Dámaso Alonso: “La madre” y “Mujer con alcuza”. Relectura de dos poemas de "Hijos de la ira"Hijos de la ira (publicado en 1944 y completado en 1946) se inscribe en la línea de la poesía que el propio Dámaso Alonso llamó “desarraigada”, en el ámbito de la poesía española de posguerra. El poemario refleja la angustia existencial de su autor, decepcionado ante un mundo injusto y caótico, y ante la desilusión que le produce la realidad humana. En palabras textuales de Alonso, es “un libro de protesta escrito cuando en España nadie protestaba. Es un libro de protesta y de indagación. Protesta ¿contra qué? Contra todo? Habíamos pasado por dos hechos de colectiva vesania, que habían quemado muchos años de nuestra vida, uno español y otro universal, y por las consecuencias de ambos. Yo escribí Hijos de la ira lleno de asco ante la estéril injusticia del mundo y la total desilusión de ser hombre”; y ante un Dios que está ausente y guarda silencio. Y lo escribe recurriendo a un duro lenguaje metafórico, eligiendo palabras desagradables por su significado -que va muchas más allá de lo meramente conceptual-, de gran dureza fónica; y convirtiendo el versículo -casi siempre majestuoso- en el vehículo poético para una expresión adolorida y amarga.
No obstante, hay un poema que abre un remanso de ternura entre tanta desolación; un poema en el que Alonso evoca a su madre -y de ahí su título: “La madre”-, que reproducimos a continuación por la originalidad de su contenido, capaz de conmover a cualquier lector. Disponemos de la recitación del actor universitario Anuar Jotar Magdaleno, grabada durante el confinamiento por la COVID-19, y en el marco de las actividades de la Dirección de Promoción Cultural de Universidad Autónoma del Estado de Hidalgo (UAEH), localizado en la región centro-este de México; una recitación que transmite la intensidad emocional que el poema comporta. Tal vez habría que leerlo y escucharla al mismo tiempo para empaparse de poesía de cualidades estéticas insuperables. https://www.youtube.com/watch?v=lajQ7Tqn3C0
La madre
No me digas que estás llena de arrugas, que estás llena de sueño, que se te han caído los dientes, que ya no puedes con tus pobres remos hinchados, /deformados por el veneno del reuma.
No importa, madre, no importa. [5] Tú eres siempre joven, eres una niña, tienes once años. Oh, sí, tú eres para mí eso: una candorosa niña.
Y verás que es verdad si te sumerges en esas lentas aguas, [10] /en esas aguas poderosas, que te han traído a esta ribera desolada. Sumérgete, nada a contracorriente, cierra los ojos, y cuando llegues, espera allí a tu hijo. Porque yo también voy a sumergirme en mi niñez /antigua, pero las aguas que tengo que remontar hasta casi [15] /la fuente, son mucho más poderosas, son aguas turbias, como /teñidas de sangre. Óyelas, desde tu sueño, cómo rugen, como quieren llevarse al pobre nadador. ¡Pobre del nadador que somorguja y bucea en ese /mar salobre de la memoria!
... Ya ves: ya hemos llegado. [20] ¿No es una maravilla que los dos hayamos arribado /a esta prodigiosa ribera de nuestra infancia? Sí, así es como a veces fondean un mismo día en /el puerto de Singapoor dos naves, y la una viene de Nueva Zelanda, la otra de Brest. Así hemos llegado los dos, ahora, juntos.
Y ésta es la única realidad, la única maravillosa [25] /realidad: que tú eres una niña y que yo soy un niño.
¿Lo ves, madre? No se te olvide nunca que todo lo demás es mentira, /que esto solo es verdad, la única verdad. Verdad, tu trenza muy apretada, como la de esas niñas /acabaditas de peinar ahora, tu trenza, en la que se marcan tan bien los brillantes [30] /lóbulos del trenzado, tu trenza, en cuyo extremo pende, inverosímil, un /pequeño lacito rojo; verdad, tus medias azules, anilladas de blanco, y las /puntillas de los pantalones que te asoman por /debajo de la falda; verdad tu carita alegre, un poco enrojecida, y la /tristeza de tus ojos. (Ah, ¿por qué está siempre la tristeza en el fondo /dela alegría?) ¿Y adonde vas ahora? ¿Vas camino del colegio? [35]
Ah, niña mía, madre, yo, niño también, un poco mayor, iré a tu lado, te serviré de guía, te defenderé galantemente de todas las brutalidades /de mis compañeros, te buscaré flores, [40] me subiré a las tapias para cogerte las moras más /negras, las más llenas de jugo, te buscaré grillos reales, de esos cuyo cricrí es como /un choque de campanitas de plata. ¡Qué felices los dos, a orillas del río, ahora que va a /ser el verano!
A nuestro paso van saltando las ranas verdes, van saltando, van saltando al agua las ranas verdes: [45] es como un hilo continuo de ranas verdes,
que fuera repulgando la orilla, hilvanando la orilla /con el río. ¡Oh qué felices los dos juntos, solos en esta mañana! Ves: todavía hay rocío de la noche; llevamos los /zapatos llenos de deslumbrantes gotitas.
¿O es que prefieres que yo sea tu hermanito menor? [50] Sí, lo prefieres. Seré tu hermanito menor, niña mía, hermana mía, /madre mía. ¡Es tan fácil! Nos pararemos un momento en medio del camino, para que tú me subas los pantalones, [55] y para que me suenes las narices, que me hace mucha /falta (porque estoy llorando; sí, porque ahora estoy llorando).
No. No debo llorar, porque estamos en el bosque. Tú ya conoces las delicias del bosque (las conoces /por los cuentos, porque tú nunca has debido estar en un bosque, [60] o por lo menos no has estado nunca en esta deliciosa /soledad, con tu hermanito). Mira, esa llama rubia que velocísimamente repiquetea /las ramas de los pinos, esa llama que como un rayo se deja caer al suelo, /y que ahora de un bote salta a mi hombro, no es fuego, no es llama, es una ardilla. ¡No toques, no toques ese joyel, no toques esos diamantes! [65] ¡Qué luces de fuego dan, del verde más puro, del /tristísimo y virginal amarillo, del blanco creador, /del más hiriente blanco! ¡No, no lo toques!: es una tela de araña, cuajada de /gotas de rocío. Y esa sensación que ahora tienes de una ausencia /invisible, como una bella tristeza, ese acompasado /y ligerísimo rumor de pies lejanos, ese vacío, ese /presentimiento súbito del bosque, es la fuga de los corzos. ¿No has visto nunca corzas /en huida? ¡Las maravillas del bosque! Ah, son innumerables; [70] /nunca te las podría enseñar todas, tendríamos /para toda una vida...
... para toda una vida. He mirado, de pronto, y he /visto tu bello rostro lleno de arrugas, el torpor de tus queridas manos deformadas, y tus cansados ojos llenos de lágrimas que tiemblan. Madre mía, no llores: víveme siempre en sueño. Vive, víveme siempre ausente de tus años, del sucio [75] /mundo hostil, de mi egoísmo de hombre, de mis /palabras duras. Duerme ligeramente en ese bosque prodigioso de tu /inocencia, en ese bosque que crearon al par tu inocencia y mi /llanto. Oye, oye allí siempre cómo te silba las tonadas nuevas /tu hijo, tu hermanito, para arrullarte el sueño.
No tengas miedo, madre. Mira, un día ese tu sueño /cándido se te hará de repente más profundo y /más nítido. /en el bosque nuestro. /llamas, llamitas de verdad; /a la busca de Dios. /seguiré cantando. /universo. /quien la envía. Tal vez sea verdad: que un corazón /es lo que mueve el mundo.
Madre, no temas. Dulcemente arrullada, dormirás en /el bosque el más profundo sueño. Espérame en tu sueño. Espera allí a tu hijo, madre [88] /mía. Dámaso Alonso: Hijos de la ira. Barcelona,Círculo de lectores, 1998.
El poema combina el recuerdo de la niñez, marcada por la inocencia, y de la madre, evocada como símbolo del amor permanente. En una habilidosa superposición temporal, el poeta convierte madre e hijo en hermanitos que juegan juntos, recreando un mundo añorado. Parte el poema de una situación real: la visión de su madre, en edad avanzada, sufriendo de un reuma agudo (versículos 1-4). A partir del versículo 6, y hasta el 24, se produce la aludida superposición temporal: madre e hijo, igualados en edad, evocan tiempos pasados. Como pregona el poeta, “Y ésta es la única realidad, la única maravillosa realidad: / que tú eres una niña y que yo soy un niño” (versículos 25-26).Y hasta el versículo 70, la pareja de “hermanitos” se sumerge en el río, anda por la ribera, va al colegio, camina por el bosque…; incluso se hace confidencias (por ejemplo, ya en los versículos 74-75 el hijo le dice a la madre: “Madre mía, no llores: víveme siempre en sueño. / Vive, víveme siempre ausente de tus años, del sucio mundo hostil, de mi egoísmo de hombre, de mis palabras duras”. Pero a partir del versículo 71 se vuelve a la realidad, que no es otra que la vejez de la madre: “[…] He mirado, de pronto, y he visto tu bello rostro lleno de arrugas, / el torpor de tus queridas manos deformadas, / y tus cansados ojos llenos de lágrimas que tiemblan” (versículos 71-74). El largo versículo 79 encierra una emotiva prolepsis, al anticipar la muerte de su madre (algo que ocurrió en mayo de 1960): “No tengas miedo, madre. Mira, un día ese tu sueño /cándido se te hará de repente más profundo y más nítido”. Y los versículos 80-83 entran en correlación con los versículos 58-70, cuando la inocencias infantil impulsaba la vida (en referencia al bosque, a las ardillas, a las telas de araña, a las corzas), y ahora, en forma alegórica todo ello se traslada a la gloria celestial, por lo que el poeta está estableciendo una relación directa entre la inocencia infantil y la creación divina donde las miserias humanas no tienen cabida. El poema se cierra con las palabras de despedida del hijo para cuando la madre duerma definitivamente: “Madre, no temas. Dulcemente arrullada, dormirás en el bosque el más profundo sueño. / Espérame en tu sueño. Espera allí a tu hijo, madre mía” (versículos 87-88).
“Mujer con alcuza”.
El poema “Mujer con alcuza” está dedicado al poeta Leopoldo Panero, amigo fraternal de Dámaso Alonso. Su génesis nos la explica el propio Alonso con estas palabras: Este poema, quizá el más divulgado de “Hijos de la ira”, se llamó en su versión original “La superviviente”. No sé si la historia de su origen realmejorará o estropeará la comprensión: en mi casa entró a servir Carmen,una criada muy vieja (honradísima, inocentísima), que permaneció con nosotros poco tiempo, porque un día se nos despidió: ella sentía mucho dejarnos, pero no tenía otro remedio, porque le había escrito “su señora”, que la necesitaba. En nuestras conversaciones con ella habíamos visto su total desamparo: no tenía familia alguna, todos sus parientes se habían ido muriendo, se le habían muerto también sus amistades. Estaba sola. No tenía más que aquella “señora”, “su señora”, a la que había servido durante muchos años. Carmen le había hecho servicios de gran confianza (había salvado todas las joyas de “su señora”, que tuvo consigo ocultas durante toda nuestra guerra civil). Carmen desapareció de nuestra vida hasta que un día nos enteramos de que había muerto en un asilo de ancianos, en Murcia. La señora, “su señora”, la había despedido por una pequeñísima falta (que no la había oído una noche cuando la llamó a altas horas para que la atendiera). En mi poema, claro, el largo viaje en un tren que se va vaciando es el símbolo de la vida de esta mujer, y, en cierto modo, de todo hombre, porque, para todos, la vejez es un vaciarse de compañía, de ilusión y de sentido del vivir. La ocasión, la anécdota que dio el primer impulso hacia el poema se olvida pronto. El símbolo se hace más vago y se amplía: esa mujer puede representar lo mismo a un ser humano que a toda la Humanidad; en un sentido distinto podría aplicarse muy bien a España (y así lo han hecho algunos críticos”. Poemas escogidos. Selección y notas del autor. Madrid,editorial Gredos, 1984. Biblioteca Románica Hispánica,Antología hispánica, 28.
Mujer con alcuza
¿Adónde va esa mujer, arrastrándose por la acera, ahora que ya es casi de noche, con la alcuza en la mano?
Acercaos: no nos ve. [5] Yo no sé qué es más gris, si el acero frío de sus ojos, si el gris desvaído de ese chal con el que se envuelve el cuello y la cabeza, o si el paisaje desolado de su alma. [10]
Va despacio, arrastrando los pies, desgastando suela, desgastando losa, pero llevada por un terror oscuro, por una voluntad [15] de esquivar algo horrible.
Sí, estamos equivocados. Esta mujer no avanza por la acera de esta ciudad, esta mujer va por un campo yerto, [20] entre zanjas abiertas, zanjas antiguas, zanjas recientes, y tristes caballones, de humana dimensión, de tierra removida, de tierra que ya no cabe en el hoyo de donde se sacó, [25] entre abismales pozos sombríos, y turbias simas súbitas, llenas de barro y agua fangosa y sudarios harapientos /del color de la desesperanza.
Oh sí, la conozco. [30] Esta mujer yo la conozco: ha venido en un tren, en un tren muy largo; ha viajado durante muchos días y durante muchas noches: unas veces nevaba y hacía mucho frío, [35] otras veces lucía el sol y remejía el viento arbustos juveniles en los campos en donde incesantemente estallan /extrañas flores encendidas. Y ella ha viajado y ha viajado, mareada por el ruido de la conversación, [40] por el traqueteo de las ruedas y por el humo, por el olor a nicotina rancia. ¡Oh!: noches y días, días y noches, [45] noches y días, días y noches, y muchos, muchos días, y muchas, muchas noches.
Pero el horrible tren ha ido parando [50] en tantas estaciones diferentes, que ella no sabe con exactitud ni cómo se llamaban, ni los sitios, ni las épocas.
Ella [55] recuerda sólo que en todas hacía frío, que en todas estaba oscuro, y que al partir, al arrancar el tren ha comprendido siempre [60] cuán bestial es el topetazo de la injusticia absoluta, ha sentido siempre una tristeza que era como un ciempiés monstruoso /que le colgara de la mejilla, como si con el arrancar del tren le arrancaran /el alma,
como si con el arrancar del tren le arrancaran [65] /innumerables margaritas, blancas cual su alegría /infantil en la fiesta del pueblo, como si le arrancaran los días azules, el gozo /de amar a Dios y esa voluntad de minutos /en sucesión que llamamos vivir. Pero las lúgubres estaciones se alejaban, y ella se asomaba frenética a las ventanillas, gritando y retorciéndose, sólo [70] para ver alejarse en la infinita llanura eso, una solitaria estación, un lugar señalado en las tres dimensiones del gran espacio /cósmico por una cruz [75] bajo las estrellas.
Y por fin se ha dormido, sí, ha dormitado en la sombra, arrullada por un fondo de lejanas conversaciones, por gritos ahogados y empañadas risas, [80] como de gentes que hablaran a través de mantas /bien espesas, sólo rasgadas de improviso por lloros de niños que se despiertan mojados /a la media noche, o por cortantes chillidos de mozas a las que /en los túneles les pellizcan las nalgas, ... aún mareada por el humo del tabaco. [85]
Y ha viajado noches y días, sí, muchos días, y muchas noches. Siempre parando en estaciones diferentes, siempre con un ansia turbia, de bajar ella también, [90] /de quedarse ella también, ay, para siempre partir de nuevo con el alma desgarrada, para siempre dormitar de nuevo en trayectos /inacabables.
... No ha sabido cómo. Su sueño era cada vez más profundo, [95] iba cesando, casi habían cesado por fin los ruidos /a su alrededor: sólo alguna vez una risa como un puñal que brilla /un instante en las sombras, algún chillido como un limón agrio que pone /amarilla un momento la noche. Y luego nada. [100] Sólo la velocidad, sólo el traqueteo de maderas y hierro del tren, sólo el ruido del tren.
Y esta mujer se ha despertado en la noche, [105] y estaba sola, y ha mirado a su alrededor, y estaba sola, y ha comenzado a correr por los pasillos del tren, de un vagón a otro, [110] y estaba sola, y ha buscado al revisor, a los mozos del tren, a algún empleado, a algún mendigo que viajara oculto bajo un asiento, y estaba sola, [115] y ha gritado en la oscuridad, y estaba sola, y ha preguntado en la oscuridad, y estaba sola, y ha preguntado quién conducía, [120] quién movía aquel horrible tren. Y no le ha contestado nadie, porque estaba sola, porque estaba sola. Y ha seguido días y días, [125] loca, frenética, en el enorme tren vacío, donde no va nadie, que no conduce nadie.
... Y esa es la terrible, [130] la estúpida fuerza sin pupilas, que aún hace que esa mujer avance y avance por la acera, desgastando la suela de sus viejos zapatones, desgastando las losas, [135] entre zanjas abiertas a un lado y otro, entre caballones de tierra, de dos metros de longitud, con ese tamaño preciso de nuestra ternura de cuerpos humanos. [140] Ah, por eso esa mujer avanza (en la mano, como /el atributo de una semidiosa, su alcuza), abriendo con amor el aire, abriéndolo con /delicadeza exquisita, como si caminara surcando un trigal en granazón, sí, como si fuera surcando un mar de cruces, o /un bosque de cruces, o una nebulosa de cruces,
de cercanas cruces, [145] de cruces lejanas.
Ella, en este crepúsculo que cada vez se ensombrece más, se inclina, va curvada como un signo de interrogación, [150] con la espina dorsal arqueada sobre el suelo. ¿Es que se asoma por el marco de su propio cuerpo /de madera, como si se asomara por la ventanilla de un tren, [155] al ver alejarse la estación anónima en que se debía haber quedado? ¿Es que le pesan, es que le cuelgan del cerebro sus recuerdos de tierra en putrefacción, y se le tensan tirantes cables invisibles [160] desde sus tumbas diseminadas? ¿O es que como esos almendros que en el verano estuvieron cargados de demasiada /fruta, conserva aún en el invierno el tierno vicio, guarda aún el dulce álabe [165] de la cargazón y de la compañía, en sus tristes ramas desnudas, donde ya ni se posan [167] /los pájaros?
Dámaso Alonso: Hijos de la ira (Diario íntimo). Madrid,editorial Castalia, 1989 (2002) 2.ª edición. ColecciónClásicos Castalia, 152. Miguel J. Flys, editor literario.
Poema este tan difundido como comentado. Y entre sus muchos comentaristas cabe destacar a Miguel Jaros Law Flys, con dos obras: La poesía existencial de Dámaso Alonso (Madrid, editorial Gredos, 1968. Biblioteca Románica Hispánica, II. Estudios y ensayos, núm 100) y Tres poemas de Dámaso Alonso. Comentario estilístico (Madrid, editorial Gredos, 1974. Biblioteca Universitaria Gredos, núm. 20). En relación con el título del poema, Flys hace la siguiente interpretación: “Mujer con alcuza, aparte de identificar a un personaje real, está cargado de significación: la alcuza podría considerarse como el emblema de la humanidad que, si por un lado representa las necesidades de la vida diaria (el fuego y el alimento), expresa también la imagen simbólica de la sabiduría (el poeta mismo lo insinúa: “en la mano, como el atributo de una semidiosa, su alcuza”, v. 142)”. Tal vez la complejidad del poema radique en la sucesión de los tres planos que lo conforman, y que garantizan su unidad temática: el caminar cansado por la ciudad (plano real), el paso por un inmenso cementerio (plano simbólico) y el viaje en el tren (plano alegórico). Y no es casual que el poema se abra (versículos 1-4) y se cierre (versículos 152 hasta el final) en plan interrogativo, dada la incertidumbre que rodea a la vida humana. En cuanto a la parte central del poema, en ella se desarrolla la concepción alegórica de la vida como viaje en un tren. Miguel J. Flys ha señalado (págs 51-52 de la edición de Castalia), la temática existencial que encierran los versos de Mujer con alcuza: El miedo a la muerte: “... llevada / por un terror / oscuro, / por una voluntad / de esquivar algo horrible” (v. 13-17) La náusea existencial: “mareada por el ruido de la conversación, / por el traqueteo de las ruedas / y por el humo, por el olor a nicotina rancia” (v. 40-42) La injusticia absoluta: “ha comprendido siempre / cuán bestial es el topetazo de /la injusticia absoluta” (v. 60-61) El deseo de la muerte: “Siempre parando en estaciones /diferentes, / siempre con un ansia turbia, de bajar ella también, de quedarse ella también” (v. 89-90). La soledad radical: “y estaba sola...” (véase el fragmento, v. 106-129). La negación de Dios: “en el enorme tren vacío, / donde no va nadie, / que no conduce nadie” (v. 127-129). Lo absurdo de la vida humana: “... Y esa es la terrible / la estúpida fuerza sin pupilas, / que aún hace que esa mujer / avance y avance por la acera” (v. 130-133).
Y no debe pasar desapercibido el ritmo del poema, unas veces rápido, otras más lento, dependiendo de las categorías gramaticales empleadas, y en función del contenido expresado. La amplitud de los versículos requiere lentitud, que Dámaso Alonso ha logrado mediante diferentes procedimientos, ya sean morfosintácticos o léxico-semánticos. Así, la abundancia de adjetivos; el empleo de comparaciones; el exceso de oraciones subordinadas; la presencia de verbos en gerundio; la reiteración de coordinadas copulativas por medio de la conjunción “y” -ya que el polisíndeton aporta cierta morosidad al ritmo-; el uso de verbos que, por sus propios valores semánticos, indican acción durativa; las repeticiones de palabras, la concurrencia de palabras de la misma familia léxica (políptoton)… Puedes comprar su obra en:
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