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Emanuel Swedenborg, un narrador del más allá

miércoles 06 de abril de 2022, 22:00h

Acaban de cumplirse 250 años del fallecimiento del científico, ingeniero militar y visionario Emanuel Swedenborg (Estocolmo, 29 de enero de 1668-Londres, 29 de marzo de 1772), una de las personalidades más fascinadoras, enigmáticas y atípicas del Siglo de las Luces, una celebridad tanto por sus investigaciones científicas como por su extemporáneo viraje hacia la investigación espiritual. Tras un golpe de timón, Swedenborg, un hombre que vivía en exclusiva por y para la ciencia, se adentró sin saber lo que hallaría en un piélago tenebroso, visitado por apenas un puñado de poetas, profetas y santos, y escribió sobre él, obras de contenido tan insólito y sorpresivo, que dejó boquiabiertos a sus ilustrados lectores.

El cielo y sus maravillas y el infierno
El cielo y sus maravillas y el infierno

Un domingo lluvioso de 1743, Swedenborg, de 55 años, se asomó a una ventana de su casa de Londres y descubrió, debajo, al hombre que durante días le había estado siguiendo por jardines y tabernas, y que ahora, con el índice vuelto hacia arriba, le anunciaba a pie de calle su inmediata intención de subir. “No, no puede ser…”, se dijo mientras apartaba instintivamente la frente del vidrio, recorría veloz y angustiado el infinito pasillo de su elegante vivienda, y se precipitaba sobre el cerrojo de la puerta de entrada con la intención de bloquearla, cuando una repentina e inefable emoción (¿la atracción del abismo?), le hizo abrirla de par en par. “No, no puede ser”, se repitió.

Una vez dentro, el misterioso acechador se dirigió al despacho y recorrió con el índice mojado el lomo de los 25 volúmenes que contenían las investigaciones matemáticas, astronómicas, anatómicas, químicas, mineralógicas, metalúrgicas del ínclito Swedenborg. Luego se giró hacia él, y mirándole con fijeza mientras se estrujaba la melena, fue directo al grano: “no me gusta la actual deriva del cristianismo y he venido a encomendarte la fundación de una nueva iglesia, la Iglesia de Jerusalén”.

Swedenborg contuvo la respiración. Lo que se le solicitaba era un esfuerzo tan epopéyico que seguramente le apartaría no solo de esas investigaciones colosales que le financiaba el rey Carlos XII de Suecia, sino también del diseño de barcos aéreos y subacuáticos que tanto aprovechaban su ingenio e imaginación, pero aceptó porque no todos los días se le presenta a uno Jesucristo en su propia casa y le pide un favor.

Como poseía una inteligencia metódica y racional, enseguida atisbó las dificultades procedimentales que implicaban materializar las pretensiones de su divino visitante. La principal era que antes de captar fieles, resultaba prioritario definir a qué deberían ser fidelizados: una nueva iglesia necesita, primero de todo, disponer de una doctrina también nueva, de un credo lleno de novedades, o cuando menos, renovado. Jesucristo estuvo de acuerdo en esa redefinición programática y para facilitarle la construcción de fundamentos doctrinales sólidos, resolvió otorgarle acceso ilimitado a los cielos y a los infiernos, lo que significaba que, sin necesidad de morir, Swedenborg podría salir y entrar de ellos a capricho y conversar con sus habitantes cuanto considerara oportuno. Estoy segura de que acordado este detalle diplomático que lo transformaba en una suerte de Fausto, a Swedenborg debió entusiasmarle la posibilidad de charlar con Isaac Newton, pues conocerle en persona había sido uno de los motivos que le llevaron a mudarse a Inglaterra.

Fue así como el científico Swedenborg no devino exactamente en teólogo (nunca se autodefinió de ese manera porque sus escritos estaban basados, según él, en experiencias reales), sino en teósofo y en explorador del mundo espiritual, y en lo que años después, la corriente espiritista denominaría medium. 29 años, o sea, el resto de su vida, los empleó en ir y volver del otro lado de la laguna Estigia en calidad de enviado especial -que no espacial, aunque cambiara de plano varias veces en una misma jornada- dedicado a reportar los pormenores de la vida y obras de las entidades que habitan en lo invisible. Tal vez fue un enfermo psicótico, no le digo que no… pero en ese caso, fue uno paradójicamente integrado en un contexto ilustrado (deificador, pues, de la razón) que pese a sus visiones sobrenaturales, continuaba considerándolo un intelectual solvente. Incluso un buen cristiano, ojo. La Iglesia luterana -a la cual Swedenborg pertenecía- no lo tildó (abiertamente) de hereje, solo de errado y algunos miembros de la cúpula estimaron que había mucho de útil en sus escritos.

Pero yendo también yo al grano, igual que el divino visitante, le contaré que después del episodio de la visitación, Swedenborg escribió casi una veintena de obras teológicas (“La adoración y el amor de Dios”, “La verdadera religión cristiana”, “Arcana Caelestia” “Cielo e infierno”… ) en las que, basándose en sus investigaciones, sostuvo que la fe sola no es suficiente para alcanzar el cielo y que se necesitan buenas obras para disfrutarlo. Que no existe la Sagrada Trinidad, sino una sola persona divina, Jesucristo. Que este creó vida en otros planetas, además de en el nuestro. Que el alma, tras la muerte, abandona el mundo terrenal y cruza a un plano intermedio en el que ignora que ha desencarnado, pues continua con sus quehaceres y rutinas habituales, solo que ahora todo le resulta sospechosamente más intenso: los colores más brillantes, los sonidos más nítidos las sensaciones más vívidas…Una vez comprende que se encuentra en el más allá, asciende al cielo o desciende al infierno (ambos son lugares y también estados de conciencia), no por premio o castigo, sino según su inclinación (al bueno le gusta el bien y al malo, el mal). Cada quien se mezcla con sus semejantes y en su trato progresa indefinidamente hacia arriba o hacia abajo según su preferencia, aunque son muchos los que, deleitados en el Bien con mayúscula, evolucionan positivamente regenerándose de tal manera que parecen vivir existencias nuevas (debido a lo cual, algunas religiones hablan equivocadamente de reencarnaciones). Y si en la tierra usted estuvo casado, sepa que lo seguirá estando en la eternidad, a condición de que su cónyuge evolucione a la par que usted; de lo contrario, se separarán amistosamente. Y si era single, hallará por fin a su alma gemela, aunque no podrá procrear con ella porque para eso necesitaría echar mano del cuerpo y ya no dispone de él (recuerde que ha desencarnado, muerto).

Seguramente, se preguntará por el recorrido de las ideas de Swedenborg….Verá, han influido y/o atraído a millones de personas. Kant, que era un tacaño, se gastó una fortuna en los ocho volúmenes de “Arcana Caelestia” aunque luego le atribuyan una obra anónima que despachurra sus planteamientos. La huella de Swedenborg se aprecia en William Blake, Allan Kardec, Balzac, Dostoyevsky, Yeats, Helen Keller, Henry James, Conan Doyle, Jung, Ralph Waldo Emerson, Bernard Shaw, Czesław Miłosz o Borges, por mencionar solo algunos nombres (existe, incluso, un ritual masónico inspirado en sus enseñanzas), pero donde más se aprecia su impronta es, lógicamente, en la nueva iglesia que él no fundó (se limitó a escribir su doctrina), pero que sí fundaron sus lectores. Esa iglesia ha crecido tanto que se ha tetrarramificado ( ya sabe, los humanos, siempre andamos discutiendo y dividiéndonos por cuestiones religiosas y políticas, y a menudo, por político-religiosas): Conferencia General de la Nueva Iglesia, Iglesia Swedenborgiana de Norte América, Iglesia General de la Nueva Jerusalén y la Nueva Iglesia del Señor o Nova Hierosolyma.

Días antes de morir a causa de un derrame cerebral, Swedenborg se sentía, según su criada, tan feliz e impaciente como quien espera acudir a una fiesta…meses atrás había predicho la fecha exacta de su defunción…

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