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Entrevista a Luisgé Martín, autor de "La misma ciudad"

"Las soluciones vitales de la vida tienen que ser pactos con uno mismo"

jueves 23 de octubre de 2014, 13:23h
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Cuando Brandon Moy vio el hundimiento del World Trade Center pensó que era una oportunidad para cambiar su vida. Para reinventarse. Luisgé Martín se encontró accidentalmente con este personaje en un bar del barrio del Moncloa. Probablemente en el mismo en que hemos quedado para hablar de su última novela La misma ciudad, pero podía haber sido en otro cualquiera donde los papeles y desperdicios cubren el suelo y las cañas se sirven con el método tradicional.

La novela corta es un género difícil. Dar con la medida apropiada requiere habilidad y oficio. El escritor madrileño lo tiene y anduvo un tiempo buscando la medida justa y precisa. "Originalmente La misma ciudad era un cuento de unos 15 folios. Cuando lo releí para publicarlo vi que no funcionaba. Le faltaba profundidad psicológica al protagonista: Cómo era él psicológicamente y lo que pensaba. Le añadí la parte que va desde Nueva York a Colombia y aquello empezó a funcionar", desvela el escritor sobre la intrahistoria del relato.

Con esos añadidos la novela queda en su justo término. Además, cree Luisgé Martín que le ha quedado mejor que La mujer de sombra. El personaje que conforma es muy literario porque se plantea cuestiones que casi todo el mundo se ha planteado alguna vez en su vida. "Brandon Moy trata de vivir al límite, abrumadoramente una serie de experiencias", dice el autor y añade "normalmente somos bastante cobardes. Yo no haría lo que hizo Brandon y creo que poca gente lo haría. Pero también hay personas que lo hacen sin que se les derriben las torres gemelas".

La novela nos pone en una situación límite que obliga al personaje a reinventarse, a construir una nueva persona, una nueva identidad. Ésta se le ocurrió leyendo un ensayo sobre el 11-S que publicó Galaxia Gutenberg, pero el libro no buceaba en la intrahistoria del suceso, no trataba cómo las vidas de muchas personas fueron modificadas por un hecho externo que podríamos calificar de teatral. Una persona normal objetiva, casi feliz, como Brandon Moy, puede alterarse ante un acontecimiento de esa magnitud que le da la oportunidad de empezar de nuevo, una vida que mereciese vivir, mucho más vital.

Ese acontecimiento que irrumpe de forma violenta en la vida del protagonista, lo viven casi todas las personas en una crisis existencial, puede ser la crisis de los cuarenta, "yo no la tuve", confiesa el escritor, pero especifica que "sí en los cincuenta. En esas crisis te planteas determinadas cosas que quieres hacer pero que si no corres un poco terminas no haciéndolas". Son las crisis en las que uno se reinventa, como hizo Brandon. Son las crisis en las que uno se da cuenta de que la juventud se va perdiendo de manera inexorable.

Sin embargo, había algo que no funcionaba adecuadamente en la mente del protagonista. Se había reinventado, pero evocaba su pasado, la vida familiar, sentía nostalgia como el propio autor. "Yo soy una persona esencialmente nostálgica. Recuerdo que con 20 años hablaba como si tuviese 60", cuenta. Y eso le lleva a evocar que "soy una persona que pierdo el tiempo. Soy especialista en perder el tiempo en general. Me cunde poco el tiempo. Siempre tengo la sensación de que voy detrás de todo", confiesa el escritor madrileño. ¿Quién lo diría? En apenas doce meses ha sacado dos libros, la novela de la que estamos hablando y el libro de viajes Donde el silencio, en el que ha buscado lugares de España que todavía están escondidos y cuyos habitantes son personas que han buscado otras alternativas.

Puede que ambos libros tengan un punto en común: la insatisfacción de la vida. Sin embargo esa búsqueda de la felicidad que emprende el protagonista solo la comparte en una pequeña proporción el autor. "Lo que a mí me da más felicidad no es la novedad, porque cada vez hay menos cosas nuevas. Lo que me hace feliz es descubrir algunas ciudades o parajes extraños, países y civilizaciones que me sorprendan", cuenta el escritor. Japón le dejó frío, "para mí fue una gran decepción". Sin embargo, el país que le emocionó fue Israel, "un país múltiple y Tel Aviv me gustó mucho más que Jerusalén", apunta.

Como Brandon Moy, que al final vuelve a sus orígenes, por ser devorado por la nostalgia. Luisgé Martín busca la felicidad en esos orígenes, en las pequeñas cosas de la vida, "cenar con unos amigos con una buena copa de vino eso es para mí la felicidad, pero con minúsculas, porque la felicidad con mayúsculas no existe", cree. Y él se ha sentido decepcionado en países como India, donde los viajes espirituales están a la orden del día. No es el único, desde luego.

Por eso, se califica a sí mismo como "un hombre cada vez más de la Ilustración". Un hombre cuyos viajes le sirven para comprender el mundo y que "las soluciones vitales de la vida tienen que ser pactos con uno mismo", afirma, que tienen que ver con la condición humana y con la capacidad de soñar y de ensoñar. Y esto se nota desde su novela Los amores confiados, donde propone soluciones naturales, realistas y pragmáticas.

Brendan Moy pertenece a ese universo del hombre de la Ilustración, su final tenía que ser pragmático y realista. "Él se fue traicionándose a sí mismo. Se fue falsamente y dejando a las personas y cosas que quería. Pero sabe que los sueños están para cumplirse en un determinado momento, que si pasa ese momento ya difícilmente se cumplirán", filosofa el autor madrileño que mira a la vida con los ojos de la realidad, una realidad que cada vez refleja mejor.

¿Brandon Moy existió realmente? Quizá sí, quizá no, quizá con otro nombre o no. Todo ser humano tiene una parte de él en su corazón, en su espíritu. Yo sé que algún día le encontraré tomando una cerveza con Luisgé Martín en uno de esos bares de la calle Guzmán el Bueno. El héroe que puso nombre a la calle prefirió ver morir a su hijo antes que rendir la plaza que defendía. El escritor prefiere dejar su felicidad antes que rendir su imaginación. Que así sea.

Entrevistas autores

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