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Begoña Ameztoy

No te voy a contar la milonga de “Les liasons dangereuses” de Choderlos de Laclos, porque sé que has visto la peli de la Pfeiffer y el Malkovich. Pero te aseguro que esas amistades erotizantes eran mucho más inofensivas y banales que las que yo te propongo ahora.

Es verdad que si yo fuera Dios lo hubiera hecho todo de otra manera. Como creyente irredenta que soy, la hipotética responsabilidad de Dios es un tema que me apasiona, pero no quedan muchos interlocutores válidos para dilucidar este tipo de cuestiones. La única persona con la que podía especular y desbarrar sin complejos era Jorge Oteiza. Solíamos coincidir en lo fundamental, aunque en la discrepancia las batallas dialécticas podían ser a muerte.

Hay infinidad de causas que merecerían una segunda lectura, pero no voy a ser yo la imbécil que se rompa los cuernos con disquisiciones prolijas y abstractas que no llevan a ningún sitio. Salvo que me sienta concernida, como en este caso. Hablábamos hace una semana de “Best sellers como churros” y tengo una interesante precisión qué aportar. No pienses que voy a matizar o suprimir ningún detalle de mi argumentario. Al contrario, añadiré un concepto sorprendente con una cierta carga de profundidad metafísica.

Lo malo de poner a parir a Simone de Beauvoir es que te van a decir que eres una machista y una facha. Pero también es verdad que me importa una mierda que lo piensen y que lo digan. Ya la puse de chupa de dómine en mi ensayo “Escuela de Mujeres” y la polémica que generó me proporcionó pingues beneficios.

No sé cómo ha llegado hasta mis manos, pero incluso lo estoy ojeando. Es el best seller de pseudo física cuántica más famoso de Deepak Chopra “Cuerpos sin edad, mentes sin tiempo”. ¡Qué miedo, colega, Vade Retro! Dicen que es un fenómeno paranormal que también les ocurría a los místicos del Siglo de Oro, nada por aquí, nada por allá y de pronto aparecía un libro o un manuscrito entre sus dedos. O en un lugar inverosímil de su celda, o más difícil todavía, en la cocina, entre los pucheros como a Teresa de Jesús. Ellos tenían la coartada de la “divinidad”, podían explicar con total aplomo que un santo cualquiera, al azar, del extensísimo santoral judeocatólico era el artífice de tal prodigio.

Autora de "Yo fui la elegida"

Escritora, periodista y tertuliana en Crónicas Marcianas, Begoña Ameztoy publica la segunda entrega de una trilogía que inició con El Señor de las Maravillas. En Yo fui la Elegida nos adentra en los misterios de una saga familiar donde se cruzan antepasados espectrales, reinas de la Belle Époque y no pocas derivadas autobiográficas. Desde lo más profundo de la Euskal Herria legendaria al San Sebastián de hoy, Yo fui la Elegida configura un relato apasionante que oscila entre el realismo mágico, la narrativa gótica y la autoficción. Ha sido publicada por Ediciones Beta III Milenio.

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No existe un imán con más poder de atracción que la palabra “SEXO”. NI más sugerente, excitante, misterioso, prohibido y clandestino. De hecho, está considerado el reclamo más eficaz para el título de cualquier artículo, ensayo, novela, película o canción. Dicen que la jodienda no tiene enmienda y debe ser cierto. Algo parecido a “Información vaginal, éxito garantizado”, como diría Lola Delgado, flamante Fiscal General del Estado, espiada por el agente Villarejo 007.

Procuraré no ser tan pedante y narcisista como un escritor al uso. No te escandalices, todos los escritores lo somos, además de competitivos, envidiosos y dispuestos a cualquier aberración con tal de mejorar las ventas de los bodrios que parimos. Y el que diga lo contrario miente. Es verdad que siempre ha habido clases. No es lo mismo Jane Austen, Nabokov o Graham Greene, que J. K. Rowling, Dan Brown, o E. L. James y sus infumables “cincuenta sombras”.

Si yo fuera director de esta revista, no publicaría este artículo. Hay cosas que no se pueden decir. No porque sean mentira, sino porque son verdades como puños. Pero no te van a dejar ir por el mundo sacudiendo verdades ni como puños ni a puñetazos. Que se lo digan a Ignatius Reilly (¡¡Oooh Ignatius, te adoro!!!) No hay nada más revolucionario, trasgresor y obsceno que la verdad ¿Pero quién coño necesita la verdad? Nadie.

No creas que me pillas en un mal momento, llevo cabreada desde hace un mes que estoy metida en casa. Pero es una percepción dual, porque al mismo tiempo me siento poseída por una extraña lucidez. Es en el infortunio cuando el ser humano despierta, reacciona, reflexiona y comprende que el mundo es una mierda, que las cosas siempre son peor de lo que te han contado y de lo que imaginabas.