El profundo lirismo que impregna la prosa de Azorín. VI
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| Castilla |
1820. Una flauta suena en la noche: suena grácil, ondulante, melancólica. Si penetramos en la vetusta ciudad por la Puerta vieja, habremos de ascender por una empinada cuesta; en lo hondo está el río; junto al río, en elevado y llano terreno, se ven dos filas de copudos y viejos olmos; de trecho en trecho aparecen unos anchos y alongados sillares que sirven de asiento. La oscuridad de la noche no nos permite ver sino vagamente las manchas blancas de las piedras. Allá, a la entrada del pueblo, al cabo de la alameda, una viva faja de luz corta el camino. Sale la luz de una casa. Acerquémonos. La casa tiene un ancho zaguán: a un lado hay un viejo telar; a otro, delante de una mesa en que se ve un atril con música, hay un viejecito de pelo blanco y un niño. Este niño tiene ante su boca una flauta. La melodía va saliendo de la flauta, larga, triste, fluctuante; la noche está serena y silenciosa. Allá arriba se apretuja el caserío de la vetusta ciudad; hay en ella una fina catedral con una cisterna de aguas delgadas y límpidas en un patio; callejuelas de regatones, percoceros y guarnicioneros; caserones con sus escudos berroqueños, algún jardín oculto en el interior de un palacio. Los viajeros que llegan -muy pocos viajeros- se hospedan en una posada que se llama La Estrella. Todas las noches, a las nueve, por la alameda, de cabe al río, pasa corriendo la diligencia; durante un momento, al cruzar frente a la casa iluminada, los sones gráciles de la flauta se ahogan en el estrépito de hierros y tablas del destartalado coche; luego otra vez, la flauta suena, y suena en el silencio profundo, denso, de la noche. Y por el día, este viejo telar marcha y marcha con su son rítmico.
Apoyo léxico. Grácil. Delicado, tenue [el sonido de la flauta]. Vetusto. Extremadamente viejo y anticuado. Copudo. Que tiene mucha copa (ramas y hojas que forman la parte superior de un árbol). De trecho en trecho. De tiempo en tiempo. Alongado. Más largo que ancho. Al cabo de. Después de. Regatón. Hombre que fabrica piezas de hierro para poner en el extremo inferior de bastones, paraguas, etc. Percocero. Hombre que labra a martillo obra menuda de platería. Berroqueño. Granítico. De cabe a. Junto a.
Ante todo y sobre todo, Azorín es un gran paisajista. Pocos como él han sabido percibir el alma de los pueblos castellanos y de sus gentes, y evocar los ambientes vetustos -con ligero sabor arcaico- de tantos lugares de Castilla en los que el tiempo parece que se ha detenido. Azorín se ha dedicado a desentrañar las bellezas que se esconden en las áridas estepas y en las calvas y ceñudas montañas castellanas, en las antiguas ciudades provincianas y en las aldeas perdidas, sumidas en la quietud de su inmovilismo; y las ha descrito con sostenida emoción cargada de lirismo, hasta extremos tales que el sentimiento de la naturaleza es consustancial a esa evocación de la vida castellana tradicional que se desparrama por sus obras. Y precisamente de su obra Castilla entresacamos el comienzo del texto titulado “Una flauta en la noche”.
Muchos de los rasgos que caracterizan el estilo de Azorín están presentes en este texto: el sentido de la sobriedad y la voluntad antirretórica de la que hace gala; el subjetivismo que explica el lirismo que impregna estas líneas, en las que está presente su peculiar visión del paisaje -que sugiere algo más de lo que captan los sentidos-; la concisión, que le lleva a emplear una sintaxis simplicísima -a base de la oración breve, con una ordenación lógica de sus elementos-; y también esa extraordinaria propiedad léxica, con un vocabulario que sorprende por su inigualable variedad (los copudos olmos, los alongados sillares, las callejuelas Aun cuando el texto reproducido es breve, resulta suficiente para descubrir en él muchos de los rasgos que caracterizan el estilo de Azorín: el sentido de la sobriedad y la voluntad antirretórica de la que hace gala; el subjetivismo que explica el lirismo que impregna estas líneas, en las que está presente su peculiar visión del paisaje -en la que resulta difícil separar cuánto hay de realidad y cuánto de sensibilidad; un paisaje que sugiere algo más de lo que captan los sentidos-; la concisión, que le lleva a emplear una sintaxis simplicísima -a base de la oración breve, con una ordenación lógica de sus elementos-; y también esa extraordinaria propiedad léxica, con un vocabulario -buscado y aun rebuscado tanto en los clásicos como en las "fuentes vivas" de artesanos y labriegos- que sorprende por su inigualable riqueza (los copudos olmos, los alongados sillares, las callejuelas de regatones, percoceros y guarnicioneros, los escudos berroqueños de los caserones...).
Y no pasa desapercibido el singular acierto de la adjetivación. Pocos son los nombres que no vayan acompañados de un adjetivo -o de dos, e incluso de tres- que aportan a su significado un sugerente valor connotativo. Y así, Azorín pospone al nombre triadas de adjetivos, en relación asindética, de enorme capacidad evocadora -a la que, sin duda, colabora su función como complementos predicativos-: la flauta suena en la noche “grácil, ondulante, melancólica”, y la melodía de esa flauta va saliendo “larga, triste, fluctuante”; otras veces los adjetivos se presentan en parejas, unidos por coordinación copulativa (bien antepuestos al nombre: “elevado y llano terreno”, “copudos y viejos olmos”, “anchos y alongados sillares”; bien pospuestos: “la noche [está] serena y silenciosa”, “aguas delgadas y límpidas”), o bien en relación asindética, aunque también la eliminación de la conjunción confiere mayor viveza a lo expresado por el nombre (“silencio profundo, denso”): y otros muchos nombres van acompañados de un solo adjetivo, ya antepuesto (“vetusta ciudad” -construcción repetida-, “empinada cuesta”, “viva faja”, “ancho zaguán”, “viejo telar” -construcción repetida-, “fina catedral”. “destartalado coche”), ya pospuesto (“manchas blancas”, “pelo blanco”, “escudos borriqueños”, “casa iluminada”, “sones gráciles”, “son rítmico”). Con esta abundante adjetivación, Azorín acrecienta la impresión de lento y minucioso discurrir con que fluye su prosa; ritmo lento al que contribuyen también las construcciones paralelísticas, unas veces en forma de quiasmo (“dos filas de copudos y viejos olmos”), y otras denotando repetición indefinida (“la flauta, suena y suena”; “el telar marcha y marcha”...); alguna perífrasis verbal con valor durativo (construcción ir+gerundio: “va saliendo”) y, asimismo, obligativo (construcción haber de [= tener que]+infinitivo: “habremos de ascender”); algún adverbio en -mente (“vagamente”); algún gerundio (“pasa corriendo la diligencia”)...
Por otra parte, el tiempo verbal empleado es -casi exclusivamente- el presente de indicativo (suena -en dos ocasiones-, está -en dos ocasiones-, se ven, aparecen, sirven, permite, corta, sale, tiene, hay -en tres ocasiones-, se ve, tiene -en dos ocasiones-, se apretuja, llegan, se hospedan, pasa, se ahogan, suena y suena, marcha y marcha); y resulta llamativa la anteposición del verbo al sujeto cuando aquel es intransitivo -y posee, por tanto, un significado tan preciso que no requiere complementación- (por ejemplo: “En lo hondo está el río”; “Sale la luz de una casa”; “pasa corriendo la diligencia”) o bien admite construcción pronominal (por ejemplo: “junto al río, en elevado y llano terreno, se ven dos filas de copudos y viejos olmos”; allá arriba se apretuja el caserío de la vetusta ciudad”). Sea como fuere, el uso del presente le permite a Azorín alcanzar una mayor interacción “actualizada” con el lector -ya fuera de un tiempo y un lugar concreto-, que participa intensamente en las propias vivencias del escritor, logrando, así, una vía de comunicación más afectiva y afectiva; un lector al que tiene en cuenta en todo momento, interpelándolo para acercarlo más a su intimidad, y de ahí que emplee también en plural sociativo (“Si penetramos en la vetusta ciudad por la Puerta Vieja, habremos de ascender por una empinada cuesta”; “La oscuridad de la noche no nos permite ver sino vagamente las manchas blancas de la piedras”; “Acerquémonos” -ahora, el presente es de imperativo-).
Y al tratarse de un texto descriptivo, Azorín emplea un lenguaje en el que predominan las sensaciones visuales (al inicio del texto) y auditivas (fundamentalmente en la parte final). Y así, por ejemplo, mediante una oportuna selección léxica que combina palabras esdrújulas y aliteraciones de vibrantes y dentales, podemos “oír” el estruendo de la diligencia que “pasa corriendo” y rompe la quietud de la noche: “los sones gráciles de la flauta se ahogan en el estrépito de hierros y tablas del destartalado coche”; una noche que está “serena y silenciosa”, y en la que la flauta “suena y suena en el silencio profundo, denso”. Y es ahora la aliteración de la sibilante la que ayuda a sugerir esa tranquilidad ambiental que la melodía “larga, triste, fluctuante” de la flauta traslada al espíritu, en un juego sinestésico de insospechada eficacia estética. A todo ello hay que añadir el empleo de ciertas construcciones y vocablos que le dan al texto un “sabor decadentista”, muy en la línea melancólica del “cuadro” que desea pintar Azorín: “suena grácil”, “habremos de ascender; “de trecho en trecho”; “al cabo de la alameda”, aguas delgadas y límpidas”, callejuelas de regatones, percoceros y guarnicioneros”; “escudos berroqueños”; “por la alameda de cabe al río”; “los sones gráciles”; “su son rítmico”.
Y al ritmo lento de la prosa coadyuva el entramado sintáctico del texto, tejido a base de breves oraciones simples, unidas por yuxtaposición (tan solo hay en el texto cuatro sencillas proposiciones de relativo precedidas de su antecedente: “unos anchos y alongados sillares que sirven...”; “delante de una mesa en que se ve...”; “Los viajeros que llegan -muy pocos viajeros- se hospedan en una posada que se llama La Estrella” -es esta la oración más larga del texto-). Y en esta simplicidad de las estructuras sintácticas es donde encontramos la esencia del estilo azoriniano, que hace que el texto en su conjunto produzca una sensación de fluidez. El párrafo prolijo propio de la subordinación ha dado paso, pues, a oraciones de verbos yuxtapuestos -unidas por el punto y el punto y coma-, y las oraciones que se van sucediendo con soltura y sin la menor violencia sintáctica. Esta preferencia por las enumeraciones, con predominio de las relaciones asindéticas, podría hacer pensar que nos encontramos ante un fácil estilo “esquemático”, cuando en realidad esa aparente facilidad es el resultado de haber trabajado la prosa con primor de orfebre.
Una flauta en la noche [continuación]
1870. Han pasado cincuenta años. Si queremos penetrar en la vieja ciudad, hagámoslo por la Puerta Vieja. Dejemos la diligencia al entrar en el puente para cruzar el río. La diligencia llega a la ciudad todas las noches a las nueve. Todo está en silencio; allá arriba, en el caserío, se divisan algunas lucecitas; comenzamos a ascender por la empinada cuesta; hemos dejado abajo las tenerías -esas tenerías vetustas que encontramos en La Celestina-. Ahora caminamos por la alameda de copudos y centenarios olmos. Apenas si en la oscuridad se destacan las manchas blancas de los asientos de piedra. Una viva franja de luz irrumpe sobre el camino. ¿Saldrá de aquella casa esta melodía de flauta que escuchamos: esta melodía larga, melancólica que parece un gilito de cristal que por momentos va a romperse? En el zaguán de esa casa hay un viejo y dos niños: uno de los niños va tocando la flauta; el otro le contempla silencioso, absorto, con sus ojos azules, anchos y redondos. El viejo, de cuando en cuando hace una advertencia al niño que toca. Hace mucho, mucho tiempo, este viejo era un niño; aquí mismo, por las noches, hacía salir de la flauta esta misma melodía que ahora toca otro niño. La diligencia pasaba con una baraúnda atronadora de hierros y tablas; durante un instante dejaba de oírse el son delicado de la flauta; luego volvía otra vez a resonar en la noche. Dormían allá arriba los viejos caserones; dormían los olmos del paseo, dormían el río y las campiñas. Ahora, cuando al cabo de una hora, estros sones de la flauta cesan, este niño que está en silencio y absorto se marcha hacia la ciudad. Y allá, en un viejo caserón que hay en la plaza, se pone a leer en unos libros de renglones cortos hasta que el sueño le rinde. Poca gente viene a este pueblo; si llegáis hasta él, os aposentaréis en la posada de La Estrella. No hay otra; está en la calle de Narváez, antes del Peso de la Harina, cerca del almud, conforme se sale al campo por el camino del cortinal de don Ángel.
***
(¿Cuántos años han transcurrido? Los que les plazca al lector. En Madrid hay ahora en un cuartito, allá en lo alto de una casa, un hombre que tiene una barba blanca y los mismos ojos anchos y azules de aquel niño que en la vetusta ciudad contemplaba extasiado, absorto, por las noches, cómo otro niño tocaba en una flauta largas y melancólicas melodías. Este hombre lleva un traje modesto, ajado; sus botas están deslustradas. Hay en la casa una mesa llena de libros; en una grande estantería yacen también los libros. Muchos de estos libros van desapareciendo poco a poco, dejando en los plúteos anchos claros. En la pared, colgadas, se ven dos hermosas fotografías: una, la de una dama de bellos y pensativos ojos, con unos rizos sedosos, tenues, sobre la frente; otra, la de una niña, tan pensativa y bonita como la anterior dama. Pero en la casa no se oyen voces femeninas. Este hombre de la barba blanca a veces escribe durante largos ratos en unas cuartillas; luego, sale, marcha por las calles, entra en unas casas y en otras llevando sus papeles; habla con unos y con otros. A veces, estos mismos papeles que él ha escrito tornan con él a casa, y él los va poniendo en un cajón, donde yacen otros, llenos de polvo, olvidados.)
***
1900. La diligencia que subía todas las noches a la vieja ciudad por la cuesta del río, allá por donde están las tenerías, a lo largo de la alameda, ya hace años que ha dejado de correr. Ahora han hecho una estación; el tren se detiene ante la ciudad, también por la noche, pero lejos de la alameda y del puente viejo, al otro lado de la población. Pocos viajeros son los que llegan diariamente; esta noche ha llegado uno: es un viejo con la barba blanca y los ojos azules. Ha bajado del tren envuelto en un pobre gabán y con una maleta de cartón en la mano. Cuando ha salido de la estación y ha llegado ante el ómnibus destartalado, ya el tren se alejaba en la noche oscura por la campiña adelante. El ómnibus lleva a los viajeros al hotel de La Estrella. Es el mejor de la ciudad; su antigüedad es su más segura garantía. Lo han mejorado mucho; antes estaba en la calle de Arráez, pero lo trasladaron a un gran caserón de la plaza. El viajero de la barba blanca ha subido en el carricoche y se ha dejado llevar. No sabía por dónde le llevaban. Cuando ha parado el coche en la plaza, frente al hotel, ha visto que esta casa es la misma en que el vivió hace muchos, muchos años, siendo muchacho. Luego le han designado una habitación; es el mismo cuartito en que él leía tanto en aquellos mismos años de adolescente. Al verse entre estos muros, el hombre de la barba blanca se ha sentado en una silla y se ha puesto la mano -bien apretada- sobre el pecho. Necesitaba respirar aire libre: ha salido de la fonda y ha comenzado a recorrer las callejas. Andando, andando, ha llegado hasta la vieja alameda. La noche estaba serena, silenciosa; en el silencio profundo de la noche, sonaba una flauta. Sus sones se percibían como un gilito de cristal; era una melodía antigua, larga y melancólica. Un haz de luz salía de una casa; se ha acercado nuestro viajero y ha visto en el zaguán un viejo y un niño; el niño tocaba en la flauta la larga melodía. Entonces el hombre de la barba blanca se ha sentado en una de las piedras del paseo y ha tornado a ponerse sobre el pecho la mano -bien apretada.
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