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kioscos

Si has sido niño durante los años 60, 70 y 80 sabrás qué son los recortables, los chicles Dunkin, las peonzas, las canicas, los sobrecitos de la serie Monta‐Plex (con sus soldaditos dentro), los cromos o cualquier pequeña y colorida figura de plástico inflado, material que tanto se estilaba por aquella época. Todos estos preciados objetos compartían morada: el kiosco, ese lugar sagrado para niños de esas décadas.

La buena literatura encuentra su acomodo no solo en ediciones lujosas. También en aquellas otras que siendo populares y asequibles por su precio a costa de la calidad en la impresión, no regateaban en la de su contenido.

La Universidad Central de Madrid fue el escenario de una quema pública de libros el domingo 30 de abril de 1939, solo un mes después de finalizada la guerra.

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“Los políticos hacen competencia desleal a los humoristas”


Con “El tesorero”, Francisco Ibáñez ya ha publicado 200 álbumes de Mortadelo y Filemón y ya son sesenta años los que han pasado desde que aparecieron sus primeras aventuras en aquel mítico tebeo Pulgarcito. Desde entonces siguen igual de jóvenes, casi igual que el propio autor. Por él, que parece que los años no sólo no pasan, sino que sigue tan joven y dinámico como cuando se le ocurrieron estos dos personajes de leyenda.
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Pues creo que Joaquín Torra, ese presidente nazi que sufrimos en la tierra de mi madre, debe tener razón. Los españoles tenemos una tara en el ADN que nos hace diferentes. Así que este charnego, hijo de una gerundense y de un almeriense mezclado con valencianos, tiene algo en su ADN que le viene jugando malas pasadas a lo largo de toda su vida. Por lo menos en lo que se refiere a su vocación de periodista. Desde que hacía prácticas en La Voz de Almería se las tuvo que ver con el entonces gobernador civil porque le molestaba que, cada vez que se encontraba en el diario del Movimiento Nacional una información incómoda, iba firmada por Joaquín Abad. Así que cada dos por tres la policía visitaba mi domicilio para indicarme que estaba invitado a seguirles hasta el palacio de la calle Arapiles, donde un señor con bigotito me echaba la bronca en plan cuartelero, amenazas incluidas, que yo me pasaba por el forro porque tenía veinte algo años y entonces era un rebelde que no me controlaba ni mi padre...

Hace años, en la década de los 90, un conocido periodista que se desplazó a Almería con un equipo de Tele5 para grabar un programa dirigido por Alfredo Amestoy con objeto de investigar una red mafiosa capitaneada por un delincuente de nombre Juan Asensio Rodríguez, que Garzón había desmantelado, ya me indicó que “El Caso”, del que yo era director desde que Eugenio Suárez, su editor, me contratara en 1987, se merecía una serie televisiva o incluso una película cinematográfica para exhibirla en los cines españoles.

“Zamacois fue un español del éxodo pero no del llanto”

Eduardo Zamacois es un escritor olvidado. La memoria es débil y más cuando se trata de literatura y el escritor ha tenido que exiliarse por culpa de la Guerra Civil. La Fundación Banco Santander está haciendo un inmejorable trabajo recuperando a escritores que nunca hubiéramos tenido que olvidar. Eduardo Zamacois es uno de ellos y la antología que presentan es sencillamente deliciosa: “Cortesanas, bohemios, asesinos y fantasmas”.