• Diario Digital | Miércoles, 23 de Mayo de 2018
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"La araña del olvido", de Enrique Bonet

Pregunto por Agustín Penón, el protagonista de la novela gráfica “La araña del olvido” a quienes han investigado y conocen casi todo lo escrito sobre la muerte de Lorca, y los comentarios coinciden: un ingenuo, quiso pero no pudo, lo engañaron, tenía demasiado dinero y se aprovecharon…

"La araña del olvido", de Enrique Bonet

Algo de eso se intuye en la obra de Enrique Bonet, aunque éste no prescinda de dotar de épica (está en su derecho) a la investigación llevada a cabo en los años 50 por este escritor nacido en España pero de nacionalidad estadounidense y que regresó a nuestro país para perseguir la huellas del asesinato de Lorca.

la araña del olvidoAsí, vemos a Penón pasear por todas las tabernas de Granada acompañado por Pepiniqui (José Rosales), uno de los que al parecer se aprovecharon de su generosidad. O lo vemos vigilado y hasta acosado por Jover, un fascista de Víznar al que no hacía mucha gracia que Penón buscase la compañía de otros habitantes del pueblo donde murió Lorca. También le vemos hablando con “el comunista”, que mantuvo durante años que él había enterrado a Lorca, lo que investigaciones recientes como las de Miguel Caballero parecen desmentir.

Con todo, lo mejor de la novela no es tanto la narración de la investigación, como el miedo social que ésta deja traslucir. La vida en una ciudad de provincias de la España de los años 50, que aquí se nos muestra en el silencio, en el olvido, en las palabras que se quieren decir pero no se pueden decir porque hablar puede significar perder la vida. O que la pierdan tus seres queridos. Esa opresión, magníficamente recogida, es lo mejor de “La araña del olvido”.

Un libro al que, por desgracia, no acompañan bien, a mi parecer, algunos elementos gráficos. No me gusta, por ejemplo, la tipografía elegida, que no facilita la lectura y cuyo aire de “cómic” infantil no se ajusta bien al contenido de esta historia oscura y trágica. Por eso mismo, tampoco me ha gustado mucho la rigidez de las viñetas, su disposición excesivamente clásica, que sumada al inmaculado blanco y negro restan vivacidad a lo narrado. Pienso que la obra hubiera ganado con un planteamiento un poco más arriesgado, siguiendo la línea, por ejemplo, de los recursos empleados por Joe Sacco en “Palestina”. O con toques de color, como los empleados por Comotto en su obra “155″, donde el rojo se convertía en un “lenguaje” más en la obra.

El urbanismo de la ciudad en aquella época, magníficamente retratado en las grandes viñetas, hubiera resultado más vivo también si las planchas hubieran ido en color.

Estamos ante una obra, pues, irregular, aunque merezca la pena tanto por el trabajo de memoria llevado a cabo como por la apuesta por seguir realizando en España obras de ficción adultas en un formato que, tengo la sensación, es cada vez más aceptado en nuestro país, pese al desdén de los de siempre.

Una apuesta en que la casa Astiberri (con obras como la imprescindible “La balada del norte”) es un jugador imprescindible.

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