, “duelista”, “blandir”; y a esta lista habría que añadir palabras como “enemigo”, “hoja”; e incluso “herida” y “cadáver”. Los adjetivos se emplean ahora con moderación, porque prima la acción que se desencadena con rapidez. Hay un único caso de anteposición y posposición simultánea del adjetivo al nombre (“único ojo válido”); cinco casos de anteposición (“fingidos padrinos”, “gran aparato”, “elegante posición”, “consumado duelista”, “inesperado movimiento”) y otros cuatro de posposición (“instinto difícil [de explicar]”, “hijo muerto”, “requisitos burlescos”, “zapatero cojo”). La elección anteposición/posposición puede deberse al ritmo sintáctico o simplemente a una mejor eufonía. A Deslauriers se le califica de “gallado, risueño”. Y son varios los casos en los que el adjetivo adquiere la función de complemento predicativo: “Margarita, a quien había dejado entregada al sueño”, “Santiago esperó resignado, abatido”, “Los curiosos aguardaban muertos de risa”, “El seductor caía desplomado a tierra”. La sintaxis es mucho más sencilla, al haberse rehuido en gran medida los enlaces subordinativos y tender al parágrafo breve. Y es digna de mención la habilidad con que Pardo Bazán emplea el valor aspectual de los tiempos, combinando adecuadamente pretérito imperfecto de indicativo y pretérito perfecto simple; baste, como ejemplo, reparar en los tiempos verbales del primer párrafo: “durmió”, “entraba”, “oyóla”, “le movió”, “campeaba”, “era”, “se conoce” [cambio a presente de indicativo], “recordó”, “había dejado”, “se le nubló”, “pudo decirse que no veía”. [Creemos, sin embargo, que más adelante, en la oración “que nunca empuñara un arma”, el pretérito imperfecto de subjuntivo (“empuñara”) está ocupando el lugar que corresponde al pretérito pluscuamperfecto de indicativo (“había empuñado”]. Ese valor aspectual adquiere carácter incoativo en perífrasis de “auxiliar+infinitivo” (“Iba a envestir”, “iban a explicárselo”). Hay también en el texto enumeraciones triádicas de tipo paralelístico (“Hubo reparto de sol, cotejo y examen de armas, medición del terreno”); y binarias (“Despojóse Santiago de la chaqueta; [despojóse] Armando de la casaca”; “[Deslauriers] risueño en elegante posición de consumado duelista”). Y no encontramos antecedentes en la literatura más truculenta de comparar con “un golfo” la sangre que brota de un cadáver acuchillado, y con una “laguna roja” la gran mancha que esa sangre deja a su alrededor.
A modo de conclusión (cuento completo). No hay el menor lirismo en el personaje de Elviña ni en la resolución de la historia, que se inscriben en el más puro naturalismo: su deformidad física y su falta de refinamiento estético; las burlas de los oficiales que preparan el duelo con Armando Deslauriers para humillarlo; la forma grotesca con la que se enfrenta a un maestro de esgrima sin haber empuñado jamás un arma y al que, finalmente da muerte en un clima ausente de espiritualidad; la laguna de sangre que mana del su cadáver… En cambio, hay un marcado lirismo en la evocación de su difunta mujer (que se había convertido en su “numen tutelar”) y en el relato del crecimiento de su hija Margarita, hecho con gran delicadeza poética; un amor paternal incapaz de concebir conductas inadecuadas por su parte. Ese encanto poético quedará destruido cuando se produzca su deshonra por parte del maestro de esgrima, momentos en los que el cuanto adquiere la crudeza propia del naturalismo, marcando un fuerte contraste que elimina cualquier atisbo de tierno lirismo.
Bibliografía.
Fundación Juan March. Isabel Burdiel: “Emilia Pardo Bazán o el anhelo biográfico”. https://www.youtube.com/watch?v=f59DoFnI2fQ
Pedro Carrero Eras: “Cuentos de escenario madrileño de Emilia Pardo Bazán”. https://www.youtube.com/watch?v=8OUo4t84zxw
Pedro Montoliú Camps. Periodista y Cronista de la Villa. “El periodismo de Pardo Bazán". https://www.youtube.com/watch?v=yFX0bFT11fg
José Manuel Lucía Megías: “Emilio Pardo Bazán, la primera catedrática en España: luces y sombras de un nombramiento histórico”. https://www.youtube.com/watch?v=ulEqiXU9UXY
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