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Aficionados en un estadio ondean banderas españolas mientras se preparan para el inicio del partido al atardecer.
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Aficionados en un estadio ondean banderas españolas mientras se preparan para el inicio del partido al atardecer. (Foto: Imagen generada por inteligencia artificial – Cibeles AI)

“ONCE DE LOS NUESTROS”

Por Álvaro Bermejo
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beralvatelefonicanet/7/7/18
sábado 20 de junio de 2026, 14:31h

Copa del Mundo, 2026. Antes de que comience a rodar el balón, tres países organizadores en fuera de fuego diplomático. No parece muy sensato que uno de ellos -EE.UU.- quiera jugar y a la vez ser árbitro. Amenaza a su vecino Canadá con anexionárselo, mientras levanta barreras migratorias frente al otro, México. Al tiempo, veta la residencia de la selección iraní en su suelo, forzándola a instalarse en Tijuana, y deporta a un colegiado somalí según aterriza en Chicago. Ningún problema para Infantino: el mismo día que otorgaba a Trump el Premio de la Paz de la FIFA, sentenciaba que éste será “el Mundial más inclusivo de la historia”.

La frase de Clausewitz, la diplomacia es la continuación de la guerra por otros medios, vale para el fútbol. Sucede en dos planos, el de la geopolítica y el de la leal infantería, la afición. ¿Qué hay detrás? Una tensión entre cosmopolitismo y nacionalismo. Según como queramos verlo, asistimos a una fiesta de la globalización o a una competición por el prestigio teñida de chovinismo más o menos crudo.

Ejemplos explícitos los tenemos en la Guerra del Fútbol entre El Salvador y Honduras, en el ’69. En el choque entre las dos Alemanias en el Mundial de 1974. O ya en el ’78 y en Argentina, en lo que supuso para su sangrienta Junta militar la victoria de su selección. Cuesta escribirlo, pero si es una bendición para los dictadores -recordemos el Mundial del ’34 en la Italia de Mussolini- también lo es para las democracias por las mismas razones.

¿Cuál es la prevalente? Reafirma un sentimiento de identidad en torno a un pronombre peligroso: ese “Nosotros” -con mayúsculas-, sustentado en un mecanismo de enemistad. Los “otros” con minúsculas.

Pesa poco la evidencia de que, hoy, las selecciones europeas sean las más multiétnicas de la historia. O que el nacionalismo futbolístico, visto con cierta distancia, no pase de carnavalesco. Ser “de los nuestros” subraya un rango de pertenencia. Se pertenece a una selección como se pertenece a un credo. De ahí la convergencia religiosa entre el fervor de la afición y la devoción patriótica.

Lo avanzó Ortega en ‘El origen deportivo del Estado’. Es decir, la manera en que el individuo abdica de su criterio para ser absorbido por el de un equipo, local o nacional.

El lema de los Tres Mosqueteros –‘Todos para uno y uno para todos’- pierde su inocencia. Lo que se nos vende como una herramienta de cohesión social implica una coacción tácita. También con su derivada esquizofrénica, en todo lo que afecta al impacto de nuestra selección en territorios donde los únicos símbolos nacionales susceptibles de veneración son los autóctonos. Esa “prioridad nacionalista” de la que ya nadie habla, asumida por propios y extraños. Los mismos que se indignan ante la “prioridad nacional”.

¿Estás con España o contra España?, la pregunta genera un cierto vértigo en los aficionados abducidos por la segunda parte del sintagma, cuando ven ajustarse la elástica española a jugadores de sus equipos emblemáticos, como el Barcelona o la Real Sociedad. ¿Cómo lo resuelven?

En San Sebastián, de una manera tragicómica: “Tú sigue diciendo que vas con Oyarzabal”. No vaya a mirarte mal D’Artagnan.

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