Estamos ante un estupendo libro, donde la editorial nos acerca al valor de los primigenios pobladores de las Américas, aunque más ceñido a los indígenas norteamericanos. El autor considera que la historia entre los europeos y los indios se circunscribe desde el año de 1492 con la llegada de Cristóbal Colón a La Española, hasta la masacre de Wounded Knee de 1890, contra el jefe lakota Pie Grande. El libro manifiesta, de forma sorprendente que los europeos, sin realizar la más mínima matización entre que europeos, sí portugueses, franceses, ingleses, holandeses y españoles se comportaron de igual forma y manera, lo que no es cierto en ninguna circunstancia. El autor utiliza una nueva forma, por supuesto más que aceptable, para referirse a la nueva concepción relativa a que la América indígena se superponga a la denominada como colonial. Los norteamericanos consideraban que el poder y la autoridad eran inherentes al Estado y a su pléyade de funcionarios o burócratas. Los indígenas se fundamentaban en las relaciones familiares o de parentesco, basadas, por consiguiente, en las tribus o gentilidades. Se tiene la certidumbre de que el sistema político de los indios no era, en absoluto, primitivo, sino que estaba adaptado a su época, y a las relaciones diplomáticas que se veían obligados a establecer con los hombres blancos. Como sistema de una inteligente autodefensa, los aborígenes intentaron y consiguieron, en varias ocasiones, entorpecer y destruir algunos de aquellos proyectos coloniales, que atentaban contra la soberanía y el dominio de los indios. “El relato tradicional permanece enquistado en nuestra cultura y nuestra mentalidad. Si consideramos la visión al uso de la Guerra de Nube Roja y de la última resistencia de Custer, según el relato convencional, en una sola década, entre 1866 y 1876, los indios lakota y sus aliados cheyenes y arapahoes derrotaron a Estados Unidos en dos guerras. Primero en la ruta Bozeman, en lo que se conoció como la Guerra de Nube Roja, y luego en la batalla de Little Bighorn, donde aniquilaron al 7º de Caballería de George Armstrong Custer. La historia estadounidense ha considerado ambas derrotas aberraciones o golpes de suerte. Al fin y al cabo, Estados Unidos era una potencia militar-industrial de alcance continental que se disponía a expandirse más allá de la costa oeste. Los lakota humillaron al país en un momento clave: justo cuando la nación se despojaba de su identidad fronteriza y se adentraba en la era moderna de lo corporativo, la burocracia y la ciencia. Tales desastres fueron atribuidos a deficiencias del mando y a un enemigo astuto y familiarizado con el territorio”. Pero, no es así como los hechos victoriosos bélicos son contemplados por los indios, ya que para los aborígenes de los EE. UU. de América del Norte, estas conquistas en el campo de batalla conllevaron el culmen de su poder en Norteamérica. Los indígenas estadounidenses lucharon denodadamente contra esos europeos tan imperialistas, para tratar de defender la integridad de sus territorios, y el respeto hacia sus culturas ancestrales. El número de naciones indígenas y sus nombres, nos aportan conocimientos prístinos sobre su pretensión de resistir hasta la extenuación. Desde la genial confederación de los iroqueses, con sénecas y mohawks a la cabeza, donde el matriarcado regía las relaciones y los nombramientos de sus jefes-guerreros, además de catawbas, odawas, osages, wyandots, cheroquís, cheyenes, los astutos y habilidosos apaches y, sobre todo, el denominado Imperio Comanche, inteligentes indios que consideraron que la existencia de un poder centralizado fuerte era la única posibilidad de resistir a su exterminio por los anglosajones, a los que estorbaban claramente, y que no contemplaron, en ninguna circunstancia, la más mínima posibilidad de un plausible mestizaje. Un abismo cultural, difícilmente rellenable, separaba a estos nativos estadounidenses de los europeos, que trataban de subsumirlos en su cultura, y en la mayor parte de las ocasiones de apartarlos en reservas, para que no pudiesen contaminar a la cultura anglosajona preeminente, y dominantemente expansiva. Guste o no guste, eso no ocurrió en igual cuantía entre los hijos de los Reinos de Castilla, de León, de Navarra, de Portugal y de Aragón, en sus relaciones con los Imperios de los incas y de los mexicas, con todas las cuitas, despropósitos y desafectos ocurridos entre ellos. «Según el viejo y arraigado canon acerca de la historia de América, Colón “descubrió” un continente extraño y trajo historias de sus incalculables riquezas. Un asombroso “Nuevo Mundo” que los Estados europeos corrieron a conquistar y, aunque los indígenas se defendieron, no pudieron detener la embestida. Los imperialistas blancos estaban destinados a dominarlo, y la narración tradicional relata un camino irreversible hacia la inexorable destrucción de los nativos… Sin embargo, como en tantas otras historias de origen bien asentadas, esta también se basa en mitos y distorsiones. En ‘Continente indígena’ el aclamado historiador Pekka Hämäläinen presenta un potente argumentario que echa por tierra muchos de los supuestos más aceptables de la historia de Norteamérica. Nos aleja del Mayflower, de los padres fundadores y de otros trillados episodios de la cronología convencional y nos acerca a unas naciones indias cuyos miembros, lejos de ser víctimas indefensas de la violencia colonial, dominaron el continente durante siglos tras la llegada de los primeros europeos, a los que derrotaron con frecuencia: desde los iroqueses en el nordeste hasta los comanches en las llanuras, y desde los indios pueblo en el sudoeste hasta los cheroquís en el sudeste. En 1776 varias potencias coloniales reclamaban casi todo el continente, pero lo controlaban los indígenas. Los mapas modernos, que pintan gran parte de Norteamérica en bloques ordenados y por colores, confunden los extravagantes alardes imperiales con el control real. Aunque la población blanca y el ansia de tierra de los colonos se dispararon, los indígenas florecieron gracias a la diplomacia y a unas sofisticadas estructuras de liderazgo, cuyo punto álgido fue la victoria lakota de Little Bighorn en 1876. ‘Continente indígena’ devuelve a las naciones indias su lugar en la historia de Norteamérica». El enfrentamiento entre blancos y aborígenes fue de guerra frecuente, pero los indios no siempre perdían, sino que solían ganar con la misma frecuencia. Está claro que, en Norteamérica, serían los europeos los culpables de muchas de las masacres producidas sobre y contra los aborígenes. En absoluto, barbaridades aparte, que las hubo, se pueden incluir, como realiza el doctor en Historia por la Universidad de Helsinki, a los españoles en ningún tipo de plan de limpieza étnica, el mestizaje, para bien o para mal, fue el hilo conductor de las relaciones hispanoamericanas. Indicar la existencia de racismo entre los hispanos, incluyendo a los portugueses, hacia los indios es un error de concepto de tamaño cataclísmico, aunque sí es cierto que se produjo una importante e ingente desaparición, lamentable e indeseada, de los nativos americanos, las enfermedades europeas fueron las causantes, y, en ninguna circunstancia, que se sepa, inocularon, los españoles, a sabiendas, la viruela a los indios, patologías que los españoles padecían, y de las que también pasaban a mejor vida; aunque su sistema inmunitario: linfocitos T y B/células-plasmáticas, histiocitos, monocitos, leucocitos y macrófagos, ya habían desarrollado algún tipo de inmunidad primigenia. Existe un texto, que es conspicuo para mí aserto, en el que se relata que Toro Sentado/Tatanka Yotanka y Caballo Loco/Tashunka Witko, tras la victoria en Little Bighorn indican a sus indios que deberían irse con los españoles de las Floridas, porque tratan muy bien a sus indios, aunque luego, de forma errónea, decidieron irse al Canadá. Como indica, de forma taxativa, el historiador finlandés, el libro es un acercamiento, pormenorizado, a cuáles fueron las complicadas y turbulentas relaciones existentes en Norteamérica entre blancos e indios, cuando ambos grupos intentaron domeñar esas tierras, pero nunca lo consiguieron. “Los indios controlaban la mayor parte de Norteamérica y a menudo ignoraban los avances europeos más allá de sus fronteras. Y, si los conocían, no les daban importancia. Por el contrario, los pueblos indígenas estaban interesados en las ambiciones y experiencias de otros pueblos indígenas: los iroqueses, cheroquís, lakotas, comanches, shawnees y muchos otros”. Estamos, por lo tanto, ante un libro muy documentado y absolutamente recomendable, pareceres o críticas al margen. ¡Necesario, y obviamente reflexivo! «Duos habet et bene pendentes. Deo gratias!». Puedes comprar el libro en:
+ 0 comentarios
|
|
|