www.todoliteratura.es

Los imprescindibles

04/02/2023@06:00:00

Lo vaticinó el genial Alan Turing, por los tiempos en que sus algoritmos descifraron los códigos de la máquina Enigma. Para él, no quedaba lejos el día en que los pioneros de la computación idearían una máquina con la que podríamos dialogar, “para extraviarnos”. Ochenta años después, los ingenieros de OpenAI la han convertido en una aplicación sensacional. Un programa de inteligencia artificial que se presenta como ChatGPT y se desglosa como Generative Pre-Training Transformer. Aunque, a decir verdad, ese GPT tiene mucho más que ver con el viejo Gepetto, el carpintero que dio vida a una marioneta de madera, el entrañable Pinocchio, con idénticas funciones.

Nada de calor, nada de luz, cielos negros. El día es una tumba. Invierno, la espantosa estación”. Así la describe Víctor Hugo, en ‘Los Miserables’. Una mirada desencantada, como la de Démeter cuando crea el invierno para cubrir el mundo con un manto de tristeza mientras su hija pena en el Hades. Sin embargo, los griegos contemplaban los solsticios -el de verano y el de invierno- como dos puertas, la de los hombres y la de los dioses. Las mismas que guarda con sus dos rostros el romano Janus, el que nombra al mes de enero. El que sería cristianizado en dos Juanes igualmente solsticiales. Conocemos bien al san Juan de verano, el de las hogueras y los cantos. ¿Qué sabemos del san Juan de invierno?

Al fallecer físicamente o al renunciar a su pontificado? En realidad, ¿cuándo muere un papa? Más allá de la hermenéutica, la pregunta adquiere tintes muy novelescos si incluimos la sospecha de un posible asesinato. Porque no es lo mismo una renuncia elegida que otra inducida, y resuelta con un tránsito fulgurante del palio al sepelio. Qué tiempos aquellos de los papas demasiado terrenales en que los anillos pontificios administraban con la misma beatitud la gracia y el veneno.

Y tomando a Jorge G. Aranguren como rehén, con el pretexto de rendirle un homenaje, conseguimos que los jauntxos de la Kutxa nos cedieran su flamante salón de actos a nosotros. Enfants terribles entonces, príncipes de la contracultura, orquestamos una performance incendiaria que tuvo como epicentro una escalera de obra. Y ahí estaba Raúl Guerra, sonriendo entre el público. Cae el telón, pasan cuarenta años, y la misma semana en que Jorge me acerca su último libro, ‘Nunca llegan los tártaros’, Raúl pasa al otro lado de la vida dejándome el recuerdo del último suyo, ‘Demolición’, con otra perfomance y una escalera idéntica a la nuestra alzándose sobre sus páginas.

Se diría que la poética visionaria de Oteiza ha resultado profética. Tantas veces me repitió aquello de que el euskera nace de la mano -euskara eskutik jaio da- y de pronto, aparece la Mano de Irulegi. Sobre una placa de bronce del siglo I a.C., cinco palabras. Grafía derivada del signario ibérico, pero sólo una palabra reconocida, la primera voz vascónica de la que tenemos constancia escrita: Sorioneko -buena fortuna-.

El pasado 26 de Febrero el Ayuntamiento de San Sebastián -en cuyo equipo de gobierno se integra el partido socialista que en tiempos pasados incluyó en su ejecutiva guipuzcoana a escritores de la talla de Luis Martín-Santos (¿Quién os ha visto? ¿Quién os ve?)-, rechazaba por una mayoría de 24 a 3 conceder a Pío Baroja la Medalla de Oro de la ciudad, en este año en que celebramos el 150º aniversario de su nacimiento.

Recuerdan esa imagen de ‘2001, una odisea del espacio’, en la que un homínido lanza un fémur al cielo y éste, dando vueltas a lo largo de una elipse temporal, acaba por convertirse en la nave Discovery 1? Hace un par de semanas ese hueso se convirtió en la sonda DART impactando conta el asteroide Dimorphos, para desviar su trayectoria.

Preservar una cierta memoria, apostar por la objetividad, no ocultar la escalada de mayúsculos sinsentidos que han llevado a la invasión de Ucrania por parte de Rusia, ante el relato que nos presentan a diario las grandes cadenas audiovisuales, te convierte poco menos que en un enemigo de Occidente, si no en un peligroso antisistema. Lo canónico, entonces, será comulgar con ruedas de molino. Sólo ahora, cuando comenzamos a sentir su presión aplastante, pero también cuando ya no cabe marcha atrás, descubrimos lo obvio y tanto más dramático: no es Putin, somos nosotros quienes nos hemos disparado una bala en el pie.

El cuerpo ficticio de san Sebastián y el guiño de Antonello da Messina. Un epígrafe demasiado largo, pero hubiera sido el idóneo. ¿Qué vemos en el lienzo que plasma su martirio? En el lugar del ombligo, un tercer ojo. El que me ayuda a ver lo que quiero contar. La apasionante evolución de la imagen de san Sebastián. Un relato iconográfico que va migrando desde la piedad a la sensualidad, de la “santa herida” a la erotización corporal, hasta convertirse en una herejía para la comunidad católica.

Vino a este mundo un 28 de diciembre, y por eso, además de Pío, le bautizaron Inocencio. Él se reía al recordarlo, refunfuñando, como siempre. Qué inocentada del destino, qué dos nombres para un anticlerical refractario a todas las iglesias y a todos los dogmas, como Pío Baroja. En honor a su memoria nos reunimos la semana pasada en Euskal Billera, en el corazón de la Parte Vieja donostiarra que le vio nacer, una variopinta legión de incondicionales, conscientes de ‘Las agonías de nuestro tiempo’, hijos pródigos de ‘La casa de Aizgorri’, pero también Zalacaínes en rebeldía frente a todas esas ‘Miserias de la guerra’ donde se abrazan, hoy más que nunca, el conformismo intelectual y la servidumbre voluntaria.

Una de las perversiones añadidas a la de escribir una novela histórica pasa por el caudal de informaciones desconcertantes a las que puedes acceder. Me sucedió en "El secreto del rey alquimista". Más que la corte del alucinado Rodolfo II, el verdadero protagonista era el llamado ‘Manuscrito Voynich’. Un texto no datado, escrito en un código que ni siquiera los laboratorios de alta computación de la NASA han conseguido descifrar. No era el único, en aquel tiempo todas las cortes europeas recurrían a códigos secretos para encriptar sus comunicaciones. A esa luz, ¿puede calificarse como la gran noticia del año que un equipo de investigadores franceses haya logrado descifrar el “código diabólico” de Carlos V, en base a una carta remitida por el emperador a su embajador en París, Jean de Saint-Mauris?

Hair for freedom -pelo por la libertad-. Bajo esta consigna miles de mujeres de nuestro civilizado Occidente cuelgan en sus redes videos en los que aparecen cortándose un mechón de su cabellera en solidaridad con la joven iraní Masha Amini, muerta tras ser detenida por llevar el velo de una manera “inconveniente”. Me propongo hacer lo mismo: cortarme el pelo, pero no un mechoncito testimonial, sino en su integridad, hasta llegar a la raíz de la cuestión.

Coup de tonnerre! No es habitual que un informativo francés abra con un trueno, el asunto no es para menos: la semana pasada el Departamento de Salud de Florida desaconsejaba las vacunas contra el Covid que incluyen ARN mensajero -las de Pfizer y Moderna- tras detectar que los accidentes cardiacos mortales habían aumentado un 84% entre los hombres de entre 18 y 39 años. No sólo eso: Florida se ha convertido en el primer Estado de EE.UU. que descarta la vacunación en niños.

Panatismo: término empleado con sumo acierto por el portavoz del PNV en el Congreso, Aitor Esteban, para definir el babeante vasallaje rendido en nuestro país ante el fallecimiento de una reina británica cuya única virtud conocida no iba más allá de combinar los tonos de sus bolsos y sus sombreros. Pageantry: término inglés que se traduce como pompa, boato o esplendor, cuyo sentido tampoco es inocente. Busca restaurar el relato de la grandeza nacional junto con el de ese mundo de ayer donde las monarquías tenían un sentido: preservar el aura del mito.

La noticia de cabecera no podía ser otra: ayer el fallecimiento de Mijail Gorbachov, hoy el de Isabel de Inglaterra, dos personajes de enorme relevancia histórica. Entre esas dos efemérides, otro no menos relevante, pero invisible a lo largo de los últimos treinta años –“el hombre más solo del mundo”- ilustraba el cierre de los diarios con otro cierre.