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ENTRE VISITA Y VISITA
José Luis Muñoz
José Luis Muñoz

Entrevista a José Luis Muñoz: "Casi todos los personajes de mis novelas son turbios, responden a los arquetipos de la novela negra"

domingo 25 de enero de 2026, 17:16h

Entrevistamos a José Luis Muñoz, uno de los más veteranos y destacados autores de novela negra de este país, que ha incursionado prácticamente en todos los géneros literarios, y es un infatigable activista cultural y social, con más de sesenta títulos a sus espaldas y una veintena de premios literarios, con motivo de la serie de RTVE “Los 39” sobre su trilogía épica “La pérdida del paraíso”.

Los 39
Los 39

¿Recuerdas el primer libro que leíste? ¿Y la primera historia que escribiste?

El primer libro debió se de cuentos de Aleksandr Afanásiev, un escritor ruso que puso negro sobre blanco los relatos de la tradición oral de su país. Ahora, con esta mentalidad que reina, serían cuentos no aptos para niños. Había algo siniestro en ellos, canibalismo, por ejemplo, con brujas que devoraban niños crudos y esas cosas. La primera novela leída debió ser una de Jack London, seguramente Colmillo blanco. Antes había leído libros ilustrados, un montón de ellos, casi todos de trasfondo religioso y relacionados con el Antiguo y Nuevo Testamento. Disfrutaba muchísimo con ellos, bastante más que ahora. Mis primeros escritos datan de cuando tenía siete años o menos. Crecer entre libros tiene esa rareza y esa virtud. Mi padre era bibliófilo, fetichista de los libros que compraba en ediciones rústicas y convertía en joyas con costosas encuadernaciones de piel. Mi primera novela, siendo un niño, ya tocaba un tema espinoso: Auschwitz se llamaba. Entre el horror del exterminio había una historia romántica: un SS se enamoraba de una judía e imagino que la salvaba de la cámara de gas. Para salir de la mente de un niño era una historia muy extraña. Pero es que yo ya era raro, me gustaba más leer que dar patadas a un balón.

¿Cuál fue el primer libro que te impactó y por qué?

Difícil contestar a esa pregunta porque desde joven me convertí en devorador de libros que me llevaban a una realidad más soportable que el colegio religioso adonde iba y que tenía una disciplina prusiana, o más bien nazi, con castigos corporales bastante duros y humillantes. Aparte de London, que creo me leí todas sus novelas de Alaska, he de citar a Robert Louis Stevenson, a Mark Twain, a Charles Dickens. De Dickens guardo un recuerdo maravilloso de Historia de dos ciudades que recientemente regalé a mi nieta y que seguro no habrá leído. Era una novela histórica, que formaba sobre la Revolución Francesa, pero también de aventuras. La juventud de hoy en día rechaza los clásicos, a esos grandes autores que formaron a mi generación, y se decanta por la fantasía romántica.

¿Quién es tu escritor/a favorito/a? Puedes escoger más de uno y de todas las épocas.

Hablar de uno es sencillamente imposible. Podría citar novelas que me han marcado por haberlas leído en el momento adecuado: La montaña mágica de Thomas Mann, pero también Los Buddenbrook, su primera novela y no tanto Muerte en Venecia. Bajo el volcán de Malcom Lowry sobre el proceso autodestructivo del personaje que yo experimenté en un determinado momento de mi vida. Todo Cortázar, por supuesto. Thomas Bernhard, William Faulkner, Milan Kundera y Paul Auster. Entre los negros Jim Thompson, James Cain y Marc Behm. Entre los españoles me quedo con Delibes, Valle-Inclán, Clarín, Enrique Vila-Matas, Alfons Cervera, Víctor Claudín, Somoza. De los argentinos Sabato, Cortázar, Borges, Gustavo Abrevaya y esa obra maestra que es El criadero, Guillermo Orsi. Todos los rusos, por supuesto, desde Tolstoi a Dostoievski. Shakespeare, de quien leí todas sus tragedias. Los dramas griegos de Sófocles, Esquilo y Eurípides. El Satyricon de Petronio, la primera novela escrita. La lista es interminable.

¿Qué personaje de uno de tus libros te hubiera gustado conocer? ¿Y ser?

Casi todos los personajes de mis novelas son turbios, responden a los arquetipos de la novela negra, el género en el que se encuadra la mayor parte de mi producción literaria, son tipos peligrosos: terroristas, mafiosos, asesinos en serie, nazis, que me fascinan literariamente por su perfil psicológico pero con los que en la vida real no me tomaría ni un café, así es que mi favorito, porque es el más positivo, es Marín de Urtubia, uno de los 39 marineros que dejó Cristóbal Colón en la isla de Hispaniola en el Fuerte Navidad, un tipo sensible, poeta y con principios morales que desaprueba el espíritu de rapiña de sus compatriotas, queda fascinando por ese Nuevo Mundo que va descubriendo y se integra en la sociedad nativa convirtiéndose en adalid del mestizaje.

¿Alguna manía a la hora de escribir o leer?

Silencio, solo admito música de fondo el jazz tanto para la lectura como para la escritura, y que no haya nadie revoloteando a cien metros a la redonda. La lectura y la escritura son placeres solitarios. Suelo leer por la noche, a la luz de una lámpara de pie, como había visto siempre hacer a mi padre, y escribir a esa hora nocturna también. Las reseñas literarias o cinematográficas, los artículos de opinión sobre lo que sucede, los escribo a la luz del día. Para la creación literaria preciso más recogimiento precisamente para meterme en lo que estoy escribiendo.

¿Tu lugar y momento preferido para hacerlo?

En invierno suelo leer en la planta baja de la casa de pueblo en donde vivo, frente a la chimenea, y alterno la lectura de las páginas del libro con miradas furtivas al hipnótico fuego. El fuego es un ser extraordinario y adictivo que me acompaña cuando hace frío y me retrotrae a los ancestros cavernarios. También leo por la noche, en la cama, antes de que me venza el sueño. Escribir siempre en la buhardilla, con vistas a la montaña del Valle de Arán que es un lugar privilegiado.

¿Qué escritor/a o libro te ha influido en tu trabajo como autor/a?

Cito a cuatro porque, además, en agradecimiento a ellos he dedicado sendas novelas a cada uno de ellos. Los admiro y quiero por igual a pesar de que sean autores muy diferentes, pero para mí han sido fundamentales, inspiradores. A Robert Louis Stevenson, viajero incansable a pesar de su salud precaria, como mi padre, le dediqué El viaje infinito, una de mis novelas más personales y hermosas. A Thomas Mann cuya Montaña mágica me acompañó en una larga convalecencia, La soledad de Hans Teodore Mankel. A Jack London le dediqué Yakutat, mi novela negra sobre Alaska. A Joseph Conrad Monrovia, sobre el horror de África.

¿Cuáles son tus géneros favoritos?

Me gusta el género negro, y creo que toda mi producción literaria se puede inscribir dentro de sus pautas, pero también me fascina el género histórico, aunque para escribir una novela de ese género tengas que invertir un tiempo enorme; el erótico, por la provocación y el desafío de caminar por la delgada línea que separa erotismo de pornografía; y la distopía que, por desgracia está muy de actualidad en el mundo. presente En el campo del relato me encanta el género fantástico, lo cortazariano. Realmente, he publicado obras en todos los géneros literarios.

¿Qué estás leyendo ahora? ¿Y escribiendo?

Acabo de terminar la novela con la que la escritora argentina Mariana Enríquez obtuvo el premio Herralde, Lo que queda de noche, una escritura fascinante pero una mala novela desde mi punto de vista, y no soy el único que lo afirma. Se puede ser buena escritora y mala novelista. Es un libro caótico, un guiso, como define mi amigo José Carlos Somoza, con demasiados ingredientes y al que le falla la arquitectura, añadiría yo, ordenar el armario. Estoy escribiendo una novela que se llama Los crímenes de La Graciosa que se está eternizando y no sé bien porqué, un policial ambientado en esa pequeña islita al lado de Lanzarote en donde he estado en tres ocasiones y llevo cuatro años con esa novela que no acabo de terminar. Viajo de cuando en cuando a ese enclave paradisiaco para ver si la termino, pero ni por esas. Y bueno, estoy a punto de publicar, el libro está ya en imprenta, mi novela negra más ambiciosa, una especie de disección de la sociedad norteamericana que ha alumbrado el trumpismo, Una epopeya negra / Libertad, el inicio de una trilogía que también es un recorrido por la costa Oeste del país, desde California a Alaska.

Lo mejor es que el final de una novela te sorprenda hasta a ti mismo

¿Has cambiado algún final después de escribirlo?

Montones de veces. Escribir es reescribir constantemente. He cambiado nombres de personajes, títulos de novelas y, por supuesto, finales. Acostumbro, cuando empiezo una novela, a no saber adónde me llevará, me dejo arrastrar por la narración. Eso no me sucede, por supuesto, con la novela histórica que ya está estructurada desde el principio. Lo mejor es que el final te sorprenda hasta a ti mismo. Habitualmente me considero bastante satisfecho de los finales, pero algunos de ellos sobresalen por méritos propios y citaré dos novelas, La caraqueña del Maní y La soledad de Hans Teodore Mankel.

¿Cómo crees que está el panorama editorial para tantos autores/as como hay o quieren publicar?

España tiene un problema literario, y es que hay más autores que lectores, que se publica mucho y mal, y ahí está la estafa de las autoediciones de la que viven no pocas editoriales sin escrúpulos, y se lee muy mal, y ahí están los bestseller que todo el mundo lee, aunque sean bazofia o los premios literarios adjudicados de antemano. El mundo editorial se ha convertido en una selva en donde resulta muy difícil orientarse por la cantidad abrumadora de árboles. Suelo fiarme en mis lecturas de mi olfato o el de mis colegas. Cuando empecé, hace cuarenta años, era habitual vender diez mil ejemplares, ahora si consigues colocar quinientos puedes darte por satisfecho.

¿Cuántas horas sueles dedicar cuando estás con una novela?

Depende. Lo habitual son entre tres o cuatro meses, pero luego viene el proceso de reescritura, y cuando la novela se va a publicar la releo y la reescribo hasta diez veces. Escribir no solo es una vocación, sino que también es un trabajo artesanal. Pero hay novelas que me han llevado quince años, como El centro del mundo sobre la conquista de México por Hernán Cortes, y otras que escribí en una sola noche en estado de gracia como Los ritos secretos. A veces escribir bajo presión, como fue hacerlo con la trilogía La pérdida del paraíso, que acaba de reeditarse a la sombra de la serie Los 39, es bueno, porque te obliga a esforzarte y a trabajar duro. Me acuerdo entonces de Dostoievski que escribía para pagar sus deudas de juego y a quien debería haber dedicado Lluvia de níquel, mi novela sobre Las Vegas.

¿Cuántas obras tienes publicadas?

Con Una epopeya americana / Libertad, que está a punto de salir, creo que 63. No son tantas si me comparo con Jordi Sierra i Fabra que se ha propuesto estar en el libro Guinness sino lo está ya, o con mi amigo y colega Andreu Martín que me aventaja. Escribir, para mí, es una necesidad, como el respirar, y soy consciente de que muchas veces la escritura me ha salvado la vida. Le estoy muy agradecido a la literatura, no solo por depararme muchas horas de placer leyendo, sino por haberme permitido conocer a muchos colegas que se han convertido en queridos amigos como Alfons Cervera, Víctor Claudín, Juan Madrid, Andreu Martín, Nerea Riesco…

¿A cuál le tienes más cariño, y a cuál menos?

Cariño a todos, porque los he escrito yo, pero te diría que de los que me siento más orgulloso son El centro del mundo, la trilogía La pérdida del paraíso, El rastro del lobo, El mal absoluto y La frontera sur. Reescribiría por completo El cadáver bajo el jardín, por ejemplo, mi primera novela publicada.

¿Planificas las historias al detalle antes de escribirlas o las dejas surgir sobre la marcha?

Planifico con las históricas, porque he de ceñirme a lo que sucedió, me dejan poco margen para la inventiva salvo en la historia de Los 39. La pérdida del paraíso, suceso sobre el que no hay documento escrito alguno, pero me dejo llevar en las novelas de género negro, fantásticas o eróticas, y lo hago para dejar también sorprendido al lector y para no aburrirme yo mismo sabiendo adónde voy exactamente. La literatura tiene una función lúdica de la que no debemos olvidarnos y lo recordaba Cortázar. Hay escritores que dicen que sufren mucho escribiendo. Yo me lo suelo pasar muy bien.

¿En qué aspectos significativos ha cambiado el ordenador y otros dispositivos y recursos digitales tus métodos, tus hábitos y tus ritmos de trabajo como escritor/a y lector/a?

Sin ordenadores creo que ya no podría escribir ahora. Es rápido y cómodo. Lo mismo sucede con Internet, en la red encuentras la información precisa, hasta imágenes de la calle de una ciudad en donde no has estado jamás y en donde deseas ambientar tu novela. No digamos para la novela histórica. Para escribir La pérdida del paraíso me pasé un año yendo y viendo a la Biblioteca Central de Barcelona para documentarme con libros impresionantes en páginas y peso. Ahora basta consultar los datos históricos por Internet. A la hora de escribir el ordenador te facilita un montón el proceso de corrección. Aunque era más romántico, y ruidoso, escribir con máquina, hemos ganado con el progreso.

¿Cuál es el detonante que te hace escribir sobre un tema y no sobre otro distinto?

Una conversación escuchada, un tipo de hombre o mujer que me inspira, un suceso leído en la prensa, algo visto en televisión, un viaje, del que siempre sale una novela, una película vista o un libro leído. Son muchos botones. Tengo en el cajón unas cuantas historias que contar y algunos colegas se me adelantan como Ernesto Mallo con su Kuklinski, un asesino en serie sobre el que llevo años intentado escribir una novela y no encontraba hueco. Quiero escribir sobre la desaparición de la hija de Romina Power y Al Bano en Nueva Orleans, ciudad doblemente negra y fascinante que visité hace mucho tiempo, una novela sobre el imperio romano con permiso de Posteguillo y Pedro Gálvez tampoco estaría mal. La ciencia-ficción se me resiste. Tengo un western, pero no sé dónde. Y una novela erótica muy desvergonzada.

¿Escribirás sobre algún virus mortal?

Ya lo hice en Yakutat, pero el virus más peligroso que acecha a la humanidad es el de la estupidez, y así nos va. Yakutat la escribí en plena pandemia del Covid para exorcizar mi propio terror, ponerlo negro sobre blanco. La literatura tiene muchas veces un efecto terapéutico de sanación.

La pedofilia y la necrofilia son dos temas que para mí son tabúes

¿Sobre qué tema no escribirías nunca, aunque te lo pidieran?

La pedofilia y la necrofilia son dos temas que para mí son tabúes. He escrito dos novelas sobre el nazismo, El mal absoluto y El rastro del lobo, que es un tema terrible, y tengo una pentalogía sobre ETA, que también es un tema duro, pero la pedofilia y la necrofilia me paralizan, me producen tal rechazo que sería incapaz de escribir una sola línea.

¿Tienes más lectores o lectoras?

No tengo una estadística, pero imagino que más lectoras porque en España las que leen son las mujeres. Puede tachárseme de que mis novelas son masculinas, seguramente porque conozco más a los hombres que a las mujeres, y que pocas de mis novelas, salvo El corazón de Yacaré y Tu corazón, Idoia, y una inédita, están protagonizadas por una mujer.

¿Por qué hay que leer tus libros?

Porque además de entretener, son trascendentes, hablan del ser humano, de sus contradicciones, huyen del fácil maniqueísmo de buenos y malos, te transportan a otros mundos del presente o del pasado. Leer es viajar, y en cada uno de mis libros está la noción del viaje y la aventura. Pero, sobre todo, porque no dejo indiferente al lector, lo sacudo, lo coloco ante su espejo, lo conmociono. Mi literatura es sensorial, dicen que tiene fuerza. Si escribes un libro que deja indiferente al lector, has fracasado. Y si escribes un libro pensando en el lector no eres un escritor sino un impostor.

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