www.todoliteratura.es

"Cristiandad. El triunfo de una religión", de Peter Heather

Ed. Crítica. 2024
viernes 31 de julio de 2026, 22:21h
Cristiandad. El triunfo de una religión
Cristiandad. El triunfo de una religión

Este libro de casi mil páginas es una auténtica joya sobre la evolución y el triunfo de la religión fundamentada en las enseñanzas del Hijo de Dios, Jesucristo. En la segunda mitad del siglo IV d. C. el cristianismo ya está en sazón, tras haber sufrido una enormidad pavorosa y sangrienta, en forma de persecuciones por parte de los emperadores de Roma.

En este momento histórico un emperador importante, cauteloso, audaz e inteligente ocupa el trono del SPQR/SENATUS POPULUSQUE ROMANUS. Se llama Constantino I “el Grande” y marcará un antes y un después en la Historia de Europa. Cuando el emperador Diocleciano contempla con estupor y perplejidad que el Imperio Romano fundado por el Emperador César Augusto ya no tiene sentido, tal como fue concebido, inventa la tetrarquía en la que existen dos emperadores y dos césares que se van a ir substituyendo conforme, por un acuerdo expreso realizado, se jubilen del trono y del poder.

La fórmula incluía dos figuras principales, los Augustos (el propio Diocleciano y Maximiano), y dos subordinadas, los Césares (Constancio Cloro y Galerio). En 305, los dos Augustos se retiraron, y los Césares ascendieron de categoría y ocuparon su lugar como nuevos Augustos, nombrándose dos nuevos colegas secundarios para sustituirlos (Severo II en Occidente, y Maximino Daya en Oriente). Se partía del supuesto de que ese mecanismo de transmisión del poder imperial era mejor que el de la sucesión dinástica, pero no tardó en resquebrajarse y provocar el estallido de un sinfín de guerras civiles. Al fallecer Constancio Cloro, un año después de haber ascendido a Augusto, su hijo Constantino lo reemplazó, declarándose al mismo tiempo Augusto de Occidente. Majencio, el hijo de Maximiano, decidió lanzarse a su vez al cuadrilátero imperial, y para mayor confusión aun, el propio Maximiano optó por abandonar su retiro y salir a escena. En 312, Severo y Maximiano quedaron eliminados, con lo que la lucha por el poder en Occidente se redujo a un enfrentamiento directo entre Constantino -que tenía bajo su mando las provincias de Britania, la Galia e Hispania- y Majencio, que gobernaba Italia y el norte de África. Pese a su vastedad, ninguno de los dos iba a considerar nunca que el imperio occidental fuese lo suficientemente grande para ambos. En el transcurso del verano, Constantino reunió sus ejércitos, e imitando la hazaña de Aníbal, se abrió paso a través de los Alpes. Fue entonces cuando intervino Dios. Lo que sucedió a continuación estaba llamado a convertirse en el detonante de la primera de tres ingentes revoluciones, cuyos efectos, sumados, acabarían transformando un pequeño culto mistérico del Oriente Próximo en la estructura religiosa dominante del continente europeo, desde el que posteriormente habría de extenderse por todo el mundo en la era del imperialismo europeo”.

La aparición del signo de la cruz del Hijo de Dios en el firmamento dejó, milagrosamente, bien claro quien iba a vencer en la batalla y, sobre todo, al lado de quien estaba la Divinidad, lo que iba a imponer al cristianismo como religión oficial así y sobre el paganismo. Constantino convencido del poder del crismón ordenó que fuese colocado en todos los estandartes de sus legiones. Y, con ese signo y seguro de su poder, Constantino comenzó la batalla, el 28 de octubre del año 312 d.C., en el Puente Milvio, situado en el hinterland de la Urbe Capitolina romana. Tras su victoria Constantino I “el Grande” decidió agradecer la ayuda de Dios Todopoderoso, y para ello transformó el castro de la caballería del derrotado Majencio en una enorme iglesia basilical llamada San Juan de Letrán. El biógrafo más conspicuo del triunfante emperador relata como escuchó ese hecho milagroso de los labios del propio Constantino I, y así lo relata: “En las horas meridianas del sol, cuando ya el día comienza a declinar, dijo que vio con sus propios ojos, en pleno cielo, superpuesto al sol, un trofeo en forma de cruz, construido a base de luz y al que estaba unida una inscripción que rezaba: con este vencerás. El pasmo por la visión lo sobrecogió a él y a todo el ejército, que lo acompañaba en el curso de una marcha y que fue espectador del portento. Y decía que para sus adentros se preguntaba desconcertado qué podría ser la aparición. En esas cavilaciones estaba, embargado por la reflexión, cuando le sorprende la llegada de la noche. En sueños vio a Cristo, hijo de Dios, con la señal que había aparecido en el cielo, y le ordenó que, una vez se fabricara una imitación del signo observado en el firmamento, se sirviera de él como de un bastión en las batallas contra los enemigos”.

Con esta victoria tan señalada y contundente el cristianismo se iba a afianzar en Occidente. Pero, en Oriente existía otro vencedor llamado Licinio, y ambos Augustos decidieron de inmediato cooperar para siempre, formando una alianza imperecedera, pero el hecho conllevaba una solución de compromiso hipócrita o cínica, y que a posteriori se transformaría en falsa, aunque duraría unos diez años, para finalmente acabar con el inevitable enfrentamiento que decidiría sobre quien debería, y de hecho, ser el mejor. En el año 324 d.C., Constantino derrotó de forma apabullante e inapelable a Licinio. Estaba claro que todo era gracias a Dios Todopoderoso, en realidad era el Dios de los cristianos-católicos el que le había escogido como el único emperador de Roma, tal como lo habría sido hasta mediados del siglo III d.C.

La crónica que nos ha transmitido Eusebio de esa crucial experiencia visionaria se ha repetido e ilustrado exquisitamente innumerables veces, pero es extremadamente problemática”. El hecho presenta un dato claramente creíble para los que somos cristianos, y más si cabe para los católicos, ya que es prístino que han existido un número importante de personas que han tenido este tipo de informaciones por parte de la divinidad, aunque en algunos casos el hecho de relacionarse con Dios haya sido auténticamente subjetivo, y en relación con la experiencia religiosa sobrenatural recibida o percibida. Y, aunque la iglesia católica es muy concienzuda, en relación con otorgar carta de naturaleza a todo este tipo de hechos religiosos, existen unas cuantas apariciones totalmente aceptadas. “No obstante, el relato de Constantino también plantea otros problemas de carácter mucho más mundano, dado que, según parece, el emperador tuvo varias vivencias sobrenaturales distintas -no todas cristianas- poco más o menos por esa época, refiriendo cosas diferentes a los diversos pueblos a los que decidió dárselas a conocer”.

Veinte años (310 d.C.) antes del escrito del prelado Eusebio de Cesarea, ya citado como biógrafo imperial, el rétor Lactancio, un filólogo de muchísimo prestigio, y que habría sido el tutor del primogénito imperial llamado Crispo, ya había señalado que Constantino había tenido un sueño la víspera de la batalla del Puente Milvio, donde se le indicó, sin ambages, que grabase en los escudos de todos sus legionarios el signo celeste de Dios Todopoderoso. Todos los gobernantes de la Edad Antigua, sobre todo en esa época, se consideraban representantes y herederos de las divinidades en la Tierra, esto es prístino en todos los emperadores de Roma, y muy obvio y principalmente en Constantino I “el Grande”, aunque esta calificación protectora debería ser adornada por una multitud de agüeros favorables. Verbigracia, cuando el emperador Claudio fue elegido cónsul en el foro de Roma, un águila se le posó en su hombro derecho. Sería, por consiguiente, con todos estos principios constantinianos, con los que el cristianismo salió, definitivamente, de las catacumbas y fue evolucionando, son sus diversos cismas y controversias, hasta una lamentable y descreída Europa actual, y que deberá y llegará a pagar un peaje muy cuantioso mientras siga por estos senderos.

«En el siglo IV d.C., una nueva fe irrumpió en Palestina. Arrolló al paganismo de Roma y convirtió al emperador Constantino. Casi mil años después, toda Europa estaba controlada por gobernantes cristianos, y la religión, arraigada en la cultura y la sociedad, ejercía un dominio monolítico sobre su población. Pero, como muestra Peter Heather, el ascenso de la cristiandad hasta el dominio de toda Europa no tuvo nada de inevitable. Al explorar cómo la religión cristiana se convirtió en un rasgo tan definitorio del paisaje europeo, y cómo una pequeña secta de congregaciones aisladas se transformó en un movimiento de masas dirigido centralmente desde Roma, Heather muestra cómo la Cristiandad luchó constantemente contra las llamadas ‘herejías’ y otras formas de creencia. Desde la crisis que siguió al colapso del Imperio romano, que dejó a la religión al borde de la extinción, hasta la asombrosa revolución en la que el papado emergió como cabeza de una vasta corporación internacional, Heather rastrea la camaleónica capacidad de la cristiandad para reinventarse. El logro de la cristiandad no fue, o no solo, definir el cristianismo oficial, sino -desde sus eruditos y juristas hasta sus funcionarios provinciales y misioneros en los rincones más remotos del continente- transformarlo en una institución que ejercía una autoridad religiosa efectiva en casi todos los pueblos dispares de la Europa medieval. Esta es su extraordinaria historia». Estudio obvio, por lo tanto, de cómo se produjo el triunfo de la religión de Cristo. ¡Libro que pretende hacer comprender la estructura del cristianismo. Y su Historia fuera de serie. Necesario y muy críticamente riguroso! «Obiit Almansur et sepultus est in infero. ET. Qualis artifex pereo! ET. Hunc tanta cupiditate incendit bellandi, ut usque a rubro mari arma conatus sit inferre Italiae».

Puedes comprar el libro en:

¿Te ha parecido interesante esta noticia?    Si (0)    No(0)

+
0 comentarios