Estamos ante una extraordinaria civilización helénica, muy importante para la evolución de la Hélade, y por lo tanto es de agradecer, de forma superlativa, que la editorial La Esfera de los Libros nos aproxime a la ciudad de la virtud y de la guerra. Me ha entusiasmado el rigor indiscutible del profesor Fornis con relación a que era o como se denominaba en la Antigüedad, precisamente, a la ciudad de Esparta. “Pese a que los historiadores modernos han llamado siempre, y continuamos haciéndolo por comodidad, Esparta a la polis o entidad política de la que nos ocupamos en este libro, los griegos la conocían como Lacedemonia, mientras Lakoniké designaba todo el territorio que políticamente dependía del ásty o ciudad que ejercía de auténtico epicentro del Estado, esa sí, Esparta; sus ciudadanos recibían el nombre oficial de lacedemonios -recuérdese por ejemplo la letra lambda que campeaba en el escudo de sus hoplitas-, término que, no obstante, en ocasiones englobaba también a los periecos, carentes de derechos políticos pero integrantes de la falange lacedemonia. Desde la época romana en adelante se utilizó más comúnmente la denominación de Laconia, que aparece por primera vez en Plinio el Viejo, en el siglo I de nuestra era, y que aún hoy ostenta la actual provincia griega, si bien suele tener un sentido étnico o geográfico antes que político”. Por lo tanto, la capital de la Lacedemonia ocupaba un lugar privilegiado para poder ser defendida con relativa facilidad, ya que estaba franqueada o delimitada por los montes Taigeto u occidental y Parnón u oriental. Además, como norma absolutamente excepcional, geográficamente hablando, su río era el Eurotas, que no se secaba ni en el verano. Yendo hacia el este se encontraba el país de los mesenios, que era el granero de Esparta, tras ganar los lacedemonios la segunda guerra mesenia, y que no conseguirían su libertad o independencia hasta que transcurriesen dos siglos, cuando el caudillo de Tebas y su Batallón Sagrado, Epaminondas, derrotase de forma inmisericorde a los espartanos en la batalla de Leuctra (6 de julio de 371 a.C.). Mesenia y Laconia unidas ocupaban las 2/5 partes del Peloponeso, lo que ya era un territorio enorme, y más del triple que la región del Ática, cuya capital era Atenas. Este hecho de una tan gran extensión geográfica proporcionaba a la región un acrecentado potencial en recursos de todo tipo, desde los humanos obviamente, hasta los agrícolas y los minerales. Por consiguiente, la tierra de los espartanos era moderadamente fértil, destacando en ella el cultivo de la aceituna-aceite, higos, vid-vino, el trigo y la cebada, a lo que sería preciso añadir una rica cabaña ganadera fundamentada en cabras, ovejas y cerdos, y todo ello complementado con una muy apreciada miel. En estas condiciones, se puede indicar, sin ambages, que la economía de Esparta era muy superior a la del resto de las poleis helénicas. Entre los minerales poseía hierro, plomo, estaño y cobre, además de mármol. “Las fuentes literarias antiguas, bien que ajenas por lo general a la propia cultura y modo de vida espartiatas -con las posibles excepciones de Tirteo, de Alcmán y de un Jenofonte que, aunque ateniense, arraigó en ellas y fue su privilegiado espectador e intérprete-, henchidas de leyenda y coloreadas por la manipulación ideológica, mantienen su carácter preeminente para proporcionarnos información sobre la sociedad lacedemonia en sus diferentes ámbitos. Junto a los autores mencionados, nuestro conocimiento parcial del orden espartano descansa en valiosas indicaciones proporcionadas por las obras de Heródoto, Tucídides, Aristóteles, Polibio, Plutarco y Pausanias, los cuales, ha de asumirse, se nos presentan como transmisores de una realidad espartana que les estaba vedada y cuya especificidad interpretaban bajo sus propios parámetros culturales”. En el siglo VIII a.C. se produce el nacimiento de la polis de Esparta, por medio del sinecismo en una sola ciudad de las cuatro primigenias aldeas primitivas de la región, es decir: Pitana, Cinosuras, Limnas y Mesoa, y la quinta sería Amiclas, aunque su soberano Teleclo se resistiría, pero sin efecto positivo. Por consiguiente, ya está conformada la gran ciudad de los lacedemonios, y por su propio y orgulloso carácter de ser invencibles es por lo que será hacia el final del siglo III a.C., cuando, por su sentimiento obvio de debilidad, ya se vean obligados a realizar el amurallamiento de su polis. Aunque Licurgo, su mítico y gran legislador manifestaba que: ‘Una ciudad está bien fortificada cuando está guarnecida por hombres y no por ladrillos’. Esparta tampoco poseyó un centro urbano, sensu stricto, ya que mantuvo la primitiva separación de sus aldeas, además y, para agravar más la cuestión, la más importante, Amiclas, se encontraba situada a unos 5 km. al sureste. Sea como sea, a pesar de esta estructura nuclear de poblamiento ciertamente disperso, escasamente urbanizado, y sin defensas muradas, Esparta era una ciudad-estado griega igual que las demás y, como todas ellas, con una estructura de gobierno creada alrededor de los deseos de sus ciudadanos para gobernarse, y delegar su autoridad en los gobernantes de turno, que en el caso de la capital de los lacedemonios era una diarquía, con unos ciudadanos bastante independientes para decidir hacía donde debía dirigirse su política exterior. “Cumplía incluso con un atributo de la polis ideal, esencial en el imaginario griego, que escapaba a las posibilidades de muchas otras: la autarquía/autárkeia, la autosuficiencia a partir de los recursos que procuraba el propio territorio/chóra. Esparta se acerca aún más a ese Estado ideal proclamado por teorizadores como Platón y Aristóteles al explotar el trabajo de una masa de población dependiente que cultiva esas tierras, de forma que los ciudadanos pueden consagrar todo su tiempo a la gestión de los asuntos públicos. Estos criterios pesan sin duda más que los puramente físicos a la hora de hablar de una polis de los lacedemonios”. Con esta situación sociopolítica espartana, es lógico pensar que se lanzasen a la conquista y el dominio de toda la región del Peloponeso que dependía, directamente, de ellos. En estas circunstancias, en la segunda mitad del siglo VIII a.C., ya se ha creado un Estado unificado bajo la dirección indiscutible de la propia Lacedemonia. Con el rey Alcamenes Esparta consigue apoderarse de la aldea de Helos, y así ya le es posible obtener una salida al mar. No obstante, la conquista de Helos fue trágica para sus habitantes, ya que fueron convertidos en esclavos, y quizás pudiesen dar origen a los sufridos hilotas, aunque también puede ser que esta tierra fuese el lugar de concentración del mayor número de hilotas laconios, aunque lo que conlleva una mayor lógica historiográfica es que el hilotismo tendría su origen en la invasión, cimentada en la etnicidad, por parte de los heraclidas del propio Peloponeso. “Las tradiciones acogidas por Antíoco y Éforo sugieren que la situación no debió de ser diferente de la que se produce en otros Estados griegos, con una evolución interna de la sociedad que conduce al campesinado dependiente y más empobrecido a la esclavitud, como en Atenas, donde quizá la obra de Solón impidió que los hectémoros corrieran la misma suerte que los campesinos laconios hilotizados, dorios o no”. Para finalizar este acercamiento de ensayo historiográfico sobre este libro sobresaliente, deseo indicar que en el siglo VIII a.C., Esparta añadió a su eficacia de conquista militar un modelo de asentamiento del tipo de colonización, por medio de la cual se creaba una total dependencia política con la madre patria. Realmente estamos ante una obra fuera de serie sobre una de las ciudades griegas más falseadas en su conocimiento, por parte de muchos historiadores, que hasta han descalificado su idiosincrasia como de lacónica, que estimo es más virtud que vicio. «Este es el gran libro sobre la ciudad-Estado griega que fraguó su leyenda en los campos de batalla merced a unos ciudadanos que hicieron del coraje y la capacidad de sacrificio sus señas de identidad, pero al mismo tiempo encarnaron de forma sublimada las ideas de libertad política y de virtud cívica que ponían a la comunidad, al bien común, por encima de todo interés particular. En este sentido, Esparta fue la ciudad de la virtud y de la guerra. Esta es su historia desde los tiempos míticos, que dieron paso a la formación de la polis de Lacedemonio, hasta la pérdida de su independencia en el año 192 a.C. Un viaje de siete siglos marcados por el auge y declive de esta potencia de la antigua Grecia donde el lector podrá adentrarse en los aspectos que integraban su kósmos, el peculiar orden establecido por ese legislador mítico que fue Licurgo: su régimen político, sus instituciones y costumbres, su complejo universo social, su ejército, su economía carente de moneda, su severo sistema educativo, sus cultos ancestrales y, en fin, su literatura, música y arte, que fueron muy ricos antes del advenimiento de una revolución que hizo de Esparta el Estado hermético, secretista, austero y militarista que la tradición nos ha legado ». Estimo que en esta obra se deja bien claro la importancia de aquella eximia civilización, que dejo textos de una ética tan diferenciada como la del Desfiladero y Batalla de Las Termópilas: ‘Simónides de Ceos. Extranjero, caminante, ve a la ciudad y dile a los lacedemonios que aquí yacen sus hijos, por obedecer sus leyes’. ¡Obra de gran calidad y muy esclarecedora! «César Fornis aborda este estudio holístico con una exposición clara, rigurosa y documentada, pero sobre todo honesta, lo cual significa renunciar a dar por sentado dataciones, hechos o procesos poco claros o bien aceptar de forma acrítica lo que solo son hipótesis. Con todo, los criterios académicos no están reñidos con la amenidad, de ahí las abundantes anécdotas y aforismos que, aun de dudosa verosimilitud, ilustran el contexto y la mentalidad en los cuales se forjaron». ¡Lo último sobre Esparta y, por lo tanto, lo mejor, por su ejemplificación, hasta ahora! «Benedictus dominus, adiutor meus, qui docet manus meas ad proelium et digitos meos ad bellum». Puedes comprar el libro en:
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