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"La gran semana", de James Holland

Ed. Ático de los libros. 2024
martes 31 de marzo de 2026, 21:20h
La gran semana
La gran semana

En el mes de octubre de 1943, el Reino Unido de la Gran Bretaña ya lleva en la guerra más de cuatro años de lucha sin cuartel contra la Alemania del III Reich dirigido por Adolf Hitler. Pero, además para agravar más la cuestión, los británicos estaban luchando en Asia contra el Imperio del Sol Naciente y sus belicosos generales. No obstante, sí se había producido una gran victoria contra los alemanes, en este caso con la derrota inmisericorde de la aviación alemana del presuntuoso y prepotente Hermann Göring, es decir la Luftwaffe, que tras la Batalla de Inglaterra habría enterrado en el Paso de Calais o en el Canal de la Mancha a muchos de sus mejores aviadores.

Cuando el Führer Adolf Hitler decide dos frentes en la Segunda Guerra Mundial, entre 1939 y 1945, los militares alemanes de alta graduación entraron en un problema-sindrómico ansioso-depresivo, ya que ese hecho bélico realizado u ocurrido en la Primera Guerra Europea, entre 1914 a 1918, habría terminado en una derrota inapelable. Los aliados también vencieron, por goleada, en la Batalla del Atlántico, lo que resulto fuera de serie para los intereses de la Gran Bretaña y de los Estados Unidos, ya que a través de ese ancho brazo de mar era por el que llegaba la ayuda naval enviada por los norteamericanos hasta a los más que necesitados británicos; sin dominar en ese Atlántico sería imposible luchar contra Alemania y contra Japón.

En un alarde de sensatez, los británicos habían dedicado un enorme esfuerzo a ganar este importantísimo enfrentamiento en el mar. En términos de número de barcos construidos y de avances tecnológicos vitales, así como de golpes asestados a la Kriegsmarine (la marina de guerra alemana), ya en mayo de 1941 Gran Bretaña había llegado a un punto en el que ya no iba a perder esa batalla en particular. Dos años más tarde, en mayo de 1943, los U-Boot (submarinos alemanes), la mayor amenaza para la navegación aliado, habían sufrido una derrota contundente. Esto no solo significaba que las rutas marítimas estaban en gran medida despejadas, sino que ahora los Aliados podían planificar adecuadamente el camino hacia la victoria final porque sabían con bastante seguridad cuántos barcos iban a llegar a Gran Bretaña desde todo el mundo”.

En el norte de África, tras una lucha sin pausa, difícil y complicada contra la muy preparada milicia del Africa Korps del Mariscal de Campo Erwin Rommel, los aliados vencieron, siendo las fuerzas de la Francia libre las que hicieron el mayor gasto posible para cortar las alas al deseo hitleriano de acceder a pozos de petróleo en la retaguardia británica. La entrada, más o menos dubitativa, al principio, de los EE. UU. de América, sobre todo porque sí es verdad que los nacionalsocialistas alemanes tenían algún tipo de simpatía hacia ellos entre grupos norteamericanos derechizados, inclusive héroes de apellido alemán como Lindberg estaban a favor. Las noticias recibidas sobre el genocidio de los judíos europeos, movilizaría a los poderosos grupos de presión de esta raza, los cuales consiguieron torcer voluntades e incrementar las ayudas en pro de los Aliados. En diciembre de 1941, los Estados Unidos declararían la guerra a Japón tras la masacre provocada en el ataque contra la flota del Pacífico en Pearl Harbor. Poco tiempo después un prepotente y psicópata Adolf Hitler declararía la guerra al presidente Franklin Delano Roosevelt y a sus Estados Unidos de América. El sentido atávico de aislamiento de los estadounidenses comenzó a diluirse, y su poderosa industria se volcó en la producción de armamento. Además, existía un hecho político irreversible y enriquecedor, que estribaba en que los norteamericanos eran ya la reserva espiritual y democrática de Occidente.

El poder aéreo, sin embargo, había sido clave para el crecimiento militar tanto de Gran Bretaña como de Estados Unidos, y una parte fundamental de su estrategia. ‘Acero y no carne’ era el mantra; ambas naciones estaban decididas a utilizar la tecnología moderna y la mecanización para limitar el número de jóvenes enviados al frente. En comparación con la Alemania nazi o la Unión Soviética, por ejemplo, con sus enormes ejércitos y sus ya monstruosas listas de bajas, la estrategia estaba resultando ser notablemente exitosa y eficaz. El poder aéreo había frenado las ambiciones alemanas en 1940, había contribuido a ganar la batalla del Atlántico y había salvado al Octavo Ejército británico en el verano de 1942 cuando se había replegado en retirada hacia la línea de El Alamein en Egipto. La aviación aliada también había contribuido en gran medida a la victoria en el norte de África y, más recientemente, al éxito de la conquista de Sicilia. Sin embargo, en lo que respecta a la campaña aérea estratégica contra Alemania -es decir, la guerra de bombardeo-, el mariscal del Aire sir Arthur Harris, comandante en jefe del Mando de Bombardeo de la RAF, no había podido lanzar su asalto aéreo total contra Alemania hasta marzo de 1943 (es decir, medio año antes de la victoria en la isla italiana), y la Octava Fuerza Aérea de Estados Unidos solo había acumulado suficientes bombarderos y cazas en los dos últimos meses, un año después de sus primeras operaciones en Gran Bretaña, para contribuir de forma significativa al esfuerzo para machacar a Alemania desde el aire”.

Además, se encontraban en pleno otoño, y las lluvias eran constantes, con nubes bajas y días acortados, lo que dificultaba claramente las posibilidades operativas de los aviones británicos. En este momento la soberbia máquina bélica del ejército del Aire de los Estados Unidos estaba ya a pleno rendimiento, y, además, eran la pléyade de los mejores pilotos del mundo, ya que provenían de un entrenamiento muy completo y eficaz, que realizaban en los cielos amplios y abiertos de sus estados de Florida, Texas y Arizona, entre otros de mayor o menor enjundia, donde el Astro Rey estaba casi en su apogeo y en su máxima luminiscencia en la mayor parte de las horas diurnas. Se tiene la certidumbre de que, por ejemplo, en 1943 un piloto británico acumulaba unas doscientas horas de vuelo, mientras que, en el mismo espacio de tiempo, un piloto de caza norteamericano alcanzaba, fácilmente, más de trescientas. Los pilotos de caza alemanes estaban más bien escasos de entrenamiento; ya que la Luftwaffe había sido infravalorada e infrautilizada, aunque cuando en principio había nacido en el año 1935, y se había erigido en el símbolo del nuevo dinamismo militar del Tercer Reich, con sus nuevos y relucientes aviones de combate, bombarderos y bombarderos en picado. En los inicios de la guerra habían sido el símbolo máximo de la guerra relámpago alemana o bkitzkrieg, y eran los eximios exponentes de la Wehrmacht en pos de crear una buena dosis de conmoción y de pavor cuando atacaban a sus enemigos. Además, habían fracasado, hasta cierto punto, en la batalla de Inglaterra, a causa de la megalomanía de su jefe Hermann Göring, y además, para completar más si cabe su desazón, se había culpado a los aviadores alemanes del desastre padecido entre junio y septiembre de 1943 cuando habían perdido la friolera de 704 aviones en el frente oriental contra la URSS, pero nada comparable con los 3502 destrozados en el Mediterráneo, la mayoría de ellos en el vano intento de salvar Sicilia y evitar que los italianos abandonasen la guerra. Este esfuerzo era insostenible, ya que además de todo ello, era obligado que se encargasen de la defensa de las ciudades alemanas, que estaban siendo masacradas con continuados bombardeos nocturnos de la RAF, y cuyos aviones estaban siendo ayudados por los bombarderos pesados norteamericanos atacando diurnamente a estos objetivos civiles alemanes.

«La crucial batalla aérea que decidió la Segunda Guerra Mundial. En la tercera semana de febrero de 1944, las fuerzas aéreas aliadas con base en Gran Bretaña e Italia lanzaron su primera gran ofensiva de bombardeos contra Alemania. Su objetivo: aniquilar las principales fábricas y centros de producción de la Luftwaffe y, al mismo tiempo, atraer a los aviones alemanes a una batalla aérea de desgaste con la que neutralizar a la aviación germana antes del desembarco de Normandía. Oficialmente llamada operación Argument, esta ofensiva aérea no tardó en conocerse como la Gran Semana’, y fue uno de los momentos decisivos de la Segunda Guerra Mundial. En este épico relato, abundante en historias de valor y heroísmo, el célebre historiador James Holland sigue la suerte de pilotos, tripulantes y civiles de ambos bandos. A través de entrevistas, relatos orales, diarios y documentos oficiales, entraremos en los cuarteles generales, volaremos con los cazas y los bombarderos, visitaremos las posiciones antiaéreas y asistiremos al caos civil en tierra. Descubriremos así, con multitud de detalles, la campaña tal y como se concibió y se desarrolló, y las experiencias de los soldados, pilotos y tripulantes que la combatieron. Escrita por James Holland, el maestro de la historia narrativa, "La Gran Semana" es la obra fundamental para comprender la campaña aérea que decidió la Segunda Guerra Mundial y determinó los destinos del mundo».

A fuer de pecar de reiterativo, no tengo empacho en indicar la calidad historiográfica indubitable de las obras de esta editorial, y por consiguiente esta cumple el axioma: ¡Sobresaliente, necesaria, rigurosa y esclarecedora! «Ut placeat Deo et hominibus. ET. Auditur et altera pars».

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