“Sevilla entre jazmines una noche” (JGN)El poema de José García Nieto evoca Sevilla a través de sus símbolos, como la Giralda y el barrio de Santa Cruz. Refleja el nacimiento del Niño Jesús en un ambiente lleno de naranjos y palmeras, mientras entrelaza temas de alegría y sacrificio, culminando en una reflexión sobre la muerte en la Cruz.
SEVILLA
La señora Giralda
y el Giraldillo
se levantan temprano
por ver al Niño.
Blanco de cales, 5
Santa Cruz es el barrio
de sus pañales.
Para que el Niño juegue
la noche clara,
la luna se ha escondido 10
entre naranjas.
Todo está en sombra.
María mira al Niño
y el Niño llora.
En su Belén no caben 15
Guadalquivires,
sino ríos de plata
y aguamaniles.
Nanita, nana,
el río se ha dormido 20
yendo a Triana.
Más altas que las casas
son las palmeras
que está moviendo el viento,
ea, ea, ea. 25
Más alto ahora
está el Niño en el hombro
de San Cristóbal.
Pero esta Cruz, Dios mío,
¿quién la habrá puesto, 30
con un Niño clavado,
pálido el cuerpo?
En el Tesoro,
de marfil son los brazos,
los clavos de oro. 35
José García Nieto: Versos para Navidad.[Navidad en cuatro ciudades, I].Madrid, Sial Pigmalión, 2018
García Nieto tiene especial interés en recoger en su poema aquellos elementos que sirven para identificar la ciudad de Sevilla: la Giralda y el Giraldillo, el barrio de Santa Cruz, los naranjos, las palmeras, el río Guadalquivir, el barrio de Triana, el enorme San Cristóbal –de la Catedral de Santa María de la Sede–, y el Cristo crucificado de marfil –que se encuentra en la Sacristía Mayor de la catedral–. Creemos conveniente, pues, efectuar algunas explicaciones que nos sirvan para situar el contexto histórico y artístico que vertebra el poema de García Nieto Versos 1-2: «La señora Giralda / y el Giraldillo». La Giralda es el mejor exponente de la arquitectura almohade en España. Cuando Fernando III el Santo reconquista Sevilla, el alminar de la mezquita mayor llevaba en pie más de cuarenta años (las obras corrieron a cargo del alarife Ahmad inb Baso, entre 1184 y 1195). Edificada ya la catedral cristina, el arquitecto Hernán Ruiz el Joven levantó, entre 1560 y 1568, tres cuerpos para albergar el campanario, rematado por una figura de bronce que representa la Fe. A esta enorme «veleta», los sevillanos la llamaron «el Giraldillo»; y, de ahí, el nombre pasó a dársele a toda la torre: la «Giralda». (En la actualidad –desde 2008–, y delante de la Puerta del Príncipe –o de San Cristóbal– de la fachada Sur que da acceso a la Catedral, puede contemplarse una copia de «el Giradillo»). Versos 5-6: «Blanco de cales, / Santa Cruz es el barrio». El Barrio de Santa Cruz es uno de los más populares de Sevilla, y coincide, en parte, con la antigua judería medieval: limita, al Oeste, con el entorno de la Catedral; al Sur, con los jardines del Alcázar; al Este, con los jardines de Murillo; y, al Norte, con la calle de Santa María la Blanca. Conforman el barrio un abigarrado conjunto de callejuelas estrechas por las que se accede a plazas, muchas de ellas ajardinadas y frescas que, en cierta medida, alivian los calores estivales sevillanos, y que encierran, además, todo tipo de tradiciones y leyendas históricas y literarias (así, la de los Venerables, la de la Santa Cruz, la de las Cruces, la de doña Elvira, la de los Refinadores, la de Alfaro, la de la Alianza –o del Pozo Seco–... Y como muchas de su casas están enjalbegadas –es decir, blanqueadas con cal, yeso o tierra blanca–, el poeta singulariza el barrio con el verso «blanco de cales», un blanco que coincide con el de los pañales del Niño recién nacido (verso 7). Versos 10-11: «la luna se ha escondido / entre naranjas». Entre los árboles que más abundan en Sevilla se encuentran los naranjos amargos, cuya floración esparce por toda la ciudad en intenso olor a azahar. [Incluso la Catedral –y perfectamente integrado en ella– cuenta con el Patio de los Naranjos, construido entre 1172 y 1186 y que, primitivamente, fue el patio de abluciones de la mezquita almohade. En la actualidad, comunica con la calle a través de la Puerta del Perdón]. Y además de naranjos, las palmeras –que ya existían en la Sevilla del siglo XII–, han ido adquiriendo su personalidad como árbol urbano (versos 22-24: «Más altas que las casas / son las palmeras / que está moviendo el viento»). Versos 15-16: «En su Belén no caben / Guadalquivires». El «Betis» romano se convierte, a partir del siglo XI, en el «wad-al-kibir» árabe, que significa «río grande». Y, en efecto, este gran río atraviesa Sevilla en su camino hacia el Atlántico; y, al ser navegable, convierte a la ciudad en puerto fluvial. Por su grandeza y afluentes, el poeta emplea el nombre del río en plural: «Guadalquivires». Versos 20-21: «el río se ha dormido / yendo a Triana». El Barrio de Triana –y el de los Remedios– ocupan la margen derecha del Guadalquivir. La vía más corriente para acceder a Triana no es el río –con las antiguas chalupas–, sino el llamado «Puente de Triana» (aunque su denominación oficial es la de «Puente de Isabel II»), construido entre 1845 y 1852, y tras resistir a varios intentos de demolición, fue declarado Monumento Histórico Nacional en abril de 1976. Versos 26-28: «Más alto ahora / está el Niño en el hombro / de San Cristóbal». Entrando a la Catedral por la Puerta del Príncipe –o de San Cristóbal–, y junto al sepulcro de Cristóbal Colón, se encuentra un enorme fresco de San Cristóbal, obra de Mateo Pérez de Alesio –discípulo de Miguel Ángel y autor de algunos frescos de la Capilla Sixtina–. En 1589 viajó a Sevilla y pintó este gigantesco fresco. [Cristóbal significa «portador de Cristo»: según la leyenda, cargó con un niño al que no conocía, a través de un río, antes de que ese niño le revelara que era el mismo Cristo; por eso es el santo patrón de los viajeros; y su efigie es frecuente en las calles sevillanas]. Versos 33-35: «En el Tesoro, / de marfil son los brazos, / los clavos de oro». Tal vez el poeta pueda estar refiriéndose a un Cristo crucificado de marfil que se conserva en una vitrina de la Sacristía Mayor de la Catedral, y que se viene atribuyendo a Alonso Cano. Y con toda esta información, el poeta va construyendo un poema que, por momentos, se convierte en una nana: «Nanita, nana, / el río se ha dormido / yendo a Triana» (versos 19-21); «Más altas que las casas / son las palmeras / que está moviendo el viento, / ea, ea, ea» (versos 22-25, en los que la repetición de la interjección «ea» se emplea –como es habitual en las nanas– para estimular el sueño). Y para ello, García Nieto emplea cinco combinaciones de siete versos heptasílabos y pentasílabos (así distribuidos: 7-5-7-5-5-7-5), que riman a su arbitrio en asonante. En cualquier caso, el mismo esquema de rimas, con diferentes asonancias, se repite en las estrofas 1, 2 y 7: abcbdcd (es decir, que el primer verso queda libre, y riman el segundo con el cuarto, el terceto con el sexto, y el quinto con el séptimo). En cambio, la distribución de rimas es distinta en las estrofas tercera (en la que quedan libres los versos primero y sexto, y riman el segundo con el cuarto, y el tercero con el quinto y el séptimo: abcbdcd) y cuarta (en la que quedan libres los versos primero, tercero y sexto, y riman el segundo con el cuarto, y el quinto con el séptimo: abcbdcd). El poeta ha empleado hasta diez combinaciones vocálicas diferentes:
Y estos «aparentes» juegos de rimas se van acomodando al contenido, según avanza el poema, ya que el timbre de las vocales pasa de traducir alegría (la alegría del Nacimiento de ese Niño al que hay que arrullar con una nana para que deje de llorar y se duerma –en un entorno de naranjos y palmeras propios de Sevilla–), a sugerir cierto grado de patetismo, porque ese Niño («Blanco entre cales, / Santa Cruz es el barrio / de sus pañales» –versos 4 a 7–) que San Cristóbal carga en su hombro está llamado a morir clavado en una Cruz. Y, en este sentido, resultan especialmente significativos los versos de la última estrofa, con ese vocativo, y esa interrogación retórica («Pero esta Cruz, Dios mío, / ¿quién la habrá puesto, / con un Niño clavado, / pálido el cuerpo?») que halla cumplida respuesta en los tres versos finales del poema: «En el Tesoro, / de marfil son los brazos, / los clavos de oro», en mención directa al sacrificio de Cristo en la Cruz. De nuevo, nacimiento (cuna) y muerte (Cruz) unidos en el Portal de Belén que, en este poema, pasa a ser el popular barrio de Santa Cruz sevillano, y con una nana como canción para que se duerma ese Niño –palabra repetida hasta seis veces en el poema–, convertido en «Dios mío» (verso 29, que aporta toda la afectividad contenida del poeta). Puedes comprar el libro en:
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