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Rafael Oteriño, la estética de lo oculto

Reseña del poemario "Ciudad platónica", de Rafael Felipe Oteriño
domingo 15 de febrero de 2026, 22:21h
Ciudad platónica
Ciudad platónica

La obra Ciudad Platónica de Rafael Felipe Oteriño es un libro de poemas que utiliza un tono introspectivo; podría decirse una estética de lo oculto. El poeta dialoga sobre algunos espacios, aquellos que Aristóteles denominara como retóricos, esas fuentes donde encontrar argumentos propios. Accederemos con la lectura a dos tipos de “topos”. El primero será poético, donde la inmediatez, el presente, se hace visible en una especie de carpe diem; para proseguir con un locus amoenus: el bosque de La Plata, la casa, las mariposas, el lago, la hamaca o el arroyo Carnaval, entre otros; y, por último, la tristeza como espacio sensible donde se alberga la fugacidad.

El segundo topos es de corte filosófico, representado en el viaje de la memoria, pues el poeta permite que el lector sea parte de sus galerías internas, de sus laberintos, y pasar así a la búsqueda del conocimiento necesario para proseguir; finalmente, se hace necesaria la reflexión sobre la identidad y la existencia.

Esta Ciudad platónica se convierte en el topos del libro. ¿Será la ciudad ideal del poeta o existe mientras “continúa dentro del sueño”?

Esta patria espiritual que Oteriño lleva consigo, más allá de la ciudad física, es la ciudad de la mente, sin coordenadas fijas, donde late la memoria poética a través del kairós, tiempo oportuno y cualitativo donde la realidad se eterniza. Es una ciudad dual donde lo visible e invisible permite lo tangible e intangible, abordando la tensión de lo que permanece y lo que cambia. Ese poder acceder al espacio perdido es entrar en lo sagrado en su profanación. Agamben dice al respecto que “Profano —escribe el gran jurista Trebacio— se dice en sentido propio de aquello que, habiendo sido sagrado o religioso, se restituye al uso y a la propiedad de los hombres”[1]. Es así que Oteriño se desliza, viaja a través de la memoria y religa, conjugando espacios que aparentemente estaban separados: "sólo el corazón que continúa encerrado la recuerda". Entonces, siguiendo a Agamben, Oteriño profana el tiempo productivo con la poesía y se detiene ante “el amanecer en la estación de tren" o “ la hija en la hamaca”, recupera ese hacer cosas útiles y lo devuelve al sentir. La estética de lo oculto, ese claroscuro donde lo que no se ve es tan importante como lo visible, filosofía hermética que conecta lo profano y lo sagrado. De este modo, el poeta se permite entrar en el juego con esos espacios sagrados que solamente un niño se permitiría libremente; por ello, en poemas como “La infancia” o “Cantábamos”, toma elementos de su ciudad natal, los trata poeticamente y de ese modo se permite profanar la seriedad de la adultez y, allí, recupera lo que fue a través del lenguaje y su ciudad ya no es la geográfica abstracción, sino el recuerdo sagrado que permite habitarla, ese lugar donde nadie puede ser desterrado según el epígrafe del filósofo italiano: "No se trata de encontrar el paraíso perdido, sino de notar que nunca nos hemos alejado de él".

NOTA

[1] Profanaciones de Giorgio Agamben (Buenos Aires, Adriana Hidalgo Editora, 2013)

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