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PLAZA DE GUIPÚZCOA
Juan Carlos I recibe un premio en París, rodeado de asistentes, en un evento oficial en la capital francesa.
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Juan Carlos I recibe un premio en París, rodeado de asistentes, en un evento oficial en la capital francesa. (Foto: Imagen generada por inteligencia artificial – Cibeles AI)

VOLVER, VOLVER, VOLVER

martes 21 de abril de 2026, 08:00h

El emérito ha vuelto a Sanxenxo. Fíjate que no me atrevo a escribir “Sangenjo”. Nos han metido hasta el corvejón (por no decir otro sitio) el respeto a las lenguas minorizadas y el rollo de la cooficialidad se ha quedado para vestir santos.

Aquí, en el país de las maravillas, no se te ocurra decir adiós, hasta luego, nos vemos o “chao”. No te entienden, tío. Todos y digo todos, lo mismo en un bazar chino que en un restaurante pakistaní, digas lo que digas, te van a contestar “aguuur”. Mis padres hablaban euskera y aprendieron castellano en la adolescencia. Yo tengo nula facilidad para los idiomas. Será que mi hemisferio cerebral izquierdo está más limitado de lo que pensaba. También te digo que, al final, todos somos hijos de Dios y estaría bien que habláramos en arameo, que era la lengua materna de Jesucristo.

Después de esta inocente divagación, vuelvo al principio, como Juan Carlos I vuelve a Sanxenxo, a las regatas, a los veleros y a sus cosas. Es un lobo de mar y siempre ha dicho que su canción favorita es “Un velero llamado libertad”. Bonita canción, habla de surcar los procelosos mares bajo un cielo azul. Antes de Sanxenxo, acompañado de sus hijas y de Froilán, ha recibido en París un premio por su libro de memorias “Reconciliación”. Me parto la caja. La familia real está mírame y no me toques. Pero hasta que se reconcilien, el emérito no para, de oca a oca y tiro porque me toca. Mientras dura, vida y dulzura, decía mi madre.

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