Al enfrentarse a la obra de Ángel Olgoso sin preparación previa, se obtiene rápidamente una certeza: lo que se tiene ante sí es algo único, que no puede ser medido ni evaluado. La exuberancia en todos sus aspectos —temáticos, procedimentales y estéticos— es una de las características más notables de "Holobionte". Los humanos, como holobiontes, somos ecosistemas formados por la simbiosis entre diversas especies que colaboran entre sí. En las narrativas de Olgoso, la utilidad mutua también se manifiesta en relaciones marcadas por la penuria, el dolor físico o moral y situaciones de sometimiento, abordando con ironía y escepticismo la profunda desconfianza hacia los demás. ¿Qué es Holobionte? Es el cuarto volumen de mis relatos completos, organizados temáticamente en seis tomos, que está publicando la editorial leonesa Eolas. Aquí he extraído todos los escritos en más de cuarenta años con referencias al prójimo y la sociedad. Quizá el título perfecto para esta obra ya lo usó para el suyo en el siglo XVIII un monje benedictino, fray Juan Crisóstomo de Olóriz: “Molestias del trato humano”. Un tomito que fue el libro de cabecera de Pío Baroja y al que volvía cada vez que era víctima de algunas de las mil refinadas formas en que nuestros semejantes tienen por costumbre incomodar a los demás, queriendo o sin querer. El título mío, Holobionte, es una actualización antropológica y empírica de las asociaciones y lazos de los seres humanos, de sus procesos de colaboración o dominación; remite al término acuñado por la bióloga Lynn Margulis para designar el ecosistema conformado por la simbiosis entre especies que colaboran entre sí y, al hacerlo, acaban modificando el medio en que viven. Los humanos mismos somos holobiontes: nuestro cuerpo aloja miríadas de microorganismos que cumplen diversas funciones en su propio beneficio y en el nuestro. ¿Se trata entonces de una visión casi entomológica del fenómeno humano, dentro del cual no somos conscientes de nuestra pequeñez? En cierto modo sí, se podría decir que en Holobionte he bajado al barro. Como apunta Raúl Brasca en su prólogo, y como sugiere la hermosa e impactante portada de Marina Tapia, este libro es una visión crítica de la sociedad humana. Creo que era Pla el que dijo que los sentimientos provocados por los contactos entre personas pueden llegar a tan sólidos que se podrían estudiar con la misma precisión que uno puede poner en la observación de las arañas o de las hormigas. Contempladas desde una nube, estas animosidades resultarían insignificantes si pudiesen ser vistas. Apreciadas de cerca, fastidian y molestan porque generalmente son incomprensibles. Y es que las ficciones sociales a menudo son fricciones amargas. Estos relatos tratan sobre la desconfianza en la compañía humana, sobre las misteriosas y azarosas órbitas en las que todos nos movemos y que provocan dolorosas colisiones, rivalidades y sometimientos, pero también abarcan situaciones más dulces, compañías menos ásperas o incluso gloriosas: desde textos que narran colaboración, lealtad, abnegación y amistad en distintos grados, pasando por variadas formas de amor filial, hasta un texto que describe los momentos climáticos de la pasión, de la fusión más íntima y completa entre dos personas (“Émula de la llama”). En definitiva, nos acompañamos, nos hacemos daño, nos amamos mientras intentamos responder nuestra pregunta primordial: ¿estamos vivos antes de morir? Imagino que, al igual que los tres primeros volúmenes, Bestiario, Sideral y Estigia, continúa aquí esa diversidad de registros estilísticos, de escenarios, de épocas, de voces y miradas que es una de las marcas de la casa. Desde luego. No es sólo que me apasione la versatilidad, la exuberancia de formas, que disfrute contemplando la realidad desde distintas perspectivas o haciendo cabriolas, es que pienso que todo ello enriquece la lectura. En cualquier caso, esa pluralidad está al servicio del tema de Holobionte, el de sacar punta a la condición humana, al cíclico teatro de la vanidad, la estupidez y la crueldad de los hombres. En ese espejo incómodo y nada complaciente hay miradas irónicas acerca de ella, sarcásticas, terroríficas, tiernas, implacables, cómplices o esperanzadoras. Es un caldero donde hierven los sentimientos, la fatalidad, las luchas de poder, los encontronazos de unos contra otros como carneros salvajes, los protocolos hipócritas, las miserias, las vilezas, las humillaciones, pero también las entregas desinteresadas. En muchos de sus relatos, la inocencia y la singularidad de los protagonistas se ven amenazadas por el carácter despótico del prójimo o por la brutalidad de las instituciones. He intentado mirar la naturaleza humana no sólo con su patetismo, sus prejuicios, incoherencias y servilismos, sino también con sus grandes cualidades, su constancia, entusiasmo o solidaridad. Por estas páginas pasean misántropos, solipsistas, vecinos inquietantes, padres e hijos, máscaras y dobles, tribus y corporaciones, revoluciones y reconciliaciones, ceremonias grupales, guerras civiles, veladas absurdas, historias de amor y desamor. Para Cioran, de cuyo pensamiento usted parece sentirse tan cerca, la humanidad es un experimento fallido, y él arrojaba su odio absoluto contra el mundo entero. Supongo que, además de la filosofía pesimista de Schopenhauer y de la nihilista de Cioran, también ha influido en mi visión crítica y sombría del ser humano el gusto por el Romanticismo Negro, el Simbolismo o el Decadentismo. Pero es difícil -sobre todo en momentos como estos- no ser pesimista y pensar que la historia de la humanidad es la historia de sus guerras, que todavía no puede pensar en sí misma como ‘humanidad’, que tiene aún una constitución tribal, y que dirime por tanto con guerras las diferencias entre tribus. Según el biólogo E. O. Wilson, hemos creado una civilización de la Guerra de las Galaxias, con emociones de la Edad de Piedra, instituciones medievales y tecnología que parece de dioses. Para Einstein, tres fuerzas gobernaban el mundo, la estupidez, el miedo y la avaricia. Pla consideraba la entrada en nuestra vida de otras personas, con su agitación, una de las causas más profusas y perennes de dolor. La teoría de que el hombre es un ser espiritual y moral le parecía grotesca, y creía que el hombre, con sus cosas inherentes a la animalidad humana, no es más que lo que es en cada momento. Albert Caraco, en su Breviario del caos, apunta que “los hombres se hacían la guerra por la posesión del suelo, mañana se matarán mutuamente por la posesión del agua; cuando el aire nos falte, nos degollaremos con el fin de respirar en medio de las ruinas. El exterminio será el común denominador de las políticas por venir. No subsistirá isla en la que los poderosos puedan ocultarse al infierno general que nos preparan, y el espectáculo de su agonía será la consolación de los pueblos que extraviaron”. Para Salvador de Madariaga, los hombres en general eran malos, bichos de naturaleza perversa, y lo que habría que esforzarse por obtener sería que hicieran el menor daño posible (¡convendría incluso procurar que durmieran cuanto más mejor, porque no cometen fechorías cuando duermen!). Según H. G. Wells, ningún camino intermedio se abre ante la humanidad: o se eleva o se hunde. Y, en un reciente artículo, Vila-Matas recuerda que el cerebro humano consta de una pequeña parte, ética, racional y todavía muy pequeña, y de una enorme trastienda bestial, territorial, cargada de miedos, irracionalidades e instintos asesinos. En definitiva, habrá que tener mucha paciencia para este largo viaje a la civilización. Mientras tanto, resulta de lo más tentador pensar que el ser humano no tiene remedio, que seguramente nos vamos a extinguir como los dodos. Como mínimo, la sociedad del futuro será -es- una esclavitud sin amos.
¿Hay algún relato por el que sienta especial predilección en esta recopilación? Curiosamente, Holobionte contiene el que considero el mejor relato que he escrito nunca, “El síndrome de Lugrís”, el más extenso, con el que he descrito un síndrome nuevo o, al menos, le he puesto nombre a algo que no lo tenía: para mí fue como mi propia subida al Everest, un esfuerzo titánico que me consumió ocho meses de escritura y de vida en mi humilde búsqueda de la excelencia literaria. Tardé tanto porque me exigió una mayor extensión para hacer verosímil el descenso a la locura del personaje, Manuel Lugrís, que siente, en mitad de una calle atestada, un momento epifánico pero terrible (la regularidad de todos los rostros humanos, el demonio de la simetría, la pesadilla de la repetición de los rasgos físicos de la especie) que acaba llevándolo a la locura. Vivimos en la conciencia de un único yo, que cada uno de nosotros se cree el centro del mundo -algo lógico, producto de la tiranía de nuestra conciencia individual y de las vivísimas sensaciones físicas proporcionadas por nuestro cuerpo-, cuando no somos más que integrantes anónimos de las infinitas arenas de una playa. Durante cuatro décadas he escrito relatos que son una visión de conjunto de la especie, otros que aplican a los seres humanos una lente de aumento, y otros que podríamos llamar bifocales, donde se alternan las dos perspectivas. Me gusta pensar en “El síndrome de Lugrís”, y en todos los demás textos que integran Holobionte, como ventanitas desde las que asomarse a las simas de la condición humana, desde las que preguntarse quiénes somos y cuál es nuestro lugar en el universo. Las experiencias, las relaciones, los sueños, los vínculos que nos unen y los rencores que nos separan, destilado todo ello por medio de la alquimia de las palabras, permiten singladuras únicas a cada lector, viajes siderales al fondo de cada uno donde descubrir que no somos más que polvo de estrellas. ¿La relación más radical de todas es la que se establece con los otros? Sin duda. Somos, dentro de nuestro entorno social, como esas moléculas que nos conforman y que interactúan en un espacio vacío tridimensional, como bolas de billar en manos del azar: basta un roce con otra para salir disparada hacia otro rumbo. Más que el resultado de determinadas circunstancias, lo somos de la confrontación con ciertas circunstancias. Kafka decía que las organizaciones humanas no son agua que se puede pasar de un vaso a otro, pero en todas partes ocurre que para que unos estén contentos otros tienen que no estarlo. Existen interacciones entre personas que se asemejan a las relaciones entre objetos (las bolas de billar no se encuentran, chocan), sin embargo a veces ocurren verdaderos encuentros, justo cuando un alma toca otra alma. Hay de todo. Algunos semejantes son como las epífitas del bosque pluvial: plantas que crecen en otras plantas, sobre todo en árboles, gracias a su soporte, su trabajo, su buena voluntad y su inocencia. Sin eso no sobrevivirían porque no tiene raíces en el suelo. Otros, sin embargo, son como los líquenes, un ejemplo de que la colaboración es transformadora. Pero todos vivimos en una red natural donde los seres vivos dependen unos de otros para sobrevivir y mantener el equilibrio en los ecosistemas de la Tierra. Los humanos somos en definitiva como los microorganismos de un sistema intestinal, y me temo que nuestra microbiota está enferma y necesita urgentemente probióticos: respeto, comunicación, empatía, cooperación, bondad, cortesía, concordia. A diferencia de los tres primeros volúmenes de sus relatos completos, en Holobionte parece haber una mayor cantidad de microrrelatos. Ahora que lo señala me doy cuenta de que es cierto que en esta agrupación predominan los relatos bastante breves. Al tratarse de una recopilación de cuarenta años de escritura (aunque las narraciones no están extraídas en orden cronológico), conviven en Holobionte distintos registros y distintas extensiones, desde el microrrelato de una línea hasta el relato más largo que he escrito jamás (“El síndrome de Lugrís”). Ha sido una coincidencia, provocada quizá por el tema mismo del volumen -el cruce entre individuo y sociedad- y por el pudor a la hora de tratar in extenso el rumor de la colmena humana, el eterno y delicado problema de la incomprensión de los seres, de sus complejísimas relaciones. En cualquier caso, pese a esta puntual abundancia, mis relatos siempre se han movido -paradójicamente- entre la concisión y la precisión y la exuberancia de detalles. Y siempre me he plegado por completo a las exigencias del texto, independientemente de la extensión. La soberanía de la historia es sagrada, no se puede forzar, ni podándola ni hinchándola. La violencia hacia el otro es una de las actitudes más presentes en los relatos de Holobionte. Totalmente de acuerdo, hay numerosos ejemplos de relatos centrados en luchas de poder o de roles, sometimiento, humillación, ambición, crueldad, etc., en toda esa violencia que está instalada en cualquier estrato de la sociedad, ya sea de manera difusa o explícita. Annie Dillard lo dijo con ironía: “Testimonios de los expertos lo confirman: ahí afuera las pasan canutas, con la mitad de las criaturas intentando escapar de la otra mitad”. O comes o eres comido. Todos tenemos algo de monstruo y, por tanto, en algún momento todos podemos ser un monstruo para otros. No hay más que recordar las toneladas de sufrimiento que los humanos hemos sido y somos capaces de infligir a otros humanos, esa invasión tan perturbadora y persistente de la barbarie. No hay más que ver cómo nos acaba afectando a todos la mala cabeza y las malas intenciones de unos pocos o de muchos de nuestros semejantes. Parece que estamos tocando fondo, que vivimos en un mundo sobresaturado de falta de empatía y de crueldad, sobre todo por parte de unas élites depredadoras, avariciosas, sin escrúpulos, y de ovejas que balan jaleándolas, cada vez más asustadas y descerebradas. Resulta descorazonador. Nunca acabas de conocer por completo al otro. Exceptuando a esas raras criaturas que consiguen ser felices, o esa parejas que está milagrosamente conectadas como palomas mensajeras, muchas personas, para no sentirse defraudadas o traicionadas, prefieren la soledad a sufrir compañía; en un primer momento puede ser un poco áspera, pero luego -si es elegida- puede llegar a ser algo maravilloso, sereno y enriquecedor. Para terminar ¿es posible en su opinión una manera civilizada de convivir? Es imprescindible. Las relaciones humanas pueden y deben ser motivo de cordialidad. Hay mucha más gente comprensiva que tiznada de crueldad. Cada ser humano me parece un milagro, decía Julián Marías. Habría que hallar el valor extraviado de las palabras, de escuchar y contar, de sentir compasión, de recuperar nuestra humanidad. Puede que el verdadero encanto de la existencia resida en la belleza de darse a los demás. Recordemos el lema humanista de la Institución Libre de Enseñanza: “Todo lo sabemos entre todos”. Puede que, después de todo, no sea el prójimo el más experto de los torturadores, sino uno mismo. Pero nada de esto será posible hasta que se imponga por sí sola la forma más noble de inteligencia, la empatía, esa apertura del corazón, esa capacidad de ponerse en el lugar del otro. Hasta que dejemos de estar separados por las fronteras de la mente; a un lado el respeto y el pudor, y al otro el abuso, el dominio o la barbarie. Y es que el mal y la fealdad ya se cuidan solos, son el bien y la belleza los que necesitan de nuestros cuidados. Puedes comprar el libro en:
+ 0 comentarios
|
|
|