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"Despedidas", de Julian Barnes

Traducción de Jaime Zulaika, Ed. Anagrama, Barcelona, 2026
jueves 11 de junio de 2026, 18:17h
Despedidas
Despedidas

Sin duda, este curso ha sido un gozoso suceder de novelas excepcionales, desde Ella Minnow Pea Mark Dunn, escrita en 2001, pero que ve la luz en España en 2025 de la mano de la editorial EDA hasta Un siglo llamado invierno de Francisco Morales Lomas, pasando por Los nombres de Feliza de Juan Gabriel Vásquez, Canon de cámara oculta de Enrique Vila-Matas, El barón Wenckheim vuelve a casa de László Krasznahorkai, Margarita Landi, la rubia del velo y de la pistola de Javier Velasco Oliaga y Maudy Ventosa y, por supuesto, toda la belleza de las ediciones de Pedro Tabernero. Ahora, otra joya nos llega. Despedidas, un título adecuado si consideramos que el propio autor, Julian Barnes afirma que esta novela de amor, amistad, identidad, reflexión sobre el quehacer narrativo, vejez, muerte y memoria, será la última que escriba. Sus lectores, esperamos que no sea así.

En una entrevista al diario español El País, en enero de 2026, Barnes reconoció que será su último libro publicado, pero que no dejará de escribir: “Lo haré para los periódicos, o ensayos y cosas de ese estilo. La idea comenzó a germinar cuando ya estaba a mediados de mis setenta años. Me dije a mí mismo, ‘un día de estos estaré escribiendo mi último libro y la muerte lo cortará bruscamente”.

Barnes es un novelista genuino que sabe llevar al terreno de la amenidad, toda su escritura. En su mezcla de géneros literarios, cierto anhelo investigador, los destellos del ensayo, las maravillas de su museo literario, su tierno humor sobre las inconveniencias de las enfermedades o los juegos con el Nobel de Literatura y una mirada profundamente lírica que aborda la historia de un escritor y una pareja de amigos desde la época universitaria de Oxford, que vuelven a ser reunidos cuatro décadas después. Eran y siguen siendo especiales. A su nostalgia habitual e indudable ironía, le suma ahora unas prisas inexorables por terminar el libro sin la inoportuna visita de la muerte, pues con un cáncer “ incurable pero tratable” , describe un doble camino entre el proceso del tumor, al que el autor no le ha puesto nombre, y un tránsito de recuerdos, amor(es), desamor(es), miedos, cualquier episodio que con independencia de ser ciertos se convierten en reales desde el mismo momento en que la mente ordena a la memoria que formen parte del ser, hasta llegar a “una tragedia con un final feliz”. Barnes es un pesimista alegre que tiende a buscar el lado bueno de las cosas. Curiosamente, el estilo narrativo de Barnes por la temática y las circunstancias, ahonda en sus entrañas al tiempo que es más directo, la melancolía se entrelaza a la vez que su prosa es más limpia, más directa al corazón. Incluso, sus personajes le atacan directamente por esa escritura híbrida que desarrolla.

Para este lector interesado, Julian Barnes, Ian Mc Ewan, Hanif Kureishi son algunos de los más brillantes autores de una generación de escritores ingleses de primera magnitud.

Se percibe una insistencia en la necesidad de resolver desde la escritura, acaso la vivencia de la escritura, una pregunta: ¿Qué contiene más verdad, los recuerdos, los diarios, los sucesos o anécdotas contadas en múltiples ocasiones o la imagen que de nosotros mismos nos devuelven los demás? Entre ficciones y la no ficción, la historia de Jean y Stephen que le hicieron jurar y perjurar al autor de que nunca escribiera sobre ellos, va trazando esa historia y otras que se irán desplegando sobre el arte de la literatura, a veces mencionando a maestros y lecturas, especialmente la narrativa francesa que sería como lo otro de Inglaterra; otras veces citando a autores (Virginia Woolf, Nietzche, Eliot, François Mauriac, Edith Wharton, Brian Moore, Turguénev, Baudelaire, Updike, Chéjov, Mallarmé, Gautier, hasta Georges Brassens, etc) y, por supuesto, Marcel Proust que es aquí un personaje más de la novela que le abre campos de exploración para la memoria y la identidad, la conciencia y la sinestesia. En gran medida, todo libro asume la memoria como materia estructuradora, pero Barnes hace un esfuerzo especial por interrogar a ese lugar donde se superponen la degradación y el embellecimiento.

Recordemos su libro El loro de Flaubert, finalista del Premio Booker que finalmente logró con El sentido de un final. En gran medida, si su escritura se conoce por su enorme precisión, erudición, ironía, experimentación formal, reflexión metaficcional, la investigación histórica, la biografía novelada, la búsqueda du mot juste que identificó Flaubert. De hecho, El loro de Flaubert forma parte de la narración de Despedidas (p.42), con una lista de temas que deberían prohibirse temporal o permanentemente en la ficción. El escritor albanés, Ismael Kadaré recibió el premio BBK-La risa de Bilbao, en la III edición del festival, reconocido por su humor negro y kafkiano en su obra. Barnes, lo recibió dos años después y mostró su admiración por Kadaré, e insiste en ello, postulando a Kadaré para el Premio Nobel en varios momentos de Despedidas. Casi al final de la novela, nos menciona que Ismail Kadaré todavía no ha recibido el Nobel, y, que su perro Jimmy, un Jack Russell que le acompaña, murió unos meses atrás.

En gran medida, esa facilidad suprema por novelar biografías con grandes dosis de autobiografía nos desafía a desgranar lo verdadero de lo verosímil, lo verdadero de lo probable, lo verdadero de lo que hubiera podido ser, es decir, un abanico de matices que, según aconseja el autor puede buscarse en Google. En cualquier caso, insisto en la integridad, honestidad y sabiduría de Barnes como novelista. En p.207, nos escribe “No te digo cómo pensar ni cómo vivir. No escribo ex cathedra: los novelistas no deberían hablarles a sus lectores desde una presunta sabiduría superior. Prefiero la imagen de escritor y lector en la terraza de un café de una ciudad indefinida y un país indefinido”.

No sé muy bien la razón, pero la novela de Barnes me ha llevado a recordar la película All is lost con una genial interpretación de Robert Redford.

Me topo con una crítica en The New York Times, por Dwight Garner que dice: “Está aquí para escribir sobre su enfermedad y echar leña al fuego. Este es un testimonio breve y descarnado. La prosa de Barnes está en gran parte despojada; se asemeja a un gran velero que, ante una tormenta, ha arriado y guardado sus velas y aparejos para soportar mejor el castigo”.

En cualquier caso, la novela enfoca dos tiempos, y con ello va actualizando eventos, actualidades, por ello, es igualmente testimonio de las nuevas tecnologías, las redes sociales, el Covid. Incorpora igualmente a su relato, la tragedia con la noticia de la futbolista del Villareal, Virginia Torrecilla, advirtiendo que la vida no es justa ni equitativa. Una obra que sin ser extensa, 208 páginas, se convierte en un referente universal desde las manos de un escritor europeo. Julian Barnes también debe ganar el Nobel, pero otro magnífico escritor, compañero de generación, Kazuo Ishiguro lo recibió. Retornando a la pregunta que quería resolver el autor, verificamos unas declaraciones que, en cierto modo, ofrecen respuestas: “Cuando trabajaba en Nada que temer, un libro (de 2008) que trata sobre la muerte y la familia, escribí a mi hermano. Es filósofo y tiene tres años más que yo. Le dije que iba a escribir sobre nuestra familia, y también sobre él, y le pregunté si le importaba. Me contestó que en absoluto. Y que si mis recuerdos no coincidían con los suyos, usara los míos, porque probablemente eran mejores. Me pareció maravillosamente generoso, sobre todo viniendo de mi hermano. Desde entonces me he interesado y obsesionado cada vez más con la memoria. Porque también disminuye, aunque pensemos en ella como algo que permanece estable. Empeorará inevitablemente. Además, la memoria es algo más cercano a un acto de la imaginación que a una recuperación intelectual precisa [de los recuerdos]. Ahí está la paradoja. Las historias de tu vida que más veces recuentas son probablemente las menos fiables, porque son las que ajustas ligeramente cada vez que resurgen. En cada nueva versión sales mejor parado”.

De momento, el Premio Princesa Asturias de las Letras ratifica una obra absolutamente indispensable.

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