"Sueño del viento negro" no es una novela con un único argumento continuo, sino una antología compuesta por 16 relatos fantásticos, o por ser exacto, 16 magníficos relatos fantásticos. Escritor, docente, ha publicado novela con títulos como Mi nunca dicha razón de amor, Tarde sin orillas (Premio Internacional Luis Berenguer), Princesa en la red, recientemente una novela histórica Eras la noche, poesía con libros como La mirada inclemente o Palabra de Adán, sin olvidar el ensayo histórico Crónica del desarraigo y, por supuesto, su faceta de articulista en periódicos como Diario de Cádiz o La voz de Cádiz. Al respecto, he podido leer algunas consideraciones sobre su obra. Así Jesús María Armengol sostiene que “Si el mito es el intento de explicación de un universo en el que lo racional y lo irracional cabalgan arrastrados por la fuerza y el misterio del destino, esta obra continúa magistralmente esa tradición”. Juan Manuel Romero cataloga su obra como “Un libro admirable que revive con lucidez historias humanas que no deben olvidarse”, o bien Enrique Montiel que acertadamente afirma “Se necesita una vida entera y el talento mayúsculo de Pérez Montero para dar cima a un proyecto narrativo tan ambicioso, tan controlado y tan honesto”. En este contexto de lenguaje trabajado al extremo, léxico infatigablemente documentado y una frase con un poder expresivo sencillamente impresionante. La esencia argumentativa de Sueño del viento negro es primordialmente un anhelo de ruptura de la realidad que lleva en paralelo un permanente cuestionar la literatura, acaso su propia literatura. Sin embargo, no son torres de marfil ni espacios artificiales en los que desarrolla su prosa, sino el escenario de la cotidianidad, una cotidianidad cosmopolita, lo francés, lo ruso, lo alemán, lo italiano o lo florentino en concreto, lo hispanoamericano, lo antropológico, lo académico, y la provincia gaditana, una cotidianidad metaforizada en fisuras, vientos oscuros, leyes perturbadoras, personajes y habitantes que se mueven en distintos planos, lo real y el silencio, la herida y lo invisible, el mito y la creencia. Ramón Pérez Montero no escribe en el interior del folio, sino en sus márgenes. Desde luego, genera misterio y suspense, pero su monólogo interior y su diálogo polifónico oscila entre lo melancólico y la esperanza, muy deteriorada en sus principios hasta crear bucles fantasmales. Sin embargo, la geografía emocional ubica la ternura frente a lo sombría, la belleza frente a la sensación de perdida, la memoria frente a las heridas. Una prosa cuidada que no se empecina en un relato tradicional sino en proporcionar una experiencia tan sensitiva como atmosférica, lejos del horizonte interpretativo y muy cerca de la voluntad de mostrar ratificando esa toma de conciencia objetiva y de alejamiento, un hecho que vendrá reforzada por las ilustraciones casi hipnóticas del pintor Ernesto Larrarte. En el volumen El pájaro, en la editorial Pandora, en concreto la colección “Relatos del desertor del presidio”, N.25, Sevilla, 2025, tuve la fortuna de reseñar el texto de Fernando Évora, uno de los grandes autores en lengua portuguesa y, Ernesto Larrarte, un pintor intenso, determinante e imprescindible. Entonces, veíamos que existía una voluntad de abstracción lírica en las ilustraciones de Ernesto Larrarte, precisamente tratando de aunar lo abstracto y lo figurativo para complementar con cierto dramatismo un relato igualmente sorprendente. Desde la portada, una pintura abstracta con la intensidad de los tonos azules, amarillos y negros, una potente carga matérica, texturas densas que evocan raíces, mitología, naturaleza se nos abre las puertas a una aventura muy especial. La esmerada edición, el rigor literario, la cuidada estética visual son rasgos ya inconfundibles de los libros de la colección. Entre el expresionismo y lo estilísticamente figurativo bajo el manto de la abstracción, dos personajes juegan una partida de ajedrez. Un fondo urbano, arquitectura clásica, catalejos, tablero de ajedrez, botellas (los aromas que crea el perfumista, Florencia) en cierto modo, lo mediterráneo fija la curva del horizonte, el dilema es razón de vida: “No hay tormento mayor: amar y temer a la misma Señora, servirla con devoción sin descartar que en cualquier momento de ceguera o arrebato pueda aplastarme. Así es servir en la cour, en este sacro recinto del pavor donde cada palabra que se dice pesa como plomo y cada silencio puede ser sentencia”, “El perfume de la muerte”, es decir de lo lúcido a lo distorsionado, una puesta en escena exclusiva de la alucinación, del viento negro en modo onírico. En otro momento, será un fondo negro, la figura en trazos claros, amarillos, blancos, una flor que se deposita en la tumba; todo contribuye a ensombrecer la atmósfera, cargar de melancolía con una niña de perfil y la cabeza inclinada hacia abajo, por si fuera poco, una lápida que tiene dibujada una pequeña cruz blanca en el centro, “Guanábama”. Todo es soledad, duelo, tristeza y una profunda sensación de pérdida que refuerza el lenguaje magistralmente estructurado. La muerte, el silencio son ejes constructivos básicos que el pintor retoma en forma de ataúd, cruces y de manera voluntariamente repetitiva. De nuevo, la pequeña cruz, el atáud, una escena fúnebre con iluminación espléndida de naranjas y azules. La hoguera, los ritos, lo sagrado, el dolor indiscutible. Hay también un tono denunciador ante la tragedia, inutilidad y perversión de las armas militares, las guerras, las humillaciones. En “La humillación de la carne” dos personajes centrales, encadenados, ver arrodillados, flanqueados por figuras oscuras, sosteniendo un arma o cuchillo. Un discurrir de pilares, tótems tallados, actitudes ceremoniales, tambores que suenan, todo ello remite con sus trazos intensos y contrastes de color al arte primigenio, a los orígenes, si se quiere. Una suerte de díptico que combina como hemos visto un cierto primitivismo exótico y el drama del cautiverio que junto con la violencia se expresan en colores y palabras. Unos colores saturados, rosa frente a negro, azul contra rojo, que enfatizan la percepción de ser prisionero. Territorios bien diversos que cuentan con una única mirada de doble dirección, la del escritor y la del pintor. A veces algún óleo o acrílico con trazos expresionistas, estilo libre sobre fondos oscuros, figuras que deambulan con sombras, maquillaje, copas, una distorsión meditada de las formas, por tanto de la realidad se visualiza con pinceladas gruesas, precisamente para transmitir emociones directas. El refugio no tanto en los paraísos artificiales como en las escenas urbanas de oscuros contornos, copas en mano, tabernas donde diluirse. En gran medida, prevalece la libertad entre registros varios, oralidades organizativas, escenas que nos hace sentir sin género de dudas la memoria que respira y se reconstruye en escenarios múltiples. Lo que no impide ni la observación minuciosa, ni el recorrido por los verbos de acción, el nacimiento, la infancia, los oficios, las determinaciones, los ritos, los protocolos, la muerte. Un libro que, en ambas disciplinas, fija convivencia entre la densidad de los símbolos y la diversidad de los registros narrativos. Sólo nos queda hacer el pedido. Puedes comprar el libro en:
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