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Jorge Fernández Díaz
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Jorge Fernández Díaz (Foto: Gentileza de "La Nación")

Entrevista a Jorge Fernández Díaz: “Mis novelas me sirven para narrar la trastienda del poder”

Autor de “La traición”
sábado 29 de mayo de 2021, 12:00h

El protagonista de “La traición” es el peculiar agente Remil, un solucionador de problemas que trabaja para “La Casita”, el servicio de inteligencia argentino. Con esta novela, la tercera de la saga Remil, Jorge Fernández Díaz se ha metido en caminos muy pantanosos, hasta tal punto que el propio papa Francisco se ve involucrado en un affaire, pero no es el único como conocerán los que se adentren en esta novela negra llena de espías.

Jorge Fernández Díaz
Jorge Fernández Díaz (Foto: Gentileza de "La Nación")

La carrera literaria de Jorge Fernández Díaz comenzó en 2010, desde entonces alterna el periodismo, tanto radiofónico como en papel, con la literatura donde lleva publicadas unas ocho obras, donde alterna tanto la novela de espionaje con otras más personales y sentimentales. Su estilo es rudo e incisivo y puede parecer difícil al lector español, por los muchos giros argentinos que utiliza, pero una vez acostumbrado al deje porteño del autor disfrutará sobremanera con las singulares tramas que el autor nacido en el barrio de Palermo despliega en su última novela. Los poderes fácticos argentinos no salen bien parados en su novela, el escritor nos lo cuenta en la entrevista.

“La traición” es la tercera entrega de la saga del agente Remil. ¿La idea de la novela ha partido de la actualidad política argentina? 

El espionaje político que practica Remil siempre me ha servido para narrar la trastienda del poder. En esta ocasión, la trama parte de un hecho político: el papa Francisco opera intensamente en la Argentina y recibe en el Vaticano a personajes impresentables de la política local. Se me ocurrió que uno de ellos, un exguerrillero devenido “referente social”, podía confundir ficción con realidad, pretender realizar un acto insurreccional violento y por lo tanto perjudicar al Santo Padre. Ese fue el punto inicial, pero se basaba en actitudes de Bergoglio y en una especie de alucinación militante y peligrosa que se estaba irradiando irresponsablemente en la Argentina de hace tres años, donde ciertos sectores jugaban a que el gobierno constitucional era una dictadura y a que debían organizar una especie de “resistencia” inspirada en los “ideales revolucionarios” de los años 70. También me inspiré libremente en un trágico episodio ocurrido en los 80, cuando un exguerrillero llamado Gorriarán Merlo convenció a un grupo de iluminados de tomar un cuartel, convencido de que el pueblo los aclamaría y los llevaría en andas a la Casa Rosada. Una idea delirante que terminó en un baño de sangre. 

Suele alternar la saga con otras novelas más intimistas. ¿Se siente igual de a gusto en ambos tipos de narrativa? 

Sí, completamente a gusto en uno o en otro género. Mi madre Carmina solía decirme: “Te gusta mucho la novela de aventuras. Pero solo tendrás éxito cuando cuentes la aventura de mi vida”. Era una broma doméstica, pero al final se convirtió en realidad, porque “Mamá” (ed. Alfaguara) fue la piedra de toque de mi carrera internacional. A mi madre, sin embargo, le gustaban mucho las novelas de Remil, porque tenía un ojo fino para la política y entendía lo que allí se intentaba contar. Entendía que muchas veces solo la ficción puede contar la verdad indecible. 

¿Publicar en las dos editoriales españolas más importantes es reconfortante para usted? 
Aparte de que soy hijo de dos asturianos y tengo familia entrañable allí, debo decir algo: durante los últimos treinta años he sido en Buenos Aires el anfitrión periodístico de los grandes escritores y periodistas españoles, y he desarrollado con algunos de ellos una amistad duradera. Pérez-Reverte, Juan Cruz Ruiz, Juanjo Millás, Manuel Vicent, y tantísimos más. Hace veinte años que voy a España casi todos los años con algún libro o una misión periodística, y echo mucho de menos no poder hacerlo esta vez, por la pandemia. Me da mucho orgullo además que mis novelas policiales aparezcan en un sello tan prestigioso como Destino. 

En “La traición”, nos encontramos con un Remil mucho más veterano y cansado. ¿Se está convirtiendo en un agente cada vez más precavido, temeroso y boludo? 
Boludo es gilipollas, ¿no? No, no creo que Remil sea un boludo. Sí es un veterano de todas las batallas y sabe muy bien que todos pueden traicionarlo, incluso las personas que más quiere. Es un excombatiente de Malvinas y está muy curtido. Un personaje violento e inescrupuloso, pero aun así es querido por los lectores, y eso tiene que ver con su emocionalidad agazapada. Yo siempre le transfiero mis propias experiencias: la obsesión amorosa, el dolor porque el propio padre lo dé a uno por perdido, la guerra entre el padre y la madre, que yo he visto en la cocina de mi casa. Eso produce una empatía incómoda pero efectiva. Remil es un hijoputa, pero uno se conduele por él y se tomaría una cerveza todas las semanas con este tipo siniestro y a la vez interesante.  

A la hora de definir la novela no sabría si calificarla de novela negra, de espías, thriller político o una mezcla de los tres géneros. ¿Cómo lo haría usted? 
Técnicamente, es un thriller político, aunque no puedo negar su sesgo de novela negra. Remil, además de ser un guardaespaldas y un detective, es esencialmente un espía. Pero como en mi país básicamente se espía a los dirigentes políticos, para defenderlos o para hundirlos, resulta que sus andanzas se inscriben como casi ningún otro personaje de serie en el género “espionaje político”. Y esa es, me parece, su gran originalidad. Intenta refutar una profecía de Borges, quien en 1933 sugería que en la Argentina era imposible hacer una serie exitosa con un comisario abnegado, puesto que el lector desconfiaba de la política y de la ley. Tenía razón. Y por eso es que Remil no es el comisario Montalbano. Es un criminal de Estado, seguido, eso sí, por cientos de miles de lectores. Que lo creen verosímil. 

Su novela describe a la Argentina como un país que todavía no ha superado los años de la dictadura de Videla y de un peronismo todavía muy presente. ¿A qué se debe esa presencia? ¿Habrá forma de superarlo? 
Las dos cosas están íntimamente vinculadas. El peronismo de los Kirchner, que acertadamente reimpulsó los juicios a los represores, luego quiso construir con los ideales revolucionarios de los años 70 un falso discurso izquierdoso. Necesitaba darle un colorido progre a su ideología de derecha feudal. Fue entonces cuando resucitó a revolucionarios que ya habían dejado de serlo, y quiso institucionalizar esa “épica” en el Estado, en los medios de comunicación públicos, en las universidades y en las escuelas. Es como si en España a los niños se les enseñara que las peripecias de ETA eran heroicas, o en Italia se glorificara en los colegios a las Brigadas Rojas. De eso también trata “La traición”. 

La iglesia argentina también juega un importante papel en la trama de su novela, como los grupos terroristas de extrema izquierda. ¿Continúa la sociedad tan polarizada? 
No es que la Iglesia acompañe esta glorificación cultural, pero sí ocurre que, bajo el liderazgo de Bergoglio, ha actuado intensamente para que el peronismo recuperara todo su poder. Bergoglio fue un militante peronista y ha elegido desde Roma para la Argentina a obispos que tienen camiseta partidaria. Bergoglio jamás soñó con ser Papa. El soñaba con ser Perón. 

"Bergoglio sigue siendo parte de lo que fue siempre: el nacionalismo católico"

También da cierto protagonismo a los amigos de Jorge Mario Bergoglio. ¿Los tentáculos de los más ultraconservadores llegan al Vaticano? 
Bueno, Bergoglio es un personaje fantasmal en la novela. No se sabe si él está al tanto de todo, o si son sus sacerdotes y amigos quienes operan para salvarlo de un escándalo. No creo que Bergoglio sea lo más conservador de la Iglesia. Aunque desde el punto de vista político, Bergoglio sigue siendo parte de lo que fue siempre: el nacionalismo católico. Otros grupos de la Iglesia son más conservadores en lo doctrinal y por eso hay guerras intestinas. Pero como usted verá, es una batalla entre conservadores de distinto cuño. 

En la novela hay una cierta crítica a la izquierda caviar, los pasajes del restaurante Los Rojos, son los más irónicos y humorísticos. ¿Los ha incluido para rebajar la tensión de la trama? 
Sí, la izquierda caviar es cómplice de muchas políticas autoritarias en América Latina. Es frívola ante el socialismo del siglo XXI y la dictadura castrista, que son regímenes siniestros y decadentes defendidos por progres adinerados que los ven desde lejos, que los apoyan de manera folklórica e irresponsable, y que se cuidan muy bien de no vivir en esas republiquetas tiránicas. La novela se mete con esas “vacas sagradas”, que por lo general, en la literatura, aparecen tratadas como héroes virtuosos. 

Mi país tramita muy mal una larga decadencia, pero tejo al menos una parte: la política como mafia y la ideología como coartada para corromperse.

La trama de “La traición” es muy compleja y variada. Tenemos asesinatos, balaceras, terrorismo montonero, prostitución de lujo y espionaje político. Una radiografía muy tétrica de Argentina. ¿No ha sido un poco pesimista en su narración? 

Bueno, mi país tramita muy mal una larga decadencia, por razones que ni siquiera están reflejadas en mi novela. Pero es cierto que allí tejo al menos una parte: la política como mafia y la ideología como coartada para corromperse. Es solo la punta del iceberg de lo que sucede. Aunque me temo también que en España el espionaje político está en auge, la corrupción campea como nunca y la creación de ficciones políticas para discurso público están a la orden del día, ¿no? 

En cierto momento dice el protagonista que el psicoanálisis está hundiendo Occidente y más a Argentina –el país del psicoanálisis-. ¿Ha introducido en la novela alguna opinión personal o es toda pura ficción? 
Es una ironía. Y sí, está llena de opiniones personales, a pesar de que Remil y Cálgaris son personajes oscuros y violentos, y yo soy transparente y no puedo matar una mosca. 

Porque como periodista no deja bien al gremio cuando los califica de plastas. ¿Sólo a los sensacionalistas o a todos en general? 

Esa, precisamente, es la opinión de un agente de Inteligencia, del personaje de novela que es Remil. No, yo tengo muchas críticas que hacerle a nuestro gremio, pero sigue siendo mi familia y la defiendo fuertemente en la Argentina, donde existe siempre la intención de acallar a la prensa, de desacreditar a los reporteros que investigan y de cargarse la libertad de expresión.
Los servicios de inteligencia argentinos no quedan muy bien parados en la novela con los enfrentamientos que hay dentro de su seno y cierta guerra sucia. ¿Se ajustan a la realidad y sigue siendo ficción? 
La mayoría de las actividades que los servicios de inteligencia han realizado durante la era democrática han sido deplorable. Han trabajado para la política interna, operando sobre jueces y causas, intentando destruir reputaciones y medrando con el dinero del Estado y en las sombras del poder. La trilogía de Remil, desde la ficción, hace una tomografía computada de esa situación verdadera. 

La novela está escrita en primera persona. ¿Es fácil meterse en la piel de Remil? 
Me costó, al principio, crear esa voz, entre plebeya y culta. Pero ya la tengo muy incorporada. Es cierto que al principio utilizaba mucho más el lunfardo (el caló argentino) y que ahora es una lengua que se desliza más hacia un castellano rioplatense neutro, aunque sin perder el colorido argentino. Lo más difícil no es escribir como Remil, sino pensar como él. 

Hay dos estilos diferenciados en la novela. En la más reflexiva utiliza diálogos indirectos según la visión del protagonista, en la parte de más acción son los diálogos directos los que utiliza. ¿A qué se debe juntar en la novela estas dos formas distintas de narrar? 
En esta novela, específicamente, quise avanzar hacia una estructura más condensada. Confieso que releí ocho novelas de Simenon, hoy considerado el Balzac del siglo XX, para recordar cómo era capaz de manejar las elipsis, los pincelazos rápidos y definitivos, y los diálogos directos o indirectos de una manera sintética pero intensa. Esa carpintería en la estructura de la novela me ayudó mucho. Los maestros de todos nosotros están ahí, en la biblioteca. Y siguen vivos. 

Para finalizar, ¿seguirá trabajando para la Casita?

Nunca se sabe qué ocurrirá. Supongo que se tomará un respiro. Pero creo que nunca abandonará la Casita. La realidad trabaja para Remil. Yo recorto todos los días artículos o reportajes o sueltos o noticias de los periódicos. Me digo: esto es para Remil. Al cabo de dos meses, hay una montaña de recortes y arrojo todo a la basura. Pero me quedan en la memoria temas que no mueren. Y es así como más temprano que tarde las tramas reaparecen y tocan a mi puerta, y Remil me exige que lo devuelva a la acción.

Creo que Jorge Fernández Díaz ha dado en la entrevista toda una lección de literatura y de política y de buen hacer. Al final, Remil no es tan boludo como el propio entrevistador. Disfruten de la novela.

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