En ése disco duro que es la retina, grabamos un remolino de sucesos inesperados, encantadores y no tan idílicos, que forman una bobina de película enlatada, como las que se cortaban en los cines del pueblo, gritando el nombre del proyeccionista ya fuera un: "Juanito dale al rollo y ponla ya". Las imágenes que queremos que circulen por nuestro hipotálamo las guardamos con súbito delirio, las que no, también se quedan porque no queda otro remedio.