“Platero y yo”: Una de las cumbres absolutas del poema en prosa y de la prosa lírica en lengua española. I sábado 29 de agosto de 2026, 22:21h
Actualizado el: 30/08/2026 11:55h
El porqué de la obra. Juan Ramón Jiménez insistió hasta la saciedad en que su obra Platero y yo no tiene como destinatarios a los niños. Indiscutiblemente, la versión definitiva de 1917, con 138 capítulos, no es un libro para niños; y es muy discutible que lo fuera la versión de 63 capítulos, publicada en 1914, por la editorial La Lectura, en su “Biblioteca Juventud”. Bien es verdad que estos 63 capítulos escogidos por el autor para dicha edición, amén de la profunda lección de humanidad que encierran, resultan ser de los más alegres y poéticos del conjunto de la obra, y que en ellos se ofrece una visión idealizada del mundo de Moguer, con abundante presencia de niños y de animales domésticos. Y no es menos cierto que el libro terminó por convertirse en un clásico de la Literatura Infantil, y que su lectura llegó a ser poco menos que inexcusable en los primeros niveles educativos, tanto en España como en Hispanoamérica. Pero Juan Ramón Jiménez -insistimos- no escribió Platero y yo para los niños. Y ya que los niños del primer tercio del siglo XX leyeron la obra, se nos ocurre preguntarnos si su lectura -en la versión de 138 capítulos- está al alcance del lector infantil -y juvenil- actual.
Retomemos algunas palabras de la “Advertencia a los hombres que lean este libro para niños” que, a modo de prólogo, escribió en 1913 Juan Ramón Jiménez, cuando adelantaba “un conjunto de sus páginas más idílicas” para la edición de Platero y yo destinada a la “Biblioteca Juventud”: Este breve libro, en donde la alegría y la pena son gemelas, cual las orejas de Platero, estaba escrito para... ¡qué sé yo para quién! ... para quien escribimos los poetas líricos... Ahora que va a los niños, no le quito ni le pongo una coma. ¡Qué bien! […] Yo nunca he escrito ni escribiré nada para niños, porque creo que el niño puede leer los libros que lee el hombre, con determinadas excepciones que a todos se les ocurren. También habrá excepciones para hombres y para mujeres, etc. [Del “Prologuillo” de Platero y yo. Citamos por la edición de Antonio A. Gómez Yebra (Madrid, Ediciones Castalia, 1999. Colección Castalia didáctica, núm. 30]. No. Decididamente, no es Platero y yo un libro ni de niños ni para niños. Por eso no consideramos adecuado recurrir a sus páginas -a ninguna de sus páginas- para que los más pequeños vayan adquiriendo con ellas los mecanismos lectores y desarrollando así su capacidad de comprensión, tal y como en algunos momentos de nuestra historia escolar no muy lejana se ha venido haciendo. Pero sí es esta una obra que puede ponerse en manos de adolescentes, con objeto de despertar en ellos la afición por la lectura. Con esta pretensión vamos a presentar un capítulo de ese monumento literario del arte modernista que es Platero yo, acompañados de breves comentarios que solo pretenden “abrir las claves” para una lectura comprensiva y placentera de cualquiera de las páginas de esta sugestiva obra, incluso de aquellas de mayor densidad conceptual; y facilitar así, la posibilidad de “saborear” un arte refinado, de exquisita perfección formal, que apura, con prodigioso dominio, todas las posibilidades expresivas del idioma.
El autorretrato del poeta.
El loco
[1] Vestido de luto, con mi barba nazarena y mi breve sombrero negro, debo cobrar un extraño aspecto cabalgando en la blandura gris de Platero. [2] yendo a las viñas, cruzo las últimas calles, blancas de cal con sol, los chiquillos gitanos, aceitosos y peludos, fuera de los harapos verdes, rojos y amarillos, las tensas barrigas tostadas, corren detrás de nosotros chillando largamente: -¡El loco! ¡El loco! ¡El loco! [3] … Delante está el campo, ya verde. Frente al cielo inmenso y puro, de un incendiado añil, mis ojos -¡tan lejos de mis oídos!- se abren noblemente, recibiendo en su calma esa placidez sin nombre, esa serenidad armoniosa y divina que vive en el sinfín del horizonte… Y quedan, allá lejos, por las altas eras, unos agudos gritos, velados finamente, entrecortados, jadeantes, aburridos: [4] -¡El lo ... co! ¡El lo ... co! [Puesto que Platero y yo ha caído en manos de “lectores en formación”, consciente de ello Juan Ramón Jiménez ha respetado el convencionalismo de la ortografía académica (sin usar, por ejemplo, j, en lugar de g, en las sílabas ge, gi -que él convierte en je, ji-; y, por tanto, escribe chiquillos gitanos)].
El asunto del texto. [1] Personaje extravagante. [2] Burlas de los gitanos. [3] Contemplación de un atardecer. [4] Persistencia de las burlas.
La línea narrativa del texto está reducida al mínimo, dado el carácter profundamente lírico de esta prosa. Montado en el borriquillo Platero, Juan Ramón Jiménez inicia una de sus frecuentes excursiones para contemplar el campo de Moguer a la caída de la tarde. Su indumentaria y aspecto exterior -por lo demás reales, pues el escritor, en esta página, ofrece su autorretrato- resultan algo extravagantes (parágrafo [1]), por lo que es objeto de burlas por parte de unos gitanillos con quienes se topa (parágrafo [2]). Pero, extasiado en la contemplación del crepúsculo vespertino -que le aporta una cierta armonía interior- (parágrafo [3)], hace caso omiso de los insultos burlones (“mis ojos -¡tan lejos de mis oídos!”-) que persisten en la lejanía, llamándole “loco” (parágrafo [4]).
El tema del texto. [1] El autor: indumentaria y atavío negros; Platero: burro gris plata. [2] Gitanillos: suciedad y desnudez semioculta por harapos de abrillante colorido. [3] Atardecer: cielo intenso enrojecido. Naturaleza divinizada que produce armonía interior. Los aspectos cromáticos del texto sirven para caracterizar a los personajes y al paisaje, y para establecer todo un mundo de contrastes que se resume en esos gritos de “¡El loco ... !” con que los gitanillos increpan a Juan Ramón Jiménez; gritos -promediando el texto y, al final del mismo, resonando en el ambiente- que le confieren un profundo sentido unitario y que justifican sobradamente el título: un “loco” -Juan Ramón Jiménez- que necesita recibir, en su interioridad psíquica algo desequilibrada, ese halo de paz y belleza que emana del cielo campesino de Moguer a la hora del ocaso. En el primer parágrafo, el escritor se retrata a sí mismo: viste traje y sombrero negros, luce una oscura y abundante barba -adjetivada de nazarena, en inequívoca referencia a la barba de Cristo-, y cabalga a lomos del borriquillo Platero, de color gris plata, y “tan blando por fuera, que se diría todo de algodón, que no lleva huesos”. Su aspecto es, por tanto, extraño, pero elegante y refinado a la vez; y aún lo hace más extraño la circunstancia de que, sin ser un campesino, vaya montado en un burro. En el segundo parágrafo, camino de las viñas y tras reparar en la luminosa blancura de las calles que conforman la vía por la que transita (calles blancas de cal con sol), se produce el encuentro con unos gitanillos. Estos chiquillos son aceitosos (de color del aceite, y grasientos) -adjetivo que alude, fundamentalmente, a la suciedad de su piel-; sus barrigas están tostadas -en clara referencia al color moreno con que el sol atlántico ha lustrado su piel, ya de por si cetrina-; y ocultan su miseria en harapos multicolores (verdes, rojos y amarillos). El contraste entre estos gitanillos -que quizá pongan la única nota de “fealdad” en un texto de extraordinaria belleza y acendrado lirismo- y el escritor -con su porte señorial- es tan brusco, que los insultos que le espetan no se hacen esperar: “¡El loco, el loco, el loco!” Y si en el primer parágrafo predominan los tonos negros y grises -a través de los cuales aflora, en cierto modo, el interior sombrío del escritor-; y en el segundo parágrafo se hace por momentos más y más brillante el colorido -el luminoso camino hacia las viñas, así como los míseros gitanillos con sus harapos de colores chillones-; es en el tercer parágrafo donde las sensaciones cromáticas alcanzan su máximo esplendor, coincidiendo con ese crepúsculo vespertino (cielo inmenso y puro, de un incendiado añil) cuya contemplación deja extasiado al escritor. Y de nuevo surgen los contrastes; contraste entre las burlas de los chiquillos -para las que el escritor se hace sordo, y no quiere oír lo que dicen- y lo que a sus ojos se ofrece: una deslumbrante puesta de sol sobre el campo y el pueblo de Moguer; y contraste, también, entre ese sombrío mundo anímico del escritor -que su extraño aspecto físico exterioriza- y esa placidez y serenidad ambientales que caracterizan el crepúsculo de Moguer -cuando el cielo se viste de un incendiado añil-, capaz de comunicar al ánimo del poeta la vitalidad y “armonía interior” de las que está tan necesitado. El parágrafo cuarto es la consecuencia lógica de la actitud del escritor: mientras que él “ha ingresado” en la Naturaleza, fundiéndose con ella, los gritos de los niños, cada vez más difuminados en la lejanía, le siguen increpando; gritos sabiamente adjetivados como aburridos. ¡Todo un contraste de mundos y sensibilidades!: escritor, chiquillos gitanos y, sobre sus cabezas, el enrojecido azul oscuro típico del crepúsculo vespertino de Moguer, capaz de operar en el escritor una profunda transformación espiritual. Comentario explicativo. A través de un leve soporte narrativo -burlas que el aspecto exterior del autor, que se dirige a contemplar una puesta de sol en el campo de Moguer, suscita en unos gitanillos-, Juan Ramón Jiménez exhibe en “El loco” un lirismo exacerbado -su propia caracterización, la de los gitanillos y la de sus gritos, así como la del paisaje campesino al atardecer-; y, sobre todo, una prosa de rasgos claramente poéticos, algunos de los cuales se subrayan seguidamente.
Camino de las viñas, el escritor cruza las últimas calles, blancas de cal con sol; pero, en realidad, las que están enjalbegadas -blanqueadas con cal, yeso o tierra blanca- son las casas cuyas fachadas están bañadas por la intensa luz del ocaso. La sensación de luminosidad que reina en el ambiente es total. Con el adjetivo aceitosos -de color verde amarillento y, también de crasitud semejante al aceite- alude metafóricamente Juan Ramón Jiménez a la suciedad de los gitanillos que se burlan de su extraño aspecto externo; es decir, chiquillos pringosos, con la porquería pegada a la ropa. Y su miseria queda reflejada en la semidesnudez de sus cuerpos -apenas cubiertos con unos harapos verdes, rojos y amarillos-, así como en su extremada delgadez (tensas barrigas, o lo que es lo mismo, estiradas, lisas). El enrojecido azul oscuro que adopta el cielo andaluz de Moguer cuando se pone el sol queda expresado con ese incendiado añil que se difunde en la infinidad del horizonte, y del que emana una profunda calma y serenidad. La disociación ojos/oídos (ojos muy abiertos, para contemplar toda la luminosidad del ocaso y dejarse contagiar por la placidez que transmite; oídos ajenos a las burlas de los gitanillos que le persiguen insultándole) se manifiesta de esta manera: mis ojos -¡tan lejos de mis oídos!-. Los gritos de los chiquillos recalcan, en violento contraste, la identificación del escritor con el paisaje de Moguer -que contempla absorto-, y acentúan un proceso de ensimismamiento, de alta eficacia lírica. Y concluye el texto con el resonar de unos gritos -de nuevo la metonimia como recurso-cuya lejanía queda subrayada por la discontinuidad gráfica: “¡El lo... co! ¡El lo... co!”; gritos aburridos, que no consiguen romper el estado de ensimismamiento y total entrega a la contemplación del atardecer en que está sumido el escritor.
Juan Ramón Jiménez viste traje negro (de luto: enlutado), se cubre con un pequeño sombrero, igualmente negro (breve sombrero negro), y luce una barba oscura y abundante (nazarena, como la de Cristo); monta, además, en un suave borriquillo de color gris plata (en la blandura gris de Platero). Los chiquillos gitanos son sucios -e incluso feos- (aceitosos y peludos); delgados y morenos (con tensas barrigas tostadas); van andrajosos (ocultando su miseria en harapos verdes, rojos y amarillos); y chillan de manera desaforada (largamente), con gritos punzantes (agudos) y respiración anhelosa (gritos jadeantes). El camino a las viñas discurre por entre casas enjalbegadas, iluminadas brillantemente por el sol (calles blancas de cal con sol); luce en todo su verdor la campiña (campo verde); y, por fin, el cielo, en su inmensidad, adopta un tono azul intenso enrojecido (incendiado añil), que recoge toda la fuerza cromática del crepúsculo vespertino.
Estas aliteraciones, por ejemplo, producen unos sugestivos efectos acústicos: “breve sombrero negro”, construcción con repetición de la sílaba tónica bre- y rima interna en asonante /é-o/ “tensas barrigas tostadas”, construcción en la que la aliteración de la t, en adjetivos situados a ambos lados del nombre, subraya tanto la delgadez de los gitanillos, como el color moreno de su piel.
Y es en el parágrafo tercero -que coincide con la descripción de un atardecer que proyecta toda su espiritualidad sobre un Juan Ramón Jiménez, que lo contempla extasiado- en donde se acumulan palabras que connotan esa sensación de profunda apacibilidad que el crepúsculo vespertino trae al ánimo del escritor: inmensidad, pureza, nobleza, calma, placidez, serenidad, armonía, divinidad; vida, en definitiva. Así el paisaje de Moguer adquiere para Juan Ramón Jiménez una extraordinaria dimensión humana y trascendente.
La adjetivación empleada por Juan Ramón Jiménez es tan rica como expresiva, y confiere al texto un ritmo lento; lentitud a la que también contribuyen los adverbios en -mente y los gerundios:
[...] debo cobrar un extraño aspecto cabalgando en la blandura gris de Platero. Yendo a las viñas .... [...] los chiquillos gitanos [...] corren detrás de nosotros, chillando largamente: -¡El loco! [...] mis ojos [...] se abren noblemente, recibiendo en su calma esa placidez sin nombre... [...] gritos velados finamente ....
Con respecto a la adjetivación, y cuando se emplea un solo adjetivo acompañando a un nombre, se simultanea la anteposición con la posposición, en busca del ritmo acentual más idóneo para proporcionar a la frase una mayor eufonía (anteposición: extraño aspecto, incendiado añil, altas eras, agudos gritos; posposición: barba nazarena, blandura gris, campo verde). Pero, por lo general, los adjetivos figuran agrupados en series de dos (cielo inmenso y puro; serenidad armoniosa y divina), tres (chiquillos gitanos, aceitosos y peludos; harapos verdes, rojos y amarillos), y hasta cuatro (gritos velados, entrecortados, jadeantes, aburridos), lo que acrecienta la impresión de lentitud psíquica. Incluso en ocasiones los adjetivos aparecen colocados a ambos lados del nombre, y pertenecen, además, a diferentes campos semánticos: breve sombrero negro; últimas calles, blancas de cal con sol; tensas barrigas tostadas. Está presente también en el texto un recurso estilístico muy propio del Novecentismo: la coordinación, como unidades funcionales, de parejas de elementos. Se detiene, así, el ritmo de la prosa, uniendo a la armonía del paralelismo una sensación de sosiego y equilibrio:
... con mi barba nazarena y mi breve sombrero negro, .... ... recibiendo en su calma esa placidez sin nombre, esa serenidad armoniosa y divina ...
Valoración final. Como todos los capitulillos de Platero y yo, el titulado “El loco” -que es número VII- un claro ejemplo de un género típicamente modernista: el poema en prosa. Juan Ramón Jiménez ha sabido extraer del lenguaje todas sus posibilidades rítmicas y expresivas, y ha construido en este texto una sugestiva página literaria que conmueve a cualquier lector amante de la belleza; página en la que importa poco el intrascendente suceso relatado, y en la que se pone de manifiesto esa exacerbada estimación de lo bello por sí mismo tan característica de la sensibilidad de Juan Ramón Jiménez, a través de unas imágenes sensoriales elaboradas con exquisita delicadeza y expresadas en un léxico culto y refinado, de una decorativa adjetivación profundamente original y, en especial, de unos sorprendentes efectos rítmicos y musicales.
Materiales de JRJ como escritor modernista en prosa poética: "Platero y yo".
Texto completo. https://www.gutenberg.org/cache/epub/39209/pg39209-images.html https://www.rinconcastellano.com/biblio/sigloxx_98/jrjimenez_platero.html
Audiolibro. https://www.youtube.com/watch?v=rpm-BNbAiKs
Casa Museo Zenobia-Juan Ramón (Descargas y enlaces sobre "Platero y yo"). https://casamuseozenobiajuanramonjimenez.com/platero-y-yo/ https://casamuseozenobiajuanramonjimenez.com/historia-del-libro/ https://casamuseozenobiajuanramonjimenez.com/platero-y-yo/#plateroexistio https://casamuseozenobiajuanramonjimenez.com/platero-universal/ https://casamuseozenobiajuanramonjimenez.com/bibliografia-platero-y-yo/
RTVE. Los libros. https://www.youtube.com/watch?v=s7HE5BvzNI0
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