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Álvaro Bermejo

Aunque no lo parezca, el pavor metafísico que experimentábamos durante aquellas noches de difuntos de tiempo atrás, cuando veíamos surgir por la espalda de Don Juan Tenorio al espectro del Comendador, tiene mucho en común con todo lo que fantaseamos –y fantasearemos, una vez que la pesadilla quede atrás- a cuenta de la pandemia del Covid-19.

2020 / CENTENARIO ISAAC ASIMOV

Nació en una aldea rusa cerca de Smolensk, en 1920, pero a los tres años ya vivía en Brooklyn. Debemos a su prodigiosa mecánica ficcional quinientos títulos que desafían la Teoría del Todo. Más allá de sus tres series canónicas –Robots, Fundación e Imperio-, su cerebro se expandió desde la divulgación científica a la histórica, y desde Shakespeare a la Biblia. Cien años después, por obra y gracia de Isaac Asimov, la metafísica escolástica ha mutado en un paradigma cuántico.

Siempre me han fascinado las paradojas del tiempo. Coincidencias de fechas como la que unió la muerte de Julio Verne con el nacimiento de la Teoría de la Relatividad. El creador de personajes tan extraordinarios como Phileas Fogg o el capitán Nemo, abandonó este planeta el mismo día en que un genio confinado en una oficina de patentes suiza estableció, en sus ratos libres, primero nada menos que los fundamentos de la física contemporánea y, sobre ella, toda una revolución científica que cambiaría aquella lectura del universo que permanecía inmutable desde Copérnico, Galileo y Newton.

Autor de “ARALAR, PASTORES Y GENTILES”

"ARALAR. PASTORES Y GENTILES", de Álvaro Bermejo y Joseba Urretavizcaya es un ensayo antropológico con mucho trabajo de campo. Un viaje a un mundo perdido a la sierra de Aralar que ninguno nos deberíamos perder.

"El primer día en que al abrirse los teatros comienzan las máscaras, subí a mi embarcación y fui a la isla de Murano a recoger a MM". Así se inicia uno de los capítulos cruciales en la biografía de un personaje bien particular, el veneciano Giovanni Giaccomo Girolamo Casanova, escritor, aventurero, diplomático, y hasta agente secreto al servicio de la Serenísima República de Venecia.

Cuando le concedieron la Medalla Fields, el Nobel de los Matemáticos, su única credencial era un pasaporte Nansen. Dos años después lideraba a los “enragés” del Mayo del ’68. Luego vinieron sus ensayos místicos, la ruptura con todo, el retiro a un paraje perdido del Pirineo francés donde vivió en soledad total durante 23 años. Para entonces Alexandre Grothendieck ya era considerado el último genio de nuestro siglo pasado. Una mente maravillosa comprable a la de John Nash, un soñador de espacios infinitesimales en los que Euclides se hubiera perdido. A su muerte, en 2014, dejaba cuarenta cajas repletas de manuscritos inextricables donde podría cifrarse la ecuación del fin del mundo.

Su amistad con La Boetie alimentó el rumor de su presunta homosexualidad, pero el Señor de la Montaña amaba a las mujeres tanto como deploraba su exigua dotación sexual. En 1571 emprende la escritura de sus Ensayos resuelto a estudiarse a sí mismo desnudo y sin artificio. Detalla sus prácticas amorosas y se rebela contra el hecho de que el sexo siga siendo un tabú. Un asunto de brujería –la maldición de las agujetas-, erige toda una paráfrasis de su mundo, mientras él buscaba refugio en el seno de las Doctas Vírgenes.

Lo maravilloso en nuestra tradición literaria comienza con una Noche de Reyes que tiene mucho en común con la colección de cuentos más celebrada de todos los tiempos: Las mil y una noches. Evocamos a Shahrazad, la ingeniosa muchacha que consiguió esquivar la muerte narrando cada noche un relato maravilloso ante un califa insomne, y con cada una de sus historias nos preguntamos si la literatura puede desafiar a la vida. Como en el desafío del genio ante Aladino, dentro de este libro de libros arde una lámpara incandescente que ilumina más de dos mil años de historia. De hecho, en las tablillas de la biblioteca de Asurbanipal ya existía una que contiene el embrión de las Mil noches. De siglo en siglo, de Persia a la India, del sánscrito al chino, hasta el árabe de los abasíes y los omeyas, este libro-sueño, obra abierta por excelencia, ha venido creciendo a partir de su leyenda sin que se sepa a ciencia cierta cuál fue su comienzo ni dónde paró su final. Un enigma más, entre las muchas paradojas que envuelven su misterio y su sentido.

Lo conocí en Bilbao, hace veinte años. Él sumaba ya cuarenta lejos de este mundo pero, a decir verdad, parecía el visitante más vivo del Guggenheim. Mark Rotkho, el maestro del expresionismo abstracto, había nacido en Letonia, un 25 de septiembre de 1903, y murió en Nueva York el 25 de febrero de 1970, reventado a base de barbitúricos después de intentar cortarse las venas con una cuchilla oxidada, en la soledad más absoluta.

La Navidad es la fiesta que más se celebra, la más antigua y la más unánime, en todo el mundo occidental. Su origen data del siglo IV, cuando la Iglesia impuso el nacimiento de Cristo como “Luz del Mundo”, sobre las fiestas paganas que festejaban el renacimiento del sol, en el solsticio de invierno.

El libro se presenta en Madrid el miércoles 13 de noviembre a las 19 horas en Euskal Etxea, se acompañará de una degustación de quesos y otros productos del País Vasco a la que están invitados todos nuestros lectores

En 2001 la UNESCO incorporó una variante a su catálogo de bienes considerados Patrimonio de la Humanidad: la estricta Diversidad Cultural de los pueblo que integran nuestro planeta. En su declaración invitaba a recuperar las voces, los relatos, la memoira de ese fractal de Culturas-Raíz - la sal de la tierra- cuya desaparición comportará la pérdida de una parte sus tancial de nuestro propio ser.

Hace un par de anos años, Frederic Prokosch publicó una novela extraordinaria, "El Manuscrito de Missolonghi", donde reconstruía un diario apócrifo acerca de la tormentosa vida y amores de Lord Byron. Entonces, cómo no, se le tachó de excesivamente fantasioso. El exilio veneciano del poeta no podía dar para tanto. A decir verdad, dio para mucho más. Viene a corroborarlo otro libro, "Débil es la carne", de lectura obligada, no sólo entre el selecto club de los byronianos, sino en beneficio de todos aquellos que necesiten perentoriamente una sonrisa, para convencerse de que, en realidad, es la naturaleza la que imita al arte.

Poeta y profeta maldito, visionario absoluto, creador total, William Blake abominó el racionalismo dieciochesco, predicó la revolución espiritual, denunció la represión sexual y moral. Sus contemporáneos lo tacharon de lunático, su marginalidad fue atronadora. Hoy comenzamos a entrever su vida secreta: presidió la Orden de los Druidas, fue declarado santo por la Ecclesia Gnóstica Catholica, y protagonizó experiencias de muerte en vida dimanadas del Tantrismo. Incomprendido y rechazado en su tiempo, su obra acabaría inspirando a artistas y pensadores como Aldous Huxley, Salvador Dalí o Jim Morrison.

Por la fuerza de su estilo, agresivo, provocador, tanto más descarnado, se consideraba el Gran Falo de la literatura francesa, pero eligió un nombre de mujer, el de su madre, para violar el falso pudor de las rectas conciencias. Sus panfletos antisemitas le abocaron a un largo Viaje al fin de la Noche, declarado “desgracia nacional” en Francia y condenado a un año de reclusión en Copenhague. Desde su exilio el rey de los malditos seguía soñando con entrar en la Pléiade, “entre Bergson y Cervantes”. Hoy, después de Proust, este precursor del dirty realism es el escritor más leído en su país. La Comedia Humana, al paso de su Guignol Band, acabó por convertir a Louis-Ferdinand Céline en un místico del Infierno.

A sus ochenta y tres años, el escritor madrileño pero leonés de condición Raúl Guerra Garrido ha presentado su nueva novela “Demolición”, una visión del arte a través de los ojos del artista underground Jesús Expósito. El escritor concibe su obra como un largo monólogo interior sobre el arte de un escultor que si viviese tendría hoy poco más de cien años.