En su nuevo libro, "Calle de la memoria", las profesoras de psicología Ciara Greene y Gillian Murphy escriben que «nuestros recuerdos se adaptan y cambian constantemente a medida que encontramos nueva información y reflexionamos sobre el pasado». Nuestros recuerdos no se conservan en ámbar; no recorremos el museo mental de nuestras vidas evaluando cada artefacto de nuestro pasado con una mirada objetiva. En cambio, reconstruimos nuestros recuerdos cada vez que los evocamos. Greene y Murphy comparan nuestros procesos de creación de recuerdos con la construcción de una torre de Lego. En esta metáfora, cuando creamos un recuerdo, esa construcción tendrá una forma específica y estará construida con una cantidad determinada de ladrillos de una amplia variedad de colores, cada uno representando algún elemento del recuerdo, como el lugar, quién estaba allí, qué emociones sentimos, etc. Luego, la torre se desmontará y se guardará. La próxima vez que nos venga a la cabeza este recuerdo, cambiarán pequeños detalles: tal vez construyamos una torre un poco más baja, o cambiemos los ladrillos rojos por azules, y así sucesivamente. Si formamos otros recuerdos con elementos similares (por ejemplo, la misma persona apareciendo en un entorno diferente), podemos comenzar a incorporar fragmentos de ese nuevo recuerdo a la torre del antiguo, fusionando eventualmente recuerdos similares y descartando los detalles mundanos más pequeños de cada uno. “Cada vez que reactivamos un recuerdo, las redes sinápticas subyacentes se vuelven plásticas. Esto significa que las asociaciones entre las neuronas de la red pueden modificarse antes de consolidarse y bloquearse de nuevo”. Por un lado, la maleabilidad de nuestros sistemas de memoria nos hace vulnerables a errores e incluso a la manipulación. En la segunda mitad del libro, las autoras analizan el fenómeno de los falsos recuerdos. Observan que la resistencia o receptividad de nuestro cerebro a la desinformación cambia a lo largo de cada etapa de nuestra vida, no solo en función de su desarrollo físico, sino también de la información y las experiencias que hemos acumulado y que pueden ayudarnos a comprender el mundo. La forma en que se presenta la información —por ejemplo, una pregunta formulada de forma sugestiva durante un interrogatorio o una fotografía ligeramente manipulada— puede distorsionar nuestros recuerdos, añadiendo piezas a nuestra torre de Lego original que antes no existían, hasta que nos encontramos recordando algo que quizá nunca hubiera sucedido. Pero es esta misma maleabilidad la que nos otorga dones poderosos, como la imaginación. Nuestra memoria flexible «nos permite ponernos en el lugar del otro e imaginar el mundo desde su perspectiva, una habilidad fundamental para vivir en sociedad». La misma plasticidad que nos hace susceptibles a los falsos recuerdos es también la que nos permite planificar el futuro visualizando versiones de nosotros mismos haciendo cosas que nunca habíamos hecho. Es la base de nuestra capacidad para crear brillantes obras de ficción y arte al inventar —y, en cierto modo, recordar— lugares, personas y situaciones que no habían existido. Y afortunadamente, es la fluida forma en que nuestro cerebro reconstruye los recuerdos la que mitiga lentamente el dolor de los peores momentos de nuestras vidas. «Olvidar un recuerdo puede ser protector y reducir el impacto potencialmente negativo de revivir el evento una y otra vez», escriben Greene y Murphy. En las páginas finales del libro, se nos invita a aceptar la realidad de nuestros procesos de memoria —con defectos incluidos— para que podamos trabajar mejor con nuestro propio cerebro, en lugar de contra él. Al comprender que nuestros recuerdos son imperfectos por diseño, podemos ser más amables con nosotros mismos y con los demás cuando los detalles fallan y las historias cambian. Se nos recuerda que nuestros cerebros, con su capacidad innata para protegernos de los daños del pasado e inspirarnos con visiones de realidades alternativas, merecen ser celebrados. Puedes comprar el libro en:
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