Sentir la sensación de despedirse cuando se está llegando al final de la vida, igual que un epitafio póstumo de los recuerdos más memorables de nuestra existencia supone, cuando menos, un esfuerzo épico en el que condensar en unas pocas páginas aquello que fuimos, o quisimos ser.
«El Quijote es, entre otras cosas, nuestro campo de entrenamiento para
aprender métodos de aproximación a Dickens, Flaubert, etcétera»
(Vladimir Nabokov, “Curso sobre el Quijote”)
«A lo largo de todas las demás novelas que leamos, el Quijote,
en cierto modo, seguirá estando con nosotros»
(Vladimir Nabokov, “Curso sobre el Quijote”)
¿Ganó o perdió el hidalgo más famoso de la literatura? Un profesor ruso enamorado de las mariposas, del ajedrez y de Cervantes se sentó a contar, uno por uno, los 40 combates del Caballero de la Triste Figura. El resultado, digno de una final de infarto, lleva setenta años esperando a que alguien le encuentre refutación.
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Nuestro poema de cada día
Juan Ramón Jiménez, como cualquier poeta, emplea los vocablos no solo para evocarnos representaciones intelectuales y utilitarias, sino también para transmitirnos unos determinados sentimientos. De ahí que lleve a cabo una esmerada selección léxica que traduzce la correspondencia entre sus estados anímicos y las resonancias afectivas que los signos lingüísticos empleados en él despiertan. Este conjunto de asociaciones afectivas que, junto con su significado propio o específico, conllevan los vocablos -y que determina su valor connotativo- constituye un rasgo estilístico de primer orden, capaz, por sí mismo, de caracterizar al poeta de Moguer.
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