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Entrevista a Javier Yuste González, autor del libro "Los últimos años de mi primera guerra"

"La presencia española en el Pacífico es casi tan antigua como en América "

jueves 23 de octubre de 2014, 13:23h
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Javier Yuste González ha publicado recientemente su primera novela "Los últimos años de mi primera guerra", la historia de un marino estadounidense de descendencia vasca. El autor es un joven abogado que tiene cuatro pasiones en esta vida: la escritura, la vida de un marino, la II Guerra Mundial y la investigación histórica. No se pierdan esta entrevista donde desmenuza esas grandes pasiones.

Los últimos años de mi primera guerra
Los últimos años de mi primera guerra

"Todo lector en el fondo de su ser quiere ser escritor"

¿Qué le llevó a escribir Los últimos años de mi primera guerra?

Fue un desafío, recoger un guante (ríe). Tengo la convicción de que todo lector, en el fondo de su ser, desea ser escritor. No ser un mero espectador: crear mundos y personajes y eso fue, quizá, lo que despertó en mi interior cuando todavía era un niño. Con una máquina de escribir, trataba de ir creando aunque no llegaba ni a la mitad de una cuartilla. >Lo dejé durante muchos años interesándome más por el mundo del cómic, con el que me di cuenta de que sin una buena historia escrita, no son más que garabatos en el papel. Nunca tuve en mente ser capaz de escribir una novela, aunque, por otro lado, era un sueño. Quizá uno de esos que te auto convences de que no serás capaz de materializar. A lo sumo, relatos cortos que, en el mejor de los casos, no superarían las veinte páginas. Me faltaba disciplina y, lo más importante, motivación. Ese desafío... Me dijeron "oye, ya que escribes tan bien, ¿por qué no te animas y te curras una novela?" ¡Como si fuera fácil! ¿No? Tuve que responder. Y Los últimos años de mi primera guerra no es más que la unión, a partir de ese desafío, de muchos aspectos que me gustan como es el mar, el mundo militar y la II Guerra mundial. Tardé mucho en darle forma, como, por ejemplo, estructurarlo en forma de diario ilegal, como autobiografía fingida, y crear al protagonista principal, que no tiene nada que ver con el original, cuyo destino y pasos son totalmente diferentes. Respondí al desafío y estoy muy orgulloso de no haberme defraudado y, lo que es más, no haber defraudado la confianza de aquellas personas que depositaron sus ánimos en mí.

¿Cómo se ha documentado para escribir la novela?

Hasta que no llegué a terminar el primer folio de la novela no me di cuenta de lo importante que es estar bien documentado. Aunque se escriba del momento actual, es algo implícito en la tarea de un escritor. Es la forma de dar realismo a la obra. En un ingenuo primer momento, creí que con la ayuda del Google y de echarle horas me sería suficiente, pero no es así. No todo iba a ser gratis y mi bolsillo, muy famélico, aún aúlla a la luna añorando los euros que se han quedado por el camino. El primer libro que compré, como si fuera un recluta recién incorporado a la Marina de Guerra de los Estados Unidos de América en la II Guerra Mundial, fue el "Seaman's manual", un tomo de más de 800 páginas, en su edición de 1943, que se entregaba a todo marinero y en el que se le enseñaba desde el himno nacional hasta coser. Es la biblia, en serio. Fui comprando y buscando lo que el protagonista y lo que le rodeaba me iban exigiendo. No tardé en tener el mi poder manuales de artillería y matemática básica para determinación de blancos en movimiento y en el aire. Todo en inglés. Apartado especial merece una revista americana a la que estoy suscrito desde entonces, de nombre "America in WWII" y que está escrita por hijos y nietos de veteranos o de personas que vivieron la guerra desde el frente doméstico. Sin sus especiales no habría sido capaz de adentrarme en un mundo casi perdido y tan curioso que no se volverá a repetir. Y así podría estar hablando hasta aburrir soporíferamente. Tuve la gran suerte de encontrar mucha documentación y que se me facilitara de forma gratuita, como libros monográficos en castellano y apuntes sobre materias que se imparten en la Escuela Naval Militar, así como la amabilidad y cortesía de suboficiales y oficiales de la Armada española, algunos de los cuales pisaron la cubierta de destructores de la clase Fletcher, como veteranos de la II Guerra mundial, a través de la página oficial del USS Abbot. El documentarse, encontrar cuadernos de bitácora desclasificados de unidades de superficie, así como diarios redactados por la Comandancia de territorios invadidos, leer manuales de artillería y de utilización y mantenimiento de armas como una Bofors 40 mm., ordenanzas, etc., ha sido, sin duda alguna, lo más duro, pero merece la pena por que aunque te leas un libro de tropecientas páginas para sólo dejar un par de notas en tus líneas, dota a tu obra de algo que ya he comentado: realismo. Es algo necesario, aunque te acabe pesando menos el bolsillo y te enfrentes a montañas de documentos. Y junto a los documentos, objetos de época, como un mapa de 1943, por ejemplo. Es una obligación del escritor de novela histórica rodearse de estos, sin ellos, tus personajes no son más que marionetas en un escenario en blanco.

¿Por qué se decidió a ambientar la novela en el frente del Pacífico, ese Infierno Azul? y ¿Por qué cree que en España no ha interesado esa parte de la Segunda Guerra Mundial?

Quizá no interese por la simple lejanía del escenario. Parece algo que nos viene de fábrica a los españoles: sólo tenemos que retrotraernos a 1898. Cuando hablamos del Desastre parece que sólo perdimos Cuba, cuando también nos despedimos de Puerto Rico y Filipinas y muchos otros dominios menores en el Pacífico que acabaron en manos alemanas y de otras naciones, como las Carolinas, por ejemplo.

Todo esto resulta curioso, ya que la presencia española en el Pacífico es casi tan antigua como en América, con sus misiones, San Francisco Javier, Urdaneta...

>Tampoco el Pacífico es un escenario muy dado entre los países aliados para el recuerdo. El Infierno Azul, que recibe su nombre de ser una guerra naval pura y dura, supuso mucho derramamiento de sangre y un punto más alto en el nivel de brutalidad, si cabe, con respecto a Europa. Además, no es un escenario muy glamouroso: no hubo un París que liberar.

Es un océano casi ilimitado, perlado de minúsculas e infestadas islas, donde la enfermedad aguardaba junto a un enemigo que no dudaría en masacrar al invasor, aún a costa de no quedar un solo hombre vivo. No hay ciudades que recuperar, ni esvásticas que tirar abajo. Sólo odio irracional.

Una cosa era la lucha contra el nazismo, pero en el Pacífico se dio una lucha más animal, de exterminio total entre ejércitos, en los que los nipones se sacrificarían empleando todas las buenas y malas artes que pudieran, una guerra en la que los aliados tuvieron que obligar a sus soldados a llegar a lo más bajo. Se llegaba a fomentar el racismo contra los nipones, al igual que la Administración del Sol Naciente fomentaba un nacionalismo antiblanco. La II Guerra mundial tuvo muchas caras ocultas. Sin duda, fue un infierno distinto al Europeo, más brutal y más silenciado. Hubo juicios, pero parece que sólo nos interesó Nuremberg, cuando en Asia se realizaron actos igual de atroces, en China, durante la década de 1930 y la II Guerra mundial, así como en otros puntos. Hechos que varios autores no han dudado en calificar de holocausto asiático. Se enjuiciaron altos cargos militares, responsables de campos de concentración que no se quedaban muy atrás de los nazis, algunos criminales de guerra, pero el resultado es muy diferente...

Es como si todos quisiéramos olvidar. Como si sólo hubiera existido Guadalcanal, Midway, Filipinas, Iwo Jima y Okinawa, pero en las películas. Y sólo ahora parece que nos demos cuenta del sacrificio humano.

¿Dónde están, en nuestra memoria, La Marcha de la Muerte o la esclavitud sexual en Japón? Quién sabe. Igual no interesa, como tampoco que los nazis importaran sus métodos a la Primera Guerra de Indochina (1945-1954).

Hace unas semanas saltó a los titulares de varios diarios los últimos descubrimientos sobre la Campaña del Pacífico, gracias a una obra de reciente publicación de Antony Beevor. De repente, todos parecían espantados por actos de canibalismo entre las filas niponas. Sin embargo, si esas personas que, lógicamente, se han sentido espantadas por estos hechos, hubieran "buceado" un poco en esas aguas e islas, no se habrían extrañado lo más mínimo. A mí no me pareció nada raro.

En España, para variar con la II Guerra Mundial, nos hemos olvidado del Pacífico y también de Europa. Parece que sólo hubiera habido el Maquis y la División Azul y ni eso casi. Pero, ¿por qué la gente no sabe que el desembarco de Normandía fue un éxito gracias al espía Joan Pujol, catalán, de nombre en clave Garbo, al cual se le ha dedicado infinidad de libros y documentales en Inglaterra y Estados Unidos? ¿Por qué no hablamos de que Madrid, durante la II Guerra Mundial, vivía una auténtica y brutal guerra de espionaje y contraespinaje entre los Aliados y el Eje? ¿Por qué nos olvidamos de la 13ª Demi Brigade de Le Clerc? ¿Por qué no se habla de los españoles en Filipinas que ayudaron a descifrar el Código Púrpura japonés? ¿Por qué nos olvidamos de aquellos que ayudaron y protegieron a cientos e, incluso, miles de personas de los atropellos de la Kempetai (la GESTAPO japonesa)? ¿Y esas tres gallegas que ayudaron a cruzar la frontera a cientos de judíos perseguidos? ¡Buf! Cuántas preguntas me pueden venir a los labios en estos momentos...

De todos modos, tenemos una idea falsa sobre gran parte de la guerra en ambos frentes y el horror no se extinguió con la llegada de la paz ni con las banderas de los aliados.

El final de la presencia española en el Pacífico no se dio en 1898, sino en 1945.

¿Qué es lo que más destacaría de la vida del marinero estadounidense en esta época?

No hay mucha diferencia con respecto a la vida en otras Marinas en este concreto escenario. Compartían los mismos sueños de aventura en el mar, idénticos miedos y hasta la misma falta de intimidad en máquinas de guerra de las que formaban parte como piezas esenciales.

La vida a bordo de un buque se caracteriza por una rigurosa disciplina y una rutina casi inquebrantable, esperando, con aburrimiento, a que apareciera el enemigo en la inmensidad del océano. A ver qué pasa, mientras se podían ver países exóticos, ¿no?

Pero a través de los ojos de un miembro del rol de un buque pudo ver mucho bueno y mucho malo en la guerra, como en el mismo frente, en una trinchera. Si tu barco resultaba hundido y no te rescataban pronto, te iba a tocar una muerte muy dolorosa. Una vez en combate, no había escapatoria y la línea entre la vida y la muerte era igual de delgada por mucho que haya gente que se crea que la Marina se pasea mientras la Infantería lucha sin descanso.

Quizá lo que más pueda destacar, como elemento diferenciador, y me refiero a todos los cuerpos, es que los americanos tuvieron a su favor una logística increíble para la época. No les faltaba de nada gracias al esfuerzo de guerra que se realizaba en el "frente doméstico", siendo destinatarios principales de todos los productos que se fabricaban en los Estados, lo mismo da maquinaria de guerra que margarina o melocotones en almíbar.

Si se venció era por que había una moral y esfuerzo inquebrantables de victoria.

¿Por qué prefiere al marinero en lugar del marine, como sucede en la mayoría de novelas y películas?

No es cuestión de gustos, aunque, eso sí, los US marines tienen un uniforme precioso, atrae reclutas como la miel a los osos (ríe).

Ahora en serio. El hecho de que el protagonista de la serie "Homeland" sea un marine no es una casualidad. Parece haber una mayor empatía entre el ciudadano americano y el marine, y es lógico ya que forma parte de su cultura militar propia.

No es precisamente cierto que la Marina se haya visto relegada precisamente a un segundo plano en la literatura y el cine, pero los marines son más afines al espíritu popular, al ideal de poder como pueblo. Los marines son los héroes. Son la imagen del sacrificio americano allá donde se les vea. Son los hombres de Iwo Jima. Son los hijos pródigos.

Cierto que el día a día del marine, o del soldado (en el Pacífico no sólo hubo Infantería de Marina librando el cobre), era un auténtico infierno, enfrentándose a junglas enfermas y a un enemigo casi invisible, pero se nos ha hecho llegar la falsa imagen de que la vida del marinero era idílica, cuando no lo era. Es una idea que ha contaminado desde siempre la impresión que se tiene sobre los hombres y mujeres que sirven en dicho Cuerpo, como si nada pudiera ensuciarles sus uniformes blancos de verano.

Los marines no habrían llegado muy lejos sin los marineros de los Equipos de Demolición Submarina (UDT), que preparaban el terreno la noche anterior al desembarco, volando arrecifes ocultos y otras amenazas; los sanitarios, que eran de la Marina y que eran muy respetados; o el Batallón de Construcciones Navales (Seabess).

Como siempre me ha atraído el mar y los buques de guerra, con una mente un tanto calenturienta, tratando de sentar las bases de una saga de novelas en plan Patrick O'Brian, me lancé al océano, vistiendo a Lars, al protagonista, de "marinerito", pero a los mandos de baterías antiaéreas en un mundo lo más real posible sobre el papel y que permitiera al lector encontrar la sincera confesión de un personaje que acaba convirtiéndose en su íntimo amigo.

Sin embargo, no me olvido de los marines en la novela. Sólo hay que esperar a cómo se desarrollan los acontecimientos.

El cine se centra fundamentalmente en el típico soldado estadounidense pero, ¿cuál fue el papel de latinos y asiáticos con nacionalidad estadounidense que participaron en la guerra?

Pues el típico soldado estadounidense tenía de todo menos típico. Cierto que parece que sólo iban tipos bien formados, blancos, rubios y de ojos azules, pero esto no es más que una mala treta que hemos heredado del cine. En los Cuerpos de las FAS norteamericanas tuvieron una importante participación muchas etnias y naciones. Desde afroamericanos a nipones de segunda generación, pasando por latinos, por supuesto, y nativos americanos, los cuales demostraron un compromiso con el Gobierno Federal incuestionable y que tuvieron un papel muy importante en el Pacífico.

Resulta ahora curioso que la población nipona, italiana y alemana en los Estados Unidos fuera llevada a campos de relocación. Su fin, aunque anticonstitucional como se probó más tarde y no se compensó económicamente hasta décadas después a los perjudicados (al menos a los nipones), era la de controlar al famoso "enemigo doméstico" que contiene el juramento de lealtad. Tenía su lógica, ya que en Sudamérica había colonias de potencias del Eje con un poder bélico contra los Estados Unidos que quitaba el sueño a sus contradictorios Servicios de Inteligencia, y hasta había habido un llamamiento a las armas para los emigrantes para que volvieran a sus naciones para luchar por la patria. Se han dado casos de americanos con uniforme alemán entre los prisioneros de guerra. Nada raro.

Por suerte, no todo el mundo creía que el enemigo estaba dentro de las propias fronteras y se les permitió a esas personas demostrar su lealtad. Para evitar posibles deserciones o dudas en los combatientes, los alemanes e italianos eran destinados al Pacífico casi exclusivamente, mientras que los nipones a Europa, donde formaron el 100º Batallón de Infantería, el más laureado de las FAS norteamericanas.

Los iberoamericanos también tuvieron mucho que decir en la guerra para los Estados Unidos. Su presencia era muy notable en todos los Cuerpos, aunque como con los afroamericanos, siempre se vieron discriminados, aunque en menor medida. Solían proceder de estratos sociales bajos, no como los blancos, los cuales casi más de la mitad contaba con estudios de bachillerato y universitarios, y parecían ser también los ideales para meterse de lleno en follones.

Era una época muy complicada socialmente y la paz no es que precisamente calmara los ideales.

¿Le ha resultado complicado combinar ficción y realidad?

La cuestión quizá es la de tener en tu poder toda la realidad posible para no violentarla con la ficción.

Desde que tomé la decisión de situar gran parte de la acción de la novela a bordo de un destructor de la clase Fletcher, lo tuve bien claro: inventarme un destructor para mí y mis personajes, pero encuadrado dentro de un Escuadrón y División reales. Así, el Narvhal comparte aventuras con las unidades del Destroyer Squadron 48 (DESRON 48). Tomé la lista del programa Fletcher y le asigné al Narvhal el número que tendría que haber sido pintado en las amuras y popa de un buque que no llegó a salir de los astilleros. Creo que es lo más respetuoso que se puede hacer. Algo parecido a lo que hizo Arturo Pérez-Reverte en Cabo Trafalgar, inventándose el navío donde sus personajes se enfrentan a uno de los eventos navales que han marcado para siempre nuestra Armada. Sólo hay que remitirse al himno de la Escuela Naval Militar: "En Lepanto la victoria y la muerte en Trafalgar".

Esto es algo que ya advierto al comienzo de la novela: buque y personajes inventados, pero todo lo demás es verídico y a los cuadernos de bitácora, diarios de guerra, monografías y estudios que he empleado me remito.

Una vez que se tiene un marco de este tipo, en el que no violentas la realidad con tu incursión, en la que tus personajes se amoldan a la vida es fácil, agradable y hasta un homenaje sincero a la Historia.

Ha sido una suerte haber podido hacerme con tanta documentación sobre varios aspectos de la II Guerra Mundial, sobre todo en el aspecto cultural, del día a día de ciudadano y soldado, algo que siempre me ha interesado y que he tratado de plasmar en las páginas de la novela.

¿Qué autores y obras le han influido para escribir la novela?

No soy capaz de hacer una lista, ya que me quedarían muchos por el camino. Siempre he ido absorbiendo todas las enseñanzas que desprenden todos los libros que han ido cayendo en mis manos. Lo mismo da lecturas de ocio que otras con fines más serios. Podría decir que mi marmita tiene demasiados ingredientes (ríe) y, de ahí, sacar un estilo propio, centrándome en esos autores y obras que destacan lo humano con lo más objetivo y doctrinal.

De entre todos, destaco la gran labor y legado que nos ha dejado Luís de la Sierra en la editorial La Juventud.

Cuando un escritor se relaja, ¿qué libros lee?

En cuestión de libros soy igual que con la música, me gusta casi de todo y mi librería es buena prueba de ello, así como la memoria de mi Kindle DX.

Cuando dejo de lado periódicos y monografías anticuadas para escribir artículos, ya sea para la Revista General de Marina o la recién nacida Historia Rei Militaris, me encanta navegar por la literatura de terror, suspense o por autores clásicos del s. XIX. Son géneros estos que siempre me han gustado y sobre los que algún día espero realizar un buen desembarco y no una mera escaramuza.

No le pongo puertas al campo.

¿Le ha costado mucho encontrar una editorial al ser este su primer libro?

Pues la verdad es que sí. Aunque, por otro lado, he tardado poco en verlo publicado. Recuerdo bien que comencé a mandar el manuscrito a las editoriales el 3 de Enero de 2011. Fui apuntando en una especie de diario de guerra los envíos. Para cuando me cansé de llamar a muchas puertas, ya me había enfrentado a cincuenta editoriales. Las que me contestaron se podrían contar con los dedos de una mano y prefiero no ofuscarme con determinados mensajes que algunas editoriales dejan caer en la sección de "Contacto".

Por supuesto que no iba a esperar una respuesta del estilo de que todo el mundo perdiera el cu... perdón, por contratarme y publicar una obra tan diferente a lo que se puede encontrar en el mercado y, encima, de género bélico.

La editorial con la que he publicado, De Librum Tremens, fue una de las primeras con la que contacté y la que acabó interesándose de verdad, tanto en la historia como en la forma de contarla. Para cuando firmé el contrato, el 21 de Diciembre de 2011, Santo Tomás, hacía ya meses que había tirado la toalla. Cincuenta puertas... Hacía pocas semanas que desde la editorial ya me habían pedido una versión corregida de la obra y todo comenzó a tener forma hasta que en Junio de 2012 ya se puso a la venta.

Me propuse escribir una novela y lo conseguí. Me propuse que me la publicarán y aquí está. Al final mereció la pena tanto esfuerzo y dedicación.

¿Está teniendo el éxito esperado por parte de los lectores?

Hay muchos lectores que han contactado conmigo por redes sociales o a través de mi blog, y no pocos me han dejado sus impresiones una vez leída la novela, que no pueden ser más positivas, aunque, por supuesto, también hay quien me comenta las cosas que le chocan o que ven mal, algo que me parece fantástico, ya que es la única forma de aprender.

Destacan la facilidad de lectura que posee la novela. En ningún momento se peca de un exceso de tecnicismos, ya que priman las impresiones y vivencias del segundo de artillero Larrabeitia. Es algo que siempre he buscado desde el principio y para esclarecer dudas o alumbrar el camino, he ido dejando "miguitas de pan" en forma de notas al pie de página y de unos completos apéndices.

Curiosamente, debido a estos dos puntos, la mayoría coincide en lo bien documentada que está la obra, ya que no sólo no me olvido de temas navales, sino que no dejo escapar ni la música, el cine o hasta la jerga propia de la América de la década de 1940.

Para mí, la novela está dividida en tres partes bien diferenciadas, cada una con un fin propio, y me han indicado que poseen su propia fuerza e interés y con cada una se han reído, se han entristecido, han sentido curiosidad y hasta han aprendido.

¡¿Qué más se puede pedir?!

Llegados a la última página, varios lectores han sentido cierto vacío. Se han encariñado con el protagonista y me lanzan otro desafío: "¿Esto es todo? ¡Queremos más!"

Bueno, yo quiero que haya más. Al menos llegar hasta Abril de 1975.

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