El 7 de octubre de 1571 en el golfo de Lepanto tuvo lugar la gran batalla de ese mismo nombre y, sobre todo, la Europa cristiana consiguió derrotar a las tropas mahometanas de los turcos otomanos de Ali Pasha. Toda esa apetencia conquistadora del Islam parte del viernes 25 de mayo de 1453 cuando los bizantinos trataban, tras unos terribles cuarenta días, de resistir el asedio otomano comandado por los cañones de los turcos y su bombardeo constante y destructor. Ya el último emperador romano de Oriente o Bizancio, llamado Constantino XI lo había indicado cuando se preparaba para la definitiva defensa de su grandiosa capital. “Luchemos juntos, compañeros y hermanos míos, para conseguir libertad, gloria y eterna fama. En vuestras manos deposito mi cetro. Aquí lo tenéis. ¡Salvadlo! En el cielo esperan vuestras coronas, y en la tierra vuestros nombres serán recordados con orgullo hasta el final de los siglos”.
El peligro otomano para los cristianos sería indiscutible, y de esta forma se contemplaba con cierto miedo por todos los gobernantes cristianos europeos. Ese día el Mar Mediterráneo se tiñó de rojo, y se estima que la sangría de seres humanos sería pavorosa, ya que murieron ochos mil soldados cristianos y más de treinta mil entre los mahometanos otomanos. La coalición de los estados cristianos-católicos estuvo formada por la Serenísima República de Venecia, los Estados Pontificios y España, que fue quien hizo el mayor gasto sociopolítico y económico, y consiguió, de forma taxativa, derrotar y frenar a los turcos otomanos en las aguas del Mare Nostrum. En esta gran batalla de Lepanto existieron muchos nombres preclaros, entre ellos Álvaro de Bazán, Juan de Austria y Miguel de Cervantes que de un arcabuzazo perdió la movilidad de sus articulaciones en el brazo derecho. Marcelo Gullo con su estructura intelectual habitual, y más que laudatoria, nos acerca a un nuevo análisis de Lepanto y, sobre todo, cuáles fueron las consecuencias de esa estruendosa conflagración marina para el ulterior desarrollo de la Europa cristiana del momento. Por consiguiente, a pesar del gasto de todo tipo que representó este hecho, el Reino de las Españas se transformó en el muro de contención justo, preciso y necesario para evitar que el Islam volviese a tener algún tipo de dominio en Europa. El historiador hispanoamericano considera que lo que su libro realiza es un nuevo acercamiento, para subrayar como este episodio marcó el destino cristiano del continente nacido de Roma. Para Marcelo Gullo la primera oleada islámica e islamista sería detenida en Covadonga y en Poitiers, y luego la Reconquista sería quien se encargaría de recuperar la Hispania romana, y el Reino visigodo de Toledo para el cristianismo de los Reinos de León, de Navarra, de Aragón, de Portugal y de Castilla. El autor defiende, con argumentos, que Mahomet II estaba convencido de que la Basílica de San Pedro del Vaticano sería la Gran Mezquita de Roma. Marcelo Gullo indica de forma taxativa, y muy documentadamente, que lo que pretende es poner nombres, causas y consecuencias, sobre lo que hubiese ocurrido si el vencedor se hubiese encontrado en el lado de los mahometanos. El autor deja bien claro que en el año de 1571 se enfrentaron en lo que siempre fue el mar de Roma, dos visiones diferentes y contrapuestas de entender la libertad, la fe, la cultura y la ley, sin olvidar al diferente concepto que ambas concepciones tenían sobre la mujer. Según se indica, Don Juan de Austria arengó a sus soldados indicando que: “A morir hemos venido, a vencer si el cielo así lo dispone”. No todos los contendientes en el bando de los cristianos pensaban o deseaban lo mismo. Los mercaderes de la Señoría de Venecia calculaban los beneficios que se podrían obtener de los musulmanes si eran los victoriosos, y, como siempre, Francia pactaba con todos aquellos que estuviesen en contra del Reino de las Españas; y además, los luteranos y los calvinistas deseaban la derrota de Felipe II de Habsburgo, por lo que solo los españoles católicos a machamartillo, y no tan tibios como en el futuro, se jugarían el todo por el todo. Por consiguiente, esta batalla era casi un Juicio Final para la cristiandad. Parece ser que sería la Santísima Virgen la que indicaría al papa Pío V que el almirante debería ser el hermanastro de Felipe II, Juan de Austria. “A mediados de junio de 1570, y ante la grave situación que vivía la Cristiandad, Pío V convocó en su despacho privado a los representantes de la Monarquía Hispánica y de la República de Venecia. Para comprender el estado de ánimo de Pío V conviene recordar la situación objetiva que vivía la Cristiandad. El Papa había fracasado una y otra vez en su intento de constituir una Confederación de la Cristiandad contra el imperialismo turco islámico. Por si eso fuese poco, cuando al fin logró conformar una mini liga cristiana solo integrada por Venecia, la Monarquía Hispánica y los Estados Pontificios, para tratar de frenar a los turcos en su intento de apoderarse de Chipre, esta fracasó estrepitosamente. En circunstancias normales, la reunión habría sido organizada por el secretario de Estado, el cardenal Giovanni María Cresci, pero las amenazas de Solimán el Magnífico de conquistar Roma aún resonaban en los oídos del Papa, que decidió actuar personalmente. En representación de España acudieron el cardenal Antonio Perrenot de Granvela, que había nacido en la localidad francesa de Besançon; el castellano don Francisco Pacheco de Toledo, también cardenal y obispo de Burgos, y el embajador ordinario en Roma, don Juan Bautista Silvestre de Zúñiga y Requesens, hermano del lugarteniente de Juan de Austria, Luis de Requesens. Venecia envió a su embajador, Miguel Soriano”. La denominada como Liga Santa era más que peligrosa para los intereses de la gran enemiga de las Españas, la Inglaterra de Isabel I Tudor, y, sobre todo, de su prudentísimo rey Felipe II. El domingo 7 de octubre, la flota de Juan de Austria y la escuadra de Ali Pasha se enfrentaron en un terrible combate, que se anunciaba como definitivo para cualquiera de los dos contendientes. La ciudad griega de Lepanto, situada en el norte del golfo de Corinto, vería la llegada de las dos armadas, la turca conformada por unos doscientos sesenta navíos, y la cristiana unos cincuenta menos. La táctica sería muy arriesgada, pero era la tradicional, consistiendo en que cada barco elegiría a un enemigo para embestirlo. Generales, capitanes y soldados sabían que se dirigían a un pavoroso combate que acabaría siendo una carnicería cuerpo a cuerpo, ya que cada soldado se vería obligado a luchar con sus propias manos utilizando el estoque y las pertinentes dagas. Los clérigos cristianos confesaban y bendecían a los soldados de la Liga Santa, mientras que los imanes musulmanes salmodiaban versículos del Corán. “Se preparaban para una lucha salvaje, extenuante y sucia, donde la sangre, las vísceras y los restos humanos constituían el decorado de fondo. La muerte por un tajo de alfanje, una pedrada de culebrina o abrasado por el fuego no era tan temida como el ahogamiento. Muy pocos sabían nadar y, aun sabiendo, caer al agua con la coraza y las armas en la mano era una muerte segura”. En este enfrentamiento, obviamente, se enfrentaban dos conceptos diferentes de comprender a la divinidad, eran dos creencias religiosas que se odiaban, y no cordialmente, pretendiendo llevar ambas religiones hasta el último confín de la tierra, una de ellas mucho más dogmática que la otra. «Marcelo Gullo vuelve con un libro valiente que reivindica la famosa y épica batalla naval de Lepanto como el hito que salvó a Europa de la islamización. El 7 de octubre de 1571 tuvo lugar uno de los enfrentamientos entre musulmanes y cristianos más importantes de la Historia. Aquel día, el mar se tiñó de rojo: murieron ocho mil cristianos y más de treinta mil musulmanes, pero la coalición católica, formada por España, Venecia y los Estados Pontificios, consiguió derrotar al todopoderoso Imperio otomano. España actuó como muro de contención de la expansión musulmana en el mundo, y esta es la nueva perspectiva desde la que parte Marcelo Gullo para explicar las consecuencias que tuvo en el desarrollo de la cultura occidental y de Europa, poniendo de relieve, una vez más, la importancia del Imperio español. Pero el autor no solo narra el relato épico de Lepanto, sino que también realiza un viaje al pasado para volver al presente con un mejor bagaje de hipótesis explicativas con las que aproximarse al futuro. Su conclusión es que el Viejo Continente sufre actualmente una invasión silenciosa protagonizada por el mismo poder que España detuvo en Covadonga y en Lepanto, y que si el ‘choque de civilizaciones’ fue el eslogan inventado por Samuel Huntington, a petición de la CIA, para justificar las acciones del imperialismo norteamericano en Oriente Medio, no es menos cierto que los líderes religiosos y políticos del mundo islámico jamás han dejado de soñar con convertir la Basílica de San Pedro en la mezquita más grande del islam». En suma, una obra complicada e interesante, y que debe conocerse fehacientemente porque completa, sin ambages, la certidumbre que se debe tener sobre aquella gran conflagración bélica. «Ea quam pulchra essent intellegebat. ET. Cecinerunt tubae». Puedes comprar el libro en:
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