Amigo de la reflexión, de la ironía y del desconsuelo, su labor viene siendo, desde hace mucho, un hito solitario contrapuesto a la sensibilidad y a las preocupaciones corrientes entre los poetas. Un ingenio áspero y la irrupción de imágenes revulsivas la signan y es natural que muchos rehúsen adherir a esa ardua música sincopada, pero nadie podrá negar la poderosa coherencia intelectual que la anima ni desconocer la honestidad de Revagliatti, quien, impertérrito, sigue anclado en esos temas, persistentemente atento al drama de la vida consciente, sobre todo cuando ella ha nacido de viajes por la inconsciencia.
Son cualidades que es forzoso reconocerle y agradecerle y que vuelven a estar patentes en “Habría de abrir”, el más reciente aporte a su abultado catálogo de obras. Esta reseña estaría incompleta si no consignase, además, que, en su estilo y a su modo, Revagliatti es un genuino, un logrado poeta, a través de cuyos desvaríos y burlas la profundidad suele ser abismal: “Yo creía / en mi inocencia // pero // lo que en mí / no era yo // no creía” … Eso también merece reconocimiento y agradecimiento.