Los responsables de la editorial Libros del Kultrum ya nos habían advertido al enviarnos gentilmente un ejemplar de cortesía para reseña de "La banda sonora de nuestras vidas" de Jude Rogers de que íbamos a disfrutar con su lectura, y a fe de Dios que así ha sido. Una obra que invita a una segunda y hasta una tercera lectura, además de proporcionarnos una playlist infinita que se puede escuchar antes, durante o después de descubrir los gustos musicales que han acompañado durante toda su vida a la autora, una reputada cronista musical que actualmente se puede leer en el prestigioso diario The Guardian (aviso para navegantes: indispensable proveerse de cualquier artilugio donde se puedan ir anotando el sinfín de canciones aka enciclopedia musicada que se van citando a lo largo y ancho del libro). Y es que, aunque nos pese, estamos hechos de canciones, aquellas que quedaron marcadas a fuego lento en nuestra memoria y que forman parte intrínseca de nuestro ADN. Melodías que cuando suenan a nuestra vera nos hacen esbozar una sonrisa o nos invitan al llanto más desolador, bien porque nos transportan a algún momento agradable vivido o bien porque nos recuerdan que el mundo puede ser muy puñetero y el dolor nos puede estar acechando a la vuelta de la esquina. En este último aspecto la obra puede resultar demoledora, porque a medida que Jude Rogers nos habla de su experiencia en parte también nos interpela a que echemos la vista atrás y caigamos sin remisión en ese ejercicio de nostalgia que es rememorar nuestras melodías, aquellas que como ella bien dice “parecen dirigidas sólo a nosotros, sin que pensemos que muchas otras personas también las pueden haber hecho suyas”. Cada capítulo se centra en una canción en particular, y encontraremos doce en total. Pero antes de que empiece a sonar el disco la autora nos brinda una introducción que solo podemos tildar de conmovedora. La pequeña Jude tiene cinco años y está en el umbral de la puerta mientras su padre se despide con la mano antes de una operación en el hospital. Ambos comparten la pasión por la música pop, y antes de irse, él le pide que le diga qué canción llega al número uno en las listas de éxitos de esa semana. Murió dos días después. Rogers recuerda a menudo ese momento: por qué esa información era importante para su padre y por qué ha tenido tanto peso en su mente desde entonces. Se da cuenta de que la música era su profunda forma de conectar el uno con el otro y que las canciones que amaban eran una extensión mágica de sus vidas cotidianas. El resto de las canciones representan otros momentos importantes de la infancia, la adolescencia y la carrera de Rogers como crítica musical. "Prince Charming" de Adam Ant le mostró lo emocionante y vibrante que podía ser la música. La interpretación de "Buffalo Stance" por Neneh Cherry en Top of the Pops, estando embarazada, fue un ejemplo inspirador de una mujer que triunfa en la industria musical. "Drive" de R.E.M. marcó su obsesión adolescente con Michael Stipe y la emoción que sintió al entrevistar a su ídolo años después. Si tuviera que escoger un capítulo me quedaría con el último, en el que habla con el genio de Prefab Sprout, Paddy McAloon. Rogers cuenta que la música no le transmitía lo mismo durante la pandemia, perdiendo parte de su encanto, hasta que escucha la épica "I Trawl The Megahertz" de Prefab Sprout en la radio de su coche y recupera la inspiración. Consigue entrevistar a McAloon y hablan del extraño poder de la música; por ejemplo, cómo a menudo recordamos los detalles más insignificantes de la primera vez que escuchamos una canción espectacular. En el caso de McAloon, recuerda cuando, de adolescente, entraba en casa para comer y se agachaba para atarse los cordones justo cuando los primeros compases de "Good Times" de Chic resonaban en sus oídos. Todavía puede ver el cordón y la vieja radio en la que sonaba, porque es un momento imborrable en su memoria. Por último comentar un aspecto del libro que me ha sorprendido sobremanera: Rogers entrevista a varios científicos para comprender qué sucede en nuestro cerebro cuando escuchamos una canción que nos encanta. Para mí, basta con que ocurra la magia; no necesito que me expliquen el truco. Pero eso es cuestión de gustos, y estoy seguro de que a muchos lectores les va a resultar fascinante. Lo que más me gustó de este libro fue la perspectiva personal, y en particular la emoción que Jude Rogers imprime a su escritura. Admiro profundamente cómo ha convertido su pasión en su profesión y la elocuencia con la que narra su historia. Recomendado encarecidamente para todos los amantes de la música. Puedes comprar el libro en:
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