Junto a las novedades -y audacias- técnicas que presenta la poesía vanguardista y creacionista de Gerardo Diego (presentamos, en este sentido, el poema “Cuadro”-, el poeta ha cultivado siempre la poesía de metro tradicional, ya sea popular -el romance- o culta -el soneto; y sirva como ejemplo el poema “Giralda”. Cuadro
El mantel
jirón del cielo
es mi estandarte
y el licor del poniente
da su reflejo al arte
Yo prefiero el mar cerrado 5
y al sol le pongo sordina
Mi poesía y las manzanas
hacen la atmósfera más finalmente
En medio la guitarra
Amémosla
Ella recoge el aire circundante 10
Es el desnudo nuevo
venus del siglo o madona sin infante
Bajo sus cuerdas los ríos pasan
y los pájaros beben el agua sin mancharla
Después de ver el cuadro 15
la luna es más precisa
y la luna más bella
El espejo doméstico ensaya una sonrisa
y en un transporte de pasión
canta el agua enjaulada en la botella 20
Gerardo Diego: Manual de espumas. Madrid,Editorial Cuadernos literarios, 1924.
Son muchas las novedades -y audacias- técnicas que presenta este poema, en relación con la poesía de corte más tradicional: la ausencia de puntuación, la arbitraria disposición tipográfica, la extraña rítmica de los versos, lo insólito y complejo de las imágenes... Y todo ello para describirnos un cuadro que preside una guitarra y en el -como si de una pintura cubista se tratara- pueden reconocerse un mantel, un espejo, una botella...
Pablo Picasso: "Guitarra, botella, tazón
con frutas y cristal en tabla".
[“En este cuadro, los objetos “se renderizan” en líneas atrevidas y planos de color, sin ningún intento de crear un sentido de espacio o profundidad tridimensional. Tras una inspección más cercana, resulta claro que Picasso ha arreglado cuidadosamente los diversos elementos dentro de la composición para crear un sentido de equilibrio y armonía. El foco central de la pintura es la tabla misma, que sirve como soporte físico para los objetos representados y una etapa metafórica en la que se presentan. La guitarra, la botella, el tazón con fruta y vidrio están dispuestos en una formación triangular floja alrededor del borde de la mesa, creando un sentido de tensión y dinamismo que dibuja el ojo del espectador en la escena”].
Giralda
Giralda en prisma puro de Sevilla,
nivelada del plomo y de la estrella,
molde en engaste azul, torre sin mella,
palma de arquitectura sin semilla.
Si su espejo la brisa enfrente brilla,
no te contemples -ay, Narcisa- en ella,
que no se mude esa tu piel doncella,
toda naranja al sol que se te humilla.
Al contraluz de luna limonera,
tu arista es el bisel, hoja barbera
que su más bella vertical depura.
Resbala el tacto su caricia vana.
Yo mudéjar te quiero y no cristiana.
Volumen nada más: base y altura.
Gerardo Diego: Alondra de verdad. Madrid,Ediciones Escorial, 1941.
El soneto “Giralda” -escrito en Gijón, en 1926, tras una visita a Sevilla, en 1925- constituye una exaltación de la gracia y belleza de la torre sevillana. Por medio de imágenes y metáforas, el poeta nos va comunicando las impresiones estéticas que suscita en su ánimo la contemplación del monumento sevillano, y lo hace con abundantes referencias geométricas, especialmente en el primer cuarteto y en el primer terceto. Este recreo de la geometría está relacionado con el arte de vanguardia y, en concreto, con el cubismo. En los dos primeros versos del segundo cuarteto -revestido de ciertas resonancias gongorinas-, el poeta, dirigiéndose -en apóstrofe lírico- a la Giralda, le dice que si el Guadalquivir brilla enfrente, no se contemple en sus aguas -la alusión al espejo para referirse metafóricamente al agua de un río cuenta con una larga tradición literaria-, para evitar que le suceda lo que a Narciso que, enamorado de su propia imagen reflejada en una fuente, acabó arrojándose a las aguas. El resto de las imágenes del segundo cuarteto presentan a la Giralda iluminada por un sol rendido ante la belleza de sus formas, con el brillante colorido de las naranjas nuevas. E igualmente sorprendentes son las imágenes del primer tercero: la luz de la luna acentúa en la noche el color amarillento del fruto de los limoneros del entorno de la Giralda, cuya mole prismática hace brillar en toda su esplendorosa verticalidad con la misma pureza de una mejilla recién rasurada por una afilada navaja; o dicho por el poeta: “Al contraluz de luna limonera, / tu arista es el bisel, hoja barbera / que su más bella vertical depura”. El sentido del verso final -“Yo mudéjar te quiero y no cristiana” es claro: lo que Gerardo Diego desea al llamar “mudéjar” a la Giralda es -según confesión propia- "humanizarla, viva, islámica y sin conversión o apostasía en tierra de cristianos". Diego quiere que la Giralda conserve el carácter geométrico y abstracto de los elementos ornamentales musulmanes, sin que añadidos cristianos posteriores modifiquen su ser primigenio: simplemente volumen, geometría pura.
La Giralda es la torre campanario de la catedral
de Santa María de la Sede, de Sevilla.
[La Giralda es almohade; de hecho, es el mejor exponente de la arquitectura almohade en España. Los mudéjares eran los musulmanes a quienes se permitía seguir viviendo entre los vencedores cristianos, sin mudar de religión, a cambio de un tributo. Cuando Fernando III el Santo reconquistó Sevilla, el alminar de la mezquita mayor llevaba en pie más de cuarenta años -las a obras corrieron a cargo del alarife Ahmad ibn Baso, entre 1184 y 1195-. Edificada ya la catedral cristiana, el arquitecto Hernán Ruiz el Joven levantó -entre 1560 y 1568- tres cuerpos para albergar el campanario, rematados por una figura de bronce que representa la Fe: a esta enorme veleta los sevillanos llamaron “la giralda”; y este nombre pasó a darse a toda la torre]. Y nadie mejor que el propio Gerardo Diego para ofrecernos algunas claves de este soneto. “Compuesto en Gijón, 1926. Y ofrecido para su publicación en la revista de Sevilla Mediodía. Mis ojos estrenaron Sevilla en la Semana Santa de 1925. Una de mis primeras visiones fue la de la Giralda, ofrecida súbitamente a mis miradas que vagaban distraídas al nivel de la calle, «al contraluz de luna limonera». La impresión fue muy intensa y tan maravillada que recuerdo que una de las agujas de la catedral fue, durante unos instantes, para mí el más incólume de los cipreses. Meses después trabajaba laboriosamente el soneto que en la primera versión enviada a Mediodía llevaba este segundo cuarteto:
¿Qué te dice la hermana de la orilla
—azulejo oro y moro—? ¿Se querella
de tu esbeltez o de tu piel doncella,
toda naranja al sol que se te humilla?
Un escrúpulo de unidad me llevó a sustituir la alusión a la torre del Oro por la forma definitiva, que aún llegó a tiempo para la impresión en la revista. En otro viaje a Sevilla me contaron los amigos que un ilustre erudito hispalense lamentaba mi error arqueológico al llamar mudéjar a la Giralda en lugar de almohade. Y tenía muchísima razón. Sólo que no había tal error. Pues aparte de que ningún poeta le cantaría a la Giralda aunque le aspasen «yo almohade te quiero y no cristiana», en mi caso mis precarios conocimientos de Historia del Arte («notable» nada más en las aulas salmantinas) alcanzaban hasta esa precisión. Pero al «quererla» mudéjar —que no es decir que lo sea— pretendía, claro es, humanizarla, viva, islámica y sin conversión o apostasía en tierra de cristianos, esto es, mudéjar. Finalmente, un querido amigo prefiere cortar por lo sano y recita el debatido verso así: «Ni mudéjar te quiero ni cristiana». Variante que si mejora tal vez en energía retórica, en cambio rinde demasiado abstracta la geometría —que yo quiero aún humana— del verso final”. [Gerardo Diego, Obras completas. Poesía, Tomo I, edición preparada por Gerardo Diego. Introducción, cronología, bibliografía y notas de Francisco Javier Díez de Revenga, Madrid, Alfaguara, 1989]. “Y así pasarán cursos monótonos y prolijos. / Pero un día tendré un discípulo,/ un verdadero discípulo/ y moldearé su alma de niño / y le haré hacerse nuevo y distinto, / distinto de mí y de todos: él mismo”. (Poema “El brindis”). Estos versos, escritos en agradecimiento a sus amigos de Santander, antes de trasladarse a Soria para tomar posesión de su cátedra y ejercer como profesor, resumen el objetivo educativo que Gerardo Diego se marcó en 1920.
Puedes comprar su obra en:
Noticias relacionadas+ 0 comentarios
|
|
|