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"Esa manera lenta", de Ricardo Martínez-Conde

Ediciones Vitruvio. 2015
jueves 06 de agosto de 2026, 22:21h
Esa manera lenta
Esa manera lenta

Un libro, por definición, es una sucesión, una flecha que va de la primera a la última página, y toda flecha, ya lo sabía cierto griego perplejo ante una tortuga, es una forma de dudar sobre si el movimiento existe. Martínez-Conde no ignora esta forma de especulación. Sus poemas avanzan y, al mismo tiempo, se demoran en la posibilidad de no haber avanzado nunca, como si cada composición fuera una variación sobre un único poema inmóvil, anterior al libro, del cual estas páginas fuesen su sombra proyectada. En su refinado sentido de la composición, las piezas que componen el libro no obedecen a una acumulación arbitraria: determinados motivos reaparecen, cambian de tonalidad, se enriquecen con nuevos matices y terminan construyendo una unidad profunda que el lector percibe incluso antes de identificarla racionalmente No sería impropio imaginar que este libro ha existido siempre y que el autor no ha hecho sino descubrirlo lentamente, como quien reconoce un sendero oculto en un bosque frecuentado durante toda la vida.

La memoria puebla estas páginas, más como arquitectura que como archivo. El poeta construye, con materiales del recuerdo, una casa que jamás existió tal como se la describe, pero que resulta —y esta es la argucia esencial de toda literatura sincera— más verdadera que la casa efectivamente habitada. El niño que hace girar la llave de una ambulancia de juguete no es, en rigor, un niño: es la posibilidad abstracta de toda infancia, el punto desde el cual la nostalgia, ese sentimiento que finge mirar hacia atrás cuando en realidad inventa lo que mira, empieza a operar su discreta alquimia. El objeto minúsculo —la cajita de cartón, la llave plateada— funciona como esos aleph domésticos que algunos libros esconden entre sus páginas: cifras diminutas donde cabe, comprimido, todo un universo. Bajo la serenidad de la superficie actúan fuerzas discretas: la nostalgia reorganiza el pasado, la identidad se negocia continuamente con el paisaje y el tiempo deja de ser una progresión de acontecimientos para convertirse en una cualidad del espíritu. La lentitud aparece así no como una disminución de la experiencia, sino como su condición de posibilidad.

Hay también, dispersa entre las páginas, una aritmética secreta. El poeta dedica un poema a los números —del uno solitario y conmovido hasta el diez que “somos todos”— y en ese gesto, aparentemente lúdico, se cifra una de las intuiciones más antiguas y más inquietantes de la especulación filosófica: que el orden numérico no es una convención humana, sino un espejo donde se refleja, deformada pero reconocible, la estructura íntima del destino. Contar, sugiere el libro, es una forma de rezar; y todo poema, en el fondo, no hace sino contar de nuevo lo mismo, con la esperanza de que la repetición produzca, alguna vez, una revelación.

Acaso el mayor logro de Esa manera lenta consista en alterar discretamente la mirada del lector. Al cerrar el libro, la lluvia ya no es únicamente lluvia, ni un camino es sólo un camino, ni el silencio representa una ausencia del decir. Todo parece haber adquirido una segunda naturaleza, más secreta y persistente. Y uno sospecha, con una ironía que acaso el propio tiempo comparte, que esa transformación no comenzó durante la lectura, sino mucho antes, quizá en un instante olvidado cuyo recuerdo el libro ha querido devolvernos sin que lleguemos nunca a reconocer del todo cuándo ocurrió.

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