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José Manuel Caballero Bonald
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José Manuel Caballero Bonald: La poesía como respuesta a los sueños y preguntas vitales

José Manuel Caballero Bonald, poeta de la Generación del 50, considera que los sueños son respuestas a preguntas vitales. La poesía, como acto de rebeldía y búsqueda existencial, se convierte en un medio para enfrentar la realidad y explorar el lenguaje. Su obra refleja memoria y crítica social.
Somos el tiempo que nos queda
Somos el tiempo que nos queda
Principio de deducción
Si es cierto que los sueños
son respuestas a todas las preguntas
que estuvimos haciéndonos
antes de nacer,
la poesía
vendría a ser como la réplica
a ese interrogante
que se ha quedado aún sin contestar.

José Manuel Caballero Bonald: Manual
de infractores. Barcelona, Seix Barral

Fundación Caballero Bonald, constituida en 1998.

https://www.fcbonald.com/

Vídeo del discurso íntegro de Caballero Bonald en la recepción del Premio Cervantes 2012.

https://www.google.com/search?hl=en&q=caballero+bonald+discurso+de+entrega+del+premio+Cervantes&rlz=#fpstate=ive&vld=cid:7e41f7a3,vid:2s5nNYY5Ecs,st:0

José Manuel Caballero Bonald: Vivo allí donde estuve. Poemas escogidos (1952-2012). Selección y prólogo de José Ramón Ripoll. Junta de Andalucía. Consejería de Educación y Deporte, 2013.

https://www.juntadeandalucia.es/export/drupaljda/JMCaballero_Bonald_vivo_alla_donde_estuve.pdf

José Manuel Caballero Bonald (Jerez de la Frontera -Cadiz-,1926; Madrid, 2021), “encasillado” en los manuales de literatura dentro de la Generación del 50, muy a su pesar, es autor prolífico y polifacético -poesía, novela, ensayo-; pero, ante todo, es poeta con cierta tendencia al barroquismo y un escrupuloso manejo del lenguaje, del que sabe extraer todas sus posibilidades expresivas, en busca de la mayor eficacia comunicativa; un poeta que concibe la poesía como “una forma de defensa contra las ofensas de la vida”. Estas son algunas de sus obras poéticas más destacadas (hemos prescindido de novelas y ensayos): Las adivinaciones (1952; accésit del Premio Adonáis, 1951), Memorias de poco tiempo (1954), Anteo (1956), Las horas muertas (1959; Premio Boscán, 1958 y Premio de la Crítica de Poesía Castellana, 1960), Pliegos de cordel (1963), Descrédito del héroe (1977, Premio de la Crítica de Poesía Castellana, 1977), Laberinto de Fortuna (1984), Diario de Argónida (1997), Manual de infractores (Premio Nacional de Poesía, 2006), La noche no tiene paredes (2009, libro en el que reivindica la necesidad de dudar, porque según sus propias palabras, “El que no tiene dudas, el que está seguro de todo, es lo más parecido que hay a un imbécil”), Entreguerras (2012; libro constituido por un único poema autobiográfico que se aproxima a los 3000 versículos, sin rima ni metro prefijados, y sin signos de puntuación, salvo exclamaciones e interrogaciones), Desaprendizajes (2015).

En palabras de Pere Gimferrer, “El verdadero tema de la poesía de Caballero Bonald es el lenguaje, en la medida en que el lenguaje se revele susceptible de ser a la vez condición y vehículo del conocimiento». Así se justifica que Caballero Bonald haya escrito poesía de manera infatigable, porque componer poesía siempre le ha hecho sentirse joven. De hecho, el prolífico Caballero Bonald, al cumplir los 80 años, declaraba: “El permanecer en la brecha te rejuvenece. El que no se queda callado, el que iguala el pensamiento con la vida, tiene ya mucho ganado para rejuvenecer” (y, desde luego, el poemario Entreguerras así lo confirma, ya que hay que tomar el título en su literalidad: “luchas interiores para ir soldando lo que se vive con lo que se escribe”). Y Caballero Bonald siguió escribiendo hasta el 2018, tres años antes de su muerte, ocurrida a los 94 años. Los tres intentos para que ingresara en la RAE fueron inútiles. Sin embargo, en el año 2012 fue galardonado con el Premio Cervantes.

El poema que hemos seleccionado pertenece a Manual de infractores. “A partir de la desobediencia como engranaje conceptual, Manual de infractores incluye un veredicto contra los acosos de convencionalismos y banalidades. Concebido como una ruptura con la tradición más frecuentada, el libro supone una singular tentativa de crítica de la vida y la cultura a través de una forma de conocimiento de la realidad basada en el rescate virulento de la memoria, la pasión por el mar, la erótica de la noche, las transgresiones morales, la fugacidad del tiempo…”.

Y quizá para una mejor contextualización puede ser de interés recordar aquí las palabras con las que Caballero Bonald cerró su discurso en la entrega del Cervantes:

“Creo honestamente en la capacidad paliativa de la poesía, en su potencia consoladora frente a los trastornos y desánimos que pueda depararnos la historia. En un mundo como el que hoy padecemos, asediado de tribulaciones y menosprecios a los derechos humanos, en un mundo como éste, de tan deficitaria probidad, hay que reivindicar los nobles aparejos de la inteligencia, los métodos humanísticos de la razón, de los que esta Universidad -por cierto- fue foco prominente. Quizá se trate de una utopía, pero la utopía también es una esperanza consecutivamente aplazada, de modo que habrá que confiar en que esa esperanza también se nutra de las generosas fuentes de la inteligencia. Leer un libro, escuchar una sinfonía, contemplar un cuadro, son vehículos simples y fecundos para la salvaguardia de todo lo que impide nuestro acceso a la libertad y la felicidad. Tal vez se logre así que el pensamiento crítico prevalezca sobre todo lo que tiende a neutralizarlo. Tal vez una sociedad decepcionada, perpleja, zaherida por una renuente crisis de valores, tienda así a convertirse en una sociedad ennoblecida por su propio esfuerzo regenerador. Quiero creer -con la debida temeridad- que el arte también dispone de ese poder terapéutico y que los utensilios de la poesía son capaces de contribuir a la rehabilitación de un edificio social menoscabado. Si es cierto, como opinaba Aristóteles, que la “la historia cuenta lo que sucedió y la poesía lo que debía suceder”, habrá que aceptar que la poesía puede efectivamente corregir las erratas de la historia y que esa credulidad nos inmuniza contra la decepción. Que así sea”.

Manual de infractores es un libro que responde claramente a su concepción de la poesía como un acto de rebeldía: “Yo no puedo escribir -había afirmado 1968, 17 años antes de la publicación de este libro- si no me siento en la inminente necesidad de defenderme de algo con lo que estoy en radical desacuerdo. El acto de escribir supone para mí un trabajo de aproximación crítica al conocimiento de la realidad y también una forma de resistencia frente al medio que me condiciona”. Como escribe José Ramón Ripoll en el prólogo de su antología “Poemas escogidos (1952-2012) -“Vivo allí donde estuve”- obra publicada por la Junta de Andalucía y cuyo enlace digital ya hemos proporcionado, en Manual de infractores el poeta “adopta un pronunciamiento constante, en nombre de la memoria, contra el pensamiento único y fosilizado que el poder impone desde sus resortes más imperceptibles. Por eso desconfía de las normas impuestas bajo excusa de una pretendida tradición que uniforma el discurso colectivo y tapona el paso hacia el desacato individual, impidiendo así el enfrentamiento del poeta con las formas, las estructuras y la inercia histórica de una escritura concebida, en el fondo, como analogía del orden social.” (pág. 11)..

“Principio de deducción” es un breve poema, compuesto solo por 7 versos heterométricos y sin rima. El verso 4 es un “verso partido”, dividido en dos hemistiquios separados por la coma, de forma que el segundo hemistiquio se escribe en la línea siguiente, pero alineado con la palabra final del primer hemistiquio (se trata, por tanto, de una “alineación por sangría” que, en este caso deja el sintagma “la poesía” en una posición de relevancia expresiva. Por otra parte, los versos 3 y 5 finalizan en palabra esdrújula (“haciéndonos” y “réplica”, respectivamente): y el verso 7, que cierra el poema, en palabra aguda (“responder”): lo que, indiscutiblemente, dota al poema de una especial sonoridad.

El poema se estructura como un periodo condicional, con su prótasis (versos 1-4: “Si es cierto que…”) y su apódosis (versos 4-7: “… la poesía vendría a ser…”). No hay mayor complejidad sintáctica, pero sí una profunda “reflexión metapoética”, ya que la poesía se convierte en una indagación sobre el proceso creativo, formulando interrogantes existenciales inherentes a la creación artística que están en el origen del propio ser -cuando todavía es una simple ensoñación-, pero que carecen de contestación. Y en ese binomio “búsqueda-respuesta” se desarrolla el universo poético. En este sentido, el poema entra de lleno en la línea ideológica de Caballero Bonald, siempre posicionado contra las certezas dogmáticas (adviértase el tiempo verbal empleado: “vendría a ser”): el autor afronta la poesía no como una verdad absoluta, sino como un instrumento de constante indagación existencial.

Y dado que en la poesía de Caballero Bonald se mezcla la propia historia personal con el mundo poético que construye, en el que la memoria lucha por su subsistencia, consideramos necesario leer al menos otros dos poemas de Manual de infractores, que reproducimos seguidamente. “Summa vitae” [totalidad de la vida”] -poema que encabeza el libro y que, además da título a la recopilación de su obra (1952-2005)- y “Número imaginario”.

Summa vitae

De todo lo que amé en días inconstantes

ya sólo van quedando

rastros,

marañas,

conjeturas,

pistas dudosas, vagas informaciones:

por ejemplo, la lluvia en la lucerna

de un cuarto triste de París,

la sombra rosa de los flamboyanes

engalanando a franjas la casa familiar de Camagüey,

aquellos taciturnos rastros de Babilonia

junto a los barrizales suntuosos del Éufrates,

un arcaico crepúsculo en las Islas Galápagos,

los prolijos fantasmas

de un memorable lupanar de Cádiz,

una mañana sin errores

ante la tumba de Ibn’Arabi en un suburbio de Damasco,

el cuerpo de Manuela tendido entre los juncos de Doñana,

aquel café de Bogotá

donde iba a menudo con amigos que han muerto,

la gimiente tirantez del velamen

en la bordada previa a aquel primer naufragio...

Cosas así de simples y soberbias.

Pero de todo eso

¿qué me importa

evocar, preservar después de tan volubles

comparecencias del olvido?

Nada sino una sombra

cruzándose en la noche con mi sombra.

Número imaginario

Lector que estás leyéndome en algún interino

declive de la noche, ¿qué sabes tú de mí?
¿En qué despeñadero de qué historia
podemos encontramos?

Quienquiera que tú seas
te exhorto a que me oigas, a que acudas
hasta estos rudimentos del recuerdo
donde me he convocado a duras penas
para poder al fin reconocerme.
Ven tú también si me oyes hasta aquí.

Lector, número imaginario, azar
copulativo, sustitúyeme
y busca
por esos vericuetos
de la complicidad cuándo, en qué sitio
se hizo veraz la vida que a medias inventamos

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