Amador Prieto Miguel no escribe desde la teoría ni desde el dato, sino desde la intuición llevada al límite. Su novela funciona como una especie de lupa: toma elementos reconocibles —símbolos, relatos oficiales, hechos históricos— y los reorganiza hasta que empiezan a dibujar patrones. Y entonces aparece la pregunta incómoda: si cualquiera puede verlos, ¿qué ocurre con quienes sí tienen capacidad de intervenir?
Publicada en 2020 y sostenida en el boca a boca, El sistema 11 no busca cerrar nada, sino abrir. Más que una historia, es un mecanismo: una forma de mirar. Y en ese gesto —más cercano a la duda que a la afirmación— está también la clave de esta entrevista, en la que el autor habla de escritura, de búsqueda y de esa necesidad casi física de poner en palabras lo que no termina de encajar.
El sistema 11 parte de una idea potente: un poder invisible que lo rige todo. ¿En qué momento esa intuición dejó de ser una idea suelta y se convirtió en una novela?
No recuerdo cuándo apareció, porque en mi memoria siempre ha estado ahí. Lo único que ha cambiado es mi forma de entenderlo: primero como niño, luego como adolescente, más tarde como joven… y ahora como adulto. Desde muy temprano tenía la sensación de que existía algo más, una especie de orden invisible que lo sostenía todo, aunque no supiera explicarlo. No es una idea nueva —se ha pensado a lo largo de la historia—, pero en mi caso no venía de haberla leído, sino de observarla.
Con el tiempo empecé a desarrollarla, a darle forma. Lo que en la novela llamo “simulaciones” nace precisamente de ahí: de observar cómo, con la misma información que tiene cualquiera, puedes empezar a unir piezas —dónde se pone el foco, qué ocurre después, cómo se encadenan acción, reacción y consecuencias— hasta que todo adquiere una lógica casi inevitable.
Y ahí surge la pregunta que lo cambia todo: si alguien, desde su casa y sin ningún poder, puede ordenar la realidad hasta ver patrones que luego se cumplen… ¿qué no podrá hacer quien tenga más inteligencia, más recursos y capacidad real de influir? La novela aparece cuando esa intuición empieza a organizarse, a tomar forma y a encontrar un lenguaje. No fue crear algo desde cero, sino reconocer algo que ya estaba ahí y darle estructura para poder compartirlo.
Tu trayectoria es bastante híbrida —letras de canciones, monólogos, microrrelatos—. ¿Qué te permitió la novela que no encontrabas en esos otros formatos?
Mi trayectoria ha sido bastante natural, casi sin darme cuenta. En distintos momentos de mi vida se dieron circunstancias —algunas inesperadas— que me llevaron a subirme a un escenario, a hablar en público, a expresarme. Nunca me he sentido limitado a un solo formato, pero sí he tenido claro que todo en mí pasa por la palabra.
Los microrrelatos, por ejemplo, han sido una forma de pensar, de ordenar ideas, de evadirme… y también de conectar con personas que, como yo, sienten que muchas cosas no siempre encuentran su lugar ahí fuera. La novela, en cambio, me permitió unirlo todo: darle espacio, profundidad y continuidad a ese pensamiento que en otros formatos aparecía fragmentado.
Y ahí entendí algo importante: no se trata de si uno escribe, habla o se expresa de una forma u otra, sino de que, en mi caso, todo nace del mismo sitio: el lenguaje. Al final, es el poder de la palabra lo que me ha traído hasta aquí… y lo que me hace volver, una y otra vez, a escribir.
Hay algo en El sistema 11 que dialoga con teorías de la conspiración, pero también con una mirada crítica sobre cómo entendemos el poder. ¿Te interesa más provocar duda o desmontar certezas?
Me interesa mucho más provocar duda. No porque quiera dejar a la gente sin respuestas, sino porque creo que la duda es el inicio de cualquier pensamiento real. Las certezas, cuando se vuelven rígidas, dejan de ser útiles: se convierten en límites.
El sistema 11 no nace para imponer una verdad ni para convencer a nadie. Nace para abrir una grieta, un espacio donde cada persona pueda mirar de nuevo lo que daba por hecho. Muchas veces no es que algo sea verdad o mentira, sino que nunca nos hemos detenido a cuestionarlo de verdad.
Si la novela consigue que alguien se haga una pregunta distinta, aunque sea una sola, ya ha cumplido su función. Más que desmontar certezas, lo que busco es que cada uno construya las suyas desde un lugar más consciente.
Te defines como autodidacta y alguien que busca compartir pensamientos y vivencias. ¿Cómo influye esa forma de aprender y crear en tu manera de escribir y construir historias?
Me defino como autodidacta porque es lo que soy. Eso no significa que no haya pasado por distintas etapas académicas, pero nunca sentí que ese fuera mi camino natural. No era una cuestión de capacidad, sino de interés: lo que me movía estaba en otro lugar.
Desde muy niño sentí la necesidad de buscar por mi cuenta. Recuerdo escaparme a bibliotecas, leer todo lo que encontraba, incluso lo que no estaba pensado para mi edad. Antes de internet había una sensación muy concreta, casi de desesperación: querer encontrar respuestas y no tenerlas al alcance inmediato. Y, al mismo tiempo, una recompensa cuando por fin dabas con algo que encajaba.
Esa forma de aprender me ha marcado por completo. Escribir, para mí, no es solo crear historias, sino una manera de pensar, de ordenar lo que siento y lo que observo, y también de compartirlo con otros que quizás no encuentran fácilmente esos pensamientos reflejados fuera.
Por eso mi manera de escribir nace más de la búsqueda que de la estructura, más de la necesidad que de la técnica. Y creo que ahí está su verdad. Las redes sociales, especialmente Instagram, son mi vía diaria para canalizar todo eso a través de reflexiones.
¿Qué autores, músicos o referencias han sido clave para dar forma al universo de El sistema 11?
Ha sido algo bastante global. Siempre he sentido que lo que hago nace de mi propia identidad, y ahí está la verdad de cada uno. Más que autores concretos, han sido los conceptos los que me han marcado. Durante mucho tiempo me interesó especialmente la figura del antagonista, no como “el malo”, sino como alguien al que pocas veces nos detenemos a entender.
Pero hay algo esencial: las referencias están en el mundo. Quien lea la novela verá que no hay fantasía en el sentido clásico, sino una reinterpretación de lo que nos rodea. Desde símbolos como el dólar hasta hechos reales —siempre desde el respeto— como la tragedia de las Torres Gemelas, o incluso situaciones que parecían improbables, como la llegada de Donald Trump a la presidencia, que en la novela aparece anticipada años antes.
Durante la escritura, la música también ha sido clave. Suelo escribir con música instrumental, porque me ayuda a entrar en ese estado donde todo se ordena. Y si tuviera que señalar alguna referencia, hablaría más de sensaciones que de nombres, aunque figuras como Wes Craven, por su capacidad de romper esquemas, o descubrimientos personales como El Cuarteto de Nos, también han estado presentes. Me interesa la gente que piensa libre, que piensa diferente.
Al final, más que seguir referentes concretos, siempre he buscado mantener la libertad de imaginar sin límites. Porque aprendí que realidad y ficción están muchas veces más cerca de lo que nos gusta admitir.
En un momento en el que la información circula de forma caótica, ¿crees que la ficción tiene una responsabilidad particular a la hora de cuestionar lo que damos por cierto?
Sí, pero no en el sentido de decirle a la gente lo que tiene que pensar, sino en el de invitarla a hacerlo por sí misma. Para mí, la ficción no está para dar respuestas cerradas, sino para abrir preguntas que a veces evitamos hacernos en la vida real.
Cuando se habla de poder, de manipulación o de cómo percibimos la realidad, es fácil caer en el mensaje directo o en la intención de convencer. A mí me interesa lo contrario: generar una pequeña incomodidad, una duda, algo que haga que quien lee se detenga y mire de otra forma lo que daba por hecho.
¿Cómo ha sido tu relación con la comunidad literaria hasta ahora? ¿Te sientes parte de algún circuito o más bien trabajando desde los márgenes?
Sería fácil decir que trabajo desde los márgenes, pero en realidad creo que simplemente siempre he estado fuera. No por nada en concreto ni por culpa de nadie, sino por mi propia manera de ser. Soy autodidacta y todo lo que he hecho hasta ahora lo he hecho solo, sin esperar apoyo. De hecho, sigo sin esperarlo.
Por eso, situaciones como esta entrevista todavía me sorprenden. La agradezco, pero no deja de parecerme un regalo inesperado. Mi relación con quien me lee es sencilla y honesta. A alguien puede gustarle lo que hago o no, como ocurre con cualquier obra. Siempre digo que ni la mejor obra del mundo le gusta a todo el mundo. Pero si lo que escribo conecta aunque sea con una sola persona, ya tiene sentido.
Hay algo que también me ha marcado mucho. Mi abuela materna, Ángela, era una mujer muy creyente. Pero nunca me enseñó la fe: me la mostró. Y eso lo cambió todo. Al final, eso es lo que intento hacer yo también: no imponer, no convencer, solo mostrar.
Si hace años me hubieran dicho que estaría dando entrevistas, con una segunda edición de El sistema 11, o que miles de personas leerían lo que escribo a diario, no lo habría creído. Me emociona y me impone a partes iguales. Siempre he sentido que lo importante no es destacar, sino ser fiel a lo que uno es.
Después de este proyecto, ¿hacia dónde te gustaría llevar tu escritura: profundizar en este universo o explorar territorios completamente distintos?
Si soy sincero —y siempre lo soy—, El sistema 11 es una obra que llevaba más de dos décadas dentro de mí. No nació de repente: era una idea que me acompañaba desde muy joven y que, con el tiempo y con todo lo que ha ido ocurriendo en el mundo, fue afinándose hasta tomar su forma actual.
Siempre sentí que era la primera historia que tenía que contar. Pero no es la única. La segunda parte ya existe en mi cabeza desde hace años, y también una tercera. Es un universo que nunca se ha ido.
Al mismo tiempo, también siento la necesidad de explorar otros caminos. Hay ideas distintas, quizá más oscuras, que también necesitan salir. Porque, al final, mi forma de escribir es siempre la misma: observar, ordenar y dar forma a lo que voy entendiendo. Ideas hay muchas. Siempre las ha habido. Y si tengo la oportunidad de seguir escribiéndolas, habrá más historias.
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