- Yo acojono, tu acojonas, él acojona…
- ¡Qué vulgar, tía! Ya sé que viene de cojón y significa intimidar, amedrentar o causar temor… pero es un verbo malsonante y chabacano, con múltiples matices que no viene a cuento, aunque seamos poligoneras. Me intrigas, Puri. Realmente, ¿quieres decir que tú acojonas o que te acojonan?
- Pues depende de la dirección de la acción, Vani. Puedo acojonar o sentirme acojonada, pequeño saltamontes. Es una respuesta emocional exagerada, en la que busca el emisor, sobre todo, atemorizar, paralizar, imponer la autoridad… o si utilizamos el verbo reflexivo, sabemos lo que supone para el receptor: atemorizarse, paralizarse, acojonarse…
- Es decir, que todo depende de la dirección en la que sople el viento, un suponer. Puede que te acojone enfrentarte a una enfermedad, a hacer la Declaración de la Renta, una película de terror por la noche si estás sola, la factura de una mariscada, la cara de tu jefe, la cena de Navidad con los cuñados… o das la vuelta a la tortilla y después de presumir en una boda con bisutería cara, te vas a devolverla, usada, a la tienda y para que no te pongan pegas, empiezas la conversación voceando para acojonar a la dependienta…
- ¡Cien por cien, Vani! Intentar acojonar a alguien levantando la voz es algo grosero y tosco que, no obstante, está de plena actualidad en oficinas, familias, negocios, política…
- Pero Puri, hoy no íbamos a hablar del desgobierno ni de tu jefe, ¿a qué viene sacar a colación este tema?
- Muy fácil, colega. Ya sabes que soy muy dada a prender hebra con cualquiera y el otro día me senté a tomar una birra en una terraza con mi amiga Lilibel y el camarero, sonriente y dicharachero, nos saludó con un ¡feliz Navidad! La cosa derivó y nos acabó contando que intuía que el saludo nos iba a hacer gracia y no a la pareja que se había sentado días anteriores. Relataba que la tía le estaba montando un pollo vocinglero a un maromo estupefacto que no habría la boca y se quedó con ganas de decirle, al pobre, que no le renteba estar con semejante colega apabulladora, pero se mordió la lengua y optó por la retirada a tiempo.
- Sabia decisión no meterse en camisas de once varas… pero aprovechable el temita para hacer una reflexión reflexionada. ¿Por qué grita tanto la gente?
- Como dicen los que entienden, levantar la voz es un mecanismo de defensa automático que busca, principalmente, imponer autoridad, controlar la situación o defenderse ante una amenaza percibida, aunque esta no exista. Los gritos anulan al de enfrente y, casi siempre, la mejor defensa es un buen ataque y trasladan la frustración y el malestar al otro infeliz que lo aguanta estoicamente.
- Pero eso no renta y da miedo…
- ¡Cien por cien, tía! Dominar una situación que no te satisface de manera tan agresiva, y a veces inconsciente, supone no controlar las propias emociones ni aceptar de manera sana algo que no cumple tus expectativas, y por ello, adoptar un mecanismo de evitación inmaduro. Con lo fácil que es el ¡ahí te quedas! O dar la cuenta al susodicho que no trabaja como tú quisieras…
- Pues yo tuve un jefe adicto a echar la bronca los viernes por la tarde. La mejor manera de mandarte jodida a pasar el fin de semana a casa… haciéndote creer que valías una mierda. Una excelente forma de mantener el control a través de tu miedo.
- Entonces, imposible contraatacar o defenderte, porque te deja muda. Recuerdo que yo les contaba a los alumnos lo de los comportamientos reactivos: si alguien grita, lo que te pide el cuerpo es elevar tú todavía más la voz. Lo que supone que el acuerdo nunca va a llegar ¿Qué hacer entonces? Despersonalizar la agresión y no entrar en el juego de la culpa y jamás elevar la voz. ¿“Banco de niebla”, “disco rayado”…? ¡A veces y depende! Mantén la calma y el tono bajo y nunca, ¡nunca! dudes de tu realidad, de tu valía y de tu autoestima.
- Y digo yo, ¿no es mejor cambiar de trabajo o mandar a la pareja a la mierda?
- No seas talibán, Vani, si el trabajo te gusta, mantente firme y profesional y no iguales el nivel de agresión.
- ¿Y en la pareja del bar?
- Fácil: o tomas la discusión como una fuerte de progreso… o cambias de pareja. Pero no te acojones, tía.
- ¡Cien por cien, Puri! ¡Cien por cien!