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"La cisma de Ingalaterra", de Pedro Calderón de la Barca

Ed. Cátedra / Anaya
Por José María Manuel García-Osuna Rodríguez
viernes 31 de diciembre de 2021, 10:19h
La cisma de Ingalaterra
La cisma de Ingalaterra

Es una auténtica delicia, acorde a la inteligencia preclara del gran Calderón de la Barca, esta obra. Hasta los nombres utilizados emocionan, o deberían hacerlo, al lector. Me voy a remitir a la más que esclarecedora contraportada de la obra. Ingalaterra es INGLATERRA; y el Cardenal Wolsey es el cardenal VOLSEO. Como es de rigor en la época en que habita don Pedro Calderón de la Barca, el maniqueísmo contra Inglaterra es conspicuo y paradigmático.

La cisma de Ingalaterra lleva a escena la desventurada historia de los turbios amores de Enrique VIII y Ana Bolena, casada en secreto con el monarca después del repudio del rey de su esposa Catalina, a través de una serie de acontecimientos desastrosos para la corona que terminan con la separación de la Iglesia de Roma y la proclamación de la Iglesia anglicana. Pasiones incontroladas, engaños y ambición desmesurada recorren las trayectorias vitales de los principales personajes de la obra, encabezados por el cardenal Volseo, auténtico artífice, en última instancia, del cisma y del divorcio del rey Enrique. La obra, basada en hechos históricos, aunque manipulados de manera particular y con tendencia a cierto uso maniqueo, presenta un conflicto trágico entre las pasiones y el deber de todo hombre de sofocarlas en defensa del bien común. Una lección de los peligros de la falta de autodominio y de no medir la responsabilidad de los actos de uno mismo sobre la colectividad”.

El teatro del Siglo de Oro español, riquísimo como nunca a lo largo de la historia hispana, realizó aproximaciones historiográficas, algo que se puede definir como ‘función de exploración’. Se realiza una enorme cualidad de pluralidad temática; incluyendo estudios sobre la definida y mayúscula Historia de las Españas. Estas obras son definidas como ‘dramas históricos’ o ‘comedias serias históricas’ o ‘tragedias históricas’. Tanto Lope de Vega como Tirso de Molina serían muy aficionados a glosar las grandezas de los españoles y de su historia. Es tan buena esa pléyade de escritores, vivientes bajo la férula de la dinastía Habsburgo, porque tienen unos conocimientos históricos e historiográficos fuera de serie. La Historia de las Españas es el material obvio de la verosimilitud, que es el análisis pormenorizado que debe realizar un escritor, que no es historiador; en esta forma de comportamiento es dentro de la cual se encuentran los actuales escritores de la magnífica forma literaria de la novela-histórica que se realiza en el planeta Tierra. “Esta ‘deformación o distorsión histórica’ vista por algunos positivistas, como Hartzenbusch, arranca de una mala comprensión de los conceptos esenciales de poesía e historia, que sin embargo, están ya claros en las doctrinas de Platón y, sobre todo, Aristóteles, al que siguen generalmente en este punto las poéticas españolas”.

En el caso de la obra que hoy nos presenta la editorial Cátedra, la fuente utilizada por Calderón de la Barca es el primer libro de la ‘Historia eclesiástica del cisma del reino de Inglaterra’ del notorio intelectual jesuita Pedro de Ribadeneyra. La que antecede es una obra muy conocida y celebrada en esa época, siglo XVII, e inclusive era una de las lecturas preferidas del propio Rey Felipe IV. El conspicuo jesuita, ya citado, describe el extraño y paradójico reinado de Enrique VIII en 49 capítulos. Como es de rigor, la cronología de la obra literaria del padre Ribadeneyra comienza, como es obvio, con el cataclismo inesperado que supuso, para el Rey Enrique VII de Inglaterra, la muerte de su primogénito, el príncipe Arturo de Gales, quien se había matrimoniado muy recientemente con la infanta Catalina de Aragón, hija de los Reyes Católicos. La cuestión dinástica se resuelve casando a la jovencísima viuda con el segundogénito que se llama Enrique, y que tantos quebraderos de cabeza creará a Inglaterra y a toda Europa. Desde el comienzo de su enlace marital, las costumbres de ambos esposos son absoluta y totalmente disimiles; Catalina es seria y rigurosa, y muy responsable, mientras que Enrique es liviano y casquivano, mujeriego y poco serio en su vida y en sus decisiones, en suma un peligro público para todo lo que le rodea.

En todo ese conglomerado político, y como mantenedor necesario, se encuentra el ambicioso primado-canciller de Inglaterra, cardenal Wolsey; llamado aquí Volseo, quien busca por todos los medios ser Sumo Pontífice de la iglesia católica apostólica. El metropolitano se aproximará al emperador Carlos V para conseguir su nómina en el cónclave, tras la muerte de un papa Medici, León X; pero el emperador hispano nombrará o presionará, en el cónclave, para conseguir la elección de su maestro, canónigo de Lovayna, Adriano de Utrecht como Adriano VI, y último papa no italiano antes de Juan Pablo II. Volseo-Wolsey tiene conocimientos fehacientes de las desavenencias conyugales entre Catalina y Enrique, por lo que se aproxima políticamente al rey Francisco I de Francia, enemigo flagrante y notorio del emperador Carlos V. “Comienza así en Rivadeneyra los inicios del cisma. Volseo busca el divorcio del rey para conseguir su casamiento con Margarita, duquesa de Besansón, hermana del rey de Francia, pero ignora las verdaderas intenciones del rey de casarse con Ana Bolena”. Aunque en las fuentes históricas, sensu stricto, nunca existió la más mínima simpatía entre el gran canciller inglés y la Bolena, siendo total y absolutamente antagónicos en lo político y en lo personal.

La denominada como ‘causa-asunto del rey’ llegará hasta Roma; juristas y teólogos, presionados por Carlos V, aconsejarán al papa Clemente VII sobre la no concesión de la dispensa para el divorcio regio de la reina Catalina. El cardenal caerá en desgracia, será desposeído de todos sus bienes y cargos, encarcelado y condenado a muerte, la enfermedad lo salvará. Enrique VIII reunirá a sus maniatadas cortes el 3 de noviembre de 1534, donde se divorciará de Catalina y se autonombrará cabeza suprema de la nueva iglesia católica de Inglaterra, llamada ya anglicana. Su climax es su boda con Ana Bolena. Calderón de la Barca llega solo hasta el momento de la decapitación de Ana Bolena. “Calderón maneja, podríamos decir, un concepto de la historia más subjetivo, en el caso de la ‘Cisma’ muy acusado, que pone de relieve cuán alejado se encuentra de lo histórico real y objetivo”. Esto es todo. Obra magnífica, merece una lectura atenta e interesada, de uno de los más grandes del Siglo de Oro y de todos los tiempos de la literatura universal. ¡Extraordinaria obra!Ut placeat Deo et hominibus, ET, Auditur et altera pars”.

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