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Ricardo Fité: “El gran reto del viajero consiste en aprender a abrir la mente y permanecer permeable al entorno y sus gentes”

Ricardo Fité: “El gran reto del viajero consiste en aprender a abrir la mente y permanecer permeable al entorno y sus gentes”

lunes 14 de mayo de 2018, 01:00h
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Ricardo Fité tardó dos meses en ir de Barcelona a Mongolia en un viaje de 11.000 km sobre una antigua Yamaha de 250 c. c. Puso a prueba la resistencia de la máquina y la suya propia para sortear todas las dificultades que se le iban planteando. Todas sus experiencias las ha relatado en “No le digas a la mama que me ha ido a Mongolia en moto” de manera directa y certera.

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El libro cuenta la aventura que le llevó por todo el este de Europa y el corazón de Asia Central a bordo de su motocicleta: República Checa, Polonia, Ucrania, Rusia, Kazajistán, Uzbekistán y, por último, su destino: Mongolia. En el camino, nos explicará su paso por lugares míticos pero, en realidad, poco conocidos: el mar de Aral, los montes Altái, la antigua Stalingrado, Samarcanda y, por supuesto, Mongolia. En la entrevista, Ricardo Fité nos desvela todos los secretos de su viaje y del libro.

¿Cuándo surgió su amor por las motos?

Tenía unos 23 años y necesitaba un medio de transporte para ir a la universidad, afortunadamente un amigo me dejó por un tiempo una moto scooter Peugeot de 75cc. Empecé a ver que todo eran ventajas, hasta que de repente un domingo por la mañana quise salir de ruta. A los cincuenta kilómetros, tuve que dar media vuelta y me quedó claro que necesitaba una moto más grande. Compré una Yamaha sr250 Special de segunda mano por 150.000 pesetas, un modelo que bien podría llamarse ‘tu primera Harley’. Aún recuerdo lo feliz que me sentí cuando entré en la autopista con ella por primera vez. Ese mismo verano me la llevé por el Pirineo de camping en camping. A partir de ahí en mis días de vacaciones, intento siempre viajar en moto.

¿Cómo se le ocurrió la idea hacer un viaje a Mongolia?

Una tarde en casa con amigos empezamos a ver videos de viajes a sitios muy lejanos con vehículos que no eran del todo apropiados, hasta que llegamos a uno que se llamaba Mongol Rally. En él se veían coches de baja cilindrada por el desierto de Mongolia. Empezamos a buscar información y vimos que a grandes rasgos se trataba de un Rally benéfico que consistía en llevar un vehículo desde un pueblo de la República Checa hasta la capital de Mongolia. Todo era libre, desde el tiempo para llegar a la meta, hasta la ruta, todo ello sin asistencia y dejando el vehículo como donativo en Ulán Bator. Pensé que era la combinación ideal y decidí apuntarme.

¿Por qué un país tan remoto como Mongolia?

Porque todo eran ventajas pues aunque estaba lejos, realizarlo en dos meses me parecía que era factible. Además tampoco tendría problemas para volver sin la moto, puesto que la dejaría allí. Y por último me atraían mucho las ideas tanto de entrar en Rusia en moto como rodar por el desierto de Mongolia. La primera para salir de mi zona de confort y adentrarme en algo que para mí era tan atractivo como misterioso. La segunda porque me parecía tan romántica la imagen de ir en moto cerca del desierto del Gobi y dormir en una yurta con una familia mongol, que sentía que no podía dejar pasar la oportunidad de vivir esa experiencia.

¿Cuánto tiempo tardó en preparar su viaje?

Tardé unos nueve meses en conseguir tenerlo todo a punto, con nervios hasta última hora incluidos. Intenté que todo el papeleo de visados, seguro de moto, cambio de nombre y vacunas mesaliera gratis, porque el presupuesto era más que ajustado, así que dediqué esos meses en buscar la forma de conseguirlo. Por otro lado el motor nos estuvo dando muchos problemas y hasta unos días antes de la fecha de salida, no conseguíamos que la moto pasara de 60kms/h. Finalmente encontramos la mejor solución y aunque durante el viaje sí que literalmente partí diferentes partes de la moto, el motor no paró de rugir en ningún momento.

¿Cómo planificó las escalas por donde iba a pasar?

Solo planifiqué las paradas en aquellos lugares que tenía mucho interés en visitar: Chamonix, para ver el Montblanc; Varsovia, donde tenía pensado hacerme un tatuaje; Volgogrado, donde hay una estatua que en su día fue la más alta del mundo,… y así con otros muchos puntos del mapa que me resultaban interesantes. El resto de escalas en un viaje así tienen que ser improvisadas, para ello hay viajeros que optan por hoteles, otros por acampar donde sea y otros que intentan alojarse en las casas de la gente que les invita. En mi caso intento aceptar cuantas invitaciones recibo. Además un exceso de planificación puede suponer el tener que llegar a ciertos puntos en determinados días y eso puede significar un compromiso que prefiero evitar.

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De todos los países por los que pasó, ¿cuál le llamó más la atención?

Dentro de Uzbekistán está la República de Karakalpakia, donde además del problema de la inflación de la moneda y la falta de gasolina su población se encuentra viviendo en un entorno sin agua. Lo peor de todo es que desde la época de la URSS hasta incluso hoy en día se ha desviado continuamente el cauce de los ríos que iban a desembocar al Mar de Aral. Actualmente donde hace pocos años había un pequeño acantilado desde donde se podía saltar al agua, ahora sólo hay arena. La playa está a más de 100 kms adentro. El paisaje es absolutamente desolador. Las consecuencias para la población pesquera han sido devastadoras, por no hablar de la influencia en el clima, que ha favorecido la desertización del lugar.

Lo peor de todo es que desde la época de la URSS hasta incluso hoy en día se ha desviado continuamente el cauce de los ríos que iban a desembocar al Mar de Aral

¿Qué ciudad por las que pasó quedó más grabada en su corazón?

Además de que una ciudad te pueda enamorar más o menos por su arquitectura, creo que las ciudades se recuerdan también en función de las experiencias que has vivido. Si bien es cierto que quedé maravillado con los edificios de algunas capitales de Asia Central, al mismo tiempo también recuerdo que en Kiev pasé unos días muy intensos, en los que hice amistad con un mecánico que me adoptó como a un hermano pequeño. Me llevó por muchos rincones de la ciudad y me invitó a conocer a gente con la que pasé momentos que para mí valieron la pena tanto como la visita a cualquier monumento.

¿Sufrió muchas averías en el trayecto? ¿Cómo las solucionó?

En principio la distancia hasta Mongolia no tenía que suponer ningún problema para la moto, sin embargo la situación fue cambiando y debido al mal estado de las carreteras, la falta de asfalto y el exceso de equipaje la suspensión se fue deteriorando hasta ser prácticamente inefectiva. Entonces empecé a partir chasis, pero al llegar a los pueblos preguntaba si había algún mecánico y enseguida encontraba a alguien dispuesto a soldar las partes rotas. Otro inconveniente añadido fue el hecho de que tomé una decisión un tanto ilógica con la cadena de transmisión de la moto y eso condicionaría todo el viaje, pero prefiero no hacer un adelanto demasiado detallado de esa parte del relato.

De todas las anécdotas vividas, ¿con cuál se quedaría?

Durante los dos meses del viaje, hubo anécdotas a diario. Hace unos días estuve escribiendo sobre la del tatuaje. De manera no muy lógica antes de emprender el viaje a Mongolia en 2011, me empeciné en tatuarme en ruso la frase ‘La vida es un sueño, aprovéchala’ y en la misma línea me convencí que lo mejor sería hacerlo en Europa del este, pensando que allí sería más barato. Casualmente, un amigo de Varsovia, me contó que estaba de suerte, pues uno de los mejores tatuadores del mundo tenía un estudio cerca de su casa. Finalmente me hice el tatuaje, pero cada vez que me lo ven en Rusia por más que les pido que me aclaren si la frase significa lo que yo esperaba, nunca me queda del todo claro que sea así. Me he de conformar con una explicación del tipo: “Más o menos dice lo que tú crees, aunque no del todo, pero bueno, está bien, así también se entiende.” Aunque no dejo de pensar que mi tatuador era polaco, y de sobras es conocida la tirria que le tienen los polacos a los rusos, así que aún vivo con la duda de si aquel buen hombre le puso todo el interés que requería la ocasión o si por el contrario es una traducción hecha con cierta picardía.

¿Qué le dijo su madre cuando se enteró que iba a viajar en moto a Mongolia?

Mi madre sabe que si el teléfono no suena es que todo va bien y si un día la llama alguien que no sea yo, entonces es que las cosas se han complicado un poco. Pero como ya me conoce muy bien, sabe que siempre va rodando por mi cabeza alguna idea de viaje que suponga un reto con respecto al anterior. Además durante los últimos años utilizo una táctica que me ha dado grandes resultados respecto a esto. Le dejo libros de grandes aventureros que lo pasan realmente mal durante sus viajes, desde las aventuras de ‘Papillon’ hasta libros como ‘Siete años en el Tíbet’ pasando por los exploradores de los polos. Cuando hablo con ella me comenta que eso sí eran aventuras y no lo que yo hago.

Definitivamente la conclusión es positiva y el último día que hablé con ella me pidió el libro de las aventuras de Stanley en África. De hecho, intento ayudar a mis padres y al resto de mi familia a entender que viajar en moto no es más peligroso que el día a día. Afortunadamente mi familia nunca tiene un discurso o una opinión que me haga sentir culpable por el hecho de hacer lo que más me gusta.

 

\"Ricardo

 

¿A qué retos se enfrenta una persona que quiere viajar sola al otro extremo del mundo?

Cada viajero lo vive de forma muy diferente, para algunos el salir de la zona de confort o el atreverse a renunciar a la comodidad de la seguridad laboral para adentrarse en lo desconocido ya es un gran reto. En mi opinión aparte de la logística y de la burocracia creo que uno de los grandes retos consiste en aprender a abrir nuestra mente y permanecer permeables al entorno y sus gentes. Aceptar las invitaciones que los lugareños nos ofrecen y aprender algunas palabras de su idioma para entenderlos mejor puede ayudarnos a que el viaje permanezca más en el recuerdo. El verano pasado coincidí con una pareja de belgas que viajaban en moto y se mostraban contrariados porque en Rusia nadie hablaba en inglés y la comunicación les era prácticamente imposible. Sin embargo ellos tampoco habían hecho ningún esfuerzo en aprender algo de ruso. En ese sentido creo que somos los visitantes los que hemos de aprender a abrir nuestras puertas, por ejemplo tratando de recordar al menos cuatro palabras que ayuden a hacer sentir bien a nuestros anfitriones. También hay otra cosa un poco complicada de conseguir que es el conservar el buen humor durante el viaje superando los momentos de miedo, frustración o soledad y no vivir los percances como un auténtico problema. Pero sin duda actualmente el reto más complicado sería mantenerse más atento al viaje en sí y más alejado de las redes sociales durante el mismo. Ya habrá tiempo de compartirlo.

 

\"Estoy muy cómodo viajando en solitario, además eso me permite tomar decisiones sin ton ni son, libremente\"

 

¿La soledad impregna el carácter de un motorista?

Imagino que depende la experiencia de cada viajero o motorista. Si en un viaje con alguien todo ha funcionado y nos lo hemos pasado bien, en la siguiente ocasión querremos repetir la experiencia. Desafortunadamente, he visto amistades que al volver del viaje no han podido prácticamente ni mirarse a la cara de nuevo. En mi caso, viajo sólo desde hace muchos años y de momento me ha ido bien. Tan sólo hace un par de veranos fui desde Mongolia hasta Vladivostok con Xuancar un chico de Córdoba que estaba de vuelta al mundo e íbamos en la misma dirección. Fue una bonita experiencia que repetiría encantado aunque eso no significa que a partir de ahora prefiera viajar siempre con alguien. Estoy muy cómodo viajando en solitario, además eso me permite tomar decisiones sin ton ni son, libremente y sin sentimiento de culpa o necesidad de negociación de ningún tipo. Tan pronto alargo mi estancia con una familia en una granja, como renuncio a un museo importante sencillamente porque hace calor, hay demasiada cola o no sé qué hacer en ese momento con la moto cargada. De todas formas, no me atrevo a afirmar de forma categórica que esa holgura a la hora de tomar decisiones afecte mi carácter en otras facetas de la vida, aunque de momento vivo sólo y estoy sin pareja así que pensándolo bien tal vez sí pueda haber algún tipo de relación. Pensaré en ello más detenidamente bajo el casco.

¿Qué es lo que más le costó superar en su viaje?

Tanto en aquel viaje como en el resto, la gestión de las emociones es para mí la parte más difícil de superar. Algunos días me siento culpable si por ejemplo desde casa recibo alguna noticia no del todo buena de la familia y desde donde estoy sé que no puedo ayudar. Otras veces sin que lo pueda controlar, me invaden ciertos miedos sociales, algunos son míos y otros son contagiados pero durante ese tiempo me toca hacer un esfuerzo y trato de mantener mi cabeza con un mínimo de orden. Por un lado buscando la manera de aceptar mis inseguridades y llevarme bien con ellas y por otro procurando entender las preocupaciones de los demás e intentando no hacerlas mías.

 La vuelta a la vida real suele ser más dura

¿Cuándo se llega al destino qué se siente?

Cada viaje y destino es diferente. En mi caso al principio, lejos de sentir gran euforia por haber llegado donde pretendía, a menudo me invade cierta sensación de melancolía, pues el viaje ha llegado a su fin y yo preferiría que no acabara nunca. Por suerte, durante las horas y los días siguientes se empiezan a alternar los sentimientos más positivos con los otros. Pero es sobre todo ya en casa, mientras pongo orden a las fotos, repaso los videos y escribo, cuando recuerdo las sensaciones y las experiencias de un modo mucho más alegre. Entonces dejo de pensar que es una pena que ese verano haya acabado y disfruto viendo lo que he hecho. Ése es un gran momento pues no puedes evitar sonreír o incluso reír al rememorar todo lo que has vivido y eso te llena de ilusión y energía para pensar en el siguiente viaje.

Y la vuelta, ¿cuesta más que la ida?

Por supuesto, la vuelta a la vida real suele ser más dura. Además normalmente coincide con el regreso a la rutina del trabajo, los primeros días otoño, el cambio de horario y la llegada del frío así que se hace un poco cuesta arriba. Escribir o editar vídeos y buscar y preparar nuevos destinos puede ser un gran alivio para pasar mejor el invierno. Actualmente, además hay una gran oferta libros de grandes viajes que nos hacen soñar mientras leemos y que también nos pueden ayudar a que la llegada del buen tiempo sea más llevadera.

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¿Cómo se le ocurrió escribir su odisea?

Al volver de Mongolia no acababa de encontrarme bien, habían sido dos meses de rutina de viaje y lo echaba mucho de menos. Físicamente tampoco estaba en mi mejor momento puesto que había perdido muchos kilos después de varios días de diarrea. Me costaba adaptarme a la vida real de nuevo, pero por suerte encontré un trabajo en una piscina alternando horas en las que enseñaba a nadar con horas de socorrista. Aquellas horas mirando el agua me dieron la calma que necesitaba para ir poniendo orden a todo lo que había vivido. Fue ahí cuando decidí pasar a la acción y escribir el libro.

¿Le costó más escribir “No le digas a la mama que me ha ido a Mongolia en moto” que viajar?

Más o menos igual, ambos procesos son largos y requieren de bastante energía. Lo mejor es que no paras de aprender y que conforme vas avanzando en cualquiera de los dos, vas descubriendo que te sientes cómodo en lugares o facetas donde nunca habías estado antes.

¿Se sintió un viajero romántico o la técnica lo puede todo?

Me siento más viajero romántico que un motorista hábil. De hecho tengo pendiente para el próximo invierno hacer un par de cursos de conducción porque creo que así disfrutaré mucho más al ir en moto. Reconozco que ahora mismo no acabo de entender muchos aspectos técnicos de la conducción o de las motos en sí, pero tampoco me preocupa en exceso. Creo que con un espíritu romántico también se llega a destino.

¿Cuál será su próximo reto?

Este verano tengo pensado ir desde Marruecos hasta Sudáfrica, para ello ya tengo casi a punto la moto, una Yamaha xt600 del año 91. He conseguido arreglar mi situación laboral y cuento con dos meses para este viaje. Ahora mismo estoy en proceso de vacunación y de trámite de visados. Si no consigo llegar a Sudáfrica será porque me lo he pasado muy bien por el camino y he decidido alargar mi estancia en algún lugar, así que será una buena noticia. Si por el contario llego a Sudáfrica, aún no sé lo que va a pasar con la moto. Hay muchas posibilidades, desde dejarla allí y continuar viajando por aquella zona el verano siguiente, venderla, enviarla a Sudamérica o incluso de vuelta a casa a Europa, ya se verá. En septiembre tengo pensado volver a trabajar como profesor, esta vez como sustituto de inglés en institutos públicos, sobrevivir a eso sí que será un gran reto.

 

Puedes comprar el libro en:

 

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