Aquí, en el país de las maravillas, no se te ocurra decir adiós, hasta luego, nos vemos o “chao”. No te entienden, tío. Todos y digo todos, lo mismo en un bazar chino que en un restaurante pakistaní, digas lo que digas, te van a contestar “aguuur”. Mis padres hablaban euskera y aprendieron castellano en la adolescencia. Yo tengo nula facilidad para los idiomas. Será que mi hemisferio cerebral izquierdo está más limitado de lo que pensaba. También te digo que, al final, todos somos hijos de Dios y estaría bien que habláramos en arameo, que era la lengua materna de Jesucristo.
Después de esta inocente divagación, vuelvo al principio, como Juan Carlos I vuelve a Sanxenxo, a las regatas, a los veleros y a sus cosas. Es un lobo de mar y siempre ha dicho que su canción favorita es “Un velero llamado libertad”. Bonita canción, habla de surcar los procelosos mares bajo un cielo azul. Antes de Sanxenxo, acompañado de sus hijas y de Froilán, ha recibido en París un premio por su libro de memorias “Reconciliación”. Me parto la caja. La familia real está mírame y no me toques. Pero hasta que se reconcilien, el emérito no para, de oca a oca y tiro porque me toca. Mientras dura, vida y dulzura, decía mi madre.
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